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Entendiendo a Afganistán

por | Internacional

 

E

ntender lo que está sucediendo en Afganistán no es fácil para un occidental, acostumbrado a un estilo de vida y unos valores muy diferentes.

Unas veces, por la dificultad que supone ponerse en el lugar de personas de culturas que en poco o nada se parecen a la nuestra. En otras ocasiones, no escasas, simplemente porque tendemos a simplificar los acontecimientos, ignorando aspectos clave y quedándonos con lo superficial, con lo que nuestra percepción de la realidad resulta falseada.

Por ello, lo que en verdad acontece nos puede sorprender, e incluso indignar, pues es muy posible que no coincida con lo teníamos por cierto, o lo que nos habían hecho creer.

Así, aunque ahora se nos esté trasladando una imagen idílica del depuesto gobierno afgano, lo que había entre bambalinas seguramente no nos va a agradar. Cierto es que la llegada de los talibanes al poder no augura nada bueno para el futuro del país. Pero no todo era de color de rosa. Y esto es trascendental conocerlo para comprender el rápido desmoronamiento de la estructura gubernamental.

 

Corrupción

Para empezar, en el gobierno afgano era endémico un alto grado de corrupción. En los indicadores internacionales, es habitual que Afganistán esté entre los tres países más corruptos del mundo. Los ejemplos son abundantísimos. Cabe citar que el exvicepresidente Ahmed Zia Massoud –hermano de Ahmed Shah Massoud, quien fuera líder de la Alianza del Norte- fue acusado, cuando dejó el cargo, de haberse llevado a Dubái 52 millones de dólares en metálico (su sueldo oficial era de unos pocos cientos de dólares al mes), donde residió en una fastuosa mansión en Palm Jumeirah y se paseaba en un Rolls-Royce.

Una corrupción tan extendida a todos los niveles que un gobernador de una provincia se estima que gastaba más de 300.000 dólares anualmente para pagar sobornos. Así mismo, en Afganistán era posible comprar mediante sobornos prácticamente a cualquier funcionario, documento oficial o cargo público (incluyendo en la policía). Por ello, los afganos, siendo conscientes de este elevado grado de corrupción, lo único que pedían era que el cargo público fuera al menos eficaz en sus cometidos.

La lucha contra esta lacra es muy complicada, comenzando por su detección, pues el dinero de los sobornos se envía mediante la hawala, un procedimiento específico del ámbito islámico que hace indetectable el movimiento de dinero, y que es usado habitualmente no solo por criminales, sino también por políticos o personas corrientes.

Esta situación tiene un gran coste, pues, al estar acusado el gobierno de corrupción generalizada, en no pocas ocasiones los afganos han mirado a los talibanes como garantes de una honestidad de la que carecían las estructuras gubernamentales. Y, peor aún, han optado por los talibanes a la hora de que imperara cierta ley y orden en las ciudades y los campos.

 

Democracia

Aunque nos han hecho creer que en Afganistán había cuajado la democracia, no es totalmente cierto. Para empezar, los afganos no votan, en su inmensa mayoría, a un programa o partido político, sino que lo hacen al líder de su tribu que se presente a algún cargo.

Por otro lado, y si bien la democracia es una flor maravillosa, para prender en un determinado lugar se deben dar las condiciones precisas, unas características previas sin las cuales los esfuerzos, por muchos que sean, van a caer el terreno baldío.

Y sin la menor duda, intentar pasar de un país que, quitando las grandes ciudades, vive casi en la Edad Media, a una democracia de corte occidental es una total y absoluta quimera, abocada al fracaso. Como así ha sucedido.

 

Tráfico de drogas

En Afganistán se produce el 90% del opio mundial. El opio se procesa para transformarlo en la muy adictiva heroína.

Desde Afganistán se reparte a todos los rincones del mundo, a través de estados fronterizos, como Irán y Pakistán. Pasando por Asia Central llega a Rusia, y desde ahí a Europa. Así mismo, pasa desde Turkmenistán a Turquía.

Al menos el 10% de los beneficios totales -estimados en miles de millones de dólares- procedentes del cultivo de la adormidera han ido a parar a los talibanes. Las cifras son tan elevadas que permiten corromper a los guardias fronterizos.

Desde 2001, momento de la invasión, la producción no ha dejado de aumentar. Cuando las fuerzas internacionales intentaron hacer mayores esfuerzos para erradicar los cultivos, lo único que consiguieron fue que los locales afectados se posicionaran del lado de los talibanes.

