Zeitgeist

Gerardo Garibay Camarena

Zeitgeist
El obradorismo aplastó a la oposición, capturando el zeitgeist, es decir, el espíritu de la época, el gran mecanismo de traducción, la gran Narrativa.

Fue un golpe contundente, seco, letal. Mientras avanzaba el PREP, nos descubrimos aturdidos por el insomnio y por la amarga mezcla de sorpresa y decepción. Claudia Sheinbaum había ganado la presidencia por más de 2 a 1 sobre Xóchitl Gálvez, Morena estaba a las puertas de la mayoría calificada en ambas cámaras del Congreso de la Unión y había arrasado en las elecciones estatales, quedándose hasta con Yucatán (que solía ser un bastión panista); además, había estado cerca de quitarle Jalisco a Movimiento Ciudadano y logró abollar la corona panista en Guanajuato.

¿Qué pasó?

Desde los primeros minutos del “día después”, las justificaciones y acusaciones respecto a los resultados han recorrido una y otra vez una senda que va desde lo autocrítico y lo razonable, hasta lo delirante: “es que hubo fraude”, “es que el mensaje de la campaña fue incorrecto”, “es que la candidata fue incorrecta”, “es que faltó hablarle más a los jóvenes”, “es que faltó enfatizar más esto o lo otro”; “es que los reptilianos y los marcianos…”.

Quizá algunos de estos elementos incluyan una pizca de razón, pero se quedan cortos. La causa de fondo que explica plenamente de desastre del 2 de junio del 2024 va mucho más allá de los defectos de la campaña, o de la candidata, o de su mensaje. El obradorismo aplastó a la oposición, no únicamente porque fuera más eficiente en la operación política de la jornada electoral o en los 3 meses de la campaña, sino porque ha capturado el zeitgeist, es decir, el espíritu de la época, el gran mecanismo de traducción, la gran Narrativa con en mayúscula, por medio de la cual la mayoría de los mexicanos interpreta los acontecimientos sociales y las noticias políticas.

Por lo tanto, no había mucho más por hacer. La candidata opositora pudo haber sido distinta, el mensaje podría haberse perfeccionado, hablarle más o menos a los jóvenes, pagarle más o menos a los operadores, enfocar la campaña en tal o cual tema, pero el resultado hubiera sido en todo caso, peor, porque mejor no nos podía ir.

La pregunta inevitable es cómo construyó López Obrador ese zeitgeist. ¿Cómo capturó el espíritu de nuestro tiempo y lo manipuló a su favor?

Veamos 2 de los elementos clave de su estrategia:

  • El obradorismo no hiló en el vacío, sino que ancló todos sus mensajes en narrativas previas, que ya estaban bien sujetas al subconsciente colectivo y a la conversación nacional.

Estas incluyen el discurso en contra de los ricos, la veneración a los héroes de la patria, la democracia popular, la justicia social; básicamente la cosmovisión que durante 80 años el PRI y el estado mexicano habían impreso en una generación tras otra de estudiantes. Son millones de personas que quizá no sean capaces de contestar en qué año nació Miguel Hidalgo, cuándo fue la independencia o cuáles fueron las políticas públicas de Porfirio Díaz, pero que sí aprendió el ánimo general de aquella historia: el México pobre, bueno y moreno, oprimido por los fifís malos y corruptos; el anhelo de una democracia entendida como “voluntad popular” y no como el entramado institucional que usted o yo pudiéramos imaginar; la idea de que es necesario preservar la identidad nacional y qué es víctima del mundo moderno.

Muy especialmente, la idea de que el presidente está llamado a ser el gran justiciero, con la fuerza de castigar a los malvados, levantar a los humildes y darle el mejor rumbo al país, con una fuerza moral de la honestidad valiente. Por eso, cada vez que el presidente atacaba al INE, al INAI o a la Suprema Corte, y la oposición reaccionaba desgañitándose de indignación, los argumentos opositores acababan (irónicamente) respaldando la narrativa obradorista en del presidente sabio, asediado por las corruptas y fantasmagóricas “instituciones”.

  • López Obrador aprovechó el relativo fracaso de los gobiernos de la transición en su promesa básica. Esa promesa fundamental era que la modernización de las instituciones iba a traer consigo el drástico aumento en el bienestar de la población y corregir las viejas injusticias.

En estricto sentido, hay argumentos de sobra para reconocer los enormes avances conseguidos en México durante los años de la transición, especialmente en beneficio de los más pobres: desde acceso a agua, energía eléctrica y drenaje, hasta vacunación, servicios médicos y acceso a la educación. Sin embargo, los buenos resultados no fueron suficientes. 

Es cierto que Juanito Hernández, habitante de una colonia popular o de la nueva clase media, vive infinitamente mejor de lo que vivía su abuelo en una comunidad rural o en una casa de cartón y lámina 30 años atrás. Pero, Juanito, carente de una máquina del tiempo, no tiene como comparación natural la juventud de su abuelo, sino las vidas de las personas que lo rodean y particularmente, aquellas que tienen más éxito económico y con quienes se compara constante y frustrantemente a través de las redes sociales, la tele y la vida cotidiana. Nuestro Juanito, con mucho más acceso al mundo que su abuelo, vive mucho más en carne propia la diferencia de niveles de ingresos y de calidad de vida, y eso lo molesta.

Los culpables naturales de esa injusticia son, por supuesto, los gobiernos que ocuparon el poder durante la infancia y juventud de Juanito: los del PRI y el PAN, con el añadido de que, sobre todo en las administraciones Calderón y Peña Nieto, esos gobiernos fueron sacudidos por un escándalo de corrupción tras otro. El ciudadano común, que no tiene ni el tiempo ni la obsesión como para devorar la prensa política, no sabe exactamente quiénes fueron acusados, qué tanto mérito tenían las denuncias específicas o cuál fue el proceso que enfrentaron.

