La vida vista desde la biotecnología. Parte IV

María José Alvarado-López

La vida vista desde la biotecnología. Parte IV
Existen algunos hongos que por sus propiedades parecen milagros; todos ellos comparten una misma lección: lo pequeño, lo oculto o lo aparentemente insuficiente puede poseer una enorme capacidad de transformación.

HONGOS QUE PARECEN MILAGROS

Hay formas de vida que parecen empeñadas en contradecir nuestras expectativas. Aparecen donde suponíamos que nada podría crecer, aprovechan recursos que parecían inútiles y consiguen transformaciones desproporcionadas para su tamaño. Los hongos son especialistas en provocar este tipo de asombro.

Después de recorrer el modo hongo desde sus formas más sencillas hasta su lado oscuro, todavía quedan algunos niveles difíciles de clasificar. Hongos que viven cientos de metros bajo tierra, otros capaces de prosperar en presencia de radiación y unos organismos microscópicos que, con poco más que azúcar y tiempo, han transformado durante milenios alimentos, bebidas y culturas enteras.

Podrían parecer milagros. La ciencia, por supuesto, permite explicar buena parte de lo que ocurre: evolución, adaptación, metabolismo, selección natural. Pero comprender los mecanismos no necesariamente disminuye el asombro: a veces ocurre exactamente lo contrario.

Quizá la última lección del modo hongo es justo esa: aprender a asombrarse ante todo lo que la vida es capaz de hacer con aparentemente muy poco.

DONDE NADIE HABÍA PENSADO BUSCAR

Por mucho tiempo, buena parte de lo que se sabía sobre los microorganismos de las profundidades de la Tierra se concentró en bacterias y arqueas. Los hongos parecían actores secundarios o visitantes ocasionales. Pero un estudio publicado en 2026 obliga a reconsiderar esa imagen.

Los investigadores estudiaron aguas de formación del Antrim Shale, un yacimiento rico en materia orgánica de la cuenca de Michigan. Los pozos alcanzaban entre 247 y 556 metros de profundidad, en un ambiente predominantemente anóxico y con condiciones geoquímicas que, según los autores, podrían haberse mantenido estables desde finales del Pleistoceno. Allí encontraron entre 4,200 y 6,800 células de hongos por mililitro y detectaron una diversidad extraordinaria: 689 grupos taxonómicos de hongos distribuidos en seis filos.

Pero quizá lo más emocionante no fue encontrarlos.

Fue poder cultivarlos.

Este grupo de investigación obtuvo 205 cultivos fúngicos, agrupados posteriormente en 67 grupos, y 13 de ellos podrían corresponder a taxones que todavía no han sido descritos. Incluso establecieron una colección pública de estos microorganismos para que puedan continuar estudiándose.

Para la biotecnología existe una diferencia enorme entre detectar un organismo y conseguir cultivarlo. Encontrar su ADN permite saber qué está ahí. Tenerlo creciendo en un laboratorio permite hacer una pregunta mucho más interesante: ¿qué sabe hacer?

Y en este caso hay razones para preguntarlo. Entre los grupos predominantes aparecen hongos conocidos en la superficie por degradar compuestos de carbono difíciles de transformar. Los autores proponen que podrían desempeñar funciones semejantes bajo tierra, contribuyendo a convertir materia orgánica antigua y recalcitrante en formas de carbono disponibles para otros integrantes de esa comunidad microbiana. Es todavía una hipótesis funcional que deberá estudiarse directamente, pero abre un territorio enorme para la investigación.

No es sólo que haya vida donde parecía improbable encontrarla. Es que esa vida podría estar sosteniendo transformaciones que todavía no comprendemos.

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MODO HONGO RADIACTIVO: LO IMPOSIBLE SOLO ERA IMPROBABLE

Y entonces llegamos a otro nivel de esta clasificación: el modo hongo radiactivo. Después del accidente nuclear de Chernóbil se encontraron hongos melanizados prosperando en ambientes sometidos a altos niveles de radiación ionizante. Entre ellos se encuentra Cladosporium sphaerospermum, una especie que posteriormente se convirtió en uno de los modelos para estudiar una posibilidad fascinante: que la melanina no sólo proteja a algunos hongos frente a la radiación, sino que su interacción con ella pueda producir cambios aprovechables para su metabolismo.

