Los españoles “nos” conquistaron
—¡Pueblo de San Juan del Río, en nombre de Dios Nuestro Señor, del Cielo y de la Tierra, quedas fundado!— pregonaba la muchedumbre a pie o a caballo, luego de que el Capitán General Don Nicolas de San Luis Montañez desde su montura ordenara el repique de campanas, toque de clarines y tambores de guerra para celebrar la conquista y fundación de tal ciudad en 1531.
Más de 25 mil almas, indígenas otomíes en su mayoría, algunos tlaxcaltecas y un puñado de españoles; cinco, para ser exactos, tres de armas y dos franciscanos. Al frente de los tlaxcaltecas, el Capitán de Guerra Martín Arco y Flecha y Moctezuma —vestido con peto, casco y brazaletes de bronce en brazos y pies, armas de su gentilidad, con el cuerpo cubierto con un cuero de venado con una pluma blanca en señal de paz—.
Liderando a los otomíes, el mencionado Don Nicolas y Don Fernando de Tapia, nuestros protagonistas.
La campaña había iniciado algunas horas antes, aquellos guerreros habían esperado al amanecer en los alrededores para que su entrada coincidiera con el día de San Juan Bautista y nombrar así a esta nueva ciudad; su conquista no implicó derramamiento de sangre, ni siquiera alguna pequeña escaramuza.
Después de celebrar misa el fiscal mayor declaró formalmente la fundación de San Juan del Rio. A las dos de la tarde se ordenó hacer el paseo para trazar la plaza principal de la que saldrían las cuatro calles principales de sus ángulos y cuatro más al partir estas cuadras por el medio, según las ordenanzas reales. La nueva población debía tener 2.500 varas cuadradas. Seguidamente pusieron unas cruces de sabino verde en cada una de las esquinas.
Este ejército de Don Fernando y Don Nicolás llegó a tener hasta 75 mil indígenas conquistando y fundando ciudades en las tierras limítrofes de la zona de influencia mexica, la purépecha y la gran nación chichimeca. Regiones que hoy pertenecen a los estados de Querétaro, Michoacán, Guanajuato, Hidalgo y al Estado de México.
Desprecio por el mundo indígena, cultura y tradiciones
Existen sobre ellos muchas fuentes y crónicas de la época, desde las Cartas de Relación de Cortés, los informes de la pacificación chichimeca, las relaciones de caciques de Jilotepec, las memorias del famoso Pleito Grande (sobre el pago de los diezmos, entre el Obispado de Michoacán y el de México) etc. Pero sin duda alguna las actas fundacionales de dichos pueblos hablan por sí solas.
Hay una fuente más, los informes resultado del “INSTRUCCIÓN Y MEMORIA DE LAS RELACIONES QUE se han de hacer para la descripción de las Indias, que su majestad manda hacer, para el buen gobierno y ennoblecimiento della” a solicitud del rey Felipe II cada pueblo, estuviera a cargo de una autoridad indígena, española o religiosa e independientemente de su tamaño, debería contestar un cuestionario de 50 preguntas tratando de sistematizar información sobre el lugar: geografía, recursos naturales, clima, acceso al agua; historia del pueblo, su religión, lengua y costumbres, etc. e incluir un mapa. Las respuestas fueron recibidas por el Consejo de Indias entre 1577 y 1585.
Estos informes (un tesoro altamente recomendable) fueron elaborados casi 50 años después de las conquistas otomíes y son muy valiosas para el tema que nos ocupa porque se puede ver cómo la memoria, la admiración y la alta estima a estos dos indígenas perduró. Al grado tal que, aunque ahora ya se sabe más sobre el pasado de Fernando Tapia, el autor de la memoria de Querétaro se adjudica el mérito de haberle evangelizado, por ejemplo.
Un último dato para considerar sobre las fuentes y las crónicas es que en muchos casos solo se menciona a alguno de los dos; pero al cotejar con las actas de fundación de dichas ciudades, aparecen ambos como firmantes. Así, en San Juan del Rio, la memoria popular tiene en su mente solo a Fernando Tapia o en San Luis de la Paz, solo a Montañez. Las actas fundacionales los incluyen a ambos; parece ser que se intercambiaban el mando de sus huestes.
