Hoy desperté con la trágica noticia de un accidente registrado cerca de la ciudad en la que vivo, desafortunadamente 11 personas perdieron la vida, eran jornaleros que se trasladaban a los campos de cebolla, al parecer un transporte de carga pesada a exceso de velocidad fue la causa. Los percances derivados por la velocidad, la falta de respeto vial y la poca tolerancia de los conductores es una constante.
Todo esto me ha llevado a pensar en lo acelerados que estamos viviendo, padecemos de cronopatía, no queremos “desperdiciar” un solo segundo, sin embargo, con esta dinámica terminamos perdiendo lo más valioso: la vida, la sensibilidad ante el dolor del otro y la capacidad de detenernos para reconocer que a nuestro alrededor hay personas con historias, con sueños, con familia. Vivimos en una sociedad que ha normalizado la prisa, incluso cuando esa prisa nos deshumaniza.
Me parece que el tiempo que estamos por vivir; me refiero a la Navidad, es una oportunidad para detener el paso, aunque paradójicamente es un tiempo que suele vivirse también de prisa, con pendientes interminables, compras, festejos y más festejos, en un sentido profundo este acontecimiento es todo lo contrario, Dios llega sin estruendo, sin velocidad, de manera callada y humilde.
La Navidad se convierte en un acontecimiento, que no solo es un recordatorio histórico, sino que nos invita a mirar con ternura y compasión al que esta a nuestro lado, nos lleva a reflexionar en la forma que estamos viviendo, y cómo tratamos a los demás, pues solemos buscar respuestas y señalar a otros cuando somos nosotros quienes podemos comenzar los cambios que le urgen a nuestra patria, a nuestras comunidades. No se puede amar de prisa, se requiere de paciencia, comprensión y caridad.
La Navidad también nos recuerda el valor sagrado de cada vida, de cada historia. Pienso en estos jornaleros que no pudieron regresar a casa, dejando a sus familias en medio del dolor. Todas las personas merecemos respeto, en un mundo que exalta la eficacia y la productividad.
Por eso, vivir la Navidad de manera auténtica exige un compromiso: desacelerar. No solo para evitar accidentes, sino para recuperar la humanidad que se pierde cuando vivimos como si corriéramos contra el tiempo. Bajar el ritmo para saludar al desconocido, para ceder el paso, para conducir con prudencia, para agradecer, para reconciliarnos, para estar realmente presentes donde estamos. Detenernos para mirar al prójimo no como un obstáculo, sino como un hermano que camina con nosotros por las mismas calles, con las mismas luchas y con los mismos anhelos.
El consumismo también nos desvía del verdadero sentido de la Navidad, estamos tan preocupados por el exterior, por los regalos, por la decoración, que olvidamos la presencia de Dios, renunciando a la paz, la tranquilidad y amor que supone su presencia.
La Navidad es tiempo de Paz, una paz que no debemos ver de manera abstracta o teórica, sino que implica un compromiso concreto con la justicia, solidaridad y fraternidad.
Esta paz nos invita a abrirnos al que piensa distinto a nosotros, al que camina a un ritmo más lento -como los adultos mayores-, a quienes no tienen las mismas condiciones y oportunidades, como los jóvenes jornaleros que murieron y que a su corta edad (algunos de ellos entre 14 y 16 años) ya eran el sostén de su familia y seguro que realizaban jornadas largas a kilómetros de distancia de sus comunidades. Si queremos vivir el sentido real de la Navidad no podemos ser indiferentes.
La caridad comienza en casa, con los más cercanos, es nuestra primera comunidad y el lugar propicio para recibir el amor de Dios, pero no termina ahí ese amor se multiplica: dar amor, no agota el amor.
Independientemente del credo que profesemos, el mensaje de la Navidad, es un mensaje de amor, expresado en el pequeño Dios que se hace hombre compartiendo nuestra naturaleza, y por lo tanto sabedor de nuestras necesidades, no como un Dios lejano que mueve a capricho los hilos de la historia.
Que esta Navidad nos encuentre más humanos, más compasivos, más atentos al prójimo. Y que el recuerdo de quienes hoy perdieron la vida no quede en el olvido, sino que nos impulse a una forma distinta de vivir: una vida más cercana a Dios y más cercana a los hermanos.





