Hacia una mirada clásica de la educación

Guillermo Zaracho

Hacia una mirada clásica de la educación
La educación actual se encuentra en crisis. Ya en artículos anteriores hablábamos de cómo el sistema educativo se ha convertido en esclavo de la economía de datos, de las herramientas digitales con pretensiones mesiánicas y del mercado laboral. Ya no se busca revelar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Solo queda una educación subordinada a las tendencias comerciales.

La educación actual se encuentra en crisis. Ya en artículos anteriores hablábamos de cómo el sistema educativo se ha convertido en esclavo de la economía de datos, de las herramientas digitales con pretensiones mesiánicas y del mercado laboral. Ya no se busca revelar lo bueno, lo bello y lo verdadero. Solo queda una educación subordinada a las tendencias comerciales. 

Ya no se estudia por amor al saber ni por la elevación de la virtud humana, sino para rentabilizar, producir y lucrar. Así, terminamos formando trabajadores con muchas habilidades rentables pero escasa civilidad. Jóvenes capaces de generar millones mediante herramientas digitales, pero sin respeto por la moral ni la humanidad del otro. 

Recientemente, ejecutivos de grandes compañías tecnológicas debieron testificar ante el Congreso de los EE. UU., luego de filtraciones que revelaban estrategias diseñadas para maximizar la retención de adolescentes en sus plataformas. Cada hora de pantalla representaba una ganancia cuantiosa, lo cual derivó en consecuencias trágicas para muchos jóvenes atrapados en una polarización algorítmica y un vacío emocional profundo [1]. 

Este es solo un ejemplo de cómo la lógica del lucro ha desplazado el alma de la educación.

La masificación ha producido un escenario desalentador, donde docentes y comunidades no encuentran respuesta frente al desinterés de las nuevas generaciones. Tal vez porque, en el fondo, el estudiante percibe que no es más que un número: un mero recipiente al que no se le entrega siembra ni dedicación auténtica. 

No hay respuestas fáciles ante esta crisis. Como educador he observado aulas en distintos países, culturas y contextos socioeconómicos, y el patrón es el mismo: no hay un interés genuino por aprender. A veces, ni siquiera por enseñar. 

Trazar el declive educativo a distintas épocas es tentador, pero no podemos vivir de hipótesis o nostalgias. Lo que fue, ya es. Solo lo que es puede llegar a ser. Mi respuesta —idealista, lo admito— es abandonar la educación masificada y volver a una educación de mentores y aprendices, enfocada en la comunidad. 

Creo que la respuesta ante esta crisis es volver a una educación personalizada, orientada al sentido de pertenencia y a lo relevante para el estudiante y su entorno, puede ser mucho más transformadora. Una educación cuyo fin no sea formar mano de obra solamente, sino que enseñe a contemplar lo bello, accionar lo bueno y buscar lo verdadero. Solo así lograremos elevar la conciencia del individuo, no para que solo produzca, sino para que aprenda a vivir bien. 

Esta no es una idea nueva. Los griegos ya la practicaban, y quizá civilizaciones anteriores también. En pocas palabras, sueño con una educación que aspire al ideal platónico sin renunciar a la percepción aristotélica de la realidad. Apuntar al ideal sin perder de vista los sentidos. Buscar la perfección, conscientes de nuestras falencias. 

Es fácil caer en discursos de “batallas culturales” sobre la educación, centrados en impedir agendas ajenas más que en construir algo que trascienda. Es fácil ganar aplausos por rechazar o imponer ideologías pasajeras, mientras que es difícil entregar la vida como cimiento para generaciones futuras. 

No olvidemos que educar no es solo alfabetizar ni volver a alguien empleable. Es formar seres humanos en su plenitud. Y aunque mi propuesta esté lejos de la realidad actual, no me importaría que mi breve paso por esta vida sea un pequeño ladrillo en la base de un edificio que otros terminen. 

Sé que verbalizar o escribir ideas es sencillo; hacerlas realidad, no tanto. ¿Cómo pasamos de la abstracción a lo concreto? Quizá —y solo quizá— siendo buenos padres, buenos vecinos y amigos. Dejando las retóricas vacías y abandonando la indiferencia narcisista. Ignorando el aplauso de las masas para abrazar el agradecimiento del individuo. 

Cambiemos el mundo desde abajo, desde lo invisible, desde lo sencillo. Las ideas complejas a veces mueren en su ejecución. Lo sencillo, en cambio, transforma. 

Adoptemos una mirada clásica de la educación. Seamos mentores para quienes más nos necesitan. Dejemos de tratar a los estudiantes como recipientes o números. Empecemos a verlos como lo que realmente son: Imago Christi. 

 


Referencias:

[1] Ver “Facebook Files” del Wall Street Journal: https://www.wsj.com/articles/the-facebook-files-11631713039 

Autor

  • Guillermo Zaracho

    Magíster en Educación - Universidad de Oxford. Profesor de la Facultad de Lenguas Vivas de la Universidad Evangélica del Paraguay. Profesor de la Universidad Politécnica de Taiwán en Paraguay. Consultor e investigador educativo. Autor y conferencista.

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