I.- La necesidad de leer Personalismo y Cristianismo
La obra de Emmanuel Mounier constituye una apologética filosófica y teológica de la dignidad humana y su liberación contra las formas de explotación, una apuesta auténtica de coherencia con el Misterio cristiano para elevar a la persona hasta las últimas consecuencias de su participación en lo divino más allá de las heridas del pecado.
Al respecto, particularmente es necesario rescatar la obra “Personalismo y Cristianismo” del padre del personalismo comunitario. Esta obra es una excelente defensa y exposición del cristianismo y el personalismo, particularmente clarificador en términos epistémicos y antropológicos para la acción cristiana en la realidad de la ciudad temporal frente a las ideologías modernas y los errores de pensadores cristianos en general, como también, personalistas en particular, quienes algunas veces de forma errónea dividen de forma absoluta los dos órdenes: el “democrático” y el “cristiano”.
Es una síntesis del pensamiento cristiano de los padres de la Iglesia, los doctores y el contenido vivo del Antiguo Testamento, el Evangelio y las cartas para entender el tiempo del “saeculum” intermedio entre la caída y el “eschaton”.
II.- La Buena Nueva
Mounier establece que la claridad excepcional de la aportación específica del cristianismo al pensamiento occidental: la persona como un microcosmos deseado, buscado y amado por su Creador, en contraste a la idea griega antigua ‒donde lo singular era considerado un defecto del universo y donde el Dios aristotélico no podía conocer esencias singulares [Vid. Mounier, Emmanuel. 1972, Personalismo y Cristianismo, recopilado en Manifiesto en Servicio del Personalismo. 3ra edición, Editorial Taurus, Madrid, pp. 227-230]‒ con la revolucionaria afirmación cristiana de la creación ex nihilo y la multiplicidad de personas justificada por el Amor divino.
La creación como acto contingente de amor, no como una emanación necesaria, sino que, intencionada sin pathos, solo por gozo de dar el don de vida de Dios por Él, rompiendo la eternidad necesaria del cosmos griego y su emanantismo deslizante plotiniano promovido por autores posteriores como Averroes [Mounier, 1972, pp. 229-230].
La multiplicidad de almas individuales queridas cada una por Dios. Frente al Dios avaro de Averroes, el Dios cristiano es suntuoso y pródigo de amor, multiplicando infinitamente las personas como imágenes únicas de su divinidad [Mounier, 1972, p. 231]. Al respecto, el católico francés dice que:
“El Dios cristiano, al contrario, es un Dios suntuoso y pródigo de amor. Su superabundancia ha multiplicado infinitamente los universos y se complace mucho más esencialmente aún en multiplicar indefinidamente, y de forma indefinidamente variada, esa imagen más perfecta de la divinidad que es el alma humana (…). Esta multiplicidad de personas llamadas a la vida divina, que no encontraba ninguna justificación racional en el mundo entregado a la eternidad implacable de un Dios impersonal, hela aquí justificada por el Amor. Los doctores y los poetas católicos, desde los Padres griegos hasta Péguy y Claudel, han recordado esta vinculación en la caridad y en la gracia de una especie de exuberancia divina cada vez que la reaparición de cierta avaricia intelectual amenazaba con empobrecer la visión cristiana” [Mounier, 1972, Ibid].
III.- Adsum ¡Presente! ¡Estoy aquí!.
Consecuencia de esta creación ex nihilo y la multiplicidad del amor de Dios que escoge a sus hijos lleva a una consecuencia antropológica en el subsistente racional que lo lleva a la divinidad, haciendo propio de sí lo propio de Dios: la alianza y el compromiso. Así, Mounier describe lo que constituye el núcleo del compromiso cristiano, la exigencia más inmediata de la vida personal: el compromiso total. La frase paulina «Decid sí, sí, o no, no; lo demás viene del demonio» expresa esta radicalidad [Mounier, 1972, p. 237].
Para el padre del personalismo comunitario se contrapone la opción cristiana con el espacio de la irresponsabilidad, el anonimato y conformismo disolvente. El cristiano se opone a la escapatoria despersonalizante que reduce al hombre a ser producto de concreciones sociales. El cristiano debe rechazar la deformación moderna liberal, marxista y fascista ‒donde, en palabras del autor, la palabra “ser” no tiene significado alguno‒ que acorralan al ser humano vivo a identificarse con una de sus funciones, pasiones o intereses sin plantearme la cuestión de la vocación espiritual [Mounier, 1972, pp. 237-238].
