CHOLE Y CARMELITA
Belén, de 15 años, juega a medianoche en la calle Tonalá de la colonia Roma, en la Ciudad de México. Es Nochebuena de 1927. Está vigilando mientras su familia, amigos y vecinos asisten clandestinamente a Misa de Gallo en su casa. Alarmada, entra gritando: —¡Chole, ahí vienen!—. Soledad y el padre Murillo aguardan lo inevitable: un pelotón de la gendarmería, informado por algún soplón, entrará por la fuerza.
Simultáneamente, Amparo salva al Santísimo escapando por una ventana. Su miedo a un sacrilegio no era exagerado: en otra latitud, Carmen Robles era sorprendida en circunstancias parecidas por las fuerzas federales comandadas por el coronel Vargas quien se limpiaba la nariz con un purificador y un corporal.
Sus destinos fueron diferentes. A Soledad, después de hacerla ver el paredón donde la sangre del padre Pro estaba aún fresca, la encerraron durante un mes. En la cárcel zurcía los pantalones de los presos, rezaba con ellos y los instruía en la fe; le llevaban la Comunión escondida en un tarro de azúcar.
Carmen fue maltratada y obligada a caminar durante varios días junto a sus amigas, con una soga al cuello. Durante el cautiverio sostuvo profundas conversaciones con sus captores y brindó apoyo espiritual a sus compañeras. Luego las fueron sacando de tres en tres; ella fue la última. Su cuerpo fue hallado muchos años después.
Chole y Carmelita eran Hijas de María. Una vivía en la capital; la otra, en una villa de apenas 1,500 habitantes, en los confines de Jalisco. [1]
Ambas habían llegado a 1926 con algo más que una devoción en común: sabían organizarse, conocían su fe y estaban acostumbradas a trabajar por otros. Cuando las circunstancias cambiaron, aquellas capacidades encontraron una aplicación inesperada.
La Guerra Cristera tuvo muchas otras trincheras además de las del campo de batalla; por eso son también cristeros los que empuñaron la pluma o resistieron pacíficamente. Esos católicos organizados no surgieron por generación espontánea ante las hostilidades callistas, ni ante el oscuro panorama que auguraba la Constitución de 1917, ni siquiera ante el tinte anticristiano que caracterizó a la Revolución mexicana. Para comprender al laicado mexicano de los años veinte hay que retroceder unas décadas y ampliar el foco hacia la Iglesia universal.
DE ROMA PARA EL MUNDO
A mediados del siglo XIX, Europa y América viven un acelerado avance del secularismo y el liberalismo, acompañado del intento de romper el vínculo entre la Iglesia y el Estado para construir un nuevo orden en el que Dios no tiene cabida. Este contexto atraviesa el pontificado de Pío IX, con quien se agudiza la «cuestión romana» y que terminará sus días recluido en el Vaticano.
Pío IX enfoca buena parte de su magisterio en defender la libertad e independencia de la Iglesia y condenar los errores modernos. Se concentra en la afirmación doctrinal y convoca al Concilio Vaticano I en el que se define la infalibilidad pontificia. Propone un laicado al que le corresponde resistir y conservar: firmeza doctrinal, fidelidad a la Iglesia y al Papa, defensa pública de la fe y promoción de devociones y prácticas de piedad, especialmente eucarísticas y de reparación.
Aquellos escombros del viejo sistema reciben a León XIII, primer papa elegido después de la pérdida de los Estados Pontificios. Él prepara al laicado para comprender y actuar en un mundo diferente, mientras las nuevas ideologías se expanden. León XIII ha sido estudiado principalmente desde la óptica de la cuestión social; sin embargo, su acervo magisterial es enorme y mucho menos conocido. Rerum Novarum y los escritos propiamente sociales constituyen apenas una fracción de su línea pastoral.
Desde los primeros años de su pontificado, León XIII elaboró una respuesta integral a la secularización de la sociedad y, particularmente, al nuevo papel que correspondía al laico. El estudio de Tania Hernández Vicencio sobre diez encíclicas anteriores a Rerum Novarum muestra que el pontífice fue delineando una política «proactiva —más que de confrontación con los Estados liberales—» que contribuiría a «detonar el amplio activismo católico». [2]
Resulta muy pedagógico estudiar linealmente sus enseñanzas: las áreas temáticas van añadiéndose hasta delinear a un católico preparado para enfrentar la modernidad. Desde su concepto de sociedad doméstica y sociedad civil, León XIII parte, como su predecesor, de la vida espiritual y sacramental; pasa después a la solidez doctrinal, la formación moral y familiar, la conciencia de los deberes sociales y la asociación, hasta llegar finalmente a la acción social y pública.
Pasado ya el umbral del siglo XX; su sucesor, San Pío X, podría definirse como el papa que materializó el cómo organizarse y hacer apostolado. Transitamos de la arquitectura doctrinal leonina —familia, sociedad civil, deber público, asociación, cuestión social— a la aparición del concepto de Acción Católica.
