¿A quiénes nos urge leer a Tolkien?

Maru Mondragón Cobos

¿A quiénes nos urge leer a Tolkien?
Si algún rasgo común nos caracteriza a los padres de familia de hoy es la preocupación por la elección de entretenimiento para nuestros hijos.

El progresismo ideológico lo ha invadido todo, ya solo nos conformamos con encontrar esporádicamente algún programa o película que no haga propaganda explícita de la agenda woke.

Pero más allá de este titánico reto, lo más lamentable es que parce que debemos resignarnos a productos de calidad bananera, sin arte alguno, sin un buen mensaje constructivo, de esos que tocan y transforman para bien. En otra palabras, es preferible que nuestros hijitos canten “La vaca lola” o “Baby shark” a que canten reguetón.

¿Será real que solo tenemos entre esas dos alternativas?

En este mes de septiembre se cumple un aniversario más del fallecimiento de uno de los más grandes literatos de los últimos tiempos: John Ronald Reuel Tolkien. Así que me encantaría que Samwise Gamgee respondiera a esa pregunta.

En un momento de gran desesperanza, cuando todo parece perdido y las fuerzas flaquean, Sam le dice a Frodo que hay que recordar las historias y cuentos de antes, que aunque llenos de oscuridad, tenían un final en el que triunfaba el bien.

Hasta hace no muchos años el mundo de la cultura, el arte, el entretenimiento, aunque ya herido por el lastre del secularismo, mantenía aún una marca cultural cristiana compatible, en la mayoría de los casos, con los propósitos trascendentales de las familias. Recordemos a los palomos (uno y una) de Gabilondo Soler, que van a casarse en la iglesia ante al padre-pingüino que les da la bendición; su música infantil no era sosa en absoluto; eran historias, algunas obscuras y otras luminosas, hablando de la condición humana, del mundo real llevado al cuento; ello expresado en una música esplendida, recorriendo tonalidades y ritmos de todos los tiempos y culturas. Era entretenimiento, era arte y había valores.

La tecnología de nuestros tiempos nos puede facilitar acercarnos más fácilmente a los clásicos; a esos que Sam dice son los importantes, los buenos. No solo pensemos en productos infantiles, todos somos víctimas del divorcio de la belleza-bien-verdad en el ámbito cultural. El consejo tolkieniano es más que útil y pertinente para cualquiera.

En la saga de Tolkien, los hobbits son los únicos capaces de responder a la misión de destruir el anillo porque han pasado desapercibidos por Sauron; son insignificantes para él; gozan de una vida simple y sencilla en la comarca, bella, idílica, casi que fuera de la realidad. Luego surge la pregunta, si nos refugiamos en la oferta cultural de antaño para evitar la basura posmoderna ¿No estaríamos viviendo en una realidad alterna, de fantasía romántica incompatible con el mundo?

La comarca vs la burbuja rosa y la corriente posmoderna

La comarca bien podría representar a la familia, ese espacio privado e íntimo donde se protege y se cultiva la vida rica en valores y principios; donde el esfuerzo por mantenerse fuera del radar es clave para no ser infectado por el mundo anticristiano. Sin embargo, una tentación es atrincherarse en una burbuja rosa; tenemos que construir, nutrir y defender nuestra comarca, para luego salir de ella, como los hobbits.

Una segunda tentación es creer que, para que el mundo no se “coma vivos” a nuestros hijos, es mejor dejarse llevar por la corriente, para que encajen en él, para que no se sientan mal por ser diferentes. En ese mismo dialogo entre Sam y Frodo, sale a relucir que en realidad, ellos no tenían idea de a qué iban a enfrentarse; si lo hubieran sabido, no se hubieran ofrecido para llevar el anillo a Mordor. Pero de hecho, esa vida inocente, espiritual, sencilla, llena de bien, verdad y belleza de la comarca es la que los ha formado como los únicos en la Tierra Media dotados para cumplir la misión y enfrentarse al mal.

Ambas tentaciones se nutren de dos raíces: el miedo y la desconfianza. Si nuestros hijos son hobbits, nosotros somos Gandalf. De todos los magos de Tolkien, es él quien comprende mejor el mal, y tiene miedo. Y porque lo tiene, es el adecuado. Es un temor que le lleva a la prudencia, a la astucia, pero nunca a la inacción. Gandalf es el sabio que protege, pero que a la vez anima, va cuidando desde la retaguardia o en la avanzada, preparando los campos de batalla para que sus hobbits triunfen.

