El 4 de octubre de 2026, Brasil votó en primera vuelta y dejó frente a frente a dos proyectos que se presentan como opuestos en casi todo. El senador Flávio Bolsonaro obtuvo poco más de 47% de los votos válidos y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, poco más de 45%, según el Tribunal Superior Electoral. La segunda vuelta del 25 de octubre decidirá entre ambos; al cierre de este artículo todavía no había un ganador definitivo en esta contienda.
La elección se suma a los cambios del continente hacia las derechas. En junio, Abelardo de la Espriella llegó a la presidencia de Colombia por menos de un punto porcentual, según la Registraduría. Son derechas distintas entre sí, y no es la primera vez que la región cambia casi en bloque de signo: desde inicios de siglo alterna entre olas de izquierda y de derecha.
Cada cambio suele provocar dos reflejos. De un lado se celebra cada triunfo como si el continente recuperara su alma cristiana; del otro, cada triunfo pareciera confirmar la llegada de un nuevo autoritarismo. Ambos reflejos suponen que el humanismo cristiano ya eligió bando. Este ensayo sostiene lo contrario: que el humanismo es universal, que los pobres no son bandera de nadie y que los gobiernos se juzgan por sus frutos y no por su etiqueta.
Un humanismo sin apellidos
La universalidad del humanismo tiene una larga historia en la enseñanza social de la Iglesia. Pablo VI (1967, n. 14) sostuvo que el desarrollo verdadero debe ser integral y promover «a todos los hombres y a todo el hombre», y más adelante llamó humanismo pleno a esa doble amplitud (n. 42).
El peso de la fórmula está en el «todos»: un humanismo que deja fuera a una parte de la humanidad, por razones de nación o de militancia, se contradice en su propio nombre.
Podría objetarse que «cristiano» también es un apellido, y la objeción es seria: en Latinoamérica, el humanismo cristiano ha servido con frecuencia como bandera de partido.
Todo humanismo bebe de alguna fuente, sea la fe cristiana o la historia de un país. La fuente cristiana no excluye a nadie, porque la dignidad que funda alcanza a quien no cree, a quien nos adversa, a quien viene de fuera y a quien todavía no nace.
El humanismo auténtico es universal: un adjetivo puede nombrar la fuente de la que bebe, pero cuando nombra a un dueño deja de medir a las personas por su dignidad y empieza a medirlas por su pertenencia.
Por eso el Concilio enseñó que la Iglesia no se confunde con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno (Concilio Vaticano II, 1965, n. 76). También advirtió que, cuando fieles igualmente sinceros llegan a soluciones distintas, a nadie le está permitido hablar como si solo su parecer tuviera el respaldo de la Iglesia (n. 43). Un partido puede inspirarse en el humanismo cristiano; no puede apropiárselo.
Cuando los pobres se vuelven bandera
El 27 de noviembre de 2022, Andrés Manuel López Obrador, entonces presidente de México, propuso llamar «humanismo mexicano» al ideario de su movimiento. Lo describió como una síntesis entre el humanismo universal y los valores de los procesos revolucionarios del país, y le dio como divisa una frase que repetía desde hacía años: «por el bien de todos, primero los pobres». Exponerlo con justicia exige reconocer el parentesco evidente de esa prioridad con la enseñanza de la Iglesia, y que el propio López Obrador invocó con frecuencia el Evangelio.
Pero ¿en qué medida fue realmente la lucha contra la pobreza su prioridad? De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI, 2025), la población en pobreza multidimensional pasó de 41.9% en 2018 a 29.6% en 2024. La misma fuente registra el saldo pendiente: la carencia por acceso a los servicios de salud pasó de 16.2% a 34.2% de la población, después de tocar 39.1% en 2022. La respuesta es doble, y no se puede omitir ninguna de las dos cifras.
El problema de fondo no es si el adjetivo «mexicano» excluye a quien nació en otra parte, sino qué ocurre cuando un humanismo se vuelve el ideario de un movimiento en el poder. El riesgo es que los pobres pasen de sujetos a base electoral y que quien disiente quede del lado de los adversarios del pueblo. Si esa frontera coincide con la que separa al movimiento de sus críticos, la opción por los pobres deja de ser preferencial y se vuelve excluyente. Es un riesgo de todo proyecto que hable en nombre del pueblo, no un juicio sobre quienes lo integran.