«Acción Católica» o «acción de los católicos» comprende las obras en favor de la Iglesia, la sociedad y los individuos, sostenidas y promovidas principalmente por católicos laicos. Pío X insiste, al igual que sus sucesores, en que para «restaurar todas las cosas en Cristo», los fieles deben escuchar la enseñanza de la Iglesia, realizarla primero en sus vidas y después contribuir a hacerla efectiva en los demás, cada uno según su estado y deberes.
En Il fermo proposito, Pío X sostiene que los derechos civiles pueden llegar hasta la participación directa en la vida política y que los católicos deben prepararse «prudente y seriamente» para ella, para permitirles promover el bienestar social y económico y, simultáneamente, defender el Reino de Dios.
En 1914, el pontificado de Benedicto XV y la Primera Guerra Mundial inician casi simultáneamente. El proceso de formación del laicado para la modernidad se encuentra de pronto con la implosión de esa misma modernidad que, orgullosa de su progreso, se autodestruye.
La falta de caridad entre los hombres, el desprecio de la autoridad, el enfrentamiento entre clases y la búsqueda desordenada de bienes materiales aparecen como causas de la guerra. El papa llama a los católicos a reconciliar, reconstruir y restaurar la paz. Paradójicamente, estas enseñanzas le hablan al oído a los católicos mexicanos, que viven también su propia guerra: la Revolución mexicana.
Pío XI llega a la cátedra de San Pedro en 1922. Retoma el concepto de Acción Católica, le da un lugar central en su magisterio, la define y sistematiza. Ya no se trata simplemente de «católicos haciendo cosas buenas», sino de un apostolado laical organizado, coordinado con la jerarquía y orientado a la cristianización de la sociedad.
El eje de su enseñanza: Cristo, apartado de la vida personal, de la familia y de la vida pública, debe volver a reinar. La formación y la Acción Católica son instrumentos para ese fin. Su magisterio profundiza además en la importancia de los cuerpos intermedios entre la persona y el Estado y desarrolla principios como el de subsidiariedad.
Y MÉXICO RESPONDE
Chole y Carmelita son un pequeño botón de muestra de cómo la vida de apostolado en México fue escuchando y respondiendo, casi en tiempo real, a las enseñanzas del magisterio. En una gran ciudad o en una humilde ranchería puede observarse este proceso: a las asociaciones piadosas y de caridad se van sumando, década tras década, nuevos carismas, matices y campos de acción.
Durante la segunda mitad del siglo XIX se fundan asociaciones como las Congregaciones Vicentinas, las Hijas de María, la Guardia de Honor del Sagrado Corazón, el Apostolado de la Oración y diversas asociaciones eucarísticas; también se renuevan las congregaciones marianas. [3] Es la época de Pío IX y los inicios de León XIII: reparación, conservación de la fe, firmeza doctrinal y formación.
Entre 1900 y 1913 surgen la Adoración Nocturna Mexicana, los Círculos Católicos de Obreros, la Unión Católica Obrera, los Operarios Guadalupanos, el Círculo Católico Nacional, la Prensa Católica Nacional, la Liga Nacional de Estudiantes Católicos, la Confederación Nacional de Círculos Católicos Obreros, la Unión de Damas Católicas Mexicanas y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM); llegan también los Caballeros de Colón.
Sobre aquel primer estrato piadoso y caritativo fue creciendo, sin sustituirlo, un tejido cada vez más formativo, social y organizado. Es el paso que hemos visto con León XIII y Pío X: formación y Acción Católica que comienzan a vertebrar diferentes ámbitos de la vida pública, conservando todavía un fuerte anclaje parroquial.
La hostilidad anticlerical y anticristiana se recrudece con la Revolución mexicana y va in crescendo. Podemos leer en las fundaciones que aparecen entre 1917 y 1925 el eco de Benedicto XV y Pío XI: reconciliar y reconstruir, sistematizar la Acción Católica y orientarla al Reinado de Cristo. Surgen la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF), el Secretariado Social Mexicano, la Confederación Nacional Católica del Trabajo (CNCT), la Federación Arquidiocesana del Trabajo, la Acción Social Católica —en sus organizaciones diocesanas—, el Comité de Defensa Popular, la Unión Popular y la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR).
Vale la pena detenerse en tres aspectos de esta última etapa. Primero, el centro de gravedad es cada vez menos parroquial. No se abandona la dirección espiritual ni la formación recibida del clero, pero el campo de acción se proyecta hacia el exterior.
Segundo, la multipertenencia dificulta medir la magnitud del fenómeno. Una misma persona podía participar simultáneamente en asociaciones piadosas, formativas, sociales o cívicas, por lo que las cifras de afiliación no pueden simplemente sumarse. Los estudios sobre el asociacionismo y el catolicismo social mexicano apenas permiten dimensionar aquella red.
