Cosas de la Democracia

Juan Francisco Montalvo

La democracia ya no es participación en el gobierno y la búsqueda del Bien Común, sino una salvaje lucha por la supervivencia de una idiosincrasia o cosmovisión, donde la personalidad y la individualidad están siempre al límite.
La democracia ya no es participación en el gobierno y la búsqueda del Bien Común, sino una salvaje lucha por la supervivencia de una idiosincrasia o cosmovisión, donde la personalidad y la individualidad están siempre al límite.

El 2024 ha sido calificado por algunos como el “Súper año electoral” o el “año de las elecciones”, y no es para menos, cerca de 100 países alrededor del mundo (y organismos como la Unión Europea) tendrán o han tenido elecciones. Incluso algunos comicios se han generado de último minuto, como el caso francés, en el que Emanuel Macron, tras las aplastantes victorias de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen en el Parlamento Europeo ha decidido convocar a unas arriesgadas elecciones anticipadas para el parlamento francés.

En América Latina lo que luce son los populistas de uno y otro signo, en India y otros países el modelo nacionalista arraiga y en África los golpes de estado siguen en el aire. Las próximas elecciones británicas presagian la caída de los conservadores, mientras que en Estados Unidos la estrella del ahora condenado Donald Trump parece que no pierde brillo. En el caso de México la reciente, y controvertida, elección del 2 de junio se saldó con un carro completo para el Partido -oficialista e izquierdista- Morena. Mientras en México, y América Latina, se afianza la izquierda, en Europa ganan las parlamentarias los autodenominados “partidos de centro”, la derecha dura se consolida y la izquierda resiste.

Ante este escenario no es difícil entender el malestar de la población tanto de izquierda como de derecha. Decía un amigo mío: “La democracia siempre nos deja mal sabor de boca porque alguien tiene que perder”. Esas palabras me recuerdan a una canción poco conocida de un cantautor español aún menos conocido: Luis Fajardo.

El artista cuenta con una canción llamada “Cosas de la democracia” escrita en 1980 en el contexto de la Transición Española, el regreso de la democracia a España y la violencia de ETA. La letra critica lo que el autor percibe como los males que la democracia ha traído al país ibérico, marcando una conexión entre la violencia y la pérdida de las instituciones con la aparición de los partidos políticos de izquierda en la escena y su supuesta hipocresía respecto de los grupos terroristas. Más de uno podría sentirse inclinado a aceptar la propuesta de Fajardo y a tomar sus palabras, mutatis mutandi, como propias.

Ahora bien, aunque Fajardo cantaba para la derecha franquista española, lo cierto es que el sentimiento de molestia y hastío que causa la democracia no es exclusivo de la derecha, sino que es transversal a todo el espectro político, no es difícil imaginar a los socialistas europeos cantando una tonada similar cada vez que la derecha o la “ultraderecha” gana escaños. El problema radica no en que gane uno u otro, sino en que pueden ganar “los del otro lado”, aquellos que no piensan como nosotros y que, al menos en nuestra mente, son la fuente de todos los problemas.

¿Y qué pasa si “los del otro lado” ganan consistentemente las elecciones? O tal vez ¿Qué pasa si “los nuestros” dejan de lado los valores y se venden al mejor postor? Es en estos casos cuando la fascinación por la democracia se convierte en repulsa y lo que con tanto ahínco se consiguió se arroja a la basura. Si todos son iguales entonces nuestro voto no sirve para nada, y después de esta afirmación se encuentra la muerte de la política.

La desesperación llevará a algunos a elegir a los personajes más histriónicos que prometan las decisiones más radicales, si las llevan a cabo serán alabados como héroes y no se les negará nada (Bukele, López Obrador, Donald Trump, etc), si no las cumplen entonces se buscará al siguiente que si pueda hacerlo. Y estos personajes no dudarán en mantenerse en el poder, y lo que es peor, la población se los exigirá. Es el momento de los populismos y lo eventuales autoritarismos que derivan de estos.

