Cuando la libertad religiosa se defiende con la vida

Israel Sánchez Martínez

Cuando la libertad religiosa se defiende con la vida
Al conmemorar el 108 aniversario de la UNPF y acercándonos al centenario de la Guerra Cristera, en esta tierra mexicana que ha dado tantos mártires, rendimos un humilde homenaje a quienes, perteneciendo a esta noble institución, inscribieron sus nombres en la historia celestial. Los recordamos y oramos por ellos en la tierra, pidiendo su intercesión por nuestro México. Su lucha por la libertad religiosa, un derecho fundamental que hoy, como ayer, exige nuestra vigilancia y defensa, es un faro que ilumina nuestro deber y nuestro derecho.

Pocas narrativas históricas palpitan con la fuerza de quienes se alzaron en defensa de la libertad de conciencia. Desde las lejanas Cruzadas hasta las dolorosas persecuciones religiosas que, lamentablemente, resurgen con inquietante actualidad en Asia, Latinoamérica y Europa –sacudidas por ideologías que, escudándose en la ley, imponen la «justicia» de unos pocos sobre el sentir de muchos–, la lucha por este derecho fundamental es un eco constante en la historia humana. Hoy, en México, recordamos un capítulo particularmente heroico de esta batalla. 

Desarrollo con Enfoque en el Legado y la Actualidad: 

La historia de México guarda el testimonio imborrable de individuos e instituciones que, con valentía inaudita, defendieron su derecho a la libertad religiosa, incluso ofrendando la vida.

Un ejemplo señero es el de quienes me precedieron en la Presidencia de la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF) durante la Guerra Cristera. En aquellos años convulsos, valientes mujeres y hombres del Bajío y del Centro de nuestro «México Guadalupano» entregaron todo por una causa trascendente. 

Corría el año 1925, apenas ocho años después de la consolidación del gobierno carrancista y su Constitución de 1917, un documento que, si bien se proclamaba fruto de la voluntad popular, en realidad buscaba centralizar el poder en un sistema político ávido de control. Aquel México, paradójicamente, también alumbró figuras patrióticas como José Vasconcelos y Manuel Gómez Morín, quienes vislumbraron con profunda preocupación los riesgos de un poder gubernamental omnímodo para la incipiente democracia nacional. 

Pero fue la libertad religiosa en México la que vivió una de sus noches más oscuras desde el siglo XVII. La reforma constitucional de 1917 cercenó la acción religiosa y su vínculo con la sociedad, alimentada por el «peligro» que representaba para las estructuras liberales-jacobinas incrustadas en el gobierno y en movimientos sociales y sindicales que aspiraban al control social. La historia demostró lo funesto de tales restricciones. 

Ante esta amenaza a los derechos fundamentales –que mientras en el mundo se defendían, en México se reprimían con cárcel, amenazas y ejecuciones–, emergió la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa. Liderada por el visionario Don Miguel Palomar y Vizcarra (1880-1968), abogado, escritor y pensador católico, también uno de los fundadores del Partido Católico Mexicano (PCM) en 1909, la Liga se erigió como un faro de resistencia. Su contribución a la gesta cristera fue crucial, no solo por su fundación, sino por el apoyo estratégico que brindó al inminente conflicto. Como legislador, Palomar y Vizcarra fue pionero en la promoción de políticas públicas a favor de la familia, presentando iniciativas que buscaban proteger el patrimonio familiar tras los estragos de los conflictos armados, en colaboración con la UNPF. 

A este llamado se unieron figuras notables como el Lic. Rafael Ceniceros y Villarreal (miembro fundador del PCM), el Lic. José Esquivel Alfaro (periodista yucateco), el Ingeniero Carlos F. Landero, Femando Silva y Luis G. Bustos (representantes de los Caballeros de Colón), el Sr. René Capistrán Garza, Luis G. y Román Ruíz Rueda (de la ACJM), el Lic. Edelmiro Traslosheros (de la Unión de Damas Católicas), Juan Lainé (Caballero de Colón), Enrique Torroella Jr. (vinculado a los Jesuitas), Mariano G. Laris (de las Conferencias de San Vicente de Paul en Michoacán) y Manuel de la Peza (de la UNPF), entre otros. 

Tres características notables unían a estos líderes: 

I:Un Vínculo Apostólico Poderoso: La mayoría perteneció activamente a la sociedad apostólica de los Caballeros de Colón, organización católica que floreció entre 1890 y 1930, participando en la vida política y en la defensa de la Iglesia. Fundada en Estados Unidos en 1881, rápidamente se extendió a México, con una presencia significativa en ciudades como la capital y Jalisco. Este movimiento eclesial, hoy presente en más de 124 países, sigue colaborando en la defensa de la libertad religiosa e impulsando el diálogo y el apoyo en conflictos globales, como los recientes en Ucrania e Israel-Palestina. 