 

Las fuerzas afganas

Para evitar las bajas de las tropas extranjeras, cuya incidencia en la opinión pública de sus países es tan grande, se potenció un gigantesco ejército afgano, con unos 300.000 efectivos, totalmente desproporcionado para el tamaño del país, y sobre todo para sus capacidades económicas.

Bien es cierto que ha estado subvencionado desde el exterior. De hecho, se consideraba que salía rentable, ya que mantener a un miembro de las fuerzas afganas costaba entre 10 y 100 veces menos que un soldado occidental (estimado hasta en un millón de dólares). Además, con la “ventaja” de que a nadie parecía importarle las bajas afganas; tanto poco que ni siquiera había datos fiables al respecto.

Por otro lado, se cometió el error de integrar mayoritariamente a tayikos en las fuerzas armadas, lo mismo que en los servicios de inteligencia, por lo que desde el primer momento fueron vistos por muchos pastunes como adversarios.

No hay que olvidar que los abandonos de los miembros de las fuerzas afganas eran constantes. Unas veces, de forma temporal para atender a las cosechas. Otras, puras deserciones con armas y bagajes a los talibanes, que les pagaban mejor o simplemente les ofrecían un teléfono móvil. En algunas unidades los abandonos llegaron al 90%, sobre todo en las zonas más conflictivas.

En el marco de esa corrupción generalizada, han sido muchas las sospechas de que las propias fuerzas de seguridad afganas han sido las autoras de numerosos casos de extorsión y secuestro, tanto de afganos como de extranjeros o personal de ONG.

 

Los medios de comunicación

Aunque se ha publicitado el aumento del número de medios de comunicación en el país desde 2001 como uno de los grandes logros alcanzados por la comunidad internacional, lo cierto es que han dejado mucho que desear.

Bien es cierto que durante la época talibán tan sólo existía Radio Sharia y unas pocas publicaciones religiosas gubernamentales, pero los logros reales no han sido, ni mucho menos, los deseables.

Para empezar, la radio y la televisión gubernamental –sostenidas con dinero extranjero- no pudieron contrarrestar eficazmente la estrategia comunicativa de los talibanes, que han seguido teniendo una enorme influencia entre los afganos. Los onerosos programas producidos con medios occidentales eran considerados por una amplia mayoría de afganos como alejados de sus necesidades reales y muy poco creíbles.

Así mismo, buena parte de los medios estaban controlados por grupos tribales o políticos tan solo preocupados por los intereses de los suyos. Por ello, no puede hablarse de que existiera una prensa que se pudiera considerar como independiente y objetiva.

Ahora, con la llegada de los talibanes al poder, aunque se les permitiera seguir trabajando, la mayoría de los medios serán insostenibles sin la ayuda extranjera.

 

La discriminación sufrida por los cristianos

Los cristianos que viven en Afganistán, estimados en varios miles, no han dejado de elevar su voz por la discriminación y persecución a la que se han visto permanentemente sometidos.

En un país donde no existe ni una sola iglesia, la Constitución prohibía taxativamente la conversión desde el islam a cualquier otra religión bajo pena de muerte y la Iglesia Evangélica estaba prohibida.

Los misioneros, reales o sospechosos de serlo, han sido asesinados sin miramientos, tras todo tipo de vejaciones.

El despuesto gobierno nada avanzó en este terreno, a pesar de haber transcurrido 20 años desde la caída del extremista régimen talibán. Considerando que los cristianos son un pequeño grupo, que la Constitución está basada en los principios islámicos y en la falta de exigencia de respeto por parte de la comunidad internacional, el gobierno nada hizo por la libertad de la práctica religiosa.

 

II

Una vez vistas las fallas del gobierno depuesto, es el momento de analizar otros aspectos claves de Afganistán, para su total comprensión.

 

Los pastunes

Los pastunes, unos 40 millones de personas -junto con los kurdos, son la mayor nación sin un estado propio-, que viven entre Afganistán y Pakistán, sean o no talibanes, han considerado a EE.UU. y a OTAN como fuerza de ocupación y, por tanto, se han sentido obligados a expulsarlos de sus territorios.

Además, los pastunes afganos están desilusionados por el incumplimiento de las promesas de desarrollo económico hechas por los países ocupantes.

