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¿Es posible construir la ciudad de Dios en el siglo XXI?

por | Filosofía

La ciudad de Dios, escrita por San Agustín en el siglo IV de nuestra era, planteaba dos ciudadades en pugna: la terrena y la de Dios, entre las que el hombre debía optar si desea buscar el gozo divino.

Habiendo transcurrido casi una cuarta parte del siglo XXI, parecería una meta difícil de lograr en los tiempos actuales, en que vivimos un verdadero cambio de época; donde prevale el Relativismo, donde nada parece permanente, en la que los adelantos científicos han acercado distancias (la comunicación internacional es prácticamente instantánea), se han curado enfermedades que antes parecía imposible y la robótica y la inteligencia artificial han empezado a desplazar al ser humano en diversas actividades. A pesar de ello, seguimos enfrentando guerras, pandemias, el desprecio por la vida con la práctica abominable aborto, asesinatos de odio por motivos religiosos, raciales y políticos y el abuso de las drogas.

Pocas naciones tienen una calidad de vida donde se respeten los derechos fundamentales del ser humano empezando con el derecho a la vida, la libertad para educar a los hijos conforme a principios y valores familiares, practicar la religión que deseen, en una palabra: donde se viva en la verdadera paz en que gobierno y sociedad trabajen para construir el bien común.

Lo descrito, nos llevaría a pensar que la construcción de la ciudad de Dios en este siglo se ve como un sueño lejano, una verdadera utopía. Pero podría haber circunstancias que nos pusieran en el camino correcto. Trataremos de dilucidarlas.

Lo acontecido en dieciséis siglos a vuelo de águila.

Caída de Roma a la edad media.

El imperio romano (de occidente) del que se deriva la civilización cristiana occidental estaba en declinación al final de la vida de San Agustín. En el año 476 d.C. cae Roma a manos de los pueblos bárbaros; su conversión al cristianismo moderó, de alguna forma, la destrucción y le dio sentido a la vida social y política. La herencia de la cultura grecolatina fue el eje de desarrollo en Europa, norte de áfrica y Asía menor. Las naciones se fueron formando en la zona mencionada, la religión católica le dio sentido de unidad y trascendencia.

Y empezó la edad de la fe; así discurrió la baja y alta edad media, siempre entre conflictos armados, sociales y políticos. El esfuerzo por construir la civilización cristiana con el Sacro Imperio sucumbió ante las ambiciones políticas, conflictos en los que también intervino la Iglesia. La visión de la ciudad terrenal y celestial estaban enfrentadas por la ambición humana, por el interés temporal sobre el espiritual; surgió en este período una amenaza, la más grave que haya enfrentado el mundo occidental: la herejía del islam. La caída de Constantinopla (Imperio Romano de Oriente) en 1453, cierra esta etapa de la historia; muchas vidas y esfuerzos se perdieron en las cruzadas para reconquistar la Tierra Santa, la supuesta unidad de los reinos europeos sucumbió a la ambición de los mismos reyes. En Europa, concretamente es España, con la toma de Granada por los reyes católicos en 1492, el islam es expulsado de esa zona; la división geopolítica-religiosa, en términos generales, así ha permanecido desde entonces.

En resumen, frente al enemigo común, en la edad de la fe, la Iglesia fue eje de la civilización, de la cultura en las primeras universidades, con la magnífica arquitectura gótica; Sin embargo, en este período de casi un milenio, se perdió una buena oportunidad para dar los pasos hacia la construcción de la ciudad de Dios.

De la Edad media al S. XVIII.

Entre los finales del S. XV y el S. XVI, se llevaron a cabo los grandes descubrimientos y dentro de la misma Iglesia católica surgieron las grandes escisiones que generaron el movimiento de reforma protestante.

España y Portugal, de manera destacada llevan la pauta en el descubrimiento de las nuevas tierras en América y ganan para la Iglesia católica a los habitantes del Nuevo Mundo. La Iglesia tendría la oportunidad de liderear una visión de sociedad distinta a la europea, pero los insignes misioneros no pueden contener a los ambiciosos conquistadores, más preocupados por poder político y enriquecimiento personal que por el establecimiento de un buen gobierno para los naturales y los peninsulares; abusos que no pudieron ser contenidos ni por las disposiciones reales de una Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II. Los esfuerzos de un Bartolomé de las Casas, Junípero Serra, entre otros, se pierden en esta vorágine incluido el intento por seguir el sueño de la Utopía de Tomás Moro en tierras de la Nueva España.

El S. XVII denominado de “la ilustración”, se proclama la necesidad de salir de la oscuridad, de la ignorancia para alcanzar la luz del conocimiento. Francia encabeza este movimiento, con la inspiración de una vida de tolerancia, igualdad, libertad y justicia; en realidad para suplantar los valores que proponía la Iglesia católica de fe, esperanza y caridad, y para a terminar con los abusos de la nobleza y el alto clero. Este movimiento termina con la Revolución Francesa y sus graves excesos. Los seguidores de este cuerpo doctrinal generaron en América los movimientos de independencia.

La religión seguía ocupando un papel preponderante en el terreno mundial pero ya muy acotada por los sistemas políticos que destronaban imperios y construían repúblicas. Las alianzas y pugnas de la Iglesia con estas formas de gobierno y el éxito de las nuevas ideas disminuyeron su relevancia al surgir la masonería con la misión ulterior de minar a la Iglesia católica. Estas circunstancias generaron la gestación de los modernos estados que, con el sustento del pensamiento protestante y de la esclavitud como forma de explotación económica, entran al escenario mundial como las nuevas potencias, el ejemplo más claro: los Estados Unidos de Norteamérica.

Nuevamente las ambiciones de poder político, social y religioso enfrentan a las diversas sociedades y pueblos, e impiden un esfuerzo para construir la ciudad de Dios.

Siglos XIX y XX

Desde finales del S. XVIII, se empiezan a gestar las revoluciones políticas, donde la burguesía y las ideas de la ilustración desplazan a las monarquías y surgen las opciones modernas de gobierno. En toda América se ven estos cambios en forma dramática. Las potencias europeas pierden sus dominios en este continente. Con los Estados Unidos como cabeza de lanza, surgen las nuevas repúblicas.

En la transición de los S. XIX y XX surgen las llamadas revoluciones sociales, en las que México se distingue con la propia, pero la que incide en el plano mundial fue, sin lugar a duda, la rusa. En esos tiempos la Iglesia católica se mantenía como un factor de cohesión en muchas regiones y empieza el ataque sistemático de la ideología comunista que lleva en forma sistemática un plan de acción para desterrar su práctica hasta bien entrado el S. XX y aún persiste en el actual. En el último siglo se sufrió la barbarie de las dos guerras mundiales con millones de muertos. Fueron tiempos muy difíciles para plantear la visión de una civilización con verdadero sentido humano. En términos generales la tan anhelada paz no se concretó en los hechos, la famosa “guerra fría” generó muchos conflictos y se gastaron enormes cantidades de recursos en armas, y ejércitos que hasta ahora estamos viviendo.

En resumen, con esta revisión de la historia observamos que la constante ha sido el conflicto, la lucha por el poder, la barbarie. Tal parece que no hemos dejado un espacio para construir la anhelada ciudad de Dios. En algún momento algunos países han realizado esfuerzos para construir sociedades con sentido cristiano, se buscaba el Estado del Bienestar. Y en esta se meta se centraron los esfuerzos. El mejor ejemplo podría ser la Democracia Cristiana que se originó en Europa a mediados del S. XIX, y que fue especialmente influyente en Italia, Holanda, Francia y Alemania. En este País le ayudó a salir de la postración de la posguerra. En la actualidad, también en Europa, la comunidad de la Unión Europea ha realizado esfuerzos de desarrollo social compartido; pero se han olvidado del orden espiritual. Si revisamos las estadísticas sociodemográficas, la idea del bienestar se ha vuelto egoísta. Las personas hacen a un lado la familia tradicional, ya no desean hijos, la práctica de la religión se ha olvidado; no hay visión de trascendencia.

¿Qué podemos esperar?

Transcurre el año 2024, y nuevamente hay conflictos, los más destacados: la guerra de la Federación Rusa contra Ucrania y la de Israel contra Hamas en la franja de Gaza, podríamos decir que este último es milenario.

La verdad no parece alentador el panorama; el Papa Francisco está llamando a que la Iglesia sea una de salida, de encuentro con las personas; el último esfuerzo fue el encuentro de la sinodalidad, el esfuerzo por caminar juntos clero y seglares, escuchar a cada persona individualmente como miembro de la Iglesia. El resultado fue que se plantearon las necesidades de enfrentar, con una nueva visión los retos actuales. En Alemania se llevó a cabo un ejercicio que dejó muchas dudas, temores de que, en lugar de unidad de acción, de concordia en los objetivos, se podría desembocar en nuevas fisuras para la Iglesia.

Se dice que los tiempos de crisis son oportunidad para cambiar las cosas. Tal vez con los adelantos tecnológicos que facilitan la comunicación, las buenas iniciativas podrían ayudar a plantear un esfuerzo para construir la Ciudad de Dios.

El responsable de la conducción de la Iglesia parece ser la voz que clama en el desierto, las personas se alejan día a día de la práctica religiosa; no lo escuchan los gobiernos que deben procurar el orden temporal.

Pero no es propia del cristiano católico la desesperanza; San Agustín escribió la Ciudad de Dios, como el remate de la lucha de la Iglesia contra el paganismo de los primeros cuatro siglos de nuestra era. Llevó a cabo su proyecto y lo cristalizó en su vida. Él fue capaz de abandonar el placer mundano hasta convertirse en un doctor de la Iglesia, este modelo de ciudad vivió en su interior, irradió a toda la humanidad, de esa forma trascendió.

En el libro XI de su extensa obra, se refiere a los dos amores que fundaron las dos ciudades: la terrena, el amor propio que llega hasta menospreciar a Dios y la celestial, el amor de Dios, que llega hasta menospreciarse a sí mismo, unos hombres viven según el hombre, y otros según Dios.

Se ha dicho de esta obra que es una filosofía de la sociedad humana en su desarrollo histórico -una metafísica de la sociedad-, una interpretación de la vida individual y social, a la luz de los principios fundamentales del cristianismo.

Después de esta revisión de la historia, en la que repasamos los sempiternos conflictos en los que se ha desarrollado la humanidad, se reafirma que el mensaje de Cristo fue una verdadera sacudida, señaló que el camino para la convivencia en la ciudad terrenal es el amor la compasión y la solidaridad; el mensaje profundo es que la ciudad de Dios la construimos las personas de buena fe que creemos en estos principios; si, la construcción de la ciudad de Dios empieza en nuestro interior, con nuestra conversión para gozar, después de esta vida, la patria celestial que será donde se haga realidad la Fe y la Esperanza y vivamos la plenitud del amor en Dios.

La construcción de la ciudad de Dios es posible en cualquier época, mientras existan personas que vivan en el amor de Dios.

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