Polarización, radicalismo y paz

Juan Pablo Aranda

Polarización, radicalismo y paz
Es preciso un cambio. La política no puede jugarse en el terreno de los dualismos. No podemos mantener las ridículas dicotomías de lo público y lo privado, del gobierno y su oposición, de las derechas y las izquierdas, liberales y conservadores, buenos y malos.

En un campo de batalla un hombre santo encabeza una procesión magna. Sea la victoria de nuestro pueblo, reza el octogenario levantando los brazos al cielo. El pueblo llora al tiempo que alista las armas para el combate. Del otro lado del campamento, un nonagenario de blancas barbas ofrece un sacrificio a Dios Todopoderoso para conseguir su favor en la batalla. El pueblo llora al tiempo que alista las armas para el combate. Describo aquí War Prayer, de Mark Twain. La lógica es brutal: Dios no puede estar aquí y allá; si es Dios, lo es de todos.    

Nuestro mundo es un mundo de polarización, es decir, de campamentos incapaces de escuchar los ruegos y salmodias del campamento que se apresta al ataque. Es el mundo del blanco o negro, del conmigo o contra mí, de las definiciones absolutas. Es la lógica del chairo y del fifí, categorías que hemos comprado al precio altísimo de una nación ensangrentada. Es la lógica suma-cero que caracteriza la política hoy, sea desde el gobierno o desde la oposición. Todo se vale cuando en juego ponemos el poder. Maquiavelo redivivo e, incluso, más perverso de lo que en realidad fue. 

La polarización tiene su origen en una doble postura humana: la ignorancia y la radicalidad. Hermanas estas, sin duda, que gustan de jugar con una idea, solo una, y con ella construir castillos y ciudades y reinos y universos y cosmos.

La ignorancia es tolerada por la hiperplasia del ethos igualitario, que desborda la igual dignidad en una igualdad de cerebros, de méritos, de esfuerzos, de excelencias. Todos somos iguales, en una igualdad que nos masifica, nos reduce al anonimato de la enésima iteración de lo mismo. Un molde para todos. Y si el espíritu se queja, tenemos el bendito soma de las redes sociales, de las adicciones más variadas, del hedonismo más recalcitrante.

Tolerada la imbecilidad, la radicalidad emerge como indispensable correlato: radicalizo mi idea porque es la única, porque de quitármela dejaría de saber quién soy. Mi idea crea la ilusión de separarme de la masa al tiempo que me une al grupo de los idénticos a mí: uno es nazi en medio de supremacistas, tridentino con los antimodernistas, liberal con los anarquistas de closet. 

Se arriba así a la sociedad actual, un amasijo desarticulado de mónadas incapaces de ver más allá de su propia necedad. Se repite lo que se sabe porque es lo único que existe. La realidad no es sino una pintura bidimensional incapaz de generar profundidad. La política se vuelve guerra intestina, el sistema internacional una broma, y los seres humanos somos reducidos ya al narcisismo colectivo, ya a la mera supervivencia. Los moderados—las clases medias, los que reniegan de los ceros y unos, de los blancos y negros, de los ultramontanos y conciliaristas—los moderados dejan de ser escuchados en la jungla de gritos. La armonía desaparece inexorablemente, incapaz de explicar que toda música necesita silencios. Los simios y cacatúas de la selva lo saturan todo de un ruido infernal. 

¿Qué es la paz? Es, dice Kant, algo más que el mero cese de hostilidades. Es, siguiendo a Agustín, algo fuera de este mundo, si entendemos el reino como aquí y no-todavía, como presente pero sólo como semilla.

La paz es una promesa que habrá de tener cabal cumplimiento sólo una vez que Cristo haya vuelto. Y, no obstante, Jesús es la paz aquí, ahora. Aquí se muestra, como en incontables otros ejemplos, la condición paradójica de la existencia que se nos revela como auténtica objetividad. 

Cristo nos muestra la imposible cuadratura del círculo. Dios se revela en Jesús como Dios Trino, esto es, como unidaden la diversidad, como diversidad armonizada, como pluralidad que, no obstante, no separa sino une, completa, atrae. La paradoja es clara. De un lado Pablo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Todos en Jesús, pero no indistintamente. No reducidos a la mismidad. Del otro lado, Juan: “El espíritu sopla donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”.  