De ahí surge el concepto de hongos radiotróficos. El término puede prestarse a una simplificación atractiva, pero incorrecta: no significa que estos hongos simplemente “coman radiación”. Experimentos realizados con distintas especies han mostrado que la radiación ionizante puede modificar las propiedades electrónicas de la melanina y que, bajo determinadas condiciones, los hongos melanizados presentan mayor actividad metabólica o crecimiento. Estos resultados han llevado a proponer que la melanina podría participar en procesos de captura y utilización de energía, aunque los mecanismos todavía no están completamente esclarecidos.

Esta capacidad también ha despertado interés biotecnológico: C. sphaerospermum incluso ha sido cultivado a bordo de la Estación Espacial Internacional para estudiar su crecimiento y capacidad de atenuar radiación. Aunque todavía se trata de investigación experimental, los hongos melanizados y la melanina han empezado a explorarse como inspiración para futuros biomateriales de protección radiológica.

Parece ciencia ficción. Sin embargo, el modo hongo radiactivo lleva el asombro un poco más lejos: la vida no necesita desafiar las leyes de la naturaleza para sorprendernos. A veces basta con descubrir posibilidades que todavía no habíamos imaginado dentro de ellas.

MODO HONGO NIVEL DIOS

Después de cientos de metros de profundidad y ambientes sometidos a radiación, parecería que para encontrar el nivel más extraordinario del modo hongo habría que viajar todavía más lejos. Quizá al fondo del océano. Tal vez al espacio.

En realidad, basta con entrar a una cocina.

Allí puede haber harina, agua y un puñado de organismos microscópicos que parecen no hacer gran cosa. Hasta que se les da tiempo.

Las levaduras son hongos unicelulares. No forman los grandes cuerpos fructíferos que solemos imaginar cuando pensamos en hongos y, a simple vista, una pequeña cantidad de ellas resulta insignificante. Sin embargo, su metabolismo ha acompañado a la humanidad durante miles de años. Saccharomyces cerevisiae transforma azúcares y, mediante fermentación, produce dióxido de carbono y etanol. Con ese mecanismo aparentemente sencillo puede hacer crecer una masa o participar en la elaboración de cerveza y vino.

Tal vez por eso, cuando se habla de levaduras fuera del laboratorio, aparece con frecuencia una comparación inesperada: la levadura también es una imagen bíblica.

En el Evangelio, el Reino de los cielos se compara con una pequeña cantidad de levadura que una mujer mezcla con una gran cantidad de harina hasta que toda la masa queda fermentada. La imagen resulta particularmente sugerente cuando se conoce la biología que hay detrás. La levadura es pequeña, casi invisible y aparentemente insuficiente frente a toda la masa. Sin embargo, está viva. Y mientras vive, transforma.

La biotecnología lleva esa capacidad mucho más lejos. Hoy las levaduras no sólo participan en la elaboración de muchos alimentos y bebidas. Se utilizan como verdaderas fábricas celulares para producir enzimas, proteínas recombinantes, biocombustibles, compuestos farmacéuticos, pigmentos, lípidos y numerosas moléculas de interés industrial. Y no todas hacen lo mismo. Algunas especies de Rhodotorula, por ejemplo, producen carotenoides que les confieren sus característicos tonos rosados, naranjas o rojizos. Esos pigmentos participan en su protección frente al estrés oxidativo y han despertado interés biotecnológico como posibles fuentes de colorantes, antioxidantes y otros productos de valor. Algunas especies también pueden acumular lípidos o crecer utilizando distintos residuos como sustrato. Curiosamente, el estudio del Antrim Shale encontró representantes de Rhodotorula entre las levaduras detectadas a cientos de metros de profundidad.

Una célula diminuta puede así convertirse en una fábrica de moléculas útiles mientras responde a las condiciones que la rodean. Otra vez, lo aparentemente poco resulta capaz de hacer muchísimo.

El modo hongo nivel Dios no consiste entonces en hacer mucho teniendo mucho. Consiste en descubrir cuánto puede hacerse con aquello que parecía poco.

Quizá eso explique por qué las levaduras provocan tanto asombro incluso en quienes no son biotecnólogos. Hay algo profundamente contraintuitivo en ellas: parecen demasiado pequeñas para la magnitud de la transformación que provocan.