Contra esta despersonalización, el cristiano pronuncia «Adsum»: asume su destino concreto, libremente elegido en el plan de Dios para hacerse responsable, se compromete totalmente en cada acto y se mira así mismo y al otro, sin descansar falsamente en las estructuras colectivas, mitos o reducciones del ser singular.
“El cristiano es un ser que se acusa en el doble sentido de la palabra: él se siente parte en cualquier culpa, y no le obsesiona el terror de sobresalir, de no ser como todo el mundo. Él se compromete. (…) Su «sinceridad» no es esa seguridad sentimental ciega, pasiva, cambiante, que ha hecho tomar a algunos contemporáneos por una fuente profunda de vida de efusión de su complacencia más superficial. Es esa unidad a la vez trabajada y recibida, menos buscada que merecida por el que siempre dice ´yo´ pensando en ´mí´ lo menos posible; porque este yo que se compromete está tan directamente ligado a la realidad a la cual se da, que se borra, con un desaparecer esta ves superior, como un mediador, alguien que respondiese y que fuese totalmente su respuesta. Lo que el yo así transfigurado recibe de la vida cristiana es el precio de una respuesta también cada vez más personal, que no es la consigna tiránica de una colectividad, ni siquiera la débil réplica de una lógica o de un Principio, extraños a su angustias, sino una palabra única con un único don: «Esta gota de sangre que he vertido por ti…»” [Mounier, 1972, p. 241].
IV.- Nihil habentes et omnia possidentes.
Así, el católico francés expresa la paradoja fundamental de la persona cristiana: la “desposesión” y el “despertar a la disponibilidad”. Contra la exaltación de la autonomía expandida sin límites, el padre del personalismo comunitario evoca la espiritualidad de san Juan de la Cruz con su ascesis radical: Cupio dissolvi et ese tecum [Mounier, 1972, pp. 243-246].
Esta expropiación total de sí mismo no es masoquismo, sino aspiración al Ser y la plenitud: del primer «mío» (apropiación) al segundo «mío» (todo es para mí en Dios) existe «el infinito de una transfiguración crucificadora» [Mounier, 1972, p. 246] que nos encuentra y es en la actual contingencia la fuerza que se opone al Anticristo del mundo moderno, el espíritu burgués basado en el «tener» ‒simbolizado por la «cartilla de la Caja de Ahorros» de Péguy‒ con el orden cristiano del desprendimiento. Gabriel Marcel es invocado para mostrar cómo transformar el Ser vivo en «dato inerte» a mi disposición significa salir del «reino luminoso del Ser» hacia el «reino ciego del Tener” [Mounier, 1972, p. 247]. La disponibilidad, el abandono y la esperanza no constituyen pasividad, sino apertura activa a la gracia, son los elementos consustanciales a la opción cristiana.
Despojados del tener para ser, siguiendo a san Agustín de Hipona, el fundador de Esprit designa el misterio inefable de la persona y su vocación única en el adagio latino: Intimius intimo meo ‒el cual es igualmente el título del IV capítulo de la obra Personalismo y Cristianismo‒. Mounier subraya que el cristiano, lejos de ofrecer una identificación intuitiva clara de la persona, confirma su trascendencia y hace retroceder su misterio. Existe un «secreto del corazón» al que nadie tiene acceso excepto Dios, ni siquiera la propia conciencia del interesado puede penetrarlo plenamente hasta la muerte. Este secreto pertenece a cada uno, sea creyente o incrédulo, y constituye el núcleo donde se desarrolla el diálogo inexpresable entre la libertad humana y la acción divina: la vocación Cristocéntrica [Mounier, 1972, pp. 253-257].