En el Señor de los Anillos, los cuatro hobbits emocionados por la aventura son ingenuos y despreocupados; poco a poco van descubriendo la magnitud de la batalla en la que se han metido; pero como dice Sam, no dan vuelta atrás, porque las viejas historias les han enseñado sobre el bien, la valentía, el arrojo.

La segunda raíz es la desconfianza. El miedo es comprensible e incluso necesario; pero no así la desconfianza. Sam, cae ante el poder del anillo, pero no se corrompe; por así decirlo, el anillo explora en su interior y el mal no encuentra lugar porque él es leal y ambiciona el bien. Crear una burbuja rosa eterna es negarle a los hijos la oportunidad de poner a prueba su talante, es dudar de la efectividad de la misma; si hemos trabajado por una comarca firme, no hay que desconfiar; no de nuestras fuerzas humanas, ni de la Divina Providencia.

A diferencia de Sam, Frodo lleva el anillo por demasiado tiempo, no resiste, y cuando está en el corazón del Monte del Destino se deja corromper, poniéndose el anillo sin destruirlo. Gollum que no ha dejado de acechar a los hobbits, ve ahí su última oportunidad y muerde el dedo de Frodo para quedarse con el anillo. Irónicamente, al celebrar su aparente triunfo, cae en la lava del volcán en el que fue forjado el anillo y lo destruye.

Dios interviene cuando hemos hecho todo lo que nos toca para poner las cosas en su debido lugar, es la recompensa del esfuerzo andado; la burbuja rosa, a diferencia de la comarca, no es más que soberbia en las propias fuerzas y desconfianza en Dios.

Chesterton decía que quien no navega contracorriente no se da cuenta que está vivo; ya que el que va con la corriente, puede morirse y creer que sigue vivo porque avanza, pero solo gracias a la corriente.

Esta pertinente alegoría, junto al consejo tolkieniano de buscar en los clásicos un refugio para afianzar nuestra comarca, me parece una buena forma de alentarnos a no tener miedo a despreciar a los “reguetones” por inmorales o a las “vacas lola” por anodinas y huecas; sino a escoger a los “Cri-cris”, sin miedo al aparente anacronismo; en los clásicos incluyendo al propio Tolkien o a C.S. Lewis, están las herramientas para confrontar la anti-cultura.

De la estrategia de defensa a la de ataque

La pregunta inicial de si son estas la únicas alternativas nos lleva a un reproche serio a los formadores y educadores más allá de la familia; el mundo de la cultura, el arte y el entretenimiento cayó en las garras gramcianas y parece que hay muy pocos Aragorn, dispuestos a la reconquista de ese espacio público.

Si usando un buscador en internet ingresamos “programas católicos para niños” el resultado será una lista más o menos nutrida sobre vidas de santos, o catequesis en audiovisual. No son nada despreciables, al contrario, muy útiles para reforzar la educación religiosa de nuestros hijos. Pero se quedan cortos.

Nuestro Señor predicó principalmente usando escenas y personajes de la vida cotidiana; las parábolas encarnan el mensaje evangélico en la vida humana, interpelando a lo terrenal y contingente del hombre. Historias fáciles de recordar y meditar para seguir aprendiendo de la Verdad, aun hasta nuestros días. Esa pedagogía divina debería inspirarnos a crear ofertas de cultura y entrenamiento, más allá de doctrina en audiovisuales.

Me parece que a los adultos de hoy nos convendría leer o releer a Tolkien, como dice Gonzalo Rodríguez, ser un poco Hobbits, un poco Gandalf , un poco Aragorn y esmerarnos más en el retorno del Rey, en y a través del ámbito del arte y la cultura.

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Bibliografía recomendada

RODRIGUEZ García, Gonzalo (2020) El poder del mito: Análisis del mito y la trascendencia en la tradición europea frente al olvido del espíritu. España: Almuzara. 224 pp.

Colección completa de J.R.R. Tolkien.

Autor

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Escribo desde fuera. He tenido la oportunidad de recorrer algunos países por temas laborales. Mi trabajo como director del Instituto Promotor del Bien Común requiere generar vínculos con investigadores, universidades y otros centros de investigación con quienes trabajar juntos en la generación de líneas de investigación, proyectos comunes, publicaciones y demás.

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