Sobre Cristo Rey. Ecos de la Quas Primas

José de Jesús Castellanos López

Ecos de Quas Primas
El 11 de diciembre de 1925, hace ya casi cien años, el Papa Pío XI publicaba su encíclica Quas Primas, con la que instituyó la fiesta de Cristo Rey que, desde entonces se celebra cada año.

Este documento de gran trascendencia vio la luz entre la Primera y Segunda Guerra mundiales. Buscaba, como lo proclamó el Papa lograr el retorno de los hombres a Cristo como remedio para alcanzar la paz. Así lo exclamaba al inicio de su encíclica: 1. (…)“no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.”

Pero el mundo hizo oídos sordos y estalló una tremenda guerra que reconfiguró a Europa y a otras zonas del planeta, no siempre para bien.

Citando al Papa León XIII, Pío XI afirmaba: 15. El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano.

En su encíclica, publicada en el Año Santo que se celebraba en ese tiempo, recordó las diversas dimensiones del reinado de Cristo sobre los hombres, pero también sobre la sociedad. Esta encíclica aborda los beneficios que el reconocimiento de Cristo como rey y señor traería a la sociedad y los estados.

  1. “¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.

Resulta claro que esa doctrina -así lo explica a lo largo del texto- no era una novedad, sino que tenía sus raíces en el viejo testamento y, desde luego, en el Nuevo Testamento. Ya el lema de su predecesor, San Pío X, había sido “Omnia instaurare in Christo”, porque El es el Señor de la Creación.

 

DOCTRINA REITERADA

Sin embargo, hay quienes pretenden cubrir aquella encíclica con un paréntesis para decir que fue una proclama aislada y sin mayor trascendencia en la historia del magisterio e, incluso, que había sido olvidado su alcance en el Concilio Vaticano II. Nada más equivocado.

 

SUMMI PONTIFICATUS (Pío XII)

En su primera encíclica, Summi Pontificatus, el Papa Pío XII recuerda como recién ordenado, el Papa León XIII, en mayo de 1899, previo al Año Santo, en su encíclica Annum Sacrum consagró el mundo al Corazón de Jesús, aprovechaba su primer mensaje para que 2. (…)“el culto debido al Rey de reyes y al Señor de los señores sea como la plegaria introductoria de nuestro pontificado, cumpliendo así los deseos de nuestro santo predecesor. Sea este culto también el fundamento en que se apoyan y el propósito que pretenden tanto nuestra voluntad esperanzada como nuestra enseñanza y pastoral actividad, y, finalmente, el sufrimiento de los trabajos y penas, que consagramos exclusivamente a la difusión del reino de Cristo.”

Y agregaba 3. (…)“aquella consagración del género humano a Jesucristo Rey revela cada vez más a nuestro espíritu su hondo significado sagrado, su simbolismo exhortador, su fuerza purificadora, elevante, defensora y consolidadora de las almas, y al mismo tiempo, con no menor evidencia, observan nuestros ojos con cuánta sabiduría procura esa consagración restablecer por completo la salud de toda la sociedad humana y promover la verdadera prosperidad de ésta.”

A continuación, hacía alusión 4. (…)“a la institución de la fiesta de Jesucristo Rey, creada por nuestro inmediato predecesor (Pío XI), de feliz memoria — han brotado innumerables bienes para los fieles como un impetuoso río que alegra la ciudad de Dios ¿Qué época ha tenido mayor necesidad de estos bienes que la nuestra? ¿Qué época más que la nuestra, a pesar de los progresos de toda clase que ha producido en el orden técnico y puramente exterior, ha sufrido un vacío interior tan crecido y una indigencia espiritual tan íntima? Se le puede aplicar con exactitud la palabra aleccionadora del Apocalipsis: Dices: Rico soy y opulento y de nada necesito, y no sabes que eres mísero, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

  1. “No hay necesidad más urgente -continuaba-, venerables hermanos, que la de dar a conocer las inconmensurables riquezas de Cristo (Ef 3,8) a los hombres de nuestra época. No hay empresa más noble que la de levantar y desplegar al viento las banderas de nuestro Rey ante aquellos que han seguido banderas falaces y la de reconquistar para la cruz victoriosa a los que de ella, por desgracia, se han separado. ¿Quién, a la vista de una tan gran multitud de hermanos y hermanas que, cegados por el error, enredados por las pasiones, desviados por los prejuicios, se han alejado de la verdadera fe en Dios y del salvador mensaje de Jesucristo; ¿quién, decimos, no arderá en caridad y dejará de prestar gustosamente su ayuda?

Todo el que pertenece a la milicia de Cristo, sea clérigo o seglar, ¿por qué no ha de sentirse excitado a una mayor vigilancia, a una defensa más enérgica de nuestra causa viendo como ve crecer temerosamente sin cesar la turba de los enemigos de Cristo y viendo a los pregoneros de una doctrina engañosa que, de la misma manera que niegan la eficacia y la saludable verdad de la fe cristiana o impiden que ésta se lleve a la práctica, parecen romper con impiedad suma las tablas de los mandamientos de Dios, para sustituirlas con otras normas de las que están desterrados los principios morales de la revelación del Sinaí y el divino espíritu que ha brotado del sermón de la montaña y de la cruz de Cristo? Todos, sin duda, saben muy bien, no sin hondo dolor, que los gérmenes de estos errores producen una trágica cosecha en aquellos que, si bien en los días de calma y seguridad se confesaban seguidores de Cristo, sin embargo, cuando es necesario resistir con energía, luchar, padecer y soportar persecuciones ocultas y abiertas, cristianos sólo de nombre, se muestran vacilantes, débiles, impotentes, y, rechazando los sacrificios que la profesión de su religión implica, no son capaces de seguir los pasos sangrientos del divino Redentor.”

