Los primeros se declaraban ‘traicionados’ en la mesa de negociación. ¿Realmente fue así? Las investigaciones más recientes no avalan dicha versión. El Papa no fue engañado, al contrario: estaba bien informado sobre lo que acontecía en México.
¿Desobedecieron al Papa los obispos negociadores, al incumplir los requisitos que había puesto para sellar un acuerdo? Tampoco. Como todo hecho histórico, la Guerra Cristera se desarrolló en un continuum que puede implicar cambios. Para el momento decisivo, Pío XI había cambiado de opinión sobre consultar a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR) y a la cúpula del movimiento armado antes de aceptar un acuerdo.
Lo innegable es que los obispos en cuestión exageraron el estado de la negociación, quizás con los ojos puestos en escalar en el ánimo papal. Exceso de optimismo, dirían algunos. No sopesaron que, en cuanto la noticia brincara a los medios, sobrevendría una presión en la opinión pública a favor del fin de la guerra y el gobierno mexicano lo sabía. Los purpurados actuaron con ligereza al no condicionar con la firma de un acuerdo que quizá no habría evitado la masacre que vino después, pero sí habría expuesto la naturaleza criminal del régimen.
Por el modo en que terminó la Cristiada, implicaba animosidad al interior del Episcopado contra los cristeros, que en ocasiones fueron maltratados al exponer su inconformidad y los asesinatos que se estaban cometiendo contra ellos. Los obispos tuvieron que decidir entre salvar el ‘modus vivendi’ o salvarlos a ellos, y todos sabemos lo que pasó. Se entiende que el momento era difícil y que los ánimos estaban caldeados. Aquí pesó el que la mayoría de los prelados no hubiera apoyado la vía armada desde el principio, pero en 2029, cuando se cumpla el centenario de los ‘Arreglos’, podría ser la ocasión para que el Episcopado cierre esa herida.
La memoria de los cristeros está esperando una reconciliación. No por lo que pasó en el campo de batalla, pues aquel que toma las armas sabe a lo que se atiene, sino por la ingratitud de algunos de sus pastores al concluir el conflicto. Asimismo, hay que considerar que varios líderes católicos resistieron a la autoridad eclesiástica de manera soterrada y, a veces, en franca rebeldía.
¿Actuó el gobierno estadounidense en beneficio del callismo? No propiamente. Había asuntos pendientes entre ambos países, ajenos a la Guerra Cristera, que constituían el verdadero objetivo de Estados Unidos. Por otra parte, un país no le vende armas ni pertrechos a particulares que le hacen la guerra al gobierno con el cual necesita un acuerdo. En ningún caso iban a poner en peligro sus intereses favoreciendo una guerra religiosa. La prueba está en que, ya en los años Treinta, cuando Roosevelt mete las manos de una manera decidida, Plutarco Elías Calles se ha debilitado y no puede seguir manipulando al presidente en turno como antes. En el momento en que Roosevelt necesita el voto católico para reelegirse, la persecución religiosa en México se convierte en un objetivo primordial. Pero, para entonces, la guerra había concluido.
¿Hubo un complot en el entorno de Pío XI para darle la espalda a los cristeros? Nada de eso. El pontífice cambió por dos variables que interactuaban en el escenario mexicano: la convicción de que los cristeros podían vencer al callismo y el asesinato de Álvaro Obregón. La idea del triunfo era de cuño escatológico milenarista, imposible de aceptar para la Sede de San Pedro. Además, los informes de Inteligencia naval de Estados Unidos indicaban que, por el momento, la situación estaba en el punto en que ninguno de los bandos podía vencer al otro. Sin embargo, al final, el gobierno terminaría ganando la guerra. No había que llegar al desenlace. Urgía un acuerdo.
Por difícil que resulte reconocerlo, asesinar a Obregón fue un grave error estratégico. No se discute la valentía, sino la imprudencia. ¿A quién se le ocurre eliminar al presidente electo en medio de un forcejeo feroz entre Calles y Obregón en la antesala del relevo presidencial? Justo cuando, en otro plano, el P. Joseph Burke había alcanzado un entendimiento con Calles para resolver el conflicto religioso y armado. En el mejor de los casos, la decisión debió ser ‘no estorbar’ y dejar que las huestes de ambos caudillos se despedazaran entre sí.