II: La Experiencia del Partido Católico Mexicano: Muchos fueron ex representantes del desaparecido PCM, lo que les permitió articular un movimiento social de gran calado, sumando líderes de importantes organizaciones católicas de la época como la ACJM (liderada por Anacleto González Flores), la Unión Popular y la Unión de Trabajadores Católicos, con una presencia nacional significativa desde 1912 hasta hoy. Su compromiso por la participación católica en la vida pública fue un motor constante en la convocatoria de estos colaboradores de la Liga. Su éxito radicó en su efectividad, su profundo compromiso y su honorable propósito de servir al bien común. 

III: El Germen en la Unión Nacional de Padres de Familia: La mayoría de sus integrantes, incluyendo a Don Miguel Palomar y Vizcarra, fueron fundadores y colaboradores clave de la UNPF. Entre 1917 y 1921, la UNPF logró establecer al menos 1,250 comités municipales y una extensa red de comités de padres de familia en más de 50 mil comunidades. Esta sólida estructura fue fundamental para la efectividad y operatividad de la Liga, gracias a sus amplios alcances y alianzas con otras organizaciones católicas. 

El Desenlace y la Relevancia Actual: 

La Liga, fundada el 14 de marzo de 1925, junto con otras instituciones católicas, catalizó los eventos que desembocaron en la sangrienta persecución del gobierno contra los católicos. Su labor inicial se centró en denunciar la coerción de la libertad de culto, la persecución y ejecución de sacerdotes y el cierre de templos. Ante la cerrazón de Plutarco Elías Calles y la influencia de estructuras masónicas que buscaban imponer preceptos del bloque bolchevique y el manual marxista-leninista –similares a los regímenes totalitarios de la época en Rusia, Polonia, Alemania y España–, el diálogo resultó infructuoso. 

La Liga desplegó una intensa labor informativa, apoyada por numerosas organizaciones católicas, destacando el papel crucial de la UNPF en la comunicación y vinculación. La respuesta del gobierno fue la promulgación de la infame «Ley Calles» el 14 de junio de 1926, que restringía severamente el culto público. La Liga respondió con manifiestos de indignación ante estas atrocidades, que convulsionaron al país y generaron reacciones a nivel internacional. Como muestra de la ideología subyacente, el 28 de mayo de 1926, Calles fue condecorado por la masonería internacional por sus acciones contra los católicos. 

Ante la escalada del conflicto, la profanación de templos y la persecución de sacerdotes, la Iglesia Católica, buscando el bienestar de la población, optó por cerrar los templos el 31 de julio de 1926. Fue entonces cuando la Liga impulsó con mayor fuerza un movimiento de defensa de sacerdotes, obispos y laicos, cuyo testimonio de vida y sangre dio origen al movimiento «Cristo Rey», popularmente conocido como Cristero –un término inicialmente despectivo acuñado por el gobierno, pero que pronto se convirtió en un grito de resistencia. 

Miles de católicos se organizaron, dando lugar a un levantamiento armado principalmente en Jalisco, Colima, Michoacán, Durango, Chihuahua, Zacatecas y la Ciudad de México, extendiéndose a otras regiones. La Liga se convirtió en un importante articulador de esfuerzos, proveyendo alimentos, medicinas y ropa, fortaleciendo iniciativas como las brigadas Santa Juana de Arco y la Unión Popular. Difundió información sobre el conflicto a través de panfletos y boletines, sumando miles de voluntarios. La providencia dispuso que valientes donadores mexicanos y extranjeros apoyaran con armas y municiones, conformando un ejército de más de 50 mil hombres, mujeres y niños tan solo en Jalisco y Colima. 

La Guerra Cristera duró tres años. El 18 de noviembre de 1926, el Papa Pío XI denunció las atrocidades sufridas por la Iglesia en México en su encíclica Iniquis afflictisque. El conflicto cobró la vida de más de 25 mil personas. El gobierno, viéndose acorralado, convocó a un diálogo con la Iglesia y la Liga, acuerdo que, lamentablemente, no cumplió en su totalidad. Si bien se reabrieron los templos y se restableció el culto, las relaciones entre el gobierno y la Iglesia permanecieron rotas hasta 1992. La Liga continuó informando y apoyando hasta su disolución en 1939, dejando un legado de valentía y compromiso. 

Un Legado Personal y Colectivo: 

Mi propia historia familiar está marcada por este conflicto. La familia Juárez Herrera, de donde proviene mi abuela materna (+), tuvo que abandonar su hogar en Zacatecas y rehacer su vida en San Luis Potosí, huyendo de la persecución callista. Mi abuela contaba cómo sus padres participaron activamente en las actividades de la Liga. Innumerables historias similares resuenan en las comunidades católicas de México, testimonios que han marcado generaciones enteras. 

Al conmemorar el 108 aniversario de la UNPF y acercándonos al centenario de la Guerra Cristera, en esta tierra mexicana que ha dado tantos mártires, rendimos un humilde homenaje a quienes, perteneciendo a esta noble institución, inscribieron sus nombres en la historia celestial. Los recordamos y oramos por ellos en la tierra, pidiendo su intercesión por nuestro México.

Su lucha por la libertad religiosa, un derecho fundamental que hoy, como ayer, exige nuestra vigilancia y defensa, es un faro que ilumina nuestro deber y nuestro derecho. 

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