La encíclica Magnífica Humanitas de León XIV, centrada en la custodia de la persona ante la Inteligencia Artificial va a marcar un antes y un después, como lo hizo la Rerum Novarum de su antecesor, León XIII. Al conocerse la temática de la encíclica, en mi artículo anterior La urgencia de «Magnifica Humanitas» vaticinaba y celebraba que era previsible que la encíclica abundara y elevara lo plasmado en la Declaración Dignitas Infinita (2024), como efectivamente sucedió.
Sin embargo, en ese entonces no había sido publicado otra fuente fundamental de la encíclica, que constituye la materia prima de este artículo, pues merece también ser leída y releída con atención. Se trata del documento de la Comisión Teológica Internacional, ¿Quo vadis, humanitas? (QVH, febrero de 2026) que, en el contexto del 60º aniversario de la Constitución pastoral Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, retoma su método de “discernir los signos de los tiempos”, para interpretar escenarios futuros de la humanidad y proponer la antropología cristiana en contraposición a los planteamientos del transhumanismo y el posthumanismo.
Transhumanismo y Posthumanismo
Resulta por demás revelador la atención que la Iglesia otorga y análisis profundo que hace de dos ideologías de nuestro tiempo: el transhumanismo y el posthumanismo. No lo haría si no tuvieran un posible rol definitorio en el futuro de la humanidad.
Nuestra generación es la primera en confrontarse, como una posibilidad real y no ficticia, con proyecto del «hombre aumentado». El transhumanismo propone un salto evolutivo mediante el uso de biotecnologías y cibernética para superar los niveles normales de capacidad física y cognitiva, buscando incluso una inmortalidad inmanente. Esta narrativa conlleva un «resentimiento» hacia la condición humana real, viendo el cuerpo y sus límites como obstáculos que deben ser eliminados.
Por su parte, el posthumanismo es aún más radical al proponer una hibridación que disuelve la distinción entre lo humano y la máquina, deconstruyendo la identidad personal. El riesgo es el surgimiento de una «humanidad superior» dotada de tecnología, frente a una «humanidad primitiva» destinada a la extinción, rompiendo así los vínculos de fraternidad y el concepto de bien común. En este escenario, el ser humano deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un engranaje de eficiencia dentro de un paradigma tecnocrático que establece qué vidas cuentan y cuáles son descartables.
El documento estructura la tarea de discernimiento en torno a cuatro nociones o palabras clave: el desarrollo, la vocación integral, la identidad, y la condición dramática del proceso de realización de la identidad humana. De la sección sobre el desarrollo (capítulo 1), vale la pena la discusión (sobre la que no abundaré) sobre el impacto de las tecnologías modernas en cuatro dimensiones fundamentales: la relación con el medio ambiente, las relaciones entre las personas, la comprensión de sí mismo y la relación con Dios.
La novedad de la propuesta cristiana: La vida como vocación
El elemento más relevante de ¿Quo Vadis Humanitas? es su aspecto propositivo. A veces pareciera que nos dirigimos a un destino irreversible e indiscutible, nutrido además por un imaginario colectivo que la ciencia ficción y los gigantes tecnológicos se han encargado de moldear. Sin embargo, en el fondo hay una enorme insatisfacción sobre las propuestas de vidas homogéneas, la pérdida de identidad y vínculos personales, la ruptura con la historia y los orígenes, el tener todo solucionado, e incluso la idea de la inmortalidad, si no se sabe para qué se vive.
Frente a las tentaciones de crearse a sí mismo, más allá de las condiciones y límites de la naturaleza humana, y de la visión individualista de mejorar solo el bienestar individual de quienes tienen los medios para hacerlo, la antropología cristiana presenta una novedad disruptiva: la vida humana es, en su esencia, una vocación.
Esta visión y propuesta se desarrolla en varios pasos, que podrían considerarse un “Waze” para hacerle redescubrir a cada persona, a cada pueblo y nación, y a toda la humanidad su vocación:
1. Reencontrarse con la historia, las raíces y reconocerse como actores de la historia. La propuesta de la vida como vocación integral, tiene una dimensión histórica. Todos nacimos en un tiempo y lugar, con una historia que hay que asumir y un espacio que hay que habitar. Un presente que no conoce el pasado no tiene tampoco futuro (QVH 68). Hay una agenda social a trabajar, recuperando la memoria histórica, con verdad y asumiéndola sin omisiones ni adjetivos, si bien con un juicio crítico para poder construir sobre ella.
La perspectiva cristiana de la historia permite reconocer que “el Espíritu se halla en el origen de los nobles ideales y de las iniciativas de bien de la humanidad en camino” (QVH 74). La acción de Dios en la Historia no anula ni absorbe lo humano, por el contrario, la libertad que lo distingue de otras criaturas, le da el espacio de su propia realización (QVH74). En contraposición al triunfalismo del transhumanismo y al pesimismo radical del posthumanismo, la perspectiva cristiana, marcada por la Cruz, no promueve la victimización, pero sí atrae la atención al sufrimiento silencioso de tantas personas a lo largo de generaciones en todo el mundo. Ser actores de la historia, en sentido cristiano, implica hacer historia, con la acción y la pasión de la que está hecha, cambiando la realidad, con un sentido de justicia, ofreciendo una esperanza universal que responde tanto a la sed de justicia plena como a la aspiración de vida eterna (QVH 98).
