Nuevamente Venezuela es objeto de interés internacional con motivo de las recientes elecciones y la imposición de la dictadura, que abiertamente -y sin pruebas- decretó el triunfo de Nicolás Maduro, pese que más del 80% de las a las actas presentadas por la oposición muestran claramente el triunfo de su candidato Edmundo González, con el 67% de los votos a su favor, frente al 33% del oficialismo.
La respuesta de la comunidad internacional fue dividida. Una parte de los regímenes de izquierda, como Colombia, Chile, Guatemala y Brasil, se manifestaron dispuestas a reconocer el triunfo de Maduro si este presentaba las actas de su triunfo, lo cual nunca ocurrió, ni ocurrirá, porque es incuestionable el triunfo de Edmundo Gonzáles.
La Comisión Nacional Electoral, controlada por la dictadura (al igual que se hizo en México), fraudulentamente posibilitó la toma de posesión de Maduro, extendiendo su mandato por seis años más. La elección estuvo plagada de irregularidades, entre ellas la exclusión del derecho al voto de más de 8 millones de venezolanos que abandonaron su país “el paraíso chavista” en búsqueda de supervivencia; se impidió a ONGs nacionales e internacionales independientes participar en la vigilancia del proceso electoral para avalar su organización, veracidad, imparcialidad y la certeza de los resultados. Y cuando la Fundación Carter, simpatizante del gobierno venezolano, dio su veredicto señalando que la elección “no se adecuó a parámetros y estándares internacionales de integridad electoral y no puede ser considerada como democrática”, la descalificaron.
El ambiente electoral estuvo precedido de una fuerte represión a manifestantes, persecusión y encarcelamiento de opositores -por la pobreza, desempleo y la violencia cotidiana – por parte de las fuerzas armadas y de grupos paramilitares de choque ligados al gobierno.
Representantes diplomáticos de países como Chile, Argentina, Costa Rica, Perú, Panamá, República Dominicana y Uruguay fueron expulsados de Venezuela por desconocer el triunfo de Maduro. Brasil, Colombia y México, trataron de apoyar a Maduro por ser parte del grupo de países pertenecientes al Foro de Sao Paulo, pero al no tener elementos terminaron avalándolo con la presencia de su embajador en la toma de posesión.
Vergonzoso ha resultado para los mexicanos la presencia de su embajador en Venezuela porque es un claro espaldarazo a la dictadura y a lo que implica: violación de los derechos humanos, la cancelación de la democracia y la flagrante violación de derechos y libertades ciudadanos de los venezolanos. En Venezuela, como en México, a través del gobierno izquierdista de Andrés Manuel López Obrador y de Claudia Sheinbaum, la democracia ha sido cancelada.
Mención especial merece la asistencia a la toma de posesión de Maduro de los dictadores de Cuba,Miguel Díaz Canel y Daniel Ortega, de Nicaragua. Fueron los únicos jefes de Estado que asistieron. Pese a su filiación socialista, Gabriel Boric, presidente de Chile, Emmanuel Macrón, de Francia y otros más, denunciaron el fraude electoral.
Es importante destacar el rechazo a Maduro por España, Italia, Uruguay, Estados Unidos, y, en general, por la Comunidad Europea. Pero pese al aislamiento internacional al régimen de Maduro, este mantiene el poder de las armas para seguir reprimiendo al pueblo e imponer su voluntad por encima del derecho y la ley; y que no le vengan conque “la ley es la ley” -parodiando al aprendiz de dictador López Obrador- porque solo él y su camarilla de gobierno determinan si esta se aplica o no, a quienes (opositores), y por qué (por no estar con él).
La caída, en Siria, de la dictadura instaurada en 1970 por Hafez al Assad, y continuada por su hijo Bashar al Assad, deja en claro el papel de los ciudadanos en el fin de las dictaduras.
La tragedia para países como Cuba, Venezuela y Nicaragua -y para allá se encamina Morena, en México- es que varias generaciones de jóvenes no conocen ni han experimentado la democracia.
Los mexicanos de los últimos 90 años trabajamos para vivir en democracia. La esperanza en los más jóvenes es que no olviden la historia y estén a la altura del reto presente: democracia o dictadura.





