En el 2026, la educación sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la Agenda 2030, particularmente en el marco del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 (ODS 4), que busca garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad. Sin embargo, en el caso mexicano, el reto ya no es únicamente recuperar lo perdido tras la pandemia, sino transformar estructuralmente el Sistema Educativo Nacional (SEN) frente a nuevas realidades sociales, económicas y culturales.
De la recuperación a la transformación
Si bien el regreso a clases presenciales marcó un punto de inflexión tras la crisis sanitaria por COVID-19, hoy es evidente que el problema no era solo la interrupción educativa, sino las debilidades estructurales que la pandemia visibilizó y profundizó.
En el 2022, publiqué un artículo para el IAPF, un análisis sobre la educación en México en el contexto de la pandemia por COVID-19, Del mismo modo hago estas preguntas clave y una serie de acciones que la sociedad civil, instituciones educativas y docentes deben realizar para construir una agenda común, rumbo al 2030.
¿De dónde venimos?
La pandemia evidenció una fractura en el sistema educativo mexicano. De acuerdo con la Encuesta para la Medición del Impacto COVID-19 en la Educación (ECOVID-ED) del INEGI, alrededor de 2.9 millones de estudiantes abandonaron sus estudios entre 2020 y 2021.
Las principales causas fueron:
- Pérdida de contacto con docentes o imposibilidad de seguir actividades escolares.
- Deterioro económico en los hogares.
- Cierre definitivo de escuelas.
- Falta de acceso a tecnologías de la información.
Sin embargo, a la distancia, estos datos no solo reflejan una crisis coyuntural, sino problemas estructurales persistentes:
- Débil vinculación de la escuela con la familia.
- Brechas digitales profundas.
- Falta de mecanismos de seguimiento personalizado.
- Ausencia de políticas integrales centradas en el estudiante.
Hoy sabemos que el abandono escolar no fue solo una consecuencia de la pandemia, sino la expresión de un sistema con limitada capacidad de adaptación.
¿Dónde estamos hoy?
A más de tres años del regreso a clases presenciales, México enfrenta una nueva etapa: la de los efectos acumulados.
Diversos diagnósticos nacionales e internacionales han señalado:
- Rezago en aprendizajes clave, especialmente en lectura y matemáticas.
- Incremento en problemas de salud mental en niñas, niños y jóvenes (ansiedad, depresión, estrés).
- Persistencia del abandono escolar en niveles medio superior y superior.
- Desigualdad territorial en acceso a educación de calidad.
- Violencia dentro de las aulas.
Además, el debate educativo ha evolucionado. Ya no se trata únicamente de cobertura, sino de calidad, bienestar y pertinencia. Es decir, no basta con que los estudiantes estén en la escuela: importa qué aprenden, cómo lo aprenden y en qué condiciones emocionales lo hacen.
Mejorar el Sistema Educativo Nacional: prioridades estratégicas
1. Reconfigurar la relación del docente con el estudiante
El contacto con el docente sigue siendo un factor clave. No solo en términos académicos, sino también en el acompañamiento emocional. Es necesario fortalecer capacidades pedagógicas y socioemocionales del profesorado, así como sistemas de seguimiento individualizado. De acuerdo con Ortega Huerta, Carlos Arturo (2026), en ocasiones, los docentes enseñan desde la herida.
2. Incorporar el bienestar socioemocional como eje educativo
La evidencia reciente muestra que el aprendizaje está profundamente vinculado con la salud mental. Programas educativos deben integrar el desarrollo de habilidades socioemocionales, autoestima y manejo del estrés como parte central del currículo, como modelo de prevención ante el incremento de casos de suicidio en México.
3. Atender la dimensión económica del abandono escolar
El abandono no es únicamente una decisión individual, sino una consecuencia de contextos familiares. Se requieren políticas más focalizadas además del apoyo económico, también se requieren estrategias que involucren a la familia como actor clave del proceso educativo. Esto quiere decir que, se debe integrar a los padres y madres de familia en la toma de decisiones públicas, para fortalecer el sistema.
4. Reducir la brecha digital con enfoque de calidad
El acceso a tecnología ya no es opcional. Sin embargo, el reto no es solo el acceso, sino el uso significativo de herramientas digitales para el aprendizaje.
5. Fortalecer la infraestructura y el financiamiento educativo
México sigue enfrentando limitaciones presupuestales en educación. La UNESCO recomienda una aportación de 4 a 6% del PIB, el caso mexicano está por debajo de esta recomendación, con el aporte de 3.6% del PIB. Más allá del monto, el reto es la eficiencia del gasto: invertir en lo que realmente mejora resultados educativos.
¿A dónde vamos?
Por último, para avanzar hacia el cumplimiento del ODS 4, México necesita transitar de una lógica de recuperación a una verdadera transformación:
1. Implementar sistemas de evaluación continua, centrados en el aprendizaje real, no solo en indicadores administrativos. Esto implica ir más allá, y medir efectivamente lo que las y los estudiantes comprenden, aplican y retienen. A finales de 2026 se darán a conocer los resultados de Programme for International Student Assessment (PISA), lo cual podría presentar un escenario desafiante para México. Sin embargo, más que un diagnóstico negativo, debe asumirse como una oportunidad para redirigir la política educativa hacia mejoras sustantivas en los aprendizajes clave.
