Al abordar este tema, hice memoria de una pequeña fábula del P. Leonardo Castellani, que decía:
Una vez atraparon a un monje que venía huyendo a toda furia mirando hacia atrás.
-¡Párese! ¡Párese, don! ¡Adónde va!
El anacoreta estaba que no lo sujetaban ni a pial doble.
¿Qué le pasa? ¿Quién lo corre?
¿Lo persigue alguna fiera?
Peor – dijo el ermitaño
¿Lo persigue la viuda?
Peor
¿Lo persigue la muerte?
El anacoreta dio un grito:
- Algo peor que la demencia! – y siguió huyendo
- Venía atrás al galope un necio con poder.
Al escucharla, no hay duda que debemos preguntarnos por el significado de ser ‘necio’, pudiendo caracterizarlo por sus sinónimos: torpe, porfiado, terco, obtuso, es decir, una persona que con el fin de llevar a cabo sus ideas o planes, no escucha los consejos de las demás personas, ni las consecuencias negativas que puede acarrear su comportamiento, es decir, de ninguna manera se logra convencer.
Asimismo, la persona necia es imprudente o es aquella que discute en hacer o afirmar algo que ya se le demostró que es erróneo.
También hemos de abordar la significación del término sensualidad; al cual podemos allegarnos diciendo que es la cualidad, facultad o habilidad que posee una determinada persona, la cual provoca o conlleva a una reacción emocional de otra; en otras palabras una persona posee sensualidad si produce o desencadena una atracción en los sentidos de cualquier otro individuo.
Algo hemos avanzado, vimos que era un necio y qué era la sensualidad, ésta última aplicada al poder, indicaría que el mismo provoca o conlleva una reacción emocional en las personas individuales y en el pueblo en su conjunto.
Por ello se habla de ambición de poder, ya que desde una visión psicológica éste seduce al ser humano, quien en toda su realidad interactúa con el poder.
Concepto y características del Poder
Al contemplar las fuerzas elementales de la naturaleza, no podemos hablar de poder… falta la iniciativa. Un elemento natural tiene energía pero no poder. La energía se convierte en poder tan sólo cuando hay una conciencia que la conoce y es capaz de tomar decisiones en orden a dirigirla a fines determinados.
Una idea o una norma no tienen poder, sino validez… El poder es la facultad de mover la realidad, y la idea no es capaz por sí sola de hacer tal cosa. Únicamente lo puede cuando la vida concreta del hombre la asume. A partir de ese momento se convierte en poder.
Sólo puede hablarse de poder en sentido verdadero cuando se dan estos dos elementos:
- Energías reales que pueden cambiar la realidad de las cosas, determinar sus estados sus recíprocas relaciones.
- Una conciencia que esté dentro de tales energías, una voluntad que les otorgue unos fines, una facultad que ponga en movimiento las fuerzas en dirección a estos fines.
Todo esto presupone el espíritu, es decir, aquella realidad que se encuentra dentro del hombre y es capaz de desligarse de los vínculos directos de la naturaleza y de disponer libremente sobre ésta.
El poder es un fenómeno específicamente humano. No existe poder alguno que tenga ya de antemano un sentido un valor.
El poder sólo se define cuando el hombre cobra conciencia de él; decide sobre él, lo transforma en una acción, todo lo cual significa que debe ser responsable de tal poder. No existe ningún poder del que no haya que responder.
El efecto del poder es siempre una acción, o al menos, un dejar hacer, hallándose en cuanto tal, bajo la responsabilidad de una instancia humana, de una persona.
Por sí mismo el poder no es ni bueno ni malo; sólo adquiere sentido por la decisión de quien lo usa; es regido esencialmente por la libertad. El poder significa tanto la posibilidad de realizar cosas buenas y positivas como el peligro de producir efectos malos y destructores.
El otro elemento que define al poder es su carácter universal. El hecho de que el hombre tenga poder y que al ejercerlo experimente una satisfacción especial no es algo que se dé sólo en un ámbito aislado de la existencia, sino que se vincula o puede vincularse con todas las actividades y circunstancias del hombre.
Es manifiesto que toda acción, toda creación, toda posesión y todo goce producen inmediatamente el sentimiento de tener poder. Lo mismo sucede en lo referente al conocimiento, pues el que conoce experimenta cómo ‘se apodera de la verdad’, y esto se transforma a la vez en el sentimiento de ser ‘dueño de la verdad’.
