Bien Común aquí y ahora (parte IV)

Cecilia Romero Castillo

Bien común aquí y ahora (parte IV)
La Doctrina Social de la Iglesia nutre el concepto de ‘humanismo’, y éste puede ponerse en práctica de manera natural en las comunidades cercanas. Es en esos espacios, específicamente en el municipio, donde el liderazgo inspirado en el humanismo puede rendir mejores frutos para el bien común. De lo local surgen los liderazgos estatales y nacionales que pueden influir en la legislación y en las políticas publicas.

La Doctrina Social de la Iglesia ilumina las acciones de los laicos que se desempeñan en todos los aspectos de la vida, y así como urge a la participación de todos en la vida pública, ofrece soluciones adecuadas para enfrentarla y avanzar hacia el bien común.  La Iglesia no define la filosofía ni la forma de gobierno que se ha de adoptar en los diferentes países, pero sí inspira en los hombres ideas tendientes a lograr el pleno desarrollo de las sociedades en las que viven.

De los muchos movimientos que en este sentido se han desarrollado en la humanidad a través de la historia, el humanismo es aquel que se nutre de raíces filosóficas acordes con las prerrogativas esenciales del ser humano. El humanismo hunde sus raíces en el concepto occidental y cristiano de la persona humana, como ser único e irrepetible, y ha tenido diferentes expresiones, como el pensamiento aristotélico-tomista de donde emerge ‘la eminente dignidad de la persona’. También se inspira en el pensamiento romano de la primacía de la ley, las instituciones y el Estado de Derecho.

Otra tradición de la que se nutre el humanismo es el iusnaturalismo, que reconoce la preeminencia del derecho natural sobre el derecho positivo e identifica los derechos inherentes a la persona como anteriores al Estado, por lo que éste debe reconocerlos y respetarlos. Podemos decir con razón que el humanismo es pionero en la defensa y promoción de los derechos humanos.

La Doctrina Social de la Iglesia, que interpreta aspectos de la vida económica, política y social del mundo contemporáneo a la luz del Evangelio, fortalece el corpus doctrinario del humanismo, que también ha hecho propios algunos aspectos de la democracia liberal, como la legitimidad democrática del poder, la división de poderes y la distribución de responsabilidades de gobierno.

El humanismo ha tenido diferentes ‘apellidos’ a través del tiempo. El ‘humanismo cristiano’, ‘humanismo integral’ o ‘humanismo personalista’ que tiene como exponentes a Emmanuel Mounier y Jacques Maritain, entre otros; es la corriente de la que abrevan partidos políticos en el mundo que se denominan populares, democratacristianos, de centro, o de centro derecha.

Ahora bien, la práctica del humanismo en las comunidades básicas, como la familia y la escuela, así como en los espacios inmediatos a la persona en concreto, como el barrio y el municipio, es donde el ejercicio del liderazgo puede ser más efectivo, y donde el bien común puede ser más asequible para todos. Es desde lo local como el liderazgo humanista puede ser proyectado hacia espacios superiores y lograr mayor y mejor influencia para beneficio de cada vez más personas.

Un esfuerzo conjunto de ciudadanos en torno a problemas concretos y su solución puede tener mejores resultados que un discurso en la plaza pública. La adopción de una causa a nivel local y la gestión adecuada de la misma ante las autoridades competentes para su atención estimulan la iniciativa ciudadana y hacen crecer el liderazgo de quienes participan.

La puesta en práctica de los principios del humanismo puede obtener resultados tangibles que convenzan a los escépticos de que vale la pena esforzarse por el vecindario o por la colonia.

Es en el municipio, por ende, donde con mayor intensidad se puede ejercer el liderazgo y donde se practican los principios del humanismo.

En el municipio se tejen lazos de solidaridad y se construye el bien común. Del municipio surgen las propuestas de mejora y las exigencias de cambio, las candidaturas, las campañas y las autoridades. El municipio es ‘la casa grande’ que debemos cuidar y por la que debemos trabajar.

Un líder vecinal que solidariamente apoya a su comunidad, que vela por el bien común de su barrio, que ofrece sus talentos al servicio de los más vulnerables, ligado a una institución política confiable, puede atraer más y mejores militantes, más y mejores ciudadanos, y logrará influir en el resto para generar dinámicas de bien común robustas y de largo alcance.

La práctica de estos valores en la familia y en la comunidad, así como el aprecio por la democracia, son elementos constitutivos del bien común. Los gobernantes que emanan de esos espacios asumirán naturalmente la causa del bien común como objetivo de su gobierno. Los ciudadanos tendrán la oportunidad de colaborar en su construcción, y de vigilar que se respeten sus postulados.

Esta práctica del oficio ciudadano puede darse tanto en partidos políticos, como en organizaciones de la sociedad, o en colectivos ciudadanos que surgen en torno a causas específicas. La baja aceptación que hoy en día tienen los partidos deriva en un desaliento de muchos ciudadanos que se incorporan a organizaciones sociales.

Siendo esto un fenómeno lógico, juega no obstante en detrimento de la fuerza partidaria, debilita a los partidos, y se convierte en un círculo vicioso que en nada conviene al sano desarrollo de la democracia, ya que son los partidos el cauce a través del que los ciudadanos expresan su definición en torno a candidaturas y en última instancia, de gobernantes.

Cabe añadir que la militancia en un partido político no es excluyente de la participación en organizaciones de la sociedad. Todo lo contrario; es en esa coordinación de esfuerzos y división de tareas donde se encuentra la fortaleza para consolidar una ciudadanía activa y comprometida con su comunidad.

El trabajo en el municipio es fundamental en la aplicación práctica de los postulados del humanismo.

Sobre este tema Javier Brown dijo: “La revitalización del municipio lleva a la política democrática y a la gobernanza pública ahí donde realmente pueden funcionar. Es en la organización municipal donde se deben reivindicar las causas del humanismo hoy día: el reconocimiento de la dignidad humana ante la indiferencia; la solidaridad contra la solitariedad; la subsidiariedad contra la entrega de dádivas; el bien común contra los afanes de personas y grupos. Es en el municipio donde la dignidad puede ser reconocida, donde el miedo puede ser desterrado y donde puede renacer la esperanza.”

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