Lo que sí sabe y tiene muy claro, es que los políticos del PRI y PAN son corruptos, y por ser corruptos los cacharon; cuando se tocan temas políticos en las conversaciones cotidianas, en las pequeñas sobremesas o en los chats familiares, lo que se mencionan son esas difusas acusaciones de corrupción en contra de los políticos, y las marcas identificadas con los políticos son las del PRI, el PAN y el PRD, porque eran los partidos que estuvieron en el poder durante la recta final del siglo XX y los inicios del actual. Son lo que la gente conoce, y no los quiere.

Esto también es clave para explicar por qué los constantes trasvases de políticos del PRI, el PAN o el PRD hacia Morena no perjudicaron a dicho partido, incluso aunque en ocasiones se tratara de políticos con muy mala fama. ¿La razón? La mayoría de la gente, simple y sencillamente, no los conoce por nombre; lo que conocen son las marcas partidistas. En consecuencia, al entrar en una marca partidista nueva es como si el político se convirtiera en alguien más; incluso si a muchos ciudadanos “les suena” el nombre, lo tomarán como un homónimo y no necesariamente lo relacionarán con el repudio que les generaba ese mismo político estando en otros partidos.

La sensación general de desamparo y despecho es particularmente intensa entre los damnificados del proceso de transición, que incluyen a buena parte de la burocracia y exburocracia, que vio reducidos sus beneficios laborales; comerciantes que tenían monopolio, empresarios y ex empresarios, perjudicados por el Tratado de Libre Comercio, y demás beneficiarios del viejo sistema, que durante los 40 años anteriores vieron como sus privilegios se erosionaban, mientras los del vecino gozaban de cabal salud.

López Obrador se dirigió a todos estos grupos, les brindo la posibilidad de obtener revancha política, de recuperar entrada al presupuesto y de hacerlo bajo una bandera de nacionalismo y de lucha por la honestidad; un combo irresistible. Por eso en Morena hay desde ultra derecha hasta ultra izquierda, pasando por una infinidad de ultra sinvergüenzas salidos del PRI, el PAN y el PRD, empezando por el propio Andrés Manuel.

Ahora, la otra pregunta: ¿qué hacer? ¿cómo enfrentamos y revertimos este desastre?

Entre 2018 y 2024, la oposición intentó 2 caminos: el del contrapeso institucional y el contrapeso político partidista. El contrapeso institucional y partidista funcionó razonablemente bien e impidió que López Obrador impusiera plenamente su agenda, lo cual irónicamente terminó beneficiando al propio Andrés Manuel, porque redujo el daño de corto plazo de su modelo político y provocó que muchas personas, sobre todo en la clase media y media alta, llegaran a la conclusión de que “al fin y al cabo no está tan mal, hay que seguir con Morena”.

Ahora bien, correcta o equivocada, la estrategia de los contrapesos es insostenible de cara al futuro.

El contrapeso desde las instituciones será inevitablemente mucho más débil en el nuevo sexenio, hasta llegar a desaparecer, ya sea por una toma abierta y hostil de las instituciones a través de reformas impuestas desde Palacio Nacional, o por el simple, suave y sutil transcurso del tiempo, que trae consigo la renovación de los altos rangos de esas instituciones “autónomas”: los vicegobernadores del Banco de México, los consejeros del INE, los ministros de la corte, etcétera.

La contención parlamentaria sufrirá un destino similar. Hay altas probabilidades de que Morena tenga mayoría calificada en ambas cámaras, la cual anula de plano y de calle a cualquier intento de contrapeso, e incluso si por algún cuasi milagro se lograra impedir la mayoría calificada del oficialismo en el Senado, el bloque de contención opositor será apenas una sombra del que vimos en el sexenio de AMLO.

Entonces la oposición institucional está descartada como estrategia básica, la oposición partidista, también.

  • El PRD desaparecerá antes de que termine el año, y no lo va a extrañar nadie.
  • El PRI también está básicamente fuera de combate, reducido a los estados de Durango y Coahuila, condenado a la extinción; si acaso tendrá el margen de maniobras suficiente como para negociar con el régimen que le permitan morir con algo de dignidad.
  • El PAN también quedó en aprietos. El 2 de junio perdió uno de sus bastiones (Yucatán), su control sobre Chihuahua es tenue y sus posiciones en Aguascalientes, Guanajuato y Querétaro son como islas bajo asedio.

Al PAN le alcanzará para hacer algo de ruido, pero poco más. El partido enfrenta también una profunda crisis interna y de liderazgos. La democracia interna, que durante décadas fue el orgullo e identidad del panismo, permanece tan solo como una dulce memoria; los líderes actuales ya demostraron su incapacidad y, como el partido está muerto por dentro, no hay mecanismos para formar y foguear nuevos referentes. No se ve a nadie que sea capaz de asumir el liderazgo del partido y romper la inercia qué viene experimentando desde principios del actual siglo. Con algo de suerte, el PAN va a sobrevivir, y con más suerte incluso puede crecer un poco, pero no competir de lleno con Morena, ni en el corto, ni en el mediano plazo.

¿Y Movimiento Ciudadano? Es un espejismo. Sí, obtuvo el 10% de la votación presidencial, pero esos votos no se traducen en un respaldo real al partido. Fue el voto de chunga, fue el voto de protesta, pero no fue el voto de una nueva lealtad. Movimiento Ciudadano no ganó un solo distrito a nivel federal. Perdió los 7 que había ganado en 2021 en la Zona Metropolitana de Guadalajara, y su naciente bastión neoleonés se está diluyendo:

  • En Nuevo León