Este es el panorama general del mundo, la polarización, el auge de los extremos, la depreciación de la acción política, el abstencionismo y al final la apatía. Podríamos explicar este fenómeno de muchas maneras distintas, pues sus causas son multifacéticas, pero me gustaría centrarme en una en particular, a mi parecer la más profunda, la relación de la Democracia con la Verdad.

La democracia no es una forma de gobierno nueva, en cualquier grupo humano es común tomar las decisiones por consenso, ante la duda, vale más ver a los niños pequeños cuando toman la decisión de qué jugarán. Esto nos hace pensar que no sería extraño imaginar a los hombres de Cromañón eligiendo donde colocar el campamento o que presas cazar con base en este proceso democrático. Pero lo mismo podríamos afirmar de la monarquía o de la aristocracia, pues esta tríada de formas de gobierno se ha presentado durante toda la historia.

Ahora bien, el mayor desarrollo de la democracia lo encontramos en la Grecia Clásica, específicamente en la célebre ciudad de Atenas, en la que sus ciudadanos participaban activamente de la toma de decisiones de la polis. Pero aquí caben hacer dos comentarios: el primero es que, si bien Atenas vivió y desarrolló la democracia, también es cierto que los atenienses fueron presa de la demagogia y el populismo, y que en diversas ocasiones, más de las que les gustaría admitir, entregaron el gobierno a políticos de la peor calaña, que nada le piden a los actuales en cuanto a corrupción y falta de valores. El segundo es de mayor importancia y es la particular forma en la que los atenienses concebían la democracia, muy diferente de la nuestra.

La Grecia clásica distinguía entre la “certeza” y la “verdad”, la primera se refería únicamente a aquello de lo que uno podía estar “seguro” con independencia de que fuera verdadero o no; mientras que la segunda se refería a aquello que se adecuaba y expresaba la realidad tal y como era. Así pues, uno podía tener una certeza, pero esto no implicaba necesariamente que se tuviera la razón o que fuera cierto lo que se creía.

¿Cómo se podía conocer la Verdad? Más allá de la opción, siempre válida para los griegos, de que los dioses expresaran la verdad (el culto a Apolo y a las musas partía de esta idea) los filósofos proponían la posibilidad de descubrir la verdad por medio del estudio y del diálogo, el famoso método mayéutico socrático y platónico parte de esta idea, cada quien es capaz de conocer algo de la Verdad, sólo se necesita de la atinada guía de los maestros y el estudio para que esta salga a la luz. Así pues, la discusión honesta, humilde y sincera podía llevar a los individuos a encontrar la Verdad, entre más personas (con sus limitaciones propias de la idiosincrasia de la época como el sexo, la propiedad y el nivel de estudios) participaran en dicha discusión más de la Verdad podría ser encontrada.

La idea de la “esfera política” explicada por Hannah Arendt expresa esta concepción griega de la participación en el ámbito político para que cada ciudadano proporcione la parte de la Verdad que ha podido descubrir desde su particular posición en el mundo. Así pues, para el griego, la democracia no es la construcción de la verdad, sino su descubrimiento, el que perdía en una votación podía al menos sentir cierto consuelo en que la Verdad había sido descubierta (si bien la molestia de perder no desaparecía del todo, y nunca lo hará).

Roma por su parte trajo un gobierno primero monárquico, luego republicano y por último imperial, la democracia, en algunos casos más, en otros menos no desapareció del panorama. Por su parte la Cristiandad Medieval, si bien monárquica, se experimentaba en muchos niveles como democrática: el feudo no se podía entender sin la participación de los siervos, la ciudad requería del visto bueno de los gremios e incluso el emperador no podía gobernar sin el apoyo y el consejo de sus príncipes, condes y duques. El propio municipio español, posteriormente trasladado al Nuevo Mundo, se basaba en la participación activa de sus miembros; y lo mismo se identifica en los distintos gobiernos locales a todo lo largo y ancho de Europa.

El quiebre (o al menos el que nos interesa para los efectos del presente) llega con la modernidad y las Guerras de Religión en Francia. La fatídica Noche de San Bartolomé del 23 de agosto de 1572, arroja a Francia a una vorágine de barbarie, los crímenes primero de los católicos, y luego de los protestantes, estremecen la unidad gala hasta sus cimientos. Surge entonces el grupo de los politiques con Michel de l´Hopital a la cabeza, su vocero será Jean Bodin con sus “Seis libros de la República” y el concepto de soberanía política.

