No quería ser presidente; su sueño era dirigir el Banco de México. Economista formado en el modelo marxista de la Escuela Superior de Economía (ESE) del Instituto Politécnico Nacional, obtuvo una beca para realizar su doctorado en Ciencias Económicas en la Universidad de Yale, una de las “cunas” del neoliberalismo. Antes de irse a Estados Unidos, trabajó como auditor auxiliar en Banjército. Aunque nació en la Ciudad de México, desde los tres años de edad vivió en Mexicali. Su padre, electricista y de escasos recursos, le dio el nombre de Ernesto Zedillo Ponce de León.
Fue activista del movimiento estudiantil de 1968, participó en la agrupación Emiliano Zapata e incluso fue golpeado por la policía en una de las protestas. Se afilió al PRI en 1971 y trabajó en la Dirección de Política Económica adjunta a la Presidencia de la República. Posteriormente, fue funcionario del Banco de México y del Fondo de Intercambio, Cobertura de Riesgos y Confianza (FICORCA). A los 36 años ya era subsecretario de Planeación y Control Presupuestal en la Secretaría de Programación y Presupuesto.
Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988–1994), fue titular de la entonces estratégica Secretaría de Programación y Presupuesto, donde ejecutó políticas de austeridad y aplicó medidas neoliberales en la economía. En 1992, fue nombrado titular de la Secretaría de Educación Pública (SEP), donde impulsó una reforma educativa a través del Acuerdo Nacional para la Modernización de la Educación Básica (ANMEB), que modificó planes de estudio y contenidos de los libros de texto gratuitos.
En noviembre de 1993, Luis Donaldo Colosio fue designado candidato del PRI, y Zedillo fue nombrado coordinador general de la campaña. Aunque sin experiencia electoral, fue elegido por su participación en el diseño del Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL), base de la entonces nueva Secretaría de Desarrollo Social, encabezada por Colosio.
Tras un desastroso inicio de campaña y fuertes críticas internas, se pedía su remoción del cargo. Pero el 23 de marzo de 1994, Colosio fue asesinado en la colonia Lomas Taurinas, en Tijuana. Días después, Salinas designó a Zedillo como candidato del PRI. El 21 de agosto, Zedillo ganó las elecciones presidenciales.
Cuando Salinas le entregó el poder, Zedillo —un político sin ambición y de perfil técnico— parecía continuar la fórmula neoliberal, manteniendo intactas las estructuras del poder presidencialista. Sin embargo, su gobierno vivió la última gran crisis económica del PRI hegemónico. Encarceló a Raúl Salinas por homicidio y corrupción; fracasaron los acuerdos de paz en Chiapas; surgió el Ejército Popular Revolucionario; ocurrieron las matanzas de Aguas Blancas y Acteal; se llevó a cabo el rescate bancario conocido como FOBAPROA; aumentó la inseguridad y se elevó el IVA.
Pero también hubo avances: se creó un Instituto Federal Electoral verdaderamente ciudadano; se reformó el Poder Judicial, dando lugar al Consejo de la Judicatura Federal y a una Suprema Corte con carácter de tribunal constitucional. Se celebró la primera elección para Jefe de Gobierno del Distrito Federal —ganada por Cuauhtémoc Cárdenas (PRD)—, y el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados (1997). Al final de su sexenio, el país registró un crecimiento del PIB del 3.4%.
Curiosamente, Zedillo se retiró del escenario político y mediático tras dejar el cargo en el año 2000. Fue repudiado por una parte del PRI que nunca imaginó ceder el poder a la oposición, pero aplaudido por sectores intelectuales y políticos. Se alejó de la vida pública, renunció a su pensión presidencial y se fue a enseñar a Yale y a la London School of Economics. Colaboró con la OMC y la ONU, fue consejero de grandes corporaciones como Procter & Gamble, Union Pacific, ALCOA, Coca-Cola y Daimler-Chrysler, y columnista en la revista Forbes.
Recientemente, tras el triunfo de Morena en 2024, reapareció en un foro donde criticó la reforma al Poder Judicial. Sus declaraciones molestaron tanto al presidente López Obrador como a su sucesora, Claudia Sheinbaum. Comenzó entonces una campaña de señalamientos y cuestionamientos contra la 4T.
Zedillo sugirió a Sheinbaum desmarcarse de AMLO, como él lo hizo de Salinas, y revertir la reforma al Poder Judicial y la eliminación de órganos autónomos. Dijo que eso la haría pasar a la historia y evitar la muerte de la «joven democracia mexicana».
En respuesta, desde Morena se reactivaron críticas al FOBAPROA, al “error de diciembre”, y a las matanzas ocurridas en su sexenio. Zedillo volvió a bajar su perfil, pero a finales de abril publicó un artículo en Letras Libres que provocó un incendio mediático. Aseguró que la democracia mexicana ya había sido asesinada, que se instauraba una tiranía y que quien realmente gobernaba era AMLO, no Sheinbaum.
Sheinbaum respondió en varias conferencias mañaneras, acusándolo de ser responsable de la pobreza por su modelo neoliberal, de proteger a empresarios con el FOBAPROA y hasta de tener vínculos con el crimen organizado. Se difundió incluso un audio donde supuestamente su esposa, Nilda Patricia Velasco, hablaba con un ex líder del Cártel de Colima.
Zedillo no se quedó callado. Exigió una auditoría independiente a obras como el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas y el aeropuerto cancelado de Texcoco. Recordó que, durante su gobierno, el Congreso pidió una investigación internacional sobre el FOBAPROA, y acusó a AMLO de enriquecerse mediante corrupción y abuso de poder.
Así, Zedillo ha desplazado incluso a Felipe Calderón como el “villano favorito” de Morena. Un personaje que llegó a la presidencia por accidente, pero que —paradójicamente— ayudó a consolidar las reformas democráticas que hoy permiten a la izquierda gobernar… y al mismo tiempo, desmantelar esas mismas instituciones.
¿Quién es, entonces, el verdadero demócrata y quién el tirano?