Y explicaba que la raíz de todos los males de ese tiempo era arrojar a Cristo de su reino. 15. “Por lo cual, la reverencia a la realeza de Cristo, el reconocimiento de los derechos de su regia potestad y el procurar la vuelta de los particulares y de toda la sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son los únicos medios que pueden hacer volver a los hombres al camino de la salvación.”

Proclamaba que la misión de la Iglesia 66. “consiste en realizar en la tierra el plan divino de restaurar en Cristo todas las cosas de los cielos y de la tierra, así también su obra resulta hoy día más necesaria que nunca, pues la experiencia nos enseña que los medios puramente externos, las precauciones humanas y los expedientes políticos no pueden dar lenitivo alguno eficaz a los gravísimos males que aquejan a la humanidad.”

 

VATICANO II: Lumen Gentium (Paulo VI)

El Concilio Vaticano II, lejos de abandonar estas enseñanzas, en la Constitución Dogmática Lumen Gentim nuevamente reitera en términos semejantes la misión de la Iglesia: 5. (…)“Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria.”

Y al definir la naturaleza del laicado y su misión, integrada a la triple dimensión de Cristo como sacerdote, profeta y rey, puntualizó. 31. “Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde.”

 

Redemptor Hominis (Juan Pablo II)

San Juan Pablo II, en su primera encíclica, y en referencia a la Lumen Gentium, explicaba el sentido de la realiza de Cristo: 16. “El sentido esencial de esta «realeza» y de este «dominio» del hombre sobre el mundo visible, asignado a él como cometido por el mismo Creador, consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia.”

 

Vocación cristiana: servir y reinar

En consecuencia, afirmaba siguiendo al Concilio Vaticano II, y en alusión el Pueblo de Dios, reiteraba como participamos en la triple misión de Cristo 21. (…)“que puede definirse «real»… En medio de tanta riqueza (del Concilio), parece que emerge un elemento: la participación en la misión real de Cristo, o sea el hecho de re-descubrir en sí y en los demás la particular dignidad de nuestra vocación, que puede definirse como «realeza». Esta dignidad se expresa en la disponibilidad a servir, según el ejemplo de Cristo, que «no ha venido para ser servido, sino para servir». Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente «reinar» sólo «sirviendo», a la vez el «servir» exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el «reinar». Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio. Nuestra participación en la misión real de Cristo —concretamente en su «función real» (munus— está íntimamente unida a todo el campo de la moral cristiana y a la vez humana.”

 

Christi Fideles Laici

Y en la exhoración apostólica Christi Fideles Laici, San Juan Pablo II, al referirse a la misión de los laicos explica que el

9. (…)carácter peculiar de su vocación, que tiene en modo especial la finalidad de «buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios».”

 

Dilexit nos (Papa Francisco)

Se podrían multiplicar las citas, pero el espacio no lo permite, retomemos, por último, lo escrito por el Papa Francisco en su última encíclica, Dilexit nos: 28. “El Corazón de Cristo es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro. En él nos volvemos capaces de relacionarnos de un modo sano y feliz, y de construiren este mundo el Reino de amor y de justicia. Nuestro corazón unido al de Cristo es capaz de este milagro social.”

Y recuerda la doctrina del Papa Pío XI: 155. “«Mas —escribe el Papa Pío XI—, ¿cómo podrán estos actos de reparación consolar a Cristo, que dichosamente reina en loscielos? Respondemos con palabras de San Agustín: “Dame un corazón que ame y sentirá lo quedigo”.

Y agrega: 182. “San Juan Pablo II explicó que, entregándonos junto al Corazón de Cristo, «sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo»; esto ciertamente implica que seamos capaces de «unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo»; pues bien, «esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador». Junto con Cristo, sobre las ruinas que nosotros dejamos en este mundo con nuestro pecado, se nos llama a construir una nueva civilización del amor. Eso es reparar como lo espera de nosotros el Corazón de Cristo. En medio del desastre que ha dejado el mal, el Corazón de Cristo ha querido necesitar nuestra colaboración para reconstruir el bien y la belleza.”

Y recuerda que como 206. “San Juan Pablo II, además de hablar de la dimensión social de la devoción al Corazón de Cristo, se refirió a «la reparación, que es cooperación apostólica a la salvación del mundo».

  1. “Del mismo modo, la consagración al Corazón de Cristo «se ha de poner en relación con la acción misionera de la Iglesia misma, porque responde al deseo del Corazón de Jesús de propagar en el mundo, a través de los miembros de su Cuerpo, su entrega total al Reino». Por consiguiente, a través de los cristianos «el amor se derramará en el corazón de los hombres, para edificar el cuerpo de Cristo que es la Iglesia y construir una sociedad de justicia, paz y fraternidad».

A cien años de la Quas Primas recordemos, también, el impacto que aquel documento tuvo en los fieles cristianos que murieron en martirio, en México, España y otras latitudes, gritando ¡Viva Cristo Rey! Y cuyos ecos llegan a nuestros días.

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