 

Los talibanes

Nunca han dejado de disponer de santuarios y apoyos en Pakistán, desde donde han aprovechado para controlar distritos afganos, más o menos directamente, y en múltiples ocasiones de forma alternativa con las fuerzas gubernamentales.

Los ataques de las tropas extranjeras, por tierra o por aire, han surtido el efecto de proporcionales nuevos adeptos, pues las muertes de civiles afganos han provocado el enquistamiento del conflicto, en aplicación del ancestral principio de venganza, recogido en el código pastumwali.

La fuerza de los talibanes procede, más allá de sus motivaciones, de la convicción de que el tiempo juega a su favor. Por contra, era obvio que los occidentales no podrían continuar durante mucho tiempo combatiendo sin una posibilidad concreta de victoria y, al final, se verían forzados a abandonar el país, como hicieron británicos y soviéticos. Y así ha sucedido.

Para muchos afganos, los talibanes significan el orden y la paz. Brutal, sin dudas, pero paz, al fin y al cabo. No se debe olvidar que fueron llamados por el pueblo antes los desmanes de los muyahidines, que se hicieron con el poder tras la salida de los soviéticos, en 1989.

En donde gobiernan los talibanes no hay bandidos ni la policía para a los transeúntes cada pocos metros para extorsionarles. Si piden un impuesto, solo lo harán una vez, y no habrá posibilidad de sobornos. Debemos recordar que los talibanes eran los “estudiantes puros” que provenían de las madrasas existentes en las inmediaciones de la Línea Durán, entre Afganistán y Pakistán.

Para un occidental es incomprensible que un ciudadano pueda estar satisfecho con una autoridad que lleva a cabo ejecuciones públicas o corta las manos a los ladrones. Pero en el mundo afgano, las percepciones son muy distintas. Lo que para nosotros es una brutalidad injustificable y execrable, para muchos de ellos tan solo significa orden y seguridad.

 

Religión

La mayoría de los afganos son musulmanes sunníes, aunque también existe una importante minoría chií, los hazara. Dentro del sunismo, siguen la escuela coránica Hanbali, muy rigurosa. Además, los talibanes tienen sus propias particularidades, como rezar al día más veces de las cinco impuestas a la generalidad de los musulmanes.

En Afganistán existen más de 65.000 mezquitas, por lo que es muy difícil controlar lo que en ellas se pueden enseñar o difundir.

 

¿Existe una solución para Afganistán?

Es muy posible que haya habido algún tipo de acuerdo secreto con los talibanes. Es decir, dejarlos el camino expedito al poder, con tal de que cumplan una serie de puntos.

No se debe olvidar que EE.UU. hace tiempo les sacó de la lista de organizaciones terroristas para negociar con ellos. Por aquello de que Washington no negocia con terroristas.

Entre los aspectos que los talibanes se comprometerían a cumplir estaría condenar el terrorismo internacional, no apoyar la violencia en otros países musulmanes, declarar formalmente que no tienen una agenda fuera de Afganistán -de hecho, nunca la han tenido, pues su única intención era recuperar el poder en su país, sin ninguna vocación universalista, al contrario que Al Qaeda o Daesh-, y no permitir el asentamiento en su territorio de otros grupos salafistas-yihadistas que pudieran convertir Afganistán en su santuario o su base de entrenamiento.

Incluso condicionar la necesaria e imprescindible ayuda económica internacional a una cierta apertura, muy especialmente en cuanto a las libertades de las mujeres.

Todo esto está por ver. Ojalá se cumpla lo que sea lo mejor para el muy sufrido pueblo afgano.

 

III

Si bien hay amenazas que se ciernen sobre los afganos de forma evidente, hay otras que, a pesar de que puedan pasar desapercibidas, se ignoren o no se las dé la suficiente importancia, la tienen, y mucha, para la salud y el bienestar de los afganos.

 

Medio ambiente

Para comenzar, unos aspectos de los que no se suele hablar en este escenario, en el que la violencia parece endémica, cuáles son los riesgos medioambientales.

Aunque pueda sorprender, lo cierto es que el medio ambiente en Afganistán se ha ido deteriorando a gran ritmo. Sólo en Kabul, se estima que al menos fallecen 5.000 personas anualmente a consecuencia de enfermedades relacionadas con la contaminación, la primera causa de muerte natural.

