Introducción: La degradación de un debate fundamental
En la entrega anterior sostuve que el ser humano no puede ser reducido a una simple variable cuantitativa en la ecuación del desarrollo. La persona, en cuanto es imagen de Dios (Imago Dei), posee un valor intrínseco que precede a su utilidad productiva o a su capacidad de generar rentabilidad en el mercado. Sin embargo, al trasladar este principio a la realidad social, nos encontramos de frente con el problema histórico de la pobreza.
La idea de escribir este artículo no nació en un aula universitaria ni entre los estantes de una biblioteca, sino en una conversación entre amigos. Hace unas semanas, durante el festejo de cumpleaños de un amigo de la iglesia, alguien lanzó una pregunta que suele encender los debates: «¿La pobreza es una elección o una consecuencia?».
Mientras me disponía a comentar las interpretaciones más comunes de las corrientes ideológicas de nuestro tiempo, una respuesta resonó con una claridad extraordinaria. Una amiga cuya agudeza intelectual admiro contestó sin dudar: «No es tan simple». Esa afirmación quedó dando vueltas en mi mente. Con el paso de los días comprendí por qué. En el discurso político actual, el debate sobre la pobreza se encuentra profundamente degradado.
Los eslóganes ideológicos han sustituido la reflexión rigurosa por una polarización caricaturesca. Por un lado, una narrativa califica la pobreza como el resultado exclusivo de las decisiones individuales, sugiriendo que la privación económica responde únicamente a la falta de disciplina, a la pereza o a la ausencia de esfuerzo. Son los que afirman que «el pobre es pobre porque quiere». Por el otro, los colectivismos y populismos interesados insisten en que el individuo es un actor desprovisto de control sobre su propia vida y está condenado a la pobreza por estructuras invisibles, hasta convertir al Estado en el protagonista de su redención y a la política en su esperanza permanente.
Esta polarización no es casual: resulta enormemente funcional para la política partidaria, pues reduce un problema complejo a un dilema binario para captar votos y evadir responsabilidades. Sin embargo, al seguir la pista de aquella respuesta y examinar la historia del pensamiento económico, la teología y la evidencia contemporánea, descubrimos que abordar la escasez humana exige honrar esa premisa inicial: reconocer que la realidad no es tan simple, y que entre la voluntad individual y los condicionamientos del entorno existe una interacción compleja que tanto la fe como la razón están llamadas a comprender.
I. Fundamentos teológicos del valor, la propiedad y la responsabilidad social
Al abordar el sustento ético de la economía, el punto de partida natural se encuentra en la tradición cristiana, particularmente en la síntesis de Santo Tomás de Aquino, quien articuló la filosofía clásica dentro de un marco teológico centrado en la dignidad de la persona.
Santo Tomás de Aquino: El equilibrio entre la propiedad y el bien común
En la Suma Teológica, escrita en el siglo XIII durante el renacimiento urbano y el auge comercial de la Baja Edad Media, Santo Tomás estructuró una doctrina sobre la propiedad privada que evitó tanto el colectivismo como el egoísmo desmedido. Postuló que la propiedad privada de bienes es legítima y conveniente para el orden social por tres razones: estimula el cuidado de las cosas, mantiene la organización social y preserva la paz.
Sin embargo, Santo Tomás introdujo un matiz ético fundamental que en la actualidad suele ignorarse: la distinción entre la posesión de los bienes y su uso. Si bien el dominio privado es válido, el uso de las cosas materiales conserva una orientación universal (ius naturale).
En la Suma Teológica (II-II, q. 66, a. 2), afirma:
«El hombre no debe poseer las cosas exteriores como propias, sino como comunes, de modo que libremente las comunique a los demás en sus necesidades.»
Y profundiza en el deber ético ante quien padece extrema necesidad (II-II, q. 66, a. 7):
«Las cosas que algunos poseen de más se deben, por derecho natural, al sustento de los pobres.»
Santo Tomás reconoció que la negligencia o la apatía (acedia y pigritia) constituían faltas morales capaces de conducir a la privación individual, en tanto el ser humano es responsable de sus actos (liberum arbitrium). Sin embargo, no redujo el fenómeno a una falla de carácter ni lo concibió como una condena fatalista. Comprendió que en la condición humana interactúan tanto la voluntad de la persona como los acontecimientos externos.
Además, la ética tomista exige el ejercicio de la prudencia (prudentia) para evaluar las circunstancias concretas: discernir cuándo la carencia proviene del desinterés personal y cuándo es producto de un infortunio o de una injusticia que apela a la solidaridad comunitaria. De este modo, la acumulación desligada de la responsabilidad social no representa solo una falta de generosidad, sino una perturbación del bien común (bonum commune).
El aporte tomista al debate: Para Santo Tomás, la pobreza no es exclusivamente una elección ni una consecuencia pura. La voluntad cuenta, pero el entorno y la urgencia del prójimo direccionan moralmente el ejercicio de la propiedad y exigen la acción de la caridad.