Y, sin embargo, basta un poco de levadura para transformar toda la masa.

LO PEQUEÑO NO ES INSIGNIFICANTE

Los hongos del subsuelo, los hongos melanizados y las levaduras parecen pertenecer a mundos completamente distintos. Sin embargo, todos desafían una misma intuición: nuestra tendencia a confundir lo pequeño, lo oculto o lo aparentemente vencido con aquello que ya no tiene posibilidades. El asombro aparece justo cuando la realidad desborda nuestras expectativas.

Incluso la abundancia obliga a revisar nuestras intuiciones. En el Antrim Shale había muchísimas menos células fúngicas que bacterianas; sin embargo, al convertir esos conteos en estimaciones de biomasa, los autores calcularon una relación mediana de biomasa fúngica: bacteriana de aproximadamente 1:4.7. La estimación se debe interpretar con cautela, porque utiliza factores de conversión desarrollados para ambientes marinos y todavía no validados específicamente para el subsuelo. Aun así, deja una idea provocadora: ser menos no significa necesariamente ser menos relevantes.

CUANDO LO POCO ES SUFICIENTE

Quizá los hongos que parecen milagros no sean aquellos capaces de romper las reglas de la naturaleza, sino aquellos que revelan posibilidades que no habíamos aprendido a reconocer.

El pensamiento cristiano conoce bien esa paradoja. Una semilla diminuta puede convertirse en refugio; unos cuantos panes pueden resultar suficientes; una pequeña cantidad de levadura puede transformar toda la masa. Una y otra vez aparece la misma invitación a desconfiar de nuestras medidas: lo pequeño no necesariamente es insignificante, lo oculto no está ausente y aquello que parece insuficiente todavía puede transformar.

La biotecnología encuentra una intuición semejante cuando decide buscar vida en una roca enterrada cientos de metros bajo tierra, estudiar un hongo que prospera donde existe radiación o cultivar unas células microscópicas para descubrir qué son capaces de producir.

Tal vez esa sea la última lección del modo hongo. No siempre hacen falta condiciones extraordinarias, grandes recursos o una fuerza descomunal para provocar una transformación. A veces lo que parecía poco simplemente necesitaba las condiciones adecuadas, tiempo y la oportunidad de desplegar aquello que ya llevaba dentro.

¿Cuántas veces hemos confundido lo pequeño con lo insignificante simplemente porque todavía no habíamos visto de qué era capaz?

 

Resumen: Los hongos parecen empeñados en desafiar nuestras expectativas sobre los límites de la vida. A cientos de metros bajo tierra, una comunidad que durante mucho tiempo ni siquiera habíamos incluido adecuadamente en nuestros modelos podría participar en transformaciones fundamentales del carbono. Frente a la radiación, algunos hongos despliegan mecanismos que apenas empezamos a comprender. En una masa, unas células microscópicas desencadenan una transformación capaz de modificarla por completo. Desde los hongos encontrados en las profundidades del Antrim Shale hasta los hongos radiotróficos y las levaduras utilizadas como fábricas celulares, la biotecnología encuentra capacidades extraordinarias allí donde parecía haber muy poco. Comprender sus mecanismos no disminuye el asombro; permite reconocer hasta dónde pueden llegar la adaptación, el metabolismo y la evolución. Quizá por eso estos hongos que parecen milagros comparten una misma lección: lo pequeño, lo oculto o lo aparentemente insuficiente puede poseer una enorme capacidad de transformación.

Cita este artículo

Alvarado-López, M. J., (2026, octubre 23). La vida vista desde la biotecnología. Parte IV. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-vida-vista-desde-la-biotecnologia-parte-iv/

 

Enlace a edición mensual

Revista Forja para el Bien Común núm. 60, septiembre 2026

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Autor

  • María José Alvarado-López

    Profesora investigadora de la Facultad Biotecnología de la UPAEP, su línea de investigación está enfocada en biotecnología ambiental, en particular a la aplicación de microorganismos autóctonos para la degradación de contaminantes xenobióticos. Es doctora en Biotecnología por la UPAEP, miembro del SNI.  Publica de forma periódica la columna de divulgación “Lecciones de biotecnología para la vida diaria”. Es profesora de asignaturas en licenciatura y posgrado.

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