2. Repensar el “espacio propio”. La fe cristiana también “desplaza el eje de la experiencia del espacio: «En efecto, los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. (…) viven en sus respectivas patrias, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros” (Carta a Diogneto 5,1)” (QVH 82). “El replanteamiento del «espacio propio» implica redefinir las fronteras como «umbrales», zonas de contacto, espacios de transición… La parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37) ofrece un modelo insuperable de la cultura del «hacerse prójimo» y del encuentro.” La propuesta cristiana mantiene los espacios abiertos a las diferencias, sin muros ni cierres. (QVH 84-85)
3. Asumir sentido de pertenencia. La intersubjetividad, es decir, la pertenencia a una familia, a un pueblo, una tradición, y en sentido amplio, a la familia humana, hace también humano al ser humano. Es en estos ámbitos donde la identidad personal se forja.
En la familia, la vida se recibe como un don. En ella, el niño es precedido, acogido por el deseo de otros. No ha sido arrojado a la existencia, no es un vacío que llenar, sino una plenitud y una promesa (QVH 86, 87, 88). De ahí la necesidad en el plano social de “garantizar a cada familia las condiciones sociales y económicas para acoger y acompañar este milagro del inicio, en un contexto de vida favorable al nacimiento y al crecimiento de los hijos” (QVH 89).
El pueblo al que pertenecemos, por su parte, “tiene un significado secular y religioso” y es también “sujeto de desarrollo plenamente humano”. “No hay identidad sin pertenencia a un pueblo, aunque se viva de una manera crítica”. Para la agenda social, hay que “evitar el doble riesgo de buscar los factores de unificación solo en la etnia, en la lengua o en la defensa del territorio … o bien de disolver la identidad del pueblo en una cultura cosmopolita anónima y globalizada, que deja expuestos a las leyes del mercado y de las finanzas sin preocuparse por tutelar el bien común de la sociedad” (QVH 90-92).
En el plano de nuestra responsabilidad global, si bien es un desafío el conciliar las historias particulares con el desarrollo mundial de la humanidad, la experiencia milenaria de la Iglesia en caminos históricos de diferentes pueblos y la noción de bien común, permiten reconocer que no basta con defender el interés nacional, hace falta más bien “promover una convergencia y armonización de los proyectos locales con las dinámicas mundiales”, “conciliar el bien de cada pueblo con el bien común de la humanidad entera” y proteger eficazmente los “bienes comunes” (la tierra, el agua y el aire) (QVH 94).
La responsabilidad de los organismos internacionales es clave, como mediadores y sujetos habilitados para decidir sobre el bien común y el destino de todos. Estos deben atendiendo a la economía real más que a las lógicas del beneficio, y no pierdan un enfoque ético sensible a la dignidad de la persona, al bien común en régimen de solidaridad y al bienestar de las sociedades, especialmente las más frágiles” (QVH 95).
4. Realización de la propia vocación. El mundo actual no sabe y no reconoce que ha sido llamado. De hecho, el documento afirma que especialmente en Occidente, se favorece a menudo una “cultura de la no-vocación.” En contraposición, la invitación cristiana a una “vida como vocación” abre un horizonte que supera el “proyecto de vida” efímero, ensimismado y supuestamente elegido (una profesión, estabilidad económica, la satisfacción de crecientes necesidades) que paradójicamente refleja la homologación con la mentalidad dominante. (QVH 103).
La propuesta cristiana implica la maduración de la identidad (a la que dedica el capítulo 3) a partir del reconocimiento del don gratuito de la vida, la aceptación y respeto del propio cuerpo, que con sus capacidades y limitaciones participa de la dignidad de “imagen De Dios” y la aceptación de una tarea de ser don para los otros, confiada por el amor de Dios a la libertad de cada persona y de los pueblos.
Dicha maduración de la identidad, tanto en personal como en lo social, nunca es estático ni definitivo, sino que posee una dimensión intrínsecamente dramática, que manifiesta en las “tensiones polares” típicas de la experiencia humana en la historia: entre lo material y lo espiritual, entre el hombre y la mujer, entre el individuo y la comunidad, y entre lo finito e infinito (abordadas en el capítulo 4, mismo que no abundaremos aquí).
El Fiat de María, se pone como referente y como ejemplo a imitar. “En la figura de María se cumple eminentemente la vida como vocación, como un proceso, propio de personas únicas y libres, que se vive en la gratitud y en la confianza más que como un proyecto de autorrealización” (QVH 105). Si observamos con detenimiento, su disposición y aceptación libre, marcaron un antes y un después en la Historia de la Humanidad, y ella marcó también de forma decisiva la historia de América con las apariciones de Guadalupe.
Hoy que tantas personas, tantas naciones y la humanidad entera parecieran no tener claro el rumbo. Los cristianos y los laicos en particular tenemos una tarea decisiva de recordarle a la humanidad su vocación y “suscitar de manera positiva la cultura de la vocación” (QVH 104).
Bibliografía:
Comisión Teológica Internacional, ¿QUO VADIS, HUMANITAS? Pensar la Antropología Cristiana ante algunos escenarios futuros de la Humanidad. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_doc_20260304_quo-vadis-humanits_sp.html#1._El_metodo_del_documento
Cita este artículo
Ardavín, J. A., (2026, octubre 17). Redescubrir a la humanidad su vocación. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/redescubrir-a-la-humanidad-su-vocacion/
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