¡Comparte con tu red!

JFK, ecos de un crimen

por | Historia

Un político carismático que marcó el ascenso por primera vez de un católico a la Presidencia de Estados Unidos. Un gobierno con altibajos, encuadrado el contexto de la Guerra Fría, especialmente en el forcejeo con la Unión Soviética y la Cuba de Castro. Dos potencias enfrascadas en una competencia por la conquista del espacio. Una vida glamorosa, plagada de escándalos a media voz, no sólo en cuanto a la figura de Marilyn Monroe. Una relación tirante con el FBI en lo doméstico y con la CIA en el exterior.

Todo eso quedó cancelado por tres disparos hechos en Dallas por un asesino solitario (o al menos eso concluyó la investigación oficial) y John F. Kennedy se convirtió en una leyenda más poderosa que durante su corta estancia en la Casa Blanca.

El posterior asesinato de Lee Harvey Oswald a manos de Jack Ruby, un hombre ligado a la mafia, acentuó la ya de por sí imparable producción de teorías de la conspiración. ¿Quién había sido el autor intelectual del magnicidio? ¿Quiénes habían sido sus cómplices? Por las características del homicidio y por lo que siguió después, casi nadie creyó en la tesis de que Oswald había actuado por cuenta propia. La posibilidad de que el Kremlin o La Habana hubiesen estado involucrados, parecía arrojar al mundo al borde de la Tercera Guerra Mundial, cuando recién habían pasado por algo similar con la crisis de los misiles.

Los aparatos de inteligencia y seguridad cometieron errores garrafales en el seguimiento de peligros potenciales para el presidente y la manipulación de información, con tal de evitar que les fincaran responsabilidades, fue como arrojar estopa al fuego de las elucubraciones conspirativas. Hoy, ya se sabe que tanto el FBI como la CIA trataron de salvar sus posiciones.

Sin embargo, tampoco debemos olvidar el motivo de la visita de Kennedy a Texas, porque no fue en su calidad de presidente sino de candidato. Arrancaba su campaña por la reelección y eso nos orienta sobre las características de lo ahí ocurrido. Los aparentes ‘descuidos’ tanto de las autoridades locales como del servicio secreto, no fueron tales. Cosas similares se hacían en toda campaña electoral, incluyendo las de reelección.

El problema con el asesinato de Kennedy es que quedó en el punto exacto donde cabe tanto la acción de un solo hombre, como la de una conspiración.

La publicación de la ruta a seguir y el relajamiento de los ‘anillos’ y ‘diamantes’ de seguridad era precisamente para permitir que el candidato tuviera el mayor contacto posible con la gente y eso también vale para Kennedy. No se hizo nada irregular o que no fuera propio de cada proceso electoral. Las pifias de la CIA y del FBI se refieren a la vigilancia de factores de riesgo que no se relacionaban directamente con el desplazamiento del presidente durante la visita, sino con grupos, organizaciones y personas de cierto peligro.

Lee Harvey Oswald estaba en la lista y no fue vigilado debidamente, ni adentro ni afuera del país (les recuerdo su viaje a México). Eso era lo que ambas agencias trataron de ocultar y que dio pie a tantas especulaciones.

Más allá de lo que pudieran arrojar otras investigaciones, lo cierto es que la atmósfera que rodeó a John F. Kennedy se convirtió en el sello característico de los años Sesenta y en paradigma de toda una época en los Estados Unidos y en buena parte del mundo.

Kennedy llegó a la Presidencia montado en la ola mediática generada por la expansión de la televisión. Eso explica el impacto tan profundo que causó su muerte en la opinión pública, pero también ese aire de ensueño sintetizado en la palabra ‘Camelot’, que dio a su gobierno un toque mágico. Pero dicha revolución mediática igualmente sirvió para posicionar las más variopintas teorías sobre su deceso.

Si hemos de considerar lo religioso, John F. Kennedy era un católico lleno de contradicciones: afecto a los amoríos, llegó a compartir amante con Sam Giancana, el poderosísimo jefe de la mafia en Chicago. Judith Exner o Judith Campbell nunca negó sus relaciones con ambos y con otros integrantes del bajo mundo. Giancana realizaba operaciones con la CIA, entre las cuales estaban los intentos de eliminar a Fidel Castro y un amorío de esa especie evidentemente implicaba un riesgo de seguridad nacional. Desgraciadamente, no fue el único caso: sostuvo un romance con otra mujer con antecedentes en el espionaje y así por el estilo.

Becarias, secretarias, espías venidas a prostitutas, artistas de cine, celebridades y hasta se dice que compartió con su padre a la mismísima Marlene Dietrich, veinte años mayor. Con menos de eso se pone en peligro la seguridad de cualquier presidente y hace parecer la relación con Marilyn Monroe como un simple juego de niños.

Pero aquí no estamos ante un caso de ‘seguridad’ nada más, sino también de congruencia moral y pocos se han preguntado por qué vivió en una espiral de pasiones encendidas. Quizás eso ayude a aclarar parte del misterio.

¿Resultó John F. Kennedy muerto como producto de una conspiración? No lo sabemos con certeza. Tal vez haya que sopesar dos aspectos, sin descartar lo del asesino solitario: la voracidad de Fulgencio Batista condujo a que la mafia rompiera su alianza con él y decidiera apoyar a los rebeldes, aunque, luego Castro resultó igual o peor que Batista. Asimismo, hay que analizar los nexos del aparato de seguridad soviético con el entorno de Lee Harvey Oswald.

Mientras tanto, podemos afirmar que, aquel 22 de noviembre de 1963, Estados Unidos despertó del sueño americano y se aferró al de Camelot como un modo de sobrevivir.

Suscríbete a Revista Forja en WhatsApp

Suscríbete grátis a Revista Forja

Suscríbete al canal de Revista Forja en WhatsApp (más privado que un grupo) y recibe cada mes la revista en PDF y artículos como este cada semana.

Autor