Una nueva era de incertidumbre global
Vivimos en un mundo que se ha vuelto frágil, ansioso, no lineal e incomprensible: una era que algunos han sintetizado como mundo FANI.
La globalización, otrora promesa de progreso, se ha fracturado en un nuevo orden internacional donde las potencias buscan reacomodar sus dominios y sus esferas de influencia.
En este tablero, China ha desplazado gradualmente a Estados Unidos como el mayor socio comercial del planeta, y su influencia en regiones estratégicas, incluida América Latina, se ha intensificado. Por otro lado, el bloque de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), expandido con nuevos integrantes como Egipto, Irán y Arabia Saudita, configura un frente económico y político que desafía al mundo occidental.
Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania y los conflictos en Medio Oriente revelan una lucha entre el viejo orden y las nuevas potencias emergentes. Estados Unidos, debilitado internamente y cada vez más volcado a su política nacional, reacciona con nacionalismo y proteccionismo, mientras Europa entra en una etapa de dependencia tecnológica y energética que la hace vulnerable.
Frente a este panorama, México aparece como un actor periférico, atrapado entre su dependencia económica de Estados Unidos, su creciente desinterés por la diplomacia y una alarmante ausencia de estrategia frente al mundo.
Un país gobernado por la narrativa
En medio de este reacomodo internacional, México vive su propia transformación. El régimen de la autodenominada “Cuarta Transformación” ha desmontado los contrapesos institucionales bajo el discurso del pueblo y la legitimidad electoral.
El sistema político actual no se rige por la ley escrita, sino por la regla no escrita del poder absoluto. La militarización de funciones civiles, el debilitamiento del poder judicial, la cooptación de órganos autónomos, y la colonización de medios públicos y privados componen un ecosistema de control hegemónico.
El nuevo PRI tiene otro nombre: Morena. Y su operación política ha sido incluso más eficaz que la del viejo régimen. Ha sabido capitalizar la frustración social, el desencanto con los partidos tradicionales, y la polarización ideológica para consolidar un control territorial que parece, al menos por ahora, irreversible.
En este esquema, la ley se aplica como castigo al adversario y como blindaje al aliado. La justicia es selectiva, y los discursos de austeridad esconden redes de corrupción cada vez más sofisticadas, pero ahora justificados como “necesarios para la transformación”.
Tres Méxicos y cuatro cánceres
La elección presidencial de 2024 nos dejó una radiografía precisa de lo que somos como nación. Existen tres Méxicos:
- El México ausente, conformado por más de 40 millones de personas que no participaron en la elección.
- El México oficialista clientelar, integrado por más de 36 millones entre ellos beneficiarios de programas sociales, voto duro de la figura de AMLO, estructuras de organizaciones sociales como sindicatos o gremios y una parte operativa del crimen organizado.
- El México opositor, es decir 24 millones de electores que se resisten a la 4T, pero que aún no logra articular un proyecto cultural ni político alternativo.
Estos tres bloques conviven en un país atravesado por cuatro grandes cánceres, como lo menciona el diputado Juan Carlos Romero Hicks.
-Cáncer Profundo; la pérdida de valores éticos y espirituales.
-Cáncer Crónico; la desigualdad estructural que margina generaciones completas, en otras palabras, la desigualdad y la pobreza.
-Cáncer Grave; la violencia e impunidad provocadas por el crimen organizado.
-Cáncer Irritante; la corrupción y la impunidad que no sólo no ha disminuido, sino que se ha institucionalizado. El sistema permite y en algunos casos incentiva la complicidad entre gobernantes y criminales, generando una “narco-política” cada vez más normalizada. Los cárteles ya no solo financian campañas, ahora también ocupan cargos de elección popular.
El desmantelamiento del Poder Judicial
Uno de los pilares del Estado democrático, el Poder Judicial, está siendo desmantelado frente a nuestros ojos. La reforma impulsada por López Obrador no es una iniciativa ciudadana ni una exigencia democrática, sino una estrategia de captura institucional.
La eliminación de la carrera judicial meritocrática, la conformación del nuevo Tribunal de Disciplina Judicial y el control mayoritario de ministros afines al gobierno despojan a la Suprema Corte de su independencia. Esto no solo afecta a las élites jurídicas, sino a cada ciudadano común que requiere certezas, justicia y reglas del juego claras.
La paradoja es brutal: en nombre de la democracia, se están destruyendo sus fundamentos.
¿Hacia dónde vamos?
Mientras la oposición partidista permanece extraviada, el país camina hacia una reforma constitucional sin precedentes: más de 50 artículos de la constitución se modificaron en menos de un año. Y lo más grave: lo hacen sin deliberación pública, sin autocrítica, sin límites.
Claudia Sheinbaum ha recibido el poder utilizando una maquinaria para ganar votos por los programas sociales, pero también con una carga histórica. Tiene ante sí la oportunidad de corregir el rumbo o de profundizar el modelo de centralismo autoritario.
La ciudadanía no puede permanecer pasiva. La respuesta no vendrá solo de los partidos ni de las cúpulas empresariales. Debe emerger desde la cultura, desde las familias, desde las conciencias. “Para resistir, harán falta saliva para explicar, sudor para trabajar y sangre —simbólica, civil, espiritual— para transformar”.
México se encuentra en un punto de inflexión. Los próximos años definirán no solo quién gobierna, sino qué tipo de nación seremos. ¿Una democracia renovada con base en la participación consciente? ¿O una autocracia legitimada por elecciones manipuladas y estructuras de poder capturadas?
La historia aún no está escrita. Pero será la acción —y no la resignación— la que determine el desenlace.