La vocación no es una idea predeterminada a descifrar, sino un llamado único, inimitable, que trasciende la existencia y se modela mediante la colaboración del hombre con la intención divina. Cada vocación es singular ‒la de Abraham, la de Job‒ y sin embargo todas convergen en la imitación de Cristo. La llamada permanente de la vocación exige recogimiento, silencio interior, atención del corazón para acercarse a ese intimius intimo meo donde Dios revela su Hijo en cada persona [Mounier, 1972, Ibid]. En palabras de Mounier:
“Si se toma esta frase de San Pablo en su plenitud, da un sentido desmesurado a esa «eminente dignidad», única eminente a decir verdad, única indiscutiblemente liberada de la naturaleza; la dignidad de ese secreto del alma que no sólo la imagen y la semejanza de Dios, sino la vida íntima de la Trinidad, viene a ocupar cuando respondemos a su insinuación. Al mismo tiempo hace saltar los límites del santuario; con la presencia de Dios, el universo entero se abisma en ella, comenzando por la presencia total de la Iglesia, de su tradición, de sus Santos, de su Cuerpo” [Mounier, 1972, pp. 256-257].
V.- Non estis sub lege.
En dicha línea, el enamorado de Paulette Leclercq, introduce la reflexión sobre la libertad cristiana a la luz de la primera carta de romanos capítulo 6 versículo 14 en contraposición al ideario de la autonomía liberal y su contracara del totalitarismo que la anula completamente. Al respecto, la libertad cristiana no es autonomía soberana ni mera libertad de elección, sino que, el destino final de los hijos de Dios es una libertad suprema de espontaneidad que va hacia Dios «por una necesidad íntima, sin dejar de ser libre» [Mounier, 1972, p. 261].
En el tiempo presente, la libertad de elección es un remedio para nuestra indigencia, no un fin en sí misma. La paradoja paulina ‒»¿Destruimos la ley por la fe? Lejos de esto, la confirmamos»‒ muestra que el reinado de la ley debe preparar el reinado de la libertad. Cuando el Espíritu Santo inclina la voluntad hacia el verdadero bien por amor, quita la doble esclavitud: la del pecado, es decir, actuar contra la ordenación natural, y la de la ley exterior, es decir, obrar por temor. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» [Mounier, 1972, p. 262].
El padre del personalismo comunitario rechaza el pesimismo luterano que niega la libertad humana en la condición de pecado, así como el optimismo racionalista que ignora la herida ontológica del pecado original Mounier, 1972, pp. 262-264]. Al respecto, Emmanuel Mounier concluye que:
“Allí donde el cristiano se somete, no lo hace a un impersonalismo o a un no ser, a esta «totalización de la nada» en la que Bakunin veía la única realidad de Dios. Se entrega a una Persona que ha dicho a los que aceptan su servicio: «Que el que quiera ser el más grande de vosotros sea vuestro servidor», y «Yo no os llamo mis servidores, sino mis amigos». Se promete a una Persona que le llama a desarrollar en él, más allá de cualquier esperanza humana, una participación en la libertad de Dios; y que le educa poco a poco para esta libertad en el curso de la historia mediante una pedagogía de preparación, de adelantos, de desarrollo, directamente contrarias a la distribución de una consigna” [Mounier, 1972, pp. 271-272].
VI.- Un hombre iba de Jerusalén a Jericó
En la misma línea argumental, el fundador de Espirt, evocando la parábola del Buen Samaritano y desarrolla la revelación del prójimo denuncia la indiferencia y el odio característicos del mundo moderno, donde los mecanismos de alienación descritos por Marx, Freud y Scheler coinciden con los análisis de la ética cristiana, pero se encuentran incompletos a no encontrar al oprimido y libremente escogerlo con compromiso [Mounier, 1972, p. 274].
“El descubrimiento del prójimo constituye el trance previo y fundamental de la vida cristiana. «(…) el hombre que pasa frente a mí no es ya esa nada móvil y opaca a la que se reduce para el hombre de la indiferencia, ni ese receptáculo de su amargura y ese blanco de su desesperación (…) sino, hablando propiamente, una hostia, un sacramento, un milagro a la vuelta de la esquina, una presencia inédita de Dios, un templo de Jesucristo»” [Mounier, 1972, pp. 274-275].