Sin embargo, los trabajos de Jean Meyer y otros historiadores permiten hablar, a mediados de la década de 1920, de cientos de miles de católicos involucrados en organizaciones piadosas, formativas, obreras, juveniles, familiares, sociales y cívicas. Algunas grandes organizaciones contaban sus miembros por decenas de miles y, en ciertos casos, afirmaban superar los cien mil afiliados.
Y tercero, quizá el más interesante:
La fundación de la Unión Nacional de Padres de Familia constituyó una especie de graduación con honores en aquel proceso de maduración apostólica. La defensa de la familia y de su derecho a educar a los hijos permitió a los católicos vislumbrar que la acción cívica y política también son apostolado.
Allí convergían principios que venían madurando: la relación entre sociedad doméstica y civil, el reconocimiento de derechos anteriores al Estado, la importancia de los cuerpos intermedios y el principio de subsidiariedad.
En la antesala de la Cristiada encontramos, así, un laicado que había aprendido a escuchar a sus pastores, quienes, con prudencia y el auxilio del Espíritu Santo, supieron leer los signos de los tiempos y prepararlo para afrontar los retos de la modernidad: las nuevas ideologías, los totalitarismos, la secularización y, en el caso mexicano —aunque no exclusivamente—, la persecución.
Este proceso de décadas permitió a los católicos aprender y entrenarse en el arte del hacer: reunirse, organizarse, comunicar, administrar, formar dirigentes, construir redes, movilizar recursos y actuar colectivamente. Cuando llegó la crisis, no tuvieron que aprender de cero; tuvieron que aprender a utilizar, ante una circunstancia nueva, capacidades que ya poseían. Todo ello sobre una base sólida: vida espiritual, sacramental y formación.
La conclusión es simple: la Iglesia es, verdaderamente, Madre y Maestra.
Bibliografía:
[1] Huejuquilla, Jalisco, era cabecera municipal y centro de referencia para numerosas rancherías dispersas. Curiosamente, ahí ocurrió el primer enfrentamiento de la Guerra Cristera, en agosto de 1926.
[2] HERNÁNDEZ Vicencio, Tania (2024). p.26.
[3] Esta agrupación antiquísima fue la primera y casi única asociación por muchos siglos, fue fundada en los inicios de la era virreinal. Se renovó y cobró nuevos bríos en la segunda mitad del siglo XIX.
HERNÁNDEZ Vicencio, Tania (2024). Ciudadanía cristiana en encíclicas clave de León XIII (1878-1890). Trace, (86), 26–50. Disponible en https://doi.org/10.22134/trace.86.2024.900
Legión de Cristo Rey y Santa María de Guadalupe-Veteranos de la Guardia Nacional (Cristeros). David. Revista mensual ilustrada: historia cristera, información, civismo. Tomo I, agosto de 1952-julio de 1954. México, D. F. pp 26-47
MEYER, Jean (2022) La cristiada. El conflicto entre la iglesia y el Estado (1926-1929). México: Siglo XXI
OLIVERA Ravasi, Javier SE (2026) La contrarrevolución cristera. Texas: Parresia Ediciones.
REGUER, Consuelo (1997) Dios y mi derecho. Tomo I México: JUS
Documentos pontificios sobre laicos, acción católica, cívica y política:
PÍO IX
Quanta cura (1864). Liberalismo y secularización; Syllabus Errorum (1864). Errores modernos. Non expedit (1868-1874). Participación política. Pastor aeternus (1870). Primado e infalibilidad.
LEÓN XIII
Inscrutabili Dei consilio (1878). Iglesia y sociedad.Quod apostolici muneris (1878). Socialismo y comunismo. Aeterni Patris (1879). Filosofía tomista (el propio Papa la clasificó en sus obras sociales) Arcanum divinae sapientiae (1880). Matrimonio y familia. Sancta Dei civitas (1880). Misiones y evangelización. Diuturnum illud (1881). Origen del poder. Immortale Dei (1885). Iglesia y Estado. Libertas praestantissimum (1888). Libertad y liberalismo. Sapientiae christianae (1890). Ciudadanía cristiana. Rerum Novarum (1891). Cuestión social.
SAN PÍO X
Il fermo proposito (1905). Acción Católica. Singulari quadam (1912). Asociaciones obreras.
BENEDICTO XV
Ad Beatissimi Apostolorum (1914). Guerra y sociedad. Maximum illud (1919). Misiones y evangelización. Pacem Dei munus pulcherrimum (1920). Paz y reconciliación.
PÍO XI
Ubi arcano Dei consilio (1922). Paz de Cristo. Quas primas (1925). Reinado de Cristo. Quadragesimo anno (1931). Subsidiariedad y orden social.
Cita este artículo
Mondragón Cobos, M., (2026, octubre 7). Cristeros: preparados para la tormenta. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/cristeros-preparados-para-la-tormenta/
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