La Iglesia ya conoció esa tentación. En 1984, la instrucción firmada por el cardenal Joseph Ratzinger criticó la lectura del Evangelio en clave de lucha de clases y precisó que la preferencia de la Iglesia por los pobres no es exclusiva (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1984, IX, 9). Advirtió también que esa crítica no podía servir de «pretexto para quienes se atrincheran en una actitud de neutralidad y de indiferencia» ante la miseria (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1984, Introducción).
La advertencia vale en las dos direcciones. Hemos visto programas sociales convertidos en clientela y la palabra pobres usada como consigna en gobiernos populistas, de izquierda o de derecha, y el recelo es comprensible. Quien, con razón, desconfía de la lectura marxista del Evangelio corre el riesgo de que el recelo pase de la consigna a las personas.
El documento que solemos invocar contra esa teología pide lo contrario: que el cuidado por la pureza de la fe vaya unido al servicio efectivo al pobre y al oprimido (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1984, XI, 18).
En Forja, Gamarra (2026) llamó degradación ideológica a reducir la pobreza a un dilema entre el pobre que lo es porque quiere y la víctima del sistema.
La opción preferencial por los pobres no pertenece a ninguna ideología: es un criterio evangélico, no una bandera.
Brasil en la balanza
Pedir a la doctrina social que elija entre Flávio Bolsonaro y Lula es pedirle algo que no hace. La Nota doctrinal de 2002 reconoce la libertad de la ciudadanía católica para elegir, entre las opciones compatibles con la fe, la que mejor sirva al bien común, pero distingue de ella las exigencias éticas que no admiten negociación, entre ellas la defensa de la vida desde la concepción (Congregación para la Doctrina de la Fe, 2002, nn. 3-4). Tres preguntas bastan: ¿qué hace cada gobierno por la vida, por los pobres y por el orden democrático?
El bolsonarismo recoge preocupaciones que el humanismo cristiano no puede despreciar: la vida, la familia, la libertad religiosa y la seguridad de barrios donde gobierna el crimen. Pero su fundador fue condenado por el Supremo Tribunal Federal a 27 años y tres meses de prisión, en 2025, por intentar revertir el resultado de la elección de 2022. Sería injusto imputar al hijo la condena del padre; sí es legítimo preguntar a su proyecto qué lugar le da a ese episodio.
El criterio de los pobres también le pide cuentas. Brasil volvió al Mapa del Hambre en 2021, durante el gobierno de Jair Bolsonaro; según Jorge Meza (2025), representante de la FAO en Brasil, por el cambio en las prioridades de la política pública y por los efectos de la pandemia.
El lema con el que Jair Bolsonaro llegó a la presidencia, «Dios por encima de todos», expresa una fe que comparte buena parte del electorado, pero no convierte en cristiano un programa. La instrucción de 1984 advertía contra la tentación de sacralizar la política y de captar la religiosidad del pueblo para empresas partidistas (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1984, XI, 17). Lo escribió contra la política revolucionaria; el principio vale para cualquier bando.
El gobierno de Lula presenta otra mezcla. Brasil salió por segunda vez del Mapa del Hambre en 2025, con una subalimentación inferior a 2.5% de la población en el trienio 2022-2024 (Meza, 2025).
En la otra columna pesa lo que la Nota de 2002 coloca fuera de negociación. En enero de 2023, el gobierno de Lula retiró a Brasil de la Declaración del Consenso de Ginebra, una declaración internacional contra el aborto y a favor de la familia, con el argumento de que limitaba los derechos sexuales y reproductivos. Lula ha dicho que se opone al aborto, pero lo trata como asunto de salud pública.
Un episodio atañe además a la Iglesia: según contó el propio Lula en 2024, el papa Francisco le pidió interceder ante Daniel Ortega por el obispo Rolando Álvarez, preso en Nicaragua; Ortega no atendió la llamada, y la vieja afinidad no evitó la ruptura entre ambos gobiernos.
Ninguno de los dos proyectos encarna la doctrina social y ninguno la contradice en todo. Lo innegociable pesa de otro modo: Ratzinger (2004), en un memorándum, distinguió entre votar a un candidato precisamente por su postura permisiva ante el aborto, que sería cooperación formal con el mal, y votarlo sin compartirla, lo que solo es admisible ante razones proporcionadas. Quien vote en Brasil tendrá que ponderar la vida por nacer, los pobres que no comen y una democracia que alguien intentó revertir.
