El Centenario de la encíclica Quas Primas

Santiago Mejía Higuita

El Centenario de la encíclica Quas Primas
Hace ya cien años, en 1925, que el papa Pío XI promulgaba la encíclica ‘Quas Primas’ sobre la fiesta de Cristo Rey. Lo hizo en una época de creciente secularismo social, cuando, en el entretiempo de las dos guerras mundiales, muchos países buscaban relegar la expresión de la fe cristiana al ámbito exclusivamente privado.

Hace ya cien años, en 1925, que el papa Pío XI promulgaba la encíclica ‘Quas Primas’ sobre la fiesta de Cristo Rey. Lo hizo en una época de creciente secularismo social, cuando, en el entretiempo de las dos guerras mundiales, muchos países buscaban relegar la expresión de la fe cristiana al ámbito exclusivamente privado. 

Por ejemplo, la Revolución Bolchevique de 1917 y la inmediata instauración del comunismo en Rusia marcaron un punto de inflexión en la historia del siglo XX, sobre todo, por su impacto en la manera como se entendieron las relaciones entre la Iglesia y el Estado. A través de una agenda internacional de promoción comunista, el régimen ruso difundió por todo el mundo una ideología abiertamente anticlerical que buscaba no solo la transformación de la estructura política y económica, sino también la erradicación cultural de cualquier influencia religiosa, de cualquier alusión a Jesucristo como verdadero Rey. Este enfoque se expandió rápidamente a otros países, alimentando movimientos militantes de un férreo ateísmo liberal que sirvieron como caldo de cultivo para difundir la necesidad de una secularización más profunda donde las estructuras religiosas y eclesiásticas eran vistas como estorbos para el progreso. 

Ese fue el caso de México durante la revolución iniciada en 1910 y alimentada por el fervor antirreligioso difundido desde Europa que llevó los gobiernos posteriores al de Porfirio Díaz a ver en la Iglesia Católica una traba para los cambios sociales propuestos por los defensores del liberalismo americano. 

En esa lucha fraguada entre liberales y conservadores, la jerarquía eclesial, por su natural inclinación a los sectores conservadores, recibió de los gobiernos liberales una fuerte represión a su expresión pública y la fe cristiana perdió el reconocimiento que históricamente tuvo en México. A saber, una primera tanda de posturas anticlericales en el marco de la revolución se adoptaron bajo la presidencia de Francisco Ignacio Madero (1911-1913) pero, más drásticamente, durante el gobierno de Venustiano Carranza (1917-1920) quien “durante su periodo como caudillo revolucionario, tomó una postura agresiva contra la Iglesia permitiendo la clausura, profanación, saqueo y destrucción de propiedades eclesiásticas como conventos, parroquias y catedrales, además de la clausura de escuelas controladas por la Iglesia, el destierro de Obispos y clérigos de todos los niveles jerárquicos que eran extranjeros y provocar la huida de los mexicanos, e incluso, la ejecución de sacerdotes.”1. 

Aunque la Revolución Mexicana terminó en 1920, las políticas anticlericales se mantuvieron y, en 1926, el gobierno de Plutarco Elías Calles implementó una serie de medidas aún más severas bajo la famosa ‘Ley Calles’ que dio origen a la Guerra Cristera a partir de la resistencia armada por parte de miles de católicos en todo el país con el grito ‘¡Viva Cristo Rey!’ 

Es en ese contexto cuando Pío XI, consciente de aquellas realidades que acontecían en varios países de América y de Europa, y que subvertían el orden social relegando la religión y por consiguiente a Cristo Rey de su reconocimiento debido, escribe esta encíclica que fundamenta la fiesta con que cada año cerramos el año litúrgico en nuestra Iglesia, la de Jesucristo, Rey del universo. 

El documento empieza por reconocer que Cristo es Rey por derecho natural, como Verbo encarnado, y Rey por derecho adquirido en el madero de la cruz, con su sacrificio. En la patrística, en las Sagradas Escrituras, y en prácticamente toda la Tradición y el Magisterio de la Iglesia son numerosas las alusiones a nuestro Señor como Rey. 

Como bien diría San Cirilo de Alejandría “posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza” (QP, 11). Las sagradas escrituras dicen que Él es Aquel a quien le fue dado todo “imperio, honor y reino” (Dn 7,14), el “príncipe de los reyes de la tierra” (Ap 1, 5), el que “poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre.” (Is 9,6). 

Sin embargo, también reconoce el papa Pío IX que en sus formas, el reinado de Cristo no es el que habitualmente conocemos entre las monarquías del mundo. En su mensaje, en su intención y con su entero testimonio Jesucristo derrumbó el paradigma del ‘soberano parásito’ que se sirve de quienes gobierna para su proyecto personal.

