La situación que México enfrenta en la actualidad presenta a nuestro entender dos grandes retos: uno de carácter contextual, vinculado a la necesidad de sortear los efectos de la interdependencia en un mundo turbulento y cambiante y; otro, relacionado con el imperativo de solucionar los grandes problemas nacionales a partir de las actitudes sanas y de los más elevados valores de nuestra cultura nacional en el marco de las transiciones democráticas.
El primero demanda de los diferentes sectores del país, mejores niveles de competitividad, mientras que el segundo exige de todos los mexicanos, respuestas creativas e innovadoras que incrementen nuestra productividad tanto en materia económica, como administrativa, política y social, pero, ¿Por dónde empezar?
Dado que el primer liderazgo en una nación está en quien la gobierna, es decir, en quien la conduce y que quien gobierna actúa mediante la administración pública, es aquí donde la propuesta de un cambio debe plantearse en primer término. Quizá por ello mucho se ha hablado de la necesidad de modernizar el servicio público, de profesionalizarlo, de reformarlo o, incluso, de revolucionarlo para incidir en una transformación social profunda.
La administración pública, antes que un obstáculo para los procesos de transición democrática y de cambio que vive nuestro país, debe convertirse en el motor que coadyuve a dinamizar y fortalecer los aspectos más altos y significativos de nuestra cultura a partir de la dignificación del servicio público que contribuya al desarrollo de un buen gobierno y a la consecución de las aspiraciones de equidad y justicia de la sociedad mexicana.
Es importante tener claro que el punto de partida para esta tarea implica el reconocer que el potencial de la administración pública está, en primer término, en la mejora de las capacidades de las personas que la integran, es decir, de los servidores públicos, más que en la fuerza de su estructura, o en el tamaño de su aparato o en la complejidad de su funcionamiento; e incluso, en las particularidades de un proyecto de nación.
En este sentido, presentar una propuesta de mejora del servicio público exige iniciar por la redefinición de la administración pública en función del reconocimiento de ciertos criterios básicos: primero, del valor del servidor público a partir de su dignidad como persona; segundo, de su trabajo como el principal elemento innovador y dinamizador del servicio público; tercero, de las instituciones públicas como comunidades de crecimiento y de desarrollo tanto para los gobernantes como para los gobernados y; por último, de la eficiencia, de la eficacia y de la congruencia en el desempeño de las funciones como consecuencia de los criterios anteriores antes que como fines en sí mismos.
El reto que el día de hoy se plantea a la administración pública como líder y como principal generador del desarrollo nacional, que si bien es urgente debe conseguirse de manera gradual, tiene que ver con un profundo cambio cultural destinado a superar los vicios burocráticos y la falta de profesionalización y modernización en las tareas administrativas y de servicio público.
En la medida en que el ciudadano perciba una mayor capacidad de trabajo y una profunda convicción de servicio en el actuar de los servidores públicos, las propuestas de cambio presentadas por los gobernantes empezarán a convertirse en elementos más cercanos a la vida cotidiana de los gobernados y estarán en posibilidad de ser los instrumentos que incidan en los ciudadanos para modificar también sus actitudes en la vida cotidiana.
De esta manera, mantener un contacto constante con la ciudadanía que le muestre los problemas que enfrentan los gobernantes y lo que están haciendo para superarlos puede ser mucho más convincente que una actitud permanente de señalamiento hacia los actores sociales de lo que deberían hacer o dejar de hacer.
Cultura y Administración Pública
a) Qué es y cómo se forma la cultura.
Son varias las definiciones que se han acuñado sobre el término cultura, desde las que hacen referencia a todos los aspectos de la vida social, política, religiosa y artística de un pueblo, hasta aquellas que sólo consideran las manifestaciones estéticas e intelectuales. Para nosotros, la cultura es la forma en que una comunidad descubre, analiza, interpreta y actúa en su entorno.
Desde el punto de vista epistemológico[1] la cultura se construye a través de la relación e interacción que se da entre los miembros de una comunidad. Constituye, como forma, una estructura multidimensional de vínculos entre la comunidad y el medio que le rodea, que informa, orienta, educa y contribuye a la conducción de los individuos, dotándolos de identidad, significado y sentido.