Elegir con criterio
México no ha vivido ese cambio, pero el dilema alcanza a toda la región. Quienes compartimos el humanismo cristiano no votamos igual ni tenemos por qué hacerlo. Los pobres no son territorio electoral de nadie, ni de quien los nombra en cada discurso ni de quien prefiere no nombrarlos.
Pablo VI (1971) recordó que la acción política es ante todo una acción y no una ideología (n. 25), y advirtió contra el riesgo de refugiarse en una ideología como explicación suficiente de todo, hasta volverla un ídolo (n. 28). Izquierda y derecha suelen funcionar así: cada una ve una parte del bien humano y la toma por el todo. Landero Gutiérrez (2019) recuerda que el humanismo cívico supera la vieja dialéctica entre liberalismo y laborismo al fortalecer la ciudadanía.
El humanismo, en cambio, pone a la persona en el centro: el Concilio constata que creyentes y no creyentes coinciden en que todos los bienes de la tierra se ordenan al hombre, «centro y cima de todos ellos» (Concilio Vaticano II, 1965, n. 12). Esa visión es integral porque no se cierra: según Cárdenas, citado en Forja, el humanismo cristiano está «abierto, penetrable hacia lo absoluto trascendente» (Aguiar, 2026, p. 73).
Se puede votar por una opción sin casarse con ella.
Un gobierno se juzga por sus frutos y no por su lado del espectro: por su respeto a la vida, su combate a la pobreza y su respeto al orden democrático.
Los tres criterios obligan a todos. Defender la vida no se agota en el debate bioético: también se juega en el empleo formal de los jóvenes y en las medicinas de los adultos mayores. Combatir la pobreza no se agota en repartir apoyos: exige que lo repartido no se vuelva clientela. Y respetar el orden democrático incluye aceptar el relevo.
Ese juicio necesita, además, que la alternancia siga siendo posible. Juan Pablo II (1991, n. 46) escribió que la Iglesia aprecia la democracia en la medida en que permite a la ciudadanía elegir y controlar a sus gobernantes, y «sustituirlos oportunamente de manera pacífica». Esa posibilidad obliga a quien gobierna a rendir cuentas, y pide también una convivencia que permita perder sin odiar y ganar sin humillar. Por eso es tan grave intentar revertir una elección perdida, y por eso ningún gobierno, por buenos que sean sus números, debería volverse indispensable.
En 1980, en la favela de Vidigal, Juan Pablo II dijo que la Iglesia no es de una clase ni de una sola casta. Gobierne quien gobierne a partir de enero, el humanismo que ella propone le pedirá cuentas por quienes menos tienen, como a cualquier gobierno de la región. Por esos frutos, y no por su bandera, se conocerá a cada gobierno.
Referencias:
Aguiar, A. (2026). Magnífica Humanitas. Revista Forja para el Bien Común, año 6, núm. 57, pp. 68-76.
Concilio Vaticano II. (1965). Gaudium et spes: Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Libreria Editrice Vaticana.
Congregación para la Doctrina de la Fe. (1984). Instrucción sobre algunos aspectos de la «teología de la liberación». Libreria Editrice Vaticana.
Congregación para la Doctrina de la Fe. (2002). Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política. Libreria Editrice Vaticana.
Gamarra, F. (2026). Pobreza: ¿Elección o consecuencia? Parte II. Revista Forja para el Bien Común, año 6, núm. 60, pp. 50-52.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025, 13 de agosto). Análisis de los resultados de la medición de la pobreza multidimensional, 2024. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2025/pm/pm2025_RR_08.pdf
Juan Pablo II. (1991). Centesimus annus. Libreria Editrice Vaticana.
Landero Gutiérrez, A. (2019). Mapa del pensamiento social cristiano. En Ideas humanistas para los nuevos tiempos (pp. 67-86). Fundación Universitaria Española.
Meza, J. (2025, 13 de agosto). Brasil voltou a sair do Mapa da Fome. FAO Brasil. https://www.fao.org/brasil/noticias/detail-events/en/c/1741586/
Pablo VI. (1967). Populorum progressio. Libreria Editrice Vaticana.
Pablo VI. (1971). Octogesima adveniens. Libreria Editrice Vaticana.
Ratzinger, J. (2004). Worthiness to receive Holy Communion: General principles [Memorándum al cardenal McCarrick]. https://www.ewtn.com/catholicism/library/worthiness-to-receive-holy-communion-general-principles-29329
Cita este artículo
Huelgas, E., (2026, octubre 25). De pobres, humanismos e ideologías. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/de-pobres-humanismos-e-ideologias/
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