La elección entre el bien y el mal sigue siendo un misterio y se han elaborado varias explicaciones. Desde las reflexiones teológicas hasta la teoría de la elección racional (como expresión más política del tema), se ha intentado dar cuenta de nuestras decisiones sin lograrlo cabalmente. Los planes de la Modernidad, en el sentido de suprimir el mal recurriendo a la Razón, terminaron en un estrepitoso fracaso.
El problema lo planteó San Pablo, con una expresión que brotó del fondo de su alma: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Biblia de Jerusalén, 2019. Rm 7:19).
Para el Apóstol de los gentiles, adentro de cada uno de nosotros hay una lucha entre el bien y el mal, lo que, de entrada, descalifica toda interpretación maniquea.
En ocasiones, encontramos razones de nuestro proceder: un mal ambiente familiar, malos ejemplos, falta de formación, una mala experiencia de vida, etcétera. Sin embargo, hay otros casos en que no y se requiere de mucho valor para aceptarlo. San Agustín se percató de ello al narrar en sus Confesiones que a veces hizo cosas malas por el simple gusto de hacerlas. Como el robo de unas peras durante su adolescencia.
Así lo reconoce: “¿Qué era, pues, lo que a mí me gustaba de aquel robo? (…) Yo no quería gozar del objeto robado, sino del robo mismo y del pecado” (San Agustín, 2007. Libro II, caps. 4-6). Aunque parece un asunto menor, nos muestra el aspecto demoníaco por el deleite en la cosa mala en sí. Simplemente le gustó hacerlo y nada más.
Desde el principio, San Agustín se caracterizó por una incesante y sincera búsqueda de la verdad. Cuando descubría que algo no lo era, abandonaba esa postura filosófica. Uno de los temas torales de su pensamiento fue precisamente encontrar la razón de la existencia del bien y del mal, pasando por las principales corrientes intelectuales de la época. Hasta que se topó con la fe en Jesucristo, del cual había estado huyendo buena parte de su vida. Será precisamente en San Pablo donde encontrará la respuesta al misterio. Todo esto configuró su teoría de las dos ciudades en el curso de la Historia.
Desde San Pablo y San Agustín se generó una corriente de pensamiento centrada en lo que el primero llama: “el misterio de iniquidad”, expresada en tres vertientes complementarias pero diferentes. Una es la teológica, referida a San Pablo: “Porque el misterio de la iniquidad ya está actuando” (2 Ts 2:7), que apunta a la manifestación final del Anticristo. Otra es la filosófica y psicológica, que es la que adopta San Agustín en sus Confesiones, cuyo objetivo es que el ser humano asuma su responsabilidad al elegir el mal con un vacío de sentido. La tercera es la histórica, relacionada con un mal grave que afecta a la Humanidad (Holocausto, totalitarismo, aborto, suicidio asistido como política de Estado, en fin) porque el mal y la crueldad se convierten en un sistema. Este enfoque fue usado por San Juan Pablo II y Hannah Arendt, entre otros.
Asumir solo uno de ellos desestimando a los otros dos, puede dar pie a malas interpretaciones. Pese a que en el Nuevo Testamento se aclara que vendrán muchos anticristos, se ha pensado que lo malo es externo a nosotros e intrínseco a otros.
La trampa del maniqueísmo es evidente: la lucha entre los buenos y los malos, el ejército del bien y las huestes del Anticristo.
El enfoque de San Agustín en su obra citada es de capital importancia, porque indica con precisión que hay una confrontación dentro de cada uno de nosotros, misma que se decidirá al momento de la muerte. Las tres convergen en la dimensión histórica del mal, donde al final se manifestará “el misterio de iniquidad”, pero eso no nos exime de nuestra responsabilidad. Es la lucha entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del hombre (el mal), que se desarrolla en el ser humano y se proyecta en la Historia.
Para la teología católica, el maligno y sus secuaces ya han sido vencidos. Pero, en la recta final de la Historia de la salvación, se constatará de manera definitiva a manos del Espíritu Santo.
No sabemos cuándo terminará la Historia, pero el tránsito del siglo XX al XXI se caracterizó por una especie de rebelión metafísica que, ahora, amenaza con ser ‘teológica’, por decirlo de algún modo.
En la literatura, en las películas, en la televisión, en buena parte de los medios y en las redes sociales, así como en la política, las leyes y la cultura, hay una embestida por implantar un sistema donde el mal es presentado como el bien y viceversa, pretendiendo que tomemos cierto gusto por el mal. Es el deleite por hacerlo, tal y como lo dice San Agustín.
La Humanidad a dos fuegos: desde afuera, por el demonio y el mundo; desde adentro por nuestra propia concupiscencia. Cada época tiene sus propios anticristos, hasta que llegue el último. Empero, eso no debe distraernos de la confrontación que tiene a cada ser humano como campo de batalla. En cierto modo, la lucha bipolar de la Guerra Fría fue el teatro del engaño, pues nunca hay que confundir las batallas temporales (comunismo, totalitarismo en general, populismo y otras más) con el combate espiritual propio de un escenario teológico.
Entramos al siglo XXI en medio de un proceso de ‘borrado’ de las fronteras entre el bien y el mal, que busca diluir toda noción de pecado. El objetivo es innegable: disfrutar de hacer el mal adormeciendo la conciencia. Culturalmente, hay una confrontación entre las Confesiones de San Agustín y este deleite por el mal.
Eliminados los héroes y adalides del bien, al igual que los antihéroes y malhechores, sin duda se entra en un lapso de confusión. Ni siquiera políticamente hablando se pueden distinguir unos de otros. En algunos aspectos tendrán rasgos divergentes, pero, en otros, los bandos se asemejarán. Por ejemplo, alguien como Donald Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin, que forcejean por la preeminencia global, quieren una IA desprovista de parámetros morales. Son autoritarios y no se llevan bien con la libertad de expresión. Trump y Putin, a su vez, coindicen en su defensa de la vida, la sexualidad natural y otros aspectos.
Así como no debes confundir el combate espiritual con las batallas temporales, tampoco debes “firmarle cheques en blanco” a ninguno de ellos. No van a dudar en abandonar o posponer alguna ‘convicción’ en aras del poder…
Como sea, tenemos un punto ciego. El maniqueísmo “se ha dado un tiro en el pie”, pues, trasmutados los valores, resulta insostenible todo enfrentamiento entre dos fuerzas irreductibles. Por eso, en medio del nihilismo, reaparece en el horizonte la figura de San Agustín para recordarnos que hay un Dios misericordioso y que no debemos dejarnos engañar por el deleite del mal en sí mismo.
Referencias:
Biblia de Jerusalén (2019). Editorial Desclée De Brouwer. Bilbao. Quinta edición.
San Agustín (2007). Confesiones (M. Vega, trad.). Editorial Alianza (Obra original publicada c. 397-400).
Cita este artículo
Andrade Martínez, J. de D., (2026, junio 24). San Agustín y el misterio del mal. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/san-agustin-y-el-misterio-del-mal/
Enlace a edición mensual