El desarrollo cultural que caracteriza a una sociedad contribuye tanto al desenvolvimiento de sí misma como al descubrimiento y desarrollo de las capacidades de las personas que la integran.
Una comunidad que pretende desarrollar valores y actitudes aceptadas por la mayoría contribuye a dotar de significado al trabajo que realiza cada persona y al de sus integrantes y genera aspectos comunes que crean identidad, aun cuando es claro que dichos valores y actitudes están sujetos a cambios de mediano y largo plazo.
La diversidad cultural que encontramos entre personas, comunidades y naciones es el reflejo de un desarrollo humano activo y floreciente que permite la comunicación e intercambio de valores, creencias y tradiciones entre personas de diferentes culturas. Esto parte de un auténtico diálogo cultural que permita comprender y apreciar la cultura del otro, tanto como la propia.
Centrándonos en la suma de principios, valores y actitudes que desarrollan cada persona y la comunidad en su conjunto, sea familiar o laboral, es como se puede llegar a construir una cultura de servicio capaz de penetrar y renovar los diferentes ámbitos de la administración pública. ¿Existe en la administración pública mexicana una cultura de servicio?
b) La cultura de servicio.
Después de analizar cómo se forma la cultura, valdría la pena hacer una reflexión en torno al concepto de servicio.
Hablar de servicio es partir de una acción: servir, donde ésta se define como “hacer algo a favor de otra persona”, “estar orientado a las particularidades del otro”. En este sentido, la función pública como servicio tiene que ver con la organización y personal destinados a satisfacer necesidades e intereses públicos. El término servidor hace referencia a una persona que está supeditado a otro.
Basten estas definiciones para hacer un replanteamiento conceptual y con base en ello, identificar la existencia o el vacío de una cultura del servicio en México.
Ante una cultura de desprestigio, de falta de credibilidad, de individualismo y corrupción que ha caracterizado la imagen de la administración pública, pero sobre todo del servidor público, es tiempo de iniciar un cambio que permita transitar y trascender a un estadio de desarrollo humano donde se construyan nuevos espacios de interacción en los que más que del ser individual, se hable del ser colectivo, de la comunidad.
El cambio cultural debe responder a estas expectativas, sin embargo, es importante reconocer la cultura en una relación esencial y necesaria con el concepto de individuo o de persona. Hay que considerarlo integralmente, ya que el ser humano es el protagonista del cambio, de todo cambio.
Una cultura del servicio y de la responsabilidad debe mantener viva la idea holística del hombre, con todos sus elementos de los que brotan los deseos y los valores. Porque nada podrá cambiar en lo externo si los individuos no cambian en lo interno.
La formación humana orientada a desarrollar y fortalecer actitudes, habilidades, valores éticos – asumidos tanto en su forma de ser como en su quehacer cotidiano- y sobretodo: criterios, tanto en lo individual como colectivo, propiciará mejores resultados institucionales y un sentido de pertenencia e identificación con los propósitos y filosofía tanto institucionales como del ejercicio de la función pública. Se trata de impulsar nuevos patrones culturales del servicio público que privilegien una concepción humanista y cuya esencia tenga como fundamento la honestidad, la responsabilidad y la igualdad de oportunidades. Todo ello para devolver al servicio y fundamente al servidor público su razón de ser y su dignidad.
Hoy más que nunca, la administración pública necesita de personas con profunda vocación de servicio, que sirvan a los demás y no que se sirvan del puesto que ocupan. Se requiere desempeñar las responsabilidades con voluntad y profesionalismo para conducir el presente y el futuro del país.
[1] Nos referimos al proceso epistemológico basado en una serie de etapas secuenciales que tienen que parten de la persona y que detenían la forma en que ésta descubre y transforma la realidad, tales como: observación y análisis de la realidad, generación de abstracciones, formación de la cultura, postura crítica y verificación.
Referencias:
Arbesú, L.I. 2020. Armonía y Dinámica del Bien Común. Una Visión Simbólica. Revista de Artes, Humanidades y Ciencias Sociales. Año 7, diciembre 2020. Puebla. UPAEP.