2. Rediseñar la formación docente con énfasis en contextos reales y diversidad social. Fortalecer las competencias pedagógicas, didácticas y socioemocionales de quienes estarán frente al aula. Más allá de enfoques rígidos, la formación en las escuelas normales debe orientarse a preparar docentes capaces de responder a la diversidad social, cultural y económica del país. Esto supone transitar hacia una formación más práctica, contextualizada y centrada en el desarrollo de habilidades para la enseñanza efectiva y no ideologizada.
3. Involucrar activamente a las familias y a la sociedad civil en la construcción de políticas educativas. Estos dos agentes sociales (familia y sociedad civil) es fundamental que deban ir juntos, en la construcción de políticas educativas, para fortalecer la pertinencia y efectividad del sistema educativo. Los padres y madres de familia son los primeros formadores, por lo que su participación no debe ser marginal ni limitada. Asimismo, la sociedad civil organizada puede fungir como un puente estratégico entre las necesidades sociales y la acción gubernamental, facilitando la construcción de agendas compartidas que respondan a las realidades de las comunidades educativas.
4. Priorizar el desarrollo de habilidades socioemocionales como base del aprendizaje. Hay que reconocer que el aprendizaje está estrechamente vinculado con el bienestar emocional. Fortalecer estas habilidades en el aula permite que las y los estudiantes desarrollen autoconocimiento, regulación emocional y resiliencia. Asimismo, facilita la detección oportuna de situaciones de riesgo, promoviendo la canalización hacia especialistas en salud mental cuando sea necesario, y contribuyendo a entornos educativos más seguros y propicios para el aprendizaje.
5. Reducir brechas de desigualdad, especialmente en poblaciones vulnerables. Reducir las brechas de desigualdad no se limita a otorgar transferencias económicas a estudiantes. Es necesario complementar estos apoyos con inversión en infraestructura, servicios y recursos educativos en escuelas ubicadas en contextos vulnerables, tanto rurales como urbanos. Solo así se podrán garantizar condiciones reales de acceso, permanencia y aprendizaje.
6. Fortalecer competencias fundamentales como lectura, escritura y pensamiento matemático. Que los estudiantes desarrollen habilidades básicas para comprender, analizar y resolver problemas en su vida cotidiana. Estas competencias además de ser aprendizajes escolares son herramientas esenciales para el ejercicio de la ciudadanía, la toma de decisiones y la inserción laboral. En este sentido, el reto no es únicamente enseñar contenidos, sino garantizar que los estudiantes comprendan lo que leen, comuniquen ideas con claridad y razonen de manera lógica.
7. Garantizar entornos escolares seguros, libres de violencia y con enfoque de cultura de paz. Implica atender de manera integral las distintas formas de violencia que afectan a niñas, niños y jóvenes. Esto incluye, en primer lugar, el acoso escolar (bullying), que impacta directamente en el bienestar emocional, el rendimiento académico y la permanencia en la escuela. Al mismo tiempo, es necesario reconocer los riesgos de mayor gravedad, como la presencia de uso de armas de fuego dentro de los entornos escolares, 143 desde el 2022, pero 17 de ellos en 3 meses y medio del 2026. Este fenómeno que, se incrementa en México, exige estrategias preventivas, coordinación institucional y fortalecimiento del tejido social. En este sentido, promover una cultura de paz no se limita a la ausencia de violencia, sino que implica construir comunidades educativas basadas en el respeto, la confianza, la resolución pacífica de conflictos y la corresponsabilidad entre escuela, familia y sociedad.
8. Impulsar una educación verdaderamente inclusiva. Mejorar la infraestructura y los recursos educativos: materiales en sistema braille, intérpretes de lengua de señas, adecuaciones físicas en los planteles, así como formación docente especializada para atender la diversidad en el aula. La inclusión no debe entenderse como un principio abstracto, sino como una política pública operativa que elimine barreras y permita que cada estudiante desarrolle plenamente sus capacidades.
9. Consolidar esquemas de apoyo económico que prevengan el abandono escolar. Es importante diferenciar entre políticas orientadas a reducir brechas de desigualdad, dirigidas a poblaciones en situación de vulnerabilidad estructural y aquellas diseñadas específicamente para garantizar la continuidad educativa. Mientras las primeras buscan equilibrar condiciones de origen, las segundas deben focalizarse en estudiantes en riesgo de deserción, considerando factores como ingreso familiar, contexto territorial y trayectorias escolares. Una política educativa efectiva debe articular ambos enfoques, asegurando que los apoyos económicos no solo compensen desigualdades, sino que incidan directamente en la permanencia y conclusión de sus estudios.
A modo de conclusión
El reto educativo en México no es menor. La pandemia no solo interrumpió trayectorias escolares: puso en evidencia la necesidad de repensar el sistema educativo desde sus fundamentos. El gobierno de México aún tiene la oportunidad de cambiar la realidad de las familias y sus estudiantes.
Hoy, más que nunca, es necesario entender que la educación no es un sector aislado, sino un espacio donde convergen factores sociales, económicos, familiares y emocionales.
Solo a través de una visión integral y donde se coloque al estudiante, a su familia y a su contexto en el centro de toda política pública, será posible avanzar hacia una educación de calidad real, sostenible y humana rumbo al 2030.
Mtro. Juan Bosco Caudillo Ambriz.
Sociólogo – Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco (UAM-A).
Politólogo – Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).
Analista de Datos e Investigación en Red Familia.
Cita este artículo
Caudillo Ambriz, J. B., (2026, junio 24). La educación en México rumbo al ODS 4. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-educacion-en-mexico-rumbo-al-ods-4/
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