Según datos oficiales del gobierno afgano, el 80% de los pacientes hospitalizados en la capital padecen enfermedades provocadas por aire y agua contaminada. Kabul tiene tres veces más partículas contaminantes por metro cúbico en la atmósfera que cualquier otra ciudad de los países vecinos.

Las causas son diversas. Para comenzar, el elevado número de vehículos que circulan por la ciudad, muchos de los cuales están en un penoso estado de conservación, y que han pasado de 70.000 en 2003 a más de un millón en la actualidad.

Por otro lado, ante la deficiente red eléctrica, en la capital se calcula que existen más de 250.000 generadores, los cuales emiten altas dosis del contaminante dióxido de carbono. Gran parte de estos generadores son empleados en instalaciones gubernamentales, ONG y oficinas internacionales.

Otro aspecto que está degradando rápidamente el medioambiente es la tala indiscriminada de árboles, asociada al tráfico ilegal de madera, especialmente en las provincias ricas en vegetación.

 

La masificación urbana

Unido al tema de la contaminación de las grandes ciudades está el de su masificación. Baste citar el ejemplo de Kabul. Diseñada en 1978 para un máximo de 800.000 habitantes, cuenta ya entre sus calles con más de cinco millones de personas.

Fruto tanto de movimientos internos desde zonas rurales como del asentamiento de los cuatro millones y medios de afganos que regresaron al país desde 2002. La consecuencia son condiciones de vida penosas, con limitado o nulo acceso a agua corriente o servicios médicos, y una elevada tasa de paro.

 

La proliferación de armas

El elevado número de armas que existe en el país, unido al tradicional culto a la violencia, asegura un alto grado de inseguridad.

Tan curiosa como lamentablemente, en Afganistán, a pesar de no contar con ninguna fábrica de armamento, se da una de las mayores concentraciones de armas por habitante del mundo, fruto de los últimos conflictos. La cifra supera holgadamente los 10 millones de armas ligeras, lo que significa una relación de, al menos, una por cada tres habitantes.

Aunque hay algunos mercados importantes en el interior del país, los proveedores mejor surtidos se encuentran en las fronterizas zonas tribales de Pakistán, lugares sin ley.

Los talibanes han aprovechado los beneficios de las drogas para hacerse con más armas, a las que se unen las proporcionadas por la comunidad internacional, que no siempre han estado suficientemente controladas. En este sentido, se estima que, desde 2002, las fuerzas afganas han recibido más de medio millón de armas de todo tipo.

 

Tráfico de seres humanos

Si bien hay mucha información y preocupación por el tráfico de drogas, el de seres humanos es un asunto mucho más desconocido.

No obstante, Afganistán está considerado no sólo como fuente, sino también como lugar de tránsito y de destino de niños, mujeres y hombres con los que se comercializa para fines sexuales o de esclavitud.

Habitualmente, las niñas y los niños afganos son comercializados dentro del país o enviados a Irán, Pakistán, Arabia Saudí u Omán, con finalidad de explotación sexual, matrimonio forzado, arreglo de disputas o deudas, mendicidad, empleo como niños-soldado u otras formas de esclavitud. Con las mujeres se trafica tanto internamente como enviándolas a Pakistán o Irán para ser explotadas sexualmente. Los hombres, por su parte, suelen ser enviados a Irán como mano de obra esclavizada.

Así mismo, Afganistán es punto de destino de mujeres y niñas traídas de China, Irán y Tayikistán para ser explotadas sexualmente. Igualmente, las tierras afganas son transitadas por niños y mujeres tayikas en su camino a Pakistán e Irán, donde sufrirán explotación sexual.

La ausencia de un sistema legal eficaz facilita este tipo de execrables actividades, estando muchas veces los traficantes compinchados con los señores de la guerra locales que controlan las instituciones gubernamentales de su zona.

En conclusión, el nuevo gobierno talibán se enfrenta a muchos otros problemas más allá de la violencia. Para solventarlos con eficacia, precisará de la ayuda internacional. Si se obstina en un planteamiento extremo, como el de la época anterior, solo conseguirá un amplio aislamiento internacional que perjudicará al conjunto de los afganos. Esperemos que, dentro de su radicalismo, entren en razón.

 

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Autor

  • Analista, escritor y conferenciante en geopolítica, estrategia, defensa, seguridad, inteligencia, terrorismo y relaciones internacionales. @geoestratego | geoestratego.com