Quizá por eso su reinado social nunca llegó a gustar del todo entre la mayoría de los poderosos del mundo pues Él es un Rey que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”(Mt 20, 28), un rey que nunca hizo alarde de su riqueza: “He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino” (Zac 9,9). 

Mientras los reyes de la tierra hacen ostentación de sus riquezas, nuestro Rey se hizo pobre “para que por medio de su pobreza llegáramos a ser ricos.” (2 Cor 8,9) Por ello es que Pilato no supo reconocerlo como tal a pesar de que, Él mismo, estando frente al prefecto de Judea le dice: “Sí, como dices, soy Rey” (Jn 18,37). 

Mientras que un rey, en los términos de nuestra historia y nuestra cultura, debería ser un hombre de fuerza, de conquista, de gloria, el Reinado de Jesucristo se establece sobre la contradicción y la paradoja. Desde la lógica del mundo no se entiende cómo un monarca se humilla como sabemos que lo hizo Jesús. Su reinado es todo un signo de contradicción para las dinámicas de este mundo, pero, con todo ello, Jesucristo era, es y quiere ser verdadero soberano sobre todas y cada una de las realidades de los hombres pues como lo dijo:“para esto nací” (Jn 18, 37). 

Sin embargo, la libertad de los hombres siempre es susceptible de rechazar incluso su mayor bien y por ello la encíclica de Pío XI advierte proféticamente las consecuencias del rechazo de Cristo como verdadero y único Rey. Cuando excluimos a Cristo de las realidades temporales, de las instituciones públicas, de las normas y de la cultura, de las familias, las escuelas, de las mallas curriculares de nuestras instituciones educativas, de las leyes y en general, de cualquier realidad humana, es inevitable el caos, la división, la corrupción de la moral y la crisis de la verdad. 

Solo con Cristo en el centro de las diferentes dimensiones de la vida humana es que se puede trabajar verdaderamente por la tutela de la dignidad humana, por una paz estable, por el bien común como proyecto político y por la justicia social sin ideologías. Extraer el mensaje de Cristo de todas las esferas de nuestra civilización es, para nosotros mismos, amarrarnos una piedra de molino al cuello y tirarnos al abismo de la confusión, de las luchas humanas y de la inevitable carrera hacia la dictadura del más fuerte. 

Podemos caer fácilmente en la idea de creer que el Señor se encarnó para dejarnos un mensaje espiritual destinado a ser vivido únicamente en la celebración del acontecimiento litúrgico, o, en otras palabras, que Jesucristo busca ser Rey solo en los templos. ¡Craso error! Jesús no vino únicamente a instituir una comunidad cristiana, a establecer el sacerdocio ministerial o a dejarnos los sacramentos como signos visibles de su gracia.

Su mensaje y testimonio buscan no solo permear la espiritualidad de los hombres sino, sobre todo, transformar al hombre individualmente y a todos los hombres en su integralidad. Eso incluye las realidades temporales que el Evangelio también quiere iluminar como las familias, la política, las leyes, la economía, la comunidad internacional, nuestra relación con la creación, etc.

Todas estas cosas “están -más bien, deben estar- sometidas a su arbitrio”. (QP 15) 

Cristo Rey nos ha convocado a ser sus testigos en el tiempo y en la eternidad. Pero, entender esto implica comprender que nuestra principal tarea de evangelización somos primero nosotros mismos. Nuestra continua y perseverante conversión es la primera misión encomendada a cada uno de los que hemos sido llamados a trabajar por el Reinado de Cristo. Para ello debemos asumir con seriedad ese llamado imperativo que nos hace el Señor: “vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48), y “sed santos, porque yo soy santo”. (1 Pe 1, 16). 

No obstante, son muchos los que, agobiados por sus propias limitaciones dicen que se trata de una tarea inalcanzable. ¿Nos encomendaría el Señor una tarea imposible de lograr? ¡Por supuesto que no! Con la asistencia infalible del Espíritu, con la ayuda de los sacramentos y a través de una oración asidua y profunda podemos contribuir eficazmente a ese reinado de “justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia” (QP, 17) desde la vocación y el lugar en donde cada uno se encuentre. 

Pero, sin Él como soberano de nuestras vidas, podemos estar seguros de que nuestra humanidad estará “acudida y empujada a la muerte” (QP, 23) y que cosechará solo amarguísimos frutos… por parte de los individuos y de las naciones” (QP, 24). No perdamos de vista que el mismo Señor nos dijo: “Sin mí nada podéis hacer”. (Jn 15,5) 


Referencias:

Rogelio Aurelio Rojas, (2014) “La postura anticlerical de Venustiano Carranza y su contradicción”. Efecto. 

Pío XI, (1925) “Quas Primas”. Vatican. 

Desclée de Brouwer, “Biblia de Jerusalén” (1966). 

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