Todo acto, todo estado, e incluso el simple hecho de vivir, de existir, está directa o indirectamente unido con la conciencia del ejercicio y del goce del poder.
En su forma positiva, este ejercicio y este goce suscitan la conciencia de disponer de sí mismo y de tener fuerzas; en su forma negativa se convierten en soberbia, orgullo, vanidad.
La conciencia del poder tiene un carácter completamente universal. Es una expresión inmediata de la existencia, y esta expresión puede adoptar un carácter positivo o negativo, verdadero o aparente, justo o injusto.
Origen del Poder
El poder humano y el dominio proveniente de él tienen sus raíces en la semejanza del hombre con Dios; por ello el hombre no tiene el poder como un derecho propio, autónomo, sino como una delegación. El hombre es Señor por la gracia de Dios, y debe ejercer su dominio respondiendo ante aquel que es Señor por su propia esencia. El Dominio se convierte de este modo en obediencia, en servicio.
Todas las grandes culturas han conocido el peligro del poder y han hablado de su sometimiento. Su enseñanza más alta es la de la moderación y la justicia. No obstante, estas ideas se han tornado extrañas e incluso han perdido su valor en la actualidad.
La humildad, por ejemplo, se ha convertido en sinónimo de debilidad y de pobreza vital, de cobardía en las exigencias de la existencia y de falta de magnanimidad; sin embargo en el sentido cristiano, la humildad es una virtud de fuerza; el humilde es el fuerte, magnánimo, el audaz.
La ciencia, en cuanto captación racional de lo real, y la técnica, como conjunto de posibilidades proporcionada por la ciencia, dan a la existencia un carácter nuevo: el carácter del poder y el del dominio en un sentido amplio.
Situación hoy
Uno de los síntomas del presente es la ‘objetividad’ del hombre, que significa por una parte, la voluntad y la capacidad de dedicarse completamente, sin tener en cuenta los sentimientos personales, a las tareas que se presentan y que son cada vez más grandes y peligrosas, y significa, por otra parte, el pudor que el hombre moderno, cada vez más expuesto a la mirada de los demás, experimenta a mostrar sentimientos de una cierta profundidad, e incluso permitir que se desarrollen.
Todo esto constituye una creciente incapacidad de sentir, una frialdad del corazón cada vez mayor, una indiferencia con respecto al hombre y a las cosas de la vida.
Los hombres aparecen como una pluralidad informe en sí misma, que es organizada con vistas a un fin. De esta manera aparece un tipo de hombre que vive del momento, que adquiere ese carácter agobiante de poder ser reemplazado a voluntad, y de estar dispuesto a ser manejado por el poder.
Una técnica cada vez más refinada de comprensión organizadora y administrativa que ve al ser humano como un factor económico, trata a las personas de la misma manera que la máquina lo hace con la materia prima con que fabrica un producto. la naturaleza y el mismo hombre están cada vez más a disposición del dominio del poder; poder económico, técnico, organizador, estatal.
El hombre dispone de la naturaleza como dueño, pero al mismo tiempo el hombre dispone del hombre, el Estado dispone del pueblo, y el sistema dispone de la vida.
Las normas éticas pierden su evidencia inmediata y, en consecuencia, su influjo moderador sobre el uso del poder se hace menor. La significación de las normas éticas para la vida general disminuye y es sustituida por los puntos de vista del efecto y del éxito.
El ser humano con todo lo que es y tiene, es puesto a disposición del dominio del poder.
Esta desaparición de los vínculos morales que actúan de forma directa es lo que entrega definitivamente el hombre al poder. Jamás se habría podido abusar de él como se ha hecho y como se continúa haciendo en nuestros días, si la moral no hubiese sido abandonada.
Me remito a los ejemplos de nuestros días; abuso del poder ‘democrático’ en Latinoamérica, el atropello a la dignidad humana en Europa, guerras en Medio Oriente, conflicto de Ucrania y Rusia, despotismo liberal; abusos todos que dejan indefensa a la persona frente a un Estado Omnipresente y totalitario.
Si no procuramos, que vuelvan a prevalecer los principios éticos en el uso del poder, asistiremos lentamente a la desaparición del ser humano, haciendo realidad la frase de Hobbes: “el hombre es lobo para el hombre”.
Cita este artículo
Treglia, J. A., (2026, abril 11). La sensualidad del poder. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-sensualidad-del-poder/
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