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El agotamiento estratégico de Estados Unidos

por | Internacional

Con la reflexión sobre el agotamiento estratégico de los Estados Unidos de América se pretende comprender la realidad de la política internacional teniendo en cuenta la situación de su principal actor en términos de influencia.

Esta situación de debilidad o impotencia afecta específicamente a las misiones internacionales, es decir, a su presencia en otras regiones mediante el poder militar, económico y diplomático.

La retirada norteamericana de Afganistán (2021) tras una presencia continuada de veinte años señaló el punto de inflexión. Sus objetivos políticos con respecto a otros escenarios terminaron con un fracaso similar, como fue Siria, Libia, Yemen, Haití, y muy especialmente Irak, tras dos guerras del Golfo y un gasto astronómico de miles de millones de dólares.

Esto mismo ha ocurrido en Francia con el anuncio de una drástica reducción de sus fuerzas militares en la región del Sahel tras ocho años de esfuerzo internacional con la seguridad, especialmente en Mali.

La lección aprendida para la principal economía y el ejército más poderoso del mundo, tanto en África como Oriente Medio o Asia Central, es que no se puede defender o ayudar a quienes son incapaces de defenderse y ayudarse a sí mismos.

El despliegue de recursos militares, económicos y políticos para acelerar los resultados previstos produce a menudo efectos contraproducentes. Kosovo, Timor Oriental, Chad, República Democrática del Congo, Sierra Leona o Liberia confirman que a más intervención para garantizar la seguridad y la estabilidad, se logran peores resultados.

El discurso de exportar la democracia y de cambiar regímenes, de reconstruir naciones o de hacer de policía internacional para combatir el terrorismo llegó a su fin.

El hecho de que la principal potencia del sistema internacional no pueda cumplir sus expectativas afecta a su credibilidad, a sus compromisos con los aliados y abre la puerta a una etapa de incertidumbre.

También afecta a su política interior porque el ciudadano norteamericano está frustrado con los resultados y decepcionado con el destino de sus impuestos, por no hablar del sacrificio generoso de miles de soldados heridos o fallecidos.

El “qué hacemos en el mundo” forma parte de los debates en una opinión púbica polarizada. Pero el America First de Donald Trump o los America is back o It’s time to finish the job de Joe Biden no van a cambiar la tendencia a abordar los intereses nacionales y la contención de China. El creciente poder chino obliga a Washington a un reordenamiento de sus prioridades estratégicas, a prestar menos atención a escenarios como Oriente Medio y Europa, y a volcar la mayor parte de su esfuerzo exterior en Asia-Pacífico.

Ya se trate de una derrota militar, un repliegue estratégico o una reordenación de prioridades, hay un elemento de cambio, de fin de una época y de un modelo estratégico. Reconstruir países en conflicto mediante una combinación de esfuerzo militar y de ayuda al desarrollo es un impulso que está definitivamente paralizado. La alternativa al envío de tropas (Boots on the ground) es la cooperación con material, armamento y tecnología, que es lo que estamos viendo en la guerra de Ucrania.

Este agotamiento también es ideológico y es interesante analizarlo desde el punto de vista doctrinal. La doctrina o estrategia de seguridad, entendida como una forma eficiente de relacionarse con el mundo y conformar la realidad del sistema internacional, está siendo debatida en foros y think-tanks.

Los cambios se suceden con rapidez e intensidad, así que los instrumentos de las Administraciones deberán diseñarse para ir más allá de las circunstancias históricas y reconocer los límites de la realidad y las exigencias institucionales y constitucionales estadounidenses. También implicará integrar los intereses de las élites y su nuevo orden mundial, especialmente el poder económico y financiero.

No es momento de entrar en teorías conspirativas o debates simplistas. El repliegue estratégico no significará pérdida de poder estadounidense (diplomático, militar, económico o tecnológico), sino un reordenamiento necesario adaptado al nuevo escenario global.

No se puede incurrir en obligaciones externas que excedan el presupuesto económico, el poder militar y la voluntad de desplegar dichos recursos de forma indefinida y en todas partes. Los proyectos de construcción estatal son un fracaso estratégico, no táctico. En su libro de memorias de George W. Bush (2010) afirmaba: «Afganistán fue la misión de construcción nacional por excelencia. Habíamos liberado al país de una dictadura primitiva, y teníamos la obligación moral de dejar en el lugar algo mejor». Dos décadas después del inicio de la intervención en Afganistán (2021), el presidente estadounidense Joe Biden aseguró que es «el final de una era en que Estados Unidos utiliza el poder militar para transformar otras naciones».

Las preguntas que surgen son qué hacer con China, Rusia, Irán y Corea del Norte; cómo seguir apoyando a Taiwán; o cómo afrontar lo que ocurre en países como Venezuela, Cuba o Colombia. Se impone en Estados Unidos una nueva doctrina pragmática y flexible, que acepte el mundo tal y como es, y que no esté atada a una guía utópica, de valores o ideales alejados de sus intereses concretos. Pero la paradoja es que se está llegando a una situación donde la no doctrina o la anti-doctrina forma parte de la dinámica de la Casa Blanca, con declaraciones y comportamientos impredecibles.

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Autor

  • Gabriel Cortina

    Diplomado en Altos Estudios de la Defensa Nacional por el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (Ministerio de Defensa, España). Analista de asuntos estratégicos de seguridad, especializado en política de defensa.