Al abordar esta reflexión, no puedo dejar de recordar aquellas palabras proféticas de SS Benedicto XVI, al comienzo de su Pontificado: “el desorden global al que asistimos proviene de «la dictadura del relativismo», por la cual se viola impunemente la dignidad de las personas y los pueblos. Si los imperios promulgan leyes de acuerdo a su conveniencia, sin considerar el derecho natural, indudablemente conducen al hombre a una convivencia salvaje donde se entroniza el individualismo por encima del Bien Común Social, y se avasalla el derecho de los débiles en el orden personal y de las ‘pequeñas naciones’”.
Su Santidad Benedicto XVI, al igual que sus predecesores y su sucesor, S.S. Francisco, hoy fallecido, nos exhortan a conformar nuestra vida con las enseñanzas de la Iglesia, expuestas en los documentos pontificios, a los cuales hemos de adherirnos con espíritu filial, con la razón y el corazón, para que todo nuestro ser comulgue con el querer de Nuestro Señor Jesucristo, que se hace visible en Su Vicario en la Tierra.
En estos tiempos en los que la convivencia social se ha convertido en expresión de aquello que Hobbes estereotipaba como “el hombre es lobo para el hombre”, dado el egoísmo reinante y la pérdida de la dignidad del ser humano; fue un verdadero bálsamo la Encíclica Social “Caritas in Veritatis”, ya que allí, desde la introducción, Su Santidad Benedicto XVI, nos da el secreto de toda auténtica convivencia social, diciéndonos: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.
El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,32).
Por tanto, defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad. Ésta «goza con la verdad» (1 Co 13,6)” Como podemos ver, el Papa nos proponía a la CARIDAD, no sólo como clave del desarrollo personal, sino como la única forma de alcanzar el desarrollo de los pueblos; por ello en la Introducción de la Encíclica en el punto 7 hará referencia explícita al Bien Común, diciendo: “Hay que tener también en gran consideración el bien común.
Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz.
Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así, como pólis, como ciudad. Se
ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales.
Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis.
El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana.
En una sociedad globalizada, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras.”
Ya el Compendio de Doctrina Social nos había conceptualizado el Bien Común, expresando las condiciones que debe cumplir el Poder Político: “La comunidad política tiende al Bien Común cuando actúa a favor de la creación de un ambiente humano en el que se ofrezca a los ciudadanos la posibilidad del ejercicio de los derechos humanos y del cumplimiento pleno de los respectivos deberes…”
Por ello se fijan así las condiciones de un régimen político que verdaderamente esté al servicio de todo el hombre y de todos los hombres; el mismo, supone la articulación de la sociedad a través de las asociaciones intermedias que coadyuvan a vivir una comunidad organizada, que se sustenta en los principios de solidaridad y subsidiariedad.
Esto reclama un Estado presente y eficiente que como Fin Último debe procurar la Gloria de Dios y como fin inmediato el Bien Común, por ello todo proyecto que se pretenda construir de espaldas a la Voluntad de Dios, irremediablemente llevará al fracaso, aunque pudiese parecer que se alcanzan algunos logros, éstos serán efímeros, pues no responden a la religación principal de todo hombre y de toda comunidad, que es la religación con Dios.
Para ello es necesario suscitar en la sociedad vocaciones políticas, que asuman su tarea como un auténtico servicio, que implica el desprendimiento de sí, la entrega generosa, la idoneidad, la prudencia; en suma, todas las virtudes necesarias para el recto ejercicio de la autoridad y el poder, teniendo como modelo el Gobierno de Dios providente que ama y sirve a todos los hombres.
Sólo con dirigentes con vocación política y una sociedad ordenada, podemos crecer en la esperanza de vislumbrar una América restaurada, fiel a su origen y a la vocación, que asumimos.
Referencias:





