La historia de la fundación de Bogotá, el 6 de agosto de 1538, está marcada no solo por la conquista militar y la expansión del imperio español, sino también por un profundo espíritu religioso que impregnaba todos los actos de los conquistadores. Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador de la ciudad, no fue ajeno a esta realidad. Más allá de la toma territorial, su misión estaba envuelta en el ideal de extender la fe católica a los confines del Nuevo Mundo.
Una misa como acto fundacional
El acto que selló la fundación de Bogotá no fue un desfile de armas ni una ceremonia puramente civil. Fue una misa.
En una modesta explanada de la sabana —en donde no existía ningún poblado indígena establecido de forma permanente— los conquistadores españoles encabezados por Jiménez de Quesada levantaron un altar improvisado. Allí, en medio de la quietud de las montañas y el asombro de los pueblos nativos de los alrededores, el sacerdote fray Domingo de las Casas ofició el sacrificio eucarístico: el corazón de la fe católica.
La misa no fue un detalle menor. En la cosmovisión de los conquistadores, consagrar el territorio a Dios mediante la Eucaristía era símbolo de legitimidad espiritual. La nueva ciudad no sería solo un enclave del poder español, sino una tierra iluminada por el Evangelio. Así, con el “Te Deum” resonando entre los cerros orientales, nació la futura Santa Fe de Bogotá, con una clara vocación católica.
Una fundación simbólica: doce chozas por los doce apóstoles
Como señal de que la nueva ciudad estaría inspirada por el cristianismo desde su origen, Jiménez de Quesada mandó construir doce chozas de palma y bahareque, representando a los doce apóstoles.
Estas sencillas viviendas no eran solo funcionales: eran símbolo de que la evangelización era el corazón del nuevo asentamiento. Bogotá no fue fundada con ostentación, sino con sencillez, fe y propósito.
Una conquista prácticamente incruenta
A diferencia de otras regiones del continente, donde las conquistas fueron marcadas por guerras sangrientas y resistencia feroz, la entrada de los españoles a la sabana de Bogotá fue prácticamente incruenta. El debilitamiento del poder muisca (pueblo indígena americano que ha habitado la zona central de Colombia) después de luchas internas por el liderazgo del zipazgo (una de las principales divisiones político-administrativas del territorio de la Confederación Muisca) y la sorpresa por la llegada de los europeos permitieron que Jiménez de Quesada tomara posesión del territorio sin mayores enfrentamientos. Esto facilitó una transición relativamente pacífica que permitió a los españoles establecer su dominio y comenzar la evangelización sin grandes batallas.
El espíritu católico de la conquista
Jiménez de Quesada, aunque jurista de formación, comprendía la dimensión espiritual de la empresa americana. Como muchos hombres de su tiempo, veía en la conquista una misión evangelizadora. No se trataba solo de buscar oro o nuevas rutas comerciales, sino de traer la luz de Cristo a los pueblos indígenas, según la mentalidad de la época.
Por ello, la fundación de Bogotá se enmarca en una visión teológica del mundo. Las primeras edificaciones permanentes fueron una iglesia y una casa para los frailes. La enseñanza de la doctrina cristiana y el bautismo de los indígenas ocuparon un lugar central desde los primeros días de la ciudad. Los dominicos y franciscanos no tardaron en llegar, fundando conventos, hospitales y escuelas.
Santa Fe: Una ciudad para la fe
El nombre original de la ciudad —Santa Fe— es testimonio del ideal religioso que la vio nacer. No se trataba de una coincidencia. «Santa Fe» evocaba la confianza en Dios, la esperanza en la civilización cristiana y el anhelo de construir una nueva Jerusalén en el corazón de América. Así, la ciudad fue dedicada a la Virgen María y desde su fundación se convirtió en sede de obispado y centro de irradiación del catolicismo en el virreinato del Nuevo Reino de Granada.
Conclusión
La fundación de Bogotá, realizada con una misa solemne presidida por fray Domingo de las Casas, en un territorio sin poblado indígena preexistente y sin derramamiento de sangre, es mucho más que una efeméride histórica.
Es un testimonio del profundo espíritu religioso que animaba a muchos de los protagonistas de la conquista. Con la construcción simbólica de doce chozas en honor a los apóstoles, Gonzalo Jiménez de Quesada quiso dejar claro que la ciudad nacía bajo el signo de la fe. Así, Bogotá surgió con la esperanza de ser no solo una ciudad del mundo, sino también una ciudad para Dios.