Impusieron la religión y destruyeron sus comunidades
El mundo otomí no era homogéneo ni constituía un pueblo unido ni organizado, tenían costumbres parecidas, hablaban una misma lengua, aunque con variantes según la región. Constituían una especie de frontera entre los mexicas y sus enemigos; eran más bien, carne de cañón para unos y otros, algunas comunidades estaban sometidas a los mexicas, otras a los purépechas y otras a los metzcas.
Conin vivía en Nopala, Xilotepec, hoy estado de Hidalgo. Se sabe que era pochteca, comerciante, lo cual le dotó de un conocimiento importante de la gente y de su región. A raíz de la caída de los mexicas tuvo relación con frailes franciscanos pero su conversión llegaría después. Tras un breve contacto con los españoles, migró —a la tierra de los chichimecas con quien contrataba, y, para esto, convocó [a] siete hermanos y hermanas que tenía, y[a] otros deudos y amigos, hasta en cantidad de treinta indios, con sus mujeres e hijos, e hizo asiento en unas cuevas que están en una cañada por do corre un arroyo de agua, [a] media legua de do está ahora poblado el pu[ebl]o de Querétaro. Y, porq[ue] en sus juegos y pasatiempos tenían un cercado hecho de unas paredes bajas, a do jugaban a la pelota con las nalgas, [hecha] de un betún que salta llamado hule, y el d[ic]ho juego de la pelota o cercado se llama en la d[ic]ha lengua otomi MANEE—
Parece ser que ahí fue contactado por Nicolas de Montañez, de quien se desconoce su nombre gentil, los detalles de su conversión y su alianza con los españoles. Algunas fuentes dicen que eran familiares lejanos, quizás tal vinculo es posterior, cuando Conin se casa con Magdalena su sobrina. Lo que sÍ se sabe es que era de Xilotepec también y que de manera lejana estaba emparentado con Moctezuma.
Es Nicolas quien impulsa a Conin a aliarse con los españoles y a adoptar la fe cristiana, Juan Sánchez de Alanís lo bautizó con el nombre de Fernando de Tapia. Para entones Fernando ya había formado fuertes vínculos comunitarios en toda la región, inclusive con algunos chichimecas que era considerados muy aguerridos, así que unieron sus pueblos para ir a la conquista de tierras y almas.
En efecto, además de haber logrado la fundación de decenas de ciudades y pacificado a los chichimecas, fueron cristianos devotos que se esmeraron en propiciar la evangelización, en sus incursiones siempre había capellán, se oficiaba misa, se mandaban construir al menos capillas y se pedía la presencia de misioneros.
Nicolas de Montañez —vestido de la manera más vistosa y extraña para los indios, se dirigió a ellos, amonestándolos cumplir con fidelidad el vasallaje ofrecido al rey, encargándoles el estudio de la doctrina cristiana, así como de levantar su templo en el lugar en que, por primera vez, se acababa de celebrar el sacrificio incruento— relata la crónica de la fundación de Tequisquiapan.
Quizá la prueba más fehaciente de su profunda y autentica convicción cristiana es la construcción de la Iglesia de Querétaro y el Convento de las Clarisas, ambos financiados por Tapia; la primera en vida y el segundo, como última voluntad sobre el destino de su herencia. Convento al cual su nieta Luisa de Tapia ingresaría y llegaría a ser primera abadesa, con el nombre Luisa del Espíritu Santo.
Sometieron a los indígenas al peor maltrato
Don Fernando de Tapia, cacique y gobernador de Querétaro, Capitán general contra las guerrillas chichimecas, fueron sus títulos. Su hijo mayor, Diego de Tapia, heredó el gobierno de la localidad y el título de capitán general, llegando a pertenecer a la nobleza novohispana. Felipe II incluso le otorgó un escudo de armas.
En la entrada a la ciudad de Querétaro se encuentra una estatua de unos 70 metros de Conin, esculpido imponente, de importante musculatura, con un penacho de tres plumas, usando taparrabos, ayate y un bastón de mando. Ya dentro de la ciudad existe otra escultura de mucho menor tamaño, de un hombre de complexión llamémosle normal, vestido con los típicos pantalones cortos del renacimiento, la inscripción dice Fernando Tapia. A nadie se le puede escapar que el autor de ambas, Víctor Gutiérrez, pareciera que, sin poder negar la historia, quiere que pase desapercibido para el turista que se trata de la misma persona.
Pero al menos se le ha “hecho justicia” a su memoria. En cambio, Don Nicolas no ha gozado de la misma suerte; aunque hay una estatua suya junto a la de Don Fernando en el centro de Querétaro, muy pocos pueblos, museos, libros, le mencionan.
Don Nicolas de San Luis Montañez fue nombrado por Carlos V: Señor, Gobernador y Cacique de la ciudad de Tula y Capitán general para que pacificase el país de los chichimecas y otomíes, nombramientos que, con el de Caballero de Santiago, le entregó por su propia mano el virrey Luis de Velasco en 1551.
Quizás el México de hoy se ha olvidado un poco de él, pero hay una pintura que se expone en la sala de Etnología Otomí del Museo Regional de la ciudad de Querétaro, en el exconvento franciscano, que nos dice mucho de lo que aún 200 años después de sus hazanas, se atesoraba. Dice la leyenda en tal retrato:
“El Gral. Dn. Nicolás Montañez yndio cazique y Sr. que fue de Tula, Caballero de la Orden de Santiago, que con el auxilio de 33 Caciques Cabos prinsipales de Tula, y Xilotepec, y de 25.000 yndios combatientes, y 300 caballos, el día 25 de julio de 1531, dio la famosa batalla a un Exercito de mallor numero de Indios bárbaros de la Nación Chichimeca, en el Campo y Cerro de San Gremal, donde oy se venera el Colegio de los Apostólicos Misioneros de la Santa Cruz de Querétaro. Durante el sangriento combate onze horas con higual furia de uno y otro campo, hasta que por ultimo se aclamó la Victoria por el exercito Christiano, con auxilio del Patrón de las Españas del Apostol Santiago y de la Sma. Cruz que visiblemente se vió en el cielo, la que copiada se hallo después entre las lajas pies de los montes de aquel circuito, i oy se benera Milagrosa en esta Ciudad en el espresado Colegio, como a quien se deve la Conquista i población. Discrepcion panegirica del P. Franco Xavier de Santa Gertrudis impreso en el año de 1722”.
La pintura anónima fue colocada a expensas del Dr. Don Ignacio Montañez, su descendiente, a la postre, respetado profesor en cirugía novohispano.
Bibliografía:
BEAUMONT, fray Pablo (1932) Crónica de Michoacán, México: Talleres Gráficos de la Nación. Secretaría de Gobernación, Publicaciones del Archivo General de la Nación.
CARRASCO PIZANA, Pedro (1950) Los otomíes. Cultura e historia prehispánicas de los pueblos mesoamericanos de habla otomiana. México: UNAM, Instituto de Historia, INAH.
Historia Hispánica en el Real Academia de la Historia. Entrada San Luis de Montañez
Relaciones Geográficas del Siglo XVI: Michoacán. (1586) Edición René Acuña. Instituto de Investigaciones Antropológicas UNAM “Primera edición electrónica en epub, marzo 2016”
SIGÜENZA y Góngora, Carlos de (1680) Glorias de Querétaro. México: Paula de Benavides.
SAN LUIS Montañez, Nicolás de
(1535) Fundación del pueblo de San Francisco de Acámbaro, en Beaumont (1932, II: 298-306).
(1555) Relación original del cacique don Nicolas de San Luis, en Beaumont (1932, III: 102108).
WRIGHT Carr, David Charles (2012) Códice de Jilotepec Versión paleográfica: Ayuntamiento de Jilotepec.
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, abril 25). Dos tipos de cuidado: Fernando de Tapia y Nicolás de San Luis Montañez. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/dos-tipos-de-cuidado-fernando-de-tapia-y-nicolas-de-san-luis-montanez/
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