Dentro de las muchas propuestas y consecuencias del pensamiento de los politiques surge una de vital importancia para la democracia. Hasta antes de estos pensadores la sociedad europea se regía por la idea del “Bien superior”, toda la civilización se enfocaba en que sus miembros alcanzaran lo que se definía como el mayor bien, en la Cristiandad Medieval este se identificaba como la salvación de las almas, así pues, todas las instituciones y toda la vida giraban en torno a asegurar la salvación de sus miembros.

La propuesta de los politiques expresa que, dada la imposibilidad de determinar cuál de las dos visiones, la protestante o la católica, debía de ser considerada como el “Bien superior” se debía transitar a una visión de “valores fundamentales” en la que deben primar aquellos valores o condiciones en las que todos pudieran coincidir, tales como la paz, la seguridad, la estabilidad económica, entre otros. De esta manera la sociedad dejó de considerar que la Verdad era algo alcanzable, y se impuso entonces la creencia de que cada quien podía tener su propia verdad siempre y cuando esta fuera compatible con los “valores fundamentales”.

La lección, con tropezones, fue finalmente comprendida por todos. Ya que la Verdad era imposible de alcanzar lo que se debía hacer era tomar el control político e imponerla a los demás (en esto participan también las ideas de Maquiavelo con su Príncipe y de Hobbes con su Leviatán, pero eso es historia para otro momento), la Verdad se convertía en certeza y se ligaba a la voluntad del soberano. Cuando el soberano dejó de ser el monarca y pasó a convertirse en la Nación la suerte estaba echada, todos los ciudadanos, por medio de su voto elegían la certeza que más les convenía, y la mayoría determinaría cual sería la verdad por encima del resto de las posibles certezas.

De esta manera, la Verdad ya no se descubría, sino que se construía una nueva verdad temporal, que duraría mientras la mayoría se mantuviera. Como la democracia presupone el constante cambio del poder también se volvía necesario aceptar que la verdad no podía ser inmutable, terrible problema el afirmar otra cosa, pues sería aceptar que la mayoría pudiera estar equivocada, lo que contradecía lo afirmado por pensadores como Montesquieau, Rousseau y los revolucionarios franceses que consideraban que el pueblo y la Nación no podían errar. La única forma de mantener el sistema era pues aceptar que la verdad podía cambiar con el grupo en el poder y que más les valía a todos aceptar esto, so pena de ser tachados como radicales y por lo tanto un peligro para la comunidad. La política se condenaba así a separarse de la Verdad y de la trascendencia.

Hoy en día las diferencias ya no se consideran como una posibilidad de ampliar nuestra visión y de descubrir en conjunto la Verdad, sino como una limitante, una desviación que debe ser aplastada. Sin embargo, la persecución de otras formas de pensar no lleva necesariamente a su desaparición, sino a la creencia, cada vez más fuerte, de que la única forma de lograr que se escuche la voz propia es conquistando el poder. Ahora este poder se usará para acallar a los perseguidores originales, proceso que se repetirá con cada nueva elección y cambio de gobierno, lo que galvaniza los ánimos y aumenta la polarización. La democracia ya no es participación en el gobierno y la búsqueda del Bien Común, sino una salvaje lucha por la supervivencia de una idiosincrasia o cosmovisión, donde la personalidad y la individualidad están siempre al límite.

La única forma de reventar este ciclo es ni más ni menos que la verdadera vida política, esa que los griegos, los romanos y los medievales entendían tan bien, no la aplanación de las diferencias y la homogeneización absoluta, sino la integración de las distintas voces sociales por medio del diálogo. Pero esto sólo es posible si antes educamos a la sociedad para entender que solamente existe una Verdad y que esta puede ser descubierta, si y sólo si, todos estamos abiertos a encontrarla, y que el estar equivocados no tiene que condenarnos al exilio político o a la persecución.

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