Escuela de Salamanca: El libre mercado con enfoque ético
En el siglo XVI, los teólogos de la Escuela de Salamanca —como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado— continuaron el legado tomista en un contexto de expansión comercial y descubrimientos geográficos. Los salmantinos fueron pioneros en analizar la teoría cuantitativa del dinero, el valor subjetivo y la justicia en la contratación.
Estos pensadores argumentaron que la pobreza no se combate mediante el control estatal de precios o la restricción del comercio —medidas que, demostraron, solo profundizaban la escasez—, sino mediante el respeto al derecho natural, la propiedad, la iniciativa privada y el cumplimiento de los contratos.
Sin embargo, la Escuela de Salamanca no concibió el mercado como un ámbito neutro desligado de la moral. Para sus teólogos, la transparencia de las instituciones constituía la condición indispensable para que la libertad económica no degenerara en abusos. Establecieron así que el esfuerzo personal requiere un marco de reglas claras para prosperar; sin instituciones legítimas, la capacidad de elección del individuo se reduce drásticamente.
El aporte de la Escuela de Salamanca al debate: Estos pensadores argumentaron que la capacidad de elegir no opera en el vacío: el esfuerzo individual solo tiene resultados cuando el entorno institucional es justo y predecible.
John Wesley: La administración responsable y el servicio al prójimo
A esta corriente se suma el pensamiento de referentes de la Reforma Protestante, que alcanzó una expresión práctica sumamente interesante en el siglo XVIII con John Wesley. Wesley abordó la economía desde una perspectiva profundamente bíblica y aplicada. En su famoso sermón El uso del dinero (1760), sintetizó la responsabilidad económica en tres criterios:
- «Gana todo lo que puedas» (Gain all you can): Mediante el trabajo honesto, la laboriosidad, la innovación y el aprovechamiento del tiempo y las habilidades que Dios dio al hombre, sin dañar la salud ni al prójimo.
- «Ahorra todo lo que puedas» (Save all you can): Evitando el consumo ostentoso, la vanidad, los vicios y el desperdicio.
- «Da todo lo que puedas» (Give all you can): Reconociendo que el ser humano no es el dueño absoluto de sus riquezas, sino un administrador (steward) de las bendiciones de Dios.
En esta perspectiva, el trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino una vocación de servicio donde el excedente no pertenece al egoísmo del individuo. Debe ser administrado con intencionalidad para aliviar la necesidad, abrir caminos y transformar la vida de quienes carecen de oportunidades.
El aporte de Wesley al debate: Wesley argumentó que la prosperidad no es un fin egocéntrico, sino una responsabilidad de administración (stewardship).
Para su teología, la capacidad individual de generar ingresos mediante el esfuerzo personal solo encuentra su plenitud moral cuando se convierte en un instrumento activo para crear oportunidades en favor de quienes padecen necesidad.
II. El quiebre moderno: El liberalismo de Smith frente al determinismo de Marx
Hasta el siglo XVIII, el pensamiento económico no existía como una disciplina autónoma, sino que hallaba sus fuentes en las tradiciones filosóficas y teológicas. Sin embargo, con el avance de la Revolución Industrial y la secularización del pensamiento económico entre los siglos XVIII y XIX, la discusión sobre la pobreza dio un giro crucial: de un análisis moral sobre la virtud y la justicia se pasó al estudio de la producción de riqueza y las estructuras de clase. Esto configuró dos visiones contrapuestas en el debate moderno: la postura de Adam Smith, que entendió la pobreza como un problema superable mediante la creación de riqueza y la integración social; y la postura de Karl Marx, que la concibió como una consecuencia inherente a las dinámicas del capital.
1. Adam Smith: El motor de la riqueza y el dolor de la invisibilidad
En La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith planteó que la escasez había sido la condición natural de la humanidad a lo largo de los siglos, y que la única vía sostenible para superar la pobreza generalizada era el incremento de la productividad mediante la división del trabajo, la acumulación de capital y el intercambio libre.
Smith observó que, en una economía en crecimiento, incluso los sectores más humildes podían acceder a un nivel de vida superior al de sociedades no desarrolladas. No obstante, lejos de caer en un optimismo ingenuo, reconoció las profundas brechas que la dinamización industrial podía generar (Libro V, Cap. I):
«Donde hay mucha propiedad, hay mucha desigualdad. Por cada hombre muy rico, debe haber al menos quinientos pobres, y la abundancia de unos pocos supone la indigencia de muchos.»
El análisis más agudo de Smith sobre la pobreza no es únicamente monetario, sino antropológico. En La teoría de los sentimientos morales (1759), abordó cómo la pobreza vulnera la dignidad al condenar a la persona a la invisibilidad social y a la falta de empatía de sus semejantes:
«El hombre pobre pasa desapercibido, entra y sale sin que nadie le preste atención. Estar sumido en la multitud es estar en la oscuridad más absoluta… El hombre rico se gloría en sus riquezas porque siente que atraen sobre él la atención del mundo. El pobre, en cambio, se avergüenza de su pobreza; siente que lo coloca fuera de la vista de los hombres.»
