El 1 de julio, el periódico El Faro reveló lo que ya era un rumor doloroso: durante el mes de junio se concretó un éxodo silencioso de más de 40 periodistas salvadoreños, empujados al exilio por amenazas, vigilancia y posibles órdenes de captura del régimen de Nayib Bukele. Algunos, que salieron del país en mayo como medida preventiva, ahora se reconocen oficialmente como exiliados, al constatar que volver implicaría un riesgo real.
La imagen es inquietante: profesionales que un día soñaron con narrar la verdad desde su tierra, hoy son obligados a contarla desde lejos. Pero su vocación no se apaga, porque detrás del periodista que escribe desde el exilio, vive el mismo impulso que mueve a un jóven en el aula: la convicción de que informar, pensar, cuestionar, soñar… es parte de cambiar el mundo.
Al final, tanto la redacción como la universidad comparten un mismo anhelo: que comunicar la verdad no sea motivo de castigo, que el pensamiento no sea delito, que el futuro pueda imaginarse en libertad.
La universidad es un enjambre de cuerpos inquietos, una efervescencia de preguntas, una incubadora de futuros. Es allí donde la juventud, aún intacta por el desgaste del cinismo, ensaya el mundo como podría ser. En ese tiempo de la vida, soñar no es un lujo, es una necesidad vital. La sociedad, en cambio, parece estancada: teme, se resigna, repite.
Frente a su quietud, el joven y el periodista comparten un mismo espíritu crítico y soñador, donde surge la voz incómoda, la pregunta insistente, la palabra que interpela.
Solo el que sueña puede ser un agente de cambio. Una nación aquejada por la traición de sus gobernantes, que adolece la indiferencia de sus líderes, a un pueblo que llora la identidad perdida, solo le queda soñar. Soñar con que algún día se le haga justicia, soñar con que un día se respete lo que tantas vidas ha costado construir.
En una realidad política donde la intolerancia se ha vuelto estructural, soñar es ya una forma de resistencia. El cinismo y la resignación son las patologías de una sociedad cansada, que ha dejado de imaginar alternativas. En lugar de acallar a la juventud que ve en el futuro la esperanza de algo mejor, es menester propiciar que se escuchen sus sueños. Y también recordar, como hacen quienes escriben a la distancia, que el silencio no es neutral. Solo de grandes aspiraciones nacen cambios proporcionales. Que lo normativo y lo positivo no se identifiquen no significa que haya que aletargarse ni dejar de luchar por más.
Esa pasión de juventud, esas ganas de comerse el mundo y mejorarlo, evocan la reminiscencia de Platón: parece que el alma joven recuerda que lo que vive está llamado a ser más. La magia de la infancia no se ha perdido, sino que empieza a vislumbrarse como algo posible, como si aún conservara el eco del Mundo de las Ideas, esa región pura y eterna donde habita la justicia, la verdad, la belleza. El joven y el apasionado quieren más porque saben que la realidad tiene mucho más que dar.
La tibieza y la mediocridad intentan empequeñecer el espíritu. Ante esto, amplitud de horizontes, sueños grandes y mirada idealista, porque algún día el tirano caerá, sonarán las campanas y la casa volverá a ser reconocida como hogar.
Soñar es, entonces, un acto político. Es resistirse a aceptar que lo que hay es lo único posible. Es desobedecer sin armas, pero con esperanza.
El que sueña se convierte en disonancia, en anomalía dentro del sistema. Y por eso lo silencian. Porque el soñador recuerda a los demás que otro camino es pensable, y por tanto, exigible. Porque su existencia incómoda a los resignados.
Lo que ocurre con los periodistas salvadoreños no es ajeno a esto. Su exilio no es una huida cobarde, sino una prueba radical de su fidelidad al sueño que los mueve: contar lo que pasa, aunque duela, aunque incomode, aunque los obligue a partir. Y esa fidelidad es también un testimonio. Una herencia para quienes vienen detrás. Porque mientras haya alguien que escriba desde el exilio, habrá alguien que, desde alguna aula, empiece a soñar con regresar.
No hay transformación sin idealismo. No hay verdad sin coraje. No hay libertad sin memoria. Y si el joven, como sugiere Platón, tiene el alma más cerca del Mundo de las Ideas, entonces su misión es clara: recordar a los adultos lo que han olvidado. Que el mundo puede ser justo. Que la política puede ser noble. Que la vida puede ser digna.
Soñar no es ingenuidad, es insistir en que la historia no está escrita del todo. Insistir en que los pueblos no están condenados al fracaso. Insistir en que la democracia no es una ficción, sino una construcción paciente. Soñar es, por tanto, una forma de memoria activa: recordar lo que fuimos, lo que quisimos ser, y lo que aún podemos llegar a ser.
Por eso, soñadores, no temáis. Que nadie os convenza de que el pragmatismo es más sabio que la esperanza. Que nadie os diga que bajar la voz es madurar. Que nadie os venda como realismo lo que es, en el fondo, miedo. Despacito y con buena letra, soñadores. Que los sueños se hacen realidad con paciencia y mucho trabajo.
Porque mientras haya uno que recuerde como era el mundo cuando aún se podía soñar, no todo está perdido. Porque aunque callen las redacciones, y las aulas se queden vacías, siempre habrá alguien que, desde lejos o desde dentro, siga creyendo que es posible volver. Volver al país, al futuro, al hogar.





