La confianza en las instituciones públicas ha disminuido de forma preocupante tanto a nivel regional como global. En América Latina, menos del 30% de la población confía en sus gobiernos, congresos o partidos políticos[1].
Mientras tanto, los ministerios publican informes y datos que, muchas veces, no reflejan la realidad vivida por las personas comunes. Entonces, ¿para quién son esos datos? Algunos especialistas aseguran que sirven para atraer inversiones y fomentar el desarrollo… ¿Desarrollo? ¿Para quién?
Paraguay ha sido señalado por organismos multilaterales como un ejemplo de estabilidad macroeconómica en Sudamérica[2]. Se exhiben indicadores positivos, especialmente en lo fiscal y monetario. Es cierto que el país ha experimentado cierto dinamismo en sectores como el inmobiliario, el tecnológico y el agroexportador. Sin embargo, el paraguayo de a pie sigue luchando por el pan, la justicia y el bienestar.
Por el bien de la síntesis argumental, me limitaré a describir la realidad de mi nación, Paraguay, y luego dejaré a criterio del lector si esta realidad se traduce a la suya.
Uno de los objetivos fundamentales de cualquier gobierno debería ser el florecimiento humano, es decir, la creación de condiciones que permitan a cada persona buscar la felicidad y desarrollar plenamente su dignidad.
Para permitir el florecimiento humano es fundamental proveer las condiciones necesarias a través de un desarrollo constante en todas las esferas de la sociedad. Cuando esto no ocurre, el florecimiento humano se estanca, y el caos social y político comienza a asomarse.
Tal es el caso del Paraguay: un país que hoy se etiqueta como “la perla escondida de América del Sur” o de un “gigante que hay que despertar”. Y por más de que estas frases sean bastantes inspiradoras, esto no se ve traducido en la realidad material del día a día del paraguayo común.
Tampoco me entiendan mal, no quiero limitarme a un determinismo material, pero no podemos ignorar que lo material es un aspecto necesario para elevar el alma del individuo y permitir su desarrollo humano.
Mientras se celebran inversiones millonarias en sectores estratégicos, muchas familias no logran cubrir la canasta básica[3]. La nutrición del paraguayo promedio se basa en panificados de bajo coste, cocido (bebida típica del Paraguay, similar a un té), mandioca (yuca) y si hay un poco de margen financiero, arroz, pastas, leche, y algunas verduras y frutas. Me gustaría que esto fuese una exageración mía, pero no lo es. Es una que observo y no puedo ignorar.
Asimismo, los servicios públicos no parecieran mejorar, los hospitales nacionales sin insumos, las escuelas públicas en ruinas, estudiantes dando clases bajo árboles de mango.
El paraguayo promedio endeudándose toda una vida para comprar un automóvil a modo de tener movilidad ante la falta de medios de transporte eficiente. Una vivienda propia o incluso el sueño de un título universitario se mantienen distantes. Las familias sobreviven. Para muchos, tener hijos se convierte en un deseo lejano. La deuda se acumula. El futuro se aleja. El florecimiento humano se congela.
Sobrevivir es la norma, vivir es un privilegio.
Y entonces, ¿dónde está el desarrollo?
¿De qué bienestar social estamos hablando cuando no hay tiempo para el ocio, la cultura, el arte y la creatividad? ¿Qué desarrollo económico podemos observar cuando no alcanza para la canasta básica?
¿Qué tipo de mejora notamos cuando incontables horas de vida se van en el tráfico diario por la falta de un transporte público de calidad? ¿Cómo podemos hablar de oportunidades cuando la educación es todavía una deuda pendiente? ¿Qué futuro podemos asegurar si no hay hijos quienes lo vivirán?
Y es así como uno cuestiona los datos emitidos por los gobiernos de turno que quieren abanderarse de un discurso de éxito y bienestar social, cuando el desarrollo ha quedado para unos pocos y no ha llegado a aquellos sectores que más lo necesitan.
Entonces, cuestionar las narrativas oficiales no es una postura ideológica, sino una necesidad moral.
No se trata de adherir a discursos marxistas o anárquicos, sino de recuperar una visión ética del desarrollo: aquella en la que el lucro es virtuoso solo si no atenta contra el bien común ni vulnera derechos fundamentales.
No puede hablarse de desarrollo cuando los beneficios quedan en los mismos grupos de poder, mientras la mayoría sobrevive.
La falta de integridad en las instituciones y las personas que las gobiernan han erosionado la confianza y ha generado un panorama desesperanzador en donde quedamos a merced de figuras populistas que tampoco desean resolver el problema de raíz. Se levanta un espíritu de venganza por encima de la justicia.
Esto va alienando a las personas que quedan impotentes ante la abrumadora corrupción y terminan desarrollando la idea que el único ingenuo es aquel que no participa en ella. Y no los culpo, porque pareciera que nos han robado el futuro. La esperanza agoniza. El camino angosto se hace más estrecho, y el ancho, más tentador.
Desafortunadamente he visto esta realidad en mi entorno, en mi propia familia.
Integridad y principios muchas veces se convierten en obstáculos en un sistema que castiga la honestidad. Donde las ganas de hacer el bien mueren ante el hedor un enorme sistema putrefacto que espanta toda buena intención.
¿Cuándo entenderemos que los tesoros en esta tierra se corrompen? ¿Cuándo aprenderemos que aquello que sembramos para otros hacen eco en la eternidad? ¿Cuándo comprenderemos que de nada sirve ganarlo todo en el mundo si nuestra alma termina consumida?
A quienes mucho fue dado, mucho será demandado.
Es materia pendiente para todos nosotros hacer el bien que podamos en el lugar que estamos hasta que haga eco en las zonas donde de toma de decisiones. Es imperante actuar. No olvidemos que la omisión también es un pecado, del cual poco se habla. Todo lo que hacemos —y lo que dejamos de hacer— afecta a otros. Y recordemos que una persona íntegra y otras 12 comprometidas bastaron para cambiar el mundo.
Revivir la esperanza es urgente. Encender el cambio es inaplazable. La siembre debe empezar hoy, ya que si seguimos esperando, nunca lo haremos.
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[1] Latinobarómetro. (2024). Informe Latinobarómetro 2024: Confianza institucional en América Latina. https://www.latinobarometro.org
RDN. (2024, diciembre 26). Desconfianza récord en instituciones paraguayas revela informe. https://www.rdn.com.py/2024/12/26/desconfianza-record-en-instituciones-paraguayas-revela-informe/
[2] Fondo Monetario Internacional. (2024). World Economic Outlook Database, April 2024: Paraguay. https://www.imf.org/en/Publications/WEO/weo-database/2024/April
[3] Banco Central del Paraguay. (2025, junio 5). Consumo impulsa créditos en moneda nacional y agricultura lidera en moneda extranjera. La Nación. https://www.lanacion.com.py/negocios/2025/06/05/consumo-impulsa-creditos-en-moneda-nacional-y-agricultura-lidera-en-moneda-extranjera/