La realidad del prójimo no es solamente «él frente a mí», sino el «nosotros», el vínculo que nos une en el Cuerpo Místico de Cristo. La caridad cristiana es presencia, disponibilidad absoluta, cruzada permanente contra la indiferencia y el odio, voluntad de promoción mutua en el amor [Mounier, 1972, pp. 275-276].
VII.- Personalismo y Cristianismo.
Emmanuel Mounier invita a reconocer la trascendencia situada de cada ser personal, Et incarnatus est, donde contra el quijotismo de los iluminados que olvidan las mediaciones concretas, Mounier insiste en que la persona cristiana existe en condiciones determinadas que forman parte de su misma definición como ser herido, pero que en cada momento se manifiesta como Hijo del Hombre crucificado [Mounier, 1972, pp. 277-283].
Por ello, el eterno enamorado de Paulette Leclercq afirma que:
“La Encarnación no es un mito exterior a la Historia. Misterio que trasciende la Historia, se desarrolla, sin embargo en plena historia. La Encarnación no es una fecha, un punto, sino un foco de convergencia de la historia del mundo, sin límites en el espacio o en el tiempo. Cada día la Iglesia la prosigue en el tiempo mediante su existencia continuada. Cada uno de nuestros actos está llamado a prolongar sus efectos y, más aún, a colaborar con ella en alguna forma. Si la condición humana es la condición de un ser encarnado, en ningún sitio este resultado del análisis reflexivo encuentra un soporte más sólido, con tantas posibilidades de extrapolación como en la religión del Verbo Encarnado” [Mounier, 1972, p. 284].
La condición ontológica renovada de la persona en Cristo incluye la dependencia de la criatura respecto al Creador y la herida del pecado original que ha debilitado —sin destruirla radicalmente pero sí liberando de su atadura para una libre elección más allá de la muerte— en la naturaleza humana.
Así, la condición histórica sitúa a la persona en circunstancias sociales, políticas y culturales concretas, donde la vocación a la que están llamados a libremente comprometerse son una extensión de la obra de Dios y parte de su plan maestro para la redención de los pueblos.
Ejerciendo en el tiempo intermedio una antesala de su Reino, donde no existen dos planos autónomos y completamente separados —contra el binomio artificial de “demócrata” y el “cristiano” de muchos de los seguidores del personalismo—, sino que, instantes distintos donde hay una primacía de la unidad de la multiplicidad del Ser que da testimonio de sí: el compromiso Cristocéntrico por el prójimo [Mounier, 1972, pp. 290-293].
Al respecto, Mounier desarrolla una reflexión mística sobre persona y comunidad, donde la persona natural, aunque sea «lo más perfecto que ha producido la naturaleza», no es un absoluto aislado, sino que requiere la mediación social para su realización donde el todo existe para cada persona. Sin embargo, esta subordinación al bien común temporal está encaminado, supeditado y estructurado para entenderse en una jerarquía mayor relativa al destino eterno de cada persona [Mounier, 1972, Ibid].
VIII.- La preeminencia de la obra “Personalismo y Cristianismo”
La obra muestra la tensión del Misterio cristiano: trascendencia y encarnación, compromiso y disponibilidad, soledad del secreto personal y comunión en el Cuerpo Místico, libertad y obediencia, desposesión y plenitud, ley y Gracia, naturaleza y sobrenaturaleza, individuo y persona.
Para que, contra las tentaciones que acechan tanto desde el liberalismo burgués como desde los totalitarismos, el cristiano reconozca esta «tercera vía», la del personalismo que afirma simultáneamente la dignidad absoluta de cada persona contra toda instrumentalización colectivista y su dimensión esencialmente comunitaria contra el individualismo atomizador, la cual es una fórmula de compromiso y acción coherente con la ciudadanía atemporal en la vida contingente y finita para el testimonio de Cristo crucificado en cada obrar social.
En definitiva, Personalismo y Cristianismo ofrece una antropología integral que rechaza todos los dualismos de cuerpo-alma, individuo-sociedad, temporal-eterno, natural-sobrenatural para afirmar la unidad profunda de la persona humana como misterio de libertad en diálogo con la Gracia divina, llamada a realizarse en el compromiso histórico concreto dentro de la comunión eclesial, orientada hacia su destino eterno de participación en la vida trinitaria.
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Imagen tomada de: https://www.philosophica.info/
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