Es el arte de la paradoja, desde esta perspectiva, la más alta de las disciplinas. Es Henri de Lubac quien plantea esta dimensión inescapable de lo cristiano. Pues resolver la paradoja implicaría un posicionarnos en determinada certeza, que por su naturaleza misma es escurridiza y se escapa siempre. Es Juan, nuevamente: “a Dios nadie lo ha visto jamás”. Y Ratzinger complementa: nuestra aproximación al misterio de Dios está regido ineluctablemente por la tensión entre la duda y la creencia. Negar esta tensión es, dice el gran teólogo, negarse a la verdad de su ser mismo. No claudica a la verdad quien reconoce la paradoja, sino quien en su arrogancia cree poseer lo que es don gratuito, por su propia naturaleza inaprehensible.  

Es preciso un cambio. La política no puede jugarse en el terreno de los dualismos. No podemos mantener las ridículas dicotomías de lo público y lo privado, del gobierno y su oposición, de las derechas y las izquierdas, liberales y conservadores, buenos y malos.

La política es el arte de lo común, y lo común implica tanto lo público como lo privado. El bien común es privado en tanto que arranca y termina en la persona y su dignidad, pero es público entendiendo que esa misma dignidad lo es solo en tanto que sistema, como red de libertades y responsabilidades experimentadas como comunión. La política debe convertirse en un diálogo entre diversos y distintos que, no obstante, no muestran antagonismo sino más bien un genuino interés por construir comunidades vibrantes. La política del todo para este o esta, nada para aquel o aquella, habla de falta de imaginación pero, peor, de mendacidad y estulticia. 

Y la universidad es el sitio privilegiado para hacer esto: es ahí donde desaparece naturalmente la ignorancia, mostrando con absoluta claridad el absurdo y vacuidad de los radicalismos.  

Pero detengámonos un momento antes de caer en la autoexaltación. Preguntémonos con seriedad: ¿Somos en verdad ese sitio? ¿Se respira en sus pasillos ese aroma con que la paradoja lo impregna todo? ¿Qué decir de nuestro encuentro con el Otro: lo acogemos en su radicalidad, sin renunciar a la verdad pero permitiendo con seriedad ser interpelados? ¿O, por el contrario, convertimos al Otro en un proyecto, en algo que debe cambiar, ajustarse a lo que entiendo yo por el reino, la salvación, la beatitud, para ser luego acogido? ¿Descubrimos en el otro—en el aberrante, el marginado, el paupérrimo, esa parusía de Cristo vivo en el mundo o, por el contrario, queremos reducir la legítima diversidad en uniformidad?  

El llamado del cristianismo no puede ser más claro. Si se es con Cristo, es en una unidad obtenida en la diversidad. El cristianismo reconcilia sin demasiado problema a Tomás Moro y a Francisco de Asís, a Felipe Neri y a Tomás de Aquino, a Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Todos son capaces de llevar a Cristo porque no pretenden abarcar jamás a Dios sino más bien dejar abrazarse por ella.  

La universidad, y mucho más, la universidad católica, no pueden más que asumir la imposibilidad de una uniformidad. Y mucho menos en las formas del ser católico. No hay una forma de seguir a Cristo: hay una miríada de caminos que convergen en el deseo de ser-con Jesús que es todo en todos. Nuestra universidad será así auténtica casa de estudios, sitio donde se destruye la ignorancia y se dinamita la radicalidad para abrazar, en cambio, la cultura del encuentro que nos llama a hacernos prójimo del otro antes de juzgarlo, curar sus heridas antes de determinar su valía.  

La paz es un concepto escatológico. La política, arte de lo posible aquí y ahora, nunca alcanzará esa paz, pero sí que puede apuntar a ella, colaborar con su construcción, tender puentes para que más y más seres humanos puedan entrar en relación. Esta debe ser nuestra esperanza, nuestro timón y nuestra dirección. 

Autor

  • Juan Pablo Aranda

    Doctor y maestro en Ciencia política por la Universidad de Toronto. Profesor investigador en UPAEP, donde también es director del Instituto Promotor del Bien Común (https://upaep.mx/biencomun/).

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