Era lógico que, a partir de ese punto, el Papa ya no considerara prudente consultar ni a la Liga ni a los cristeros en armas. Vayamos a la segunda parte: el silencio de la Iglesia sobre la Cristiada, tanto en el púlpito como en su propia historia.
El pasado 31 de julio del año en curso, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) dio a conocer su Mensaje a cien años de aquel 1926. El conflicto religioso en México. Callaron las campanas de los templos, habló su sangre, donde se asienta la ‘Ley Calles’ como el detonante del descontento de la grey y el estallido de la guerra entre 1926 y 1929. Al cumplirse un siglo, el Episcopado dice:
“Hemos elegido inaugurar un tiempo de memoria agradecida y de discernimiento eclesial que nos acompañará en los próximos años, hasta el jubileo guadalupano de 2031 y el jubileo de la Redención de 2033. Lo hacemos convencidos de que un pueblo que no recuerda queda a merced de quienes escriben la historia por él, y de que la memoria cristiana no es nostalgia del pasado: es fuerza para el presente”.
En ninguna parte del documento se menciona la ‘Guerra Cristera’ o la ‘Cristiada’, pero sin duda marca el final del silencio de la Iglesia sobre un tema tan espinoso y lo vincula a los jubileos guadalupano y de la Redención. Lo hace de una manera especial: en agradecimiento. Porque es mucho lo que se tiene que agradecer al sacrificio de los católicos de la época. ¿O ustedes creen que fue fácil soportar la persecución religiosa de autoproclamados ‘revolucionarios’ que en realidad eran vulgares ‘asesinos’?
La Iglesia Católica tiene pendiente determinar cómo asumirá el acontecimiento dentro de la propia historia eclesiástica. ¿’Cristiada’, ‘Guerra Cristera’ o con cuál denominación? ¿Cómo hacerlo sin que adquiera una connotación escatológica que podría dejar el tema a merced de interpretaciones milenaristas? Las Cruzadas tienen su lugar en la Historia de la Iglesia porque cinco de ellas fueron convocadas directamente por el pontífice en turno. Cuatro corrieron a cargo de alguno de los monarcas, una de ellas por un emperador excomulgado. La Iglesia no puede evadir su responsabilidad en las Cruzadas.
El punto es que la Cristiada no fue convocada ni por Pío XI ni por el Episcopado mexicano. Ni siquiera por la minoría de los prelados que simpatizaban con tomar las armas. No hay quien asuma la responsabilidad pastoral y, sin embargo, hay que resolverlo.
En la Guerra Cristera estuvieron involucrados tanto los combatientes como los católicos que, desde el ámbito civil, apoyaban al movimiento. Así como en cada vertiente hubo motivos diferentes para inconformarse, la Cristiada debe ser expurgada de sus rescoldos milenaristas o, en su defecto, insertarla en la Historia de la Iglesia en México con el debido aparato crítico que oriente a la grey.
El desencuentro entre la Iglesia y el milenarismo tiene una larga historia, pero será el 19 de julio 1944 cuando el deslinde sea inequívoco. Ese día, Pío XII aprobó el Decreto del Santo Oficio en la materia, desautorizando dicha interpretación, incluso el milenarismo mitigado.
Lo anterior fue recogido en el Enchiridion Symbolorum de Denziger-Schönmetzer, numeral 3839 (en el Denzinger antiguo es el numeral 2296). Más todavía, en el Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por San Juan Pablo II, se rechaza toda forma de milenarismo o mesianismo político (numeral 676).
Eso no significa que la Cristiada haya sido un hervidero de milenaristas, pero tenía ciertos residuos propios de la época que es necesario ubicar para no confundirse.
Pese a todo, de aquellos buenos católicos debemos sacar fuerza para dar testimonio en nuestra vida presente. Una fuerza que no es de origen humano, sino sobrenatural.
Atendiendo a su responsabilidad de orientar a la grey y a toda persona de buena voluntad, al hacer referencia a la institución de la fiesta de Cristo Rey por parte de Pío XI (Quas primas,11 de diciembre de 1925) aclara:
“Aquellas enseñanzas sobre la realeza de Cristo -que no se impone con las armas, sino que reina desde la cruz- se convirtió en México en un grito popular que ningún ejército pudo apagar: << ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! >>. Cien años después, ese grito sigue siendo un programa: reconocer que ningún poder humano es absoluto, porque solo Dios es Señor de la conciencia y de la Historia”.
Con maternal actitud, el Episcopado afirma que el reinado de Cristo Rey no puede ser cancelado por ningún ejército (lo que pretendía Calles) y fija el movimiento armado de 1926-1929 dentro de sus límites propios: tampoco se impone mediante las armas. Dicho de otro modo, aunque los cristeros hubieran podido vencer, eso no habría significado el triunfo de Cristo Rey.
Por si había dudas, en el documento se precisa que no se conmemora una guerra, no se celebra una victoria, no se exaltan las armas ni se idealiza la violencia. No se trata de una revancha ni de resentimientos, ni su memoria se vincula a proyectos políticos o partidistas. No fue un “pleito de sacristía”:
“Fue un drama nacional que atravesó familias, pueblos, escuelas y campos enteros donde el gobierno Federal atacó a sus propios ciudadanos”.
El Episcopado llama a conmemorar: la fidelidad de un pueblo creyente que siguió practicando su religión y mantuvo la fe; el testimonio de los mártires que no mataron por Cristo (murieron por Él y perdonaron a sus verdugos) y que la libertad religiosa es un derecho de toda persona (negarla, siempre termina costando sangre). La Guerra Cristera debe conmemorarse dentro de ese marco interpretativo.
La Cristiada fue una decisión de legítima defensa que implicó sacrificios, sufrimientos y vidas. Pese a ser legítima defensa, la Iglesia no podía apoyarla porque su camino es el de la santidad aún a precio de martirio. Pío XI tuvo en cuenta a los cristeros al establecer el marco de una posible negociación, pero la idea de vencer al adversario y ultimar a Obregón erigieron una barrera infranqueable que no la puso Pío XI. El resto de la historia ya lo sabemos: se terminó posicionando la sentencia de haber sido traicionados por los obispos que negociaron los ‘Arreglos’, algo en lo cual la masonería castrense no fue ajena.
Al atizarle y difundir la versión de que los cristeros habían sido traicionados, la masonería pretendía desviar la atención de que el gobierno de Emilio Portes Gil había faltado a su palabra y de la masacre de oficiales cristeros que hicieron después de deponer las armas, posicionando que, al final, el gobierno revolucionario se había salido con la suya. Desgraciadamente, los católicos que se han dedicado a difundirla han servido a los intereses masónicos.
La Cristiada fue una obra humana no exenta de errores. Seguir atrapados en el reclamo de la traición significa quedar anclados en el pasado. Eso echa a perder su sentido de legítima defensa. No hay que adjudicarle un sentido escatológico, propio del milenarismo y hay que aceptar que asesinar a Álvaro Obregón fue un error pueril, en el cual Calles tuvo mucho que ver y más infantil fue haber caído en el garlito masónico que buscaba que los católicos se volcaran contra sus propios obispos para convertir el conflicto con el callismo en una confrontación en el ámbito católico.
Referencias:
Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM): Mensaje a cien años de aquel 1926. El conflicto religioso en México. Callaron las campanas de los templos, habló su sangre (31 de julio de 2026).
Denzinger-Schönmetzer: Enchiridion Symbolorum (1963).
Catecismo de la Iglesia Católica CIC): 1992.
Cita este artículo
Andrade Martínez, J. de D., (2026, septiembre 9). ¡Viva Cristo Rey! Cien años después. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/viva-cristo-rey-cien-anos-despues/
Enlace a edición mensual







