¿Qué atender primero, pobreza o educación?; parece un círculo vicioso: la educación acaba con la pobreza, pero ¿cómo educar si hay millones de niños en el mundo que no tienen qué comer?; ¿qué van a aprender si tienen el estómago vacío…?; ¿cómo van a salir de la pobreza sin educación siendo ésta uno de los principales motores de desarrollo y crecimiento de la sociedad?
Educación y pobreza son temas prioritarios en la agenda para el desarrollo mundial. La ONU los ha colocado como Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de su agenda 2030, aunque con una visión poco clara de cómo atenderlos.
Muchas naciones intentan resolver los problemas repartiendo dinero para acabar con la pobreza -como en México, donde a pesar de tantas becas, apoyos y subsidios gubernamentales, no se ha podido reducir la pobreza; a pesar de cantidad de apoyos para que los jóvenes estudien, no hay buenos resultados-. Como si repartiendo diplomas se acabará con la ignorancia.
Queda de manifiesto que en muchos países no se promueve la superación humana de las personas ni se valora la cultura del esfuerzo. Lejos de impulsar una cultura de trabajo se motiva una conducta mediocre, conformista o se busca instrumentalizar políticamente a los pobres (el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador pide a los jóvenes que no tengan aspiracioniones; y dice que “ayudando a los pobres va uno a la segura, porque ya sabe de qué cuando se necesite defender, en este caso la transformación, se cuenta con el apoyo de ellos, no así con sectores de clase media, ni con los de arriba, ni con los medios, ni con la intelectualidad”).
De esta manera algunos gobiernos, lejos de pretender sacar adelante al país, hacen todo para mantener con “limosnas” a los más pobres, a fin de contar electoralmente con ellos; mantenerlos en la ignorancia, el analfabetismo por que el conocimiento les representa un riesgo. Los programas sociales -financiados con impuestos públicos-, lejos de buscar resolver condiciones de rezago, se tornan mecanismos de dependencia económica y clientelismo político.
Así, la condición para recibir los apoyos gubernamentales no es la superación de las pobrezas, sino votar por los candidatos del partido oficial, pervirtiendo, además, los sistemas democráticos.
Que quede claro: no es dinero de los gobernantes, es dinero de los impuestos que todos pagamos, por ello debemos exigir a los gobiernos que los recursos se destinen a quienes los necesitan, se apliquen de la mejor manera -en más y mejor educación y salud, en generación de empleos-, con transparencia y honestidad.
Destaca la incongruencia del gobierno de México que lejos de aplicar recuros a resolver la tragedia que dejó a su paso el huracán Otis, en Guerrero, el dinero público se destinó a financiar a gobiernos latinoamericanos de izquierda: Cuba, Argentina, Bolivia o Venezuela, por mencionar algunos de los beneficiados, en lugar de atender a sus ciudadanos.
La obligación del gobierno de atender la pobreza y la educación no exime a los ciudadanos de contribuir al bien común ayudando quienes más lo necesiten, ya sea por virtud humana o siguiendo el principio evangélico de “lo que hagan con el más pequeño de mis hermanos conmigo lo habeís hecho”…
Las obras de Misericordia materiales y espirituales nos recuerdan que ayudar al necesitado (dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, posada al peregrino, visitar al enfermo o al encarcelado, vestir al desnudo; enseñar al que no sabe, corregir al que se equivoca, dar un buen consejo, perdonar, consolar y orar por los demás,) nos hacen mejores personas y contribuyen al bien común al impulsar el progreso de los pobres.
La educación, por su potencial transformador, es prioritaria porque, además de proporcionar los conocimientos y experiencias necesarias para el desarrollo de mayores responsabilidades, permite a las personas ejercer su libertad con mayor autonomía, ganar independencia y tener elementos para compartir subsidiariamente con otros.
La educación no está dirigida sólo al campo del conocimiento técnico o científico.También abarca las dimensiones axiológica, moral, afectiva, espiritual, social, cívica y política, entre otras.
No sólo es una lucha contra la ignorancia, sino para formar mejores personas, ciudadanos, profesionistas, padres o hijos, etc. A la familia le corresponde la responsabilidad primera de educar a sus integrantes, según sus valores; a la autoridad pública le corresponde aportar subsidiariemente los elementos complementarios que lleven a perfeccionar la educación de los ciudadanos.
Por ello es necesario exigir a los gobiernos mayor calidad educativa, procurar el bien común; de esta manera no tendríamos que preguntarnos qué es prioritario. Educar “es enséñar a pescar”, lograr que las personas satisfagan progresivamente todas sus necesidades, procuren su crecimiento integral, ejerzan mejor sus derechos, deberes y libertades y aporten lo mejor de sí mismos para el desarrollo de su familia, comunidad y país.





