No interpretar la historia con los lentes del presente es una de las reglas básicas más difundidas y generalmente aceptadas, pese a su aparente lógica representa un reto intrincado; allende el esfuerzo personal frente a las fuentes históricas se haya la necesidad de comprender quien escribe y para qué.
Durante una charla que abordaba algunos de los mitos sobre la era virreinal en la América española, una señora interpeló -Hernán Cortés fue enviado por el rey para buscar y saquear oro-. No importan las crónicas o memorias pro y anti cortesianas que unánimemente describen las batallas físicas y legales de Don Hernando por iniciar la conquista sin autorización; no importa que todas las fuentes coincidan en que los conquistadores buscaban riquezas para convencer a la corona de la pertinencia de su presencia en tal o cual lugar.
No importa que la palabra “quinto real” se repita cien mil veces; no importa que, en el caso concreto de México, la extracción de oro fuera anecdótica con respecto a la de la plata (por cierto, el país aún conserva la posición uno en producción mundial, de esta última).
Esta persona es víctima de la tiranía del presentismo, yugo del cual muy difícilmente podrá librarse porque el problema es más profundo de lo que parece; las ideologías han permeado y deformado toda su concepción y comprensión del mundo presente y pasado, de tal manera que ignora que los lentes con los que mira la historia fueron labrados en el Paris ilustrado, rojos, del tono materialista histórico, de esos que se venden a través de la campaña publicitaria “Hollywood-Netflix”.
En el imaginario cultural, la monarquía representa un poder centralizado y absoluto, indolente con la miseria de su pueblo, lleno de pompas y lujos. Se nos olvida que la mercadotecnia anti monárquica ilustrada fue impulsada por aristócratas franceses que, ante la imposibilidad de hacerse del poder, se montaron en un “motín del pan” alimentando la discordia; y aunque en los siguientes cuatro años el monarca cedió a todas sus exigencias, fue aniquilado. Y con él, todo el sistema de contrapesos que sobrevivía a pesar de las ambiciones richelianas.
Así, los ilustrados vendieron la idea de que tres poderes eran una magnifica innovación ante un super poder único; pero en realidad, el poder monárquico tenia tantos contrapesos como universidades, obispados, pueblos y estamentos había; todos ellos fueron reducidos solo a tres, centralizando de hecho el poder. En otras palabras, los presidentes de hoy concentran mas poder del que gozó el absolutista Luis XVI.
Pero más aun, la monarquía no puede meterse en un mismo saco, ni en todos los reinos, ni en todas las épocas. Los reyes católicos vivieron en un campamento durante 9 meses en las afueras de Granada, padeciendo hambre, frio e inclemencias junto con su ejército. Las condiciones de salud, alimentación y otras vicisitudes propias del pasado eran más parejas entre nobles y pueblo llano. La supuesta sublevación popular seria explotada y “explicada” por el marxismo años más tarde.
Con sus matices y excepciones, la monarquía de los reinos hispanos vivió levantamientos, guerras civiles, alianzas, negociaciones y concesiones, lo cual nos dice que no había un poder opresor; nos resulta ajena la idea de hombres libres, fundando ciudades libres, que libremente reconocen un rey a cambio de recibir beneficios y cuya lealtad mutua depende del respeto y cumplimiento de esos contratos y fueros.
En el imaginario cultural, la mal llamada edad media, es una era obscura, intransigente, estática y retrograda. Aunque el descubrimiento de América y los primeros años de conquista se ubican ya en la era moderna, se dice que culturalmente España era medieval, con toda la carga negativa que ello supone. Otra vez, la tiranía del presentismo.
El concepto de edad media fue acuñado por Flavio Biondo en los albores del Renacimiento italiano, y fue propaganda también. Para algunas republicas italianas, el poder y la gloria del imperio desaparecieron con la caída de Roma, pero el imperio no desapareció en absoluto. En oriente permaneció y floreció muchos siglos más, influenciando a occidente de diversas maneras; pero para adueñarse de la herencia del imperio había que decir que Bizancio no era Roma en realidad y que fue un lastre que le abrió la puerta a los godos, barbaros del norte. Pero esos barbaros hablaban latín, adoptaron el derecho romano, fueron nombrados reyes por el emperador y fueron profundamente cristianos (tanto como lo fue el movimiento renacentista, que años después sería alevosamente despojado de su identidad católica). Esa incipiente mala fama de la era medieval encontró más adeptos en ideólogos posteriores que explotaron la idea de los tiempos obscuros.
Tenemos la fotografía mental de pueblos medievales en la ruina, sucios, pobres e ignorantes; muchas de esas estampas pertenecen a lugares poco romanizados; es decir, a los del norte de Europa. La edad media en el mediterráneo fue prospera y rica, llena de innovaciones y avances tecnológicos; donde el derecho, la filosofía y otras humanidades siguieron progresado. La agricultura, instrumentos de navegación, la aparición de universidades entre muchos otros aspectos fueron sus notas distintivas.
Tenemos la idea de que con la revolución industrial aparecieron las máquinas, lo cual es totalmente falso, la edad media fue la época en la que el hombre desarrolló y se apropió de una mentalidad mecánica, donde los engranajes se adaptaron a casi todos los ámbitos de la vida productiva.
Nos parecen pocos mil años para dominar el arte de la mecánica, pero se nos olvida que pasaron miles entre el descubrimiento del fuego y el del carbón vegetal y mineral necesarios para lograr las altas temperaturas requeridas para la metalurgia. Los reinos hispanos, incluyendo Portugal, estaban a la vanguardia, por eso fueron los dueños de los mares por cientos de años; y por eso, solo el robo, la estafa y la piratería permitió a otras coronas alcanzarles.
El también novelista, inventor del método científico Francis Bacon, describió en su novela La Nueva Atlántida una isla donde no había lugar para el pensamiento mágico, donde todos eran eruditos que hablaban en cuatro idiomas: el hebreo, el griego, el latín y el español. Si, el español, la lengua de la gente moderna, racional y próspera. Pensar que el rey ambicioso, todo poderoso, envió a sus mercenarios a conquistar y saquear es, en realidad, usar unos lentes tan obscuros que impiden ver que en cada pueblo o ciudad de la América hispana tenemos una evidencia que lo contradice:
Ciudades reticulares, señal de hombres libres e iguales; cuyas calles amplias, ventiladas e iluminadas no desembocan en un castillo o casa de gobierno, sino en una plaza comunitaria, señal del autogobierno local; la cual es rodeada por los edificios de los poderes locales que se observan y controlan entre sí, en cuyo interior hay sendas salas para cabildos, donde la comunidad forma parte del gobierno; edificios que hasta hoy siguen siendo portentos de arte, arquitectura y belleza sin igual, señal de “todo el oro robado”.
Comprender que la división de la historia, la categorización y generalización de tales etapas es una construcción ideológica que en la mayoría de los casos ha servido para justificar la pertinencia de quienes las han elaborado, es básico. La historia no se trata de buenos y malos, sino de la comprensión de los hechos humanos con todas sus escalas de grises, obviarlo, es presentismo y es deshonesto.





