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Aquelarre en Europa. Historia de la cacería de brujas

por | Historia

A punta de cuchillo un padre de familia obliga a su hija a mentir declarándose culpable de brujería “si lo haces, te dejaran libre, no te llevarán a Logroño y no habrá confiscación de bienes; ya luego vas con el cura, te confiesas y asunto resuelto”. De esto se fue a enterar el padre Hernando Solartes durante una de las muchas “confesiones” que escuchó en su viaje por las Cinco Villas vascas en 1611[1].

Entre comillas confesiones, porque por aquel entonces los inquisidores locales habían determinado que los sospechosos de brujería no pudieran recibir tal sacramento; pero el buen padre Solartes, con aquella intuición propia de los jesuitas concluyó que la orden ser refería a la absolución y no al hecho de escuchar a los penitentes. Este caso fue uno de los 200 que atendió en Lesaca, comarca en la que el 66% de la población había sido acusada ante la Inquisición de brujería por sus vecinos.

El episodio forma parte de la famosa época de la cacería de brujas del siglo XVII, en plena época moderna y contrario a lo que se piensa, fue una quimera protestante, ya que gracias a la Inquisición (española y romana) lo que en el mundo anglosajón tuvo tintes de holocausto irracional e histeria colectiva, en España, Portugal o Hispanoamérica, fue anecdótico.

Los brotes de esta epidemia se cortaron de tajo gracias a la pericia del inquisidor Antonio de Salazar, a sacerdotes y juristas enviados ex profeso a los lugares donde se denunciaba masivamente a la gente por tal delito; así como a la visión, marco legal y espíritu iusnaturalista propio del tribunal hispano.

Las practicas mágicas, paganas, satánicas fueron materia de la Inquisición solo si estas estaban vinculadas a una herejía. La Iglesia promovió una actitud escéptica contra estos asuntos, el arzobispo de Lyon escribía en el siglo IX Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitruis[2]; las leyes de Castilla de 1370 y 1387 transfirieron el crimen a la jurisdicción civil[3], porque era evidente que no correspondía a la eclesiástica enfocada en la ortodoxia doctrinal.

Durante los pontificados de Sixto V o Inocencio III (siglos XV y XVI) algunas controversias comenzaron a estudiarse; por ejemplo, si la alquimia que era practicada y respaldada por las universidades como materia científica, tenía o podría tener algún vínculo con la superstición o brujería. Todavía en plena efervescencia luterana-calvinista, en el Sínodo de Salzburgo (1569) la Iglesia sigue insistiendo que no son más que ilusiones diabólicas y nuevamente rechaza la pena de muerte por esta causa.

La brujería no ocupa ni preocupa al Santo Oficio de la Inquisición. La aparición de la herejía protestante cambia el curso de las cosas. Lutero defendió el exterminio de las brujas con el argumento bíblico “no permitas la vida de los hechiceros” (Éxodo 22,18).

Kamen, Henningsen, Roca, Caro Baroja, Howell y otros autores que han estudiado profundamente el tema evidencian que la reforma no solo alimentó las creencias populares; sino que, además, la cacería de brujas fue una herramienta crucial para acrecentar el poder de las nuevas autoridades religiosas protestantes.

El danés Gustav Henningsen calcula que se quemaron 50,000 brujas en Alemania, 4,000 en Suiza, 1,500 en Inglaterra, 4,000 en Francia[4]. El inglés Charles Lea, le atribuye al protestantismo 150,000 muertes[5]. En la segunda mitad del siglo XVI e inicios del XVII regiones enteras en psicosis general acusaban a diestra y siniestra. Un rasgo interesante del caso francés, que luego brincaría al otro lado de los Pirineos, fue la denuncia realizada por niños que aseguraban ser secuestrados o transportados a aquelarres.

En España, en 1526 el Santo Oficio consideró oportuno reclamar su jurisdicción en el tema y dispuso medidas para evitar que se propagaran las denuncias masivas al estilo galo: cualquier persona que voluntariamente confiese, y muestre señales de arrepentimiento, será reconciliada; en tales casos, si no median otros delitos, no habrá multa ni confiscación de bienes y solo habrá penas salubres para el alma; los casos de esta materia tendrán que ser remitidos al supremo tribunal; nadie será arrestado basándose en acusaciones de otras brujas[6].

Pero los tribunales locales amedrentados por la presión social, la euforia y hasta terror colectivo empezaron a abrir casos, ignorar ordenanzas como la de no confiscación de bienes, a dictar sentencias y ejecuciones. El caso español más emblemático fue el proceso de Logroño, en el marco del cual se sitúa el relato inicial de este artículo. Con todo y lo álgido que fue, la prudencia seguía caracterizando el actuar inquisitorial; pues aquella chica, si reconocía su falta sería protegida por la inquisición, luego alcanzaría el perdón; por ello, a pesar de su inocencia, le convenia declararse culpable.

El proceso de Logroño logró amasar la extraordinaria cantidad de 7,000 casos. Ante lo inverosímil del asunto y viendo los terribles acontecimientos en otras latitudes, la Suprema envió al inquisidor Alonso de Salazar para hacer una investigación exhaustiva. Todo el proceso es digno de estudio para otra ocasión, pero algunas pinceladas nos darán una idea de lo sucedido.

Las pesquisas de Salazar no se limitaron a simples declaraciones de testigos o víctimas, partiendo de un escepticismo sobre el carácter preternatural de los dichos, se enfocó en la búsqueda de evidencia de hechos y pronto identificó los rasgos de una alucinación colectiva. El problema eran las masas, los acusados eran torturados por la muchedumbre, la violencia popular era atroz y como cereza del pastel la mayoría de las supuestas víctimas eran niños navarros. Durante aquellas “confesiones” al padre jesuita, se supo que a muchos les sugestionaban sus familias, deliberadamente los amenazaban o en el caso de niños pobres o huérfanos a cambio de comida, les pedían que testificaran contra alguien.

Los acusados se entregaban a la inquisición y declaraban cualquier historia macabra con tal de librarse del linchamiento. Ante esta locura Salazar y Pedro de Valencia (inquisidor general) detienen el juicio de 5,000 personas. Primero, porque todo parece indicar que están locos; segundo porque no hay evidencia de brujería; es decir, en estos casos el componente demoniaco es irrelevante, un legista debe atenerse a los hechos y no a lo que “crean” las víctimas o el propio acusado. -¡¿Cómo voy a documentar que una persona vuele por el aire a 700 km/hr, que una mujer pase por el agujero de una puerta o que otra dice que puede hacerse invisible?![7]– decía el propio Salazar, todo el asunto atenta contra la propia razón. La prudencia y buen juicio de la Inquisición exonera a todos los acusados del proceso de Logroño.

El historiador francés Jean Pierre Dedieu atribuye a la Inquisición la escasísima cantidad de muertes por brujería y a la casi nula práctica de la misma en España, pues su actitud y modo de juzgar fue congruente con la realidad (evidente delirio colectivo) y con el evangelio y magisterio.

Adriano de Utrecht, quien fuera regente de Castilla, inquisidor de Castilla y Aragón y luego Papa (Adriano VI) escribía en 1521 que la congregación rechaza por completo lo que podemos llamar la reacción popular en favor de un procedimiento legal que se caracteriza por la prudencia y la insistencia sobre una investigación científica de cada caso. La matanza general de todos los denunciados de brujería no es una solución porque tendría como punto de partida el rencor y la mala voluntad de personas ignorantes o malévolas[8]

Esta es la razón por la que mientras en las regiones protestantes se calcula que murieron entre 100,000 y 200,000 personas, sin procesos legales (por ello la inexactitud de datos), en Portugal fueron ejecutadas 4, en España 27, en Italia 36 por la inquisición y casi 1,000 por los tribunales civiles de estos mismos lugares[9].

En América, el Santo Tribunal en Perú no tuvo ningún caso, en la Nueva España, en Monclova entre 1748 y 1753, 20 mujeres que fueron encarceladas[10], pero no hubo ninguna condena a muerte. Se desconoce cuántas personas fueron detenidas por brujería en Massachussets, pero el tribunal puritano, entre 1692 y 1693, acusó formalmente alrededor de 200 personas, algunos murieron durante el cautiverio, 19 en la horca y 1 por tortura.

Alonso de Salazar salvó la vida de al menos 5,000 personas, pero creo que el mérito es mayor; su trabajo pericial dedicado, exhaustivo, profesional e imparcial bien podría merecerle el título de padre de la investigación criminal. La falta de rigor jurídico les costó la vida a miles, la última mujer quemada en la hoguera era prusiana (1811). Si el lector piensa que es tema del pasado, sepa que entre 2010 y 2020 han muerto al menos 5,000 personas por el crimen de bujería en Arabia Saudita, Malaui o Papua Nueva Guinea, entre otros[11].

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[1] HENNINGSEN, Gustav (2020) Los documentos de Alonso de Salazar Frías. Revista Principe de Viana (PV), 278, sep-dic, 2020. ISSN: 0032-8472 │ ISSN-e: 2530-5824 │ ISSN-L: 0032-8472, p. 955. Disponible en https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5562706.pdf consultado en Enero/2024  

[2] Traducción: Contra las estúpidas opiniones del vulgo sobre el granizo y el rayo.

[3] KAMEN, Henry (1997) The Spanish Inquisition. London: Weidenfield & Nicolson. p 269

[4] Cfr. ROCA, Elvira (2019) Imperiofobia. Madrid: Siruela p. 284.

[5] Cfr. RODRIGO, Iturralde Cristián (2019) La inquisición, un tribunal de misericordia. Buenos Aires: Parresia, p. 576

[6] op. cit. RODRIGO Iturralde Cristian, p. 582

[7] op. cit. p. 580

[8] Op cit 581

[9] Cfr. op. cit. ROCA, RODRIGO.

[10] LOPEZ RIDAURA, Cecillia La Caza de brujas en la Nueva España: Monclova, Coahuila, 1748-1753. Disponible en  https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5562706.pdf consultado en 20/dic/2023.

[11] https://elpais.com/elpais/2022/04/13/album/1649846748_148470.html?outputType=amp consultado en 20/dic/2023.

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