Para Smith, si bien la escasez material exige crecimiento económico, su dimensión humana requiere rescatar al individuo del aislamiento. Por ello defendió la educación pública. Comprendía que la división del trabajo, al reducir la actividad del obrero a tareas repetitivas, amenazaba con atrofiar su desarrollo intelectual si el entorno no ofrecía una formación que expandiera su entendimiento (Libro V, Cap. I):
«Un hombre que dedica toda su vida a ejecutar unas pocas operaciones sencillas… no tiene ocasión de ejercitar su entendimiento. Se convierte naturalmente en una criatura tan ignorante y estúpida como es posible para un ser humano.»
Para el padre del liberalismo clásico, la educación es la herramienta indispensable para preservar la dignidad y capacidad de acción del trabajador. Smith entendió que la falta de formación atrofia el entendimiento y limita —como una consecuencia directa del entorno— la libertad real de la persona para elegir, adaptarse y prosperar.
El aporte de Smith al debate: Postuló que la prosperidad requiere libertad económica e incentivos al esfuerzo individual, pero reconoce que la estructura de producción puede entorpecer y aislar al trabajador.
Para que la libertad de elección sea real y no una mera ilusión, el individuo necesita un marco institucional mínimo —mediante la educación pública— que proteja su capacidad de razonar y prosperar.
2. Karl Marx: La pobreza como consecuencia del determinismo de clase
Karl Marx transformó de manera radical los términos del debate: para el materialismo histórico, la pobreza no es un fallo marginal del mercado, ni un problema derivado de la baja productividad o de la falta de disciplina individual, sino una consecuencia directa y necesaria de la lógica de acumulación del capital.
Frente al dilema de si la pobreza es una elección o una consecuencia, el análisis marxista desplaza de plano la voluntad individual. Para Marx, en el modo de producción capitalista, el trabajador no elige su destino porque no posee los medios de producción. Al no poseer más que su capacidad de trabajar, se ve forzado a vender su fuerza de trabajo como una mercancía. El capitalista adquiere esta fuerza por su valor de cambio (el salario) y extrae de su ejercicio la plusvalía: la fracción de trabajo no pagado que constituye el beneficio y genera acumulación de capital.
Marx profundizaría en esto en el Tomo I de El Capital (1867), al formular el concepto del ejército industrial de reserva: una masa de desempleados y subempleados producida orgánicamente por la acumulación de capital y el cambio tecnológico. Esta población marginal cumple una función sistémica indispensable: actúa como un mecanismo de presión que disciplina a la fuerza laboral activa, conteniendo los salarios al nivel de subsistencia y blindando la ganancia del capital.
Bajo esta premisa, la Ley General de la Acumulación Capitalista establece una polarización intrínseca:
«La acumulación de riqueza en un polo es, al mismo tiempo, acumulación de miseria, tormento de trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalización y degradación moral en el polo opuesto.»
Por ende, para el materialismo histórico, sostener que «el pobre es pobre porque quiere» constituye una falacia que oculta la arquitectura del sistema. La persona no elige su pobreza; se encuentra atrapada en una estructura donde la escasez de las mayorías es la condición necesaria para la riqueza de las minorías.
Es importante precisar que Marx no concibe al proletariado como una masa inerte o pasiva. Aunque niega la capacidad de elección individual dentro del mercado, le reconoce al trabajador una agencia colectiva: la posibilidad de transitar de una «clase en sí» a una «clase para sí», cobrando conciencia de su explotación para transformar revolucionariamente las relaciones de producción. Sin embargo, esta capacidad de acción no opera mediante la iniciativa personal en el marco económico, sino a través de la política organizada de la clase.
El quiebre antropológico con la tradición cristiana es absoluto. Mientras que la perspectiva teológica postula que la persona conserva intacto su libre albedrío (liberum arbitrium) y su dignidad intrínseca (Imago Dei) más allá de sus condicionamientos materiales, el marxismo subordina al individuo en su determinación de clase. Ya en sus Manuscritos económicos y filosóficos (1844), Marx advertía cómo este proceso enajena (aliena) la naturaleza humana, reduciendo a la persona a una mercancía más:
«La depreciación del mundo de los hombres aumenta en razón directa con el incremento del valor del mundo de las cosas. El trabajo no solo produce mercancías; se produce a sí mismo y al trabajador como una mercancía.»
El límite teórico del análisis marxista se encuentra en la rigidez de su determinismo. Al sostener que la dinámica del capital condena inevitablemente al desposeído a la reproducción de su miseria —haciendo de la revolución la única salida posible—, la teoría reduce al individuo a una víctima pasiva de la estructura, anulando el valor del esfuerzo personal, la responsabilidad individual y su capacidad cotidiana de autodeterminación.
El aporte de Marx al debate: Argumentó que las estructuras económicas imponen condicionamientos severos que limitan la capacidad de acción de la persona. Sin embargo, al subordinar la autonomía individual a la lucha de clases y al determinismo económico, elimina el valor de la iniciativa personal, la responsabilidad moral y la capacidad cotidiana del individuo para transformar su propia vida.
Cita este artículo
Gamarra, F., (2026, septiembre 2). Pobreza: ¿Elección o consecuencia? Parte I. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/pobreza-eleccion-o-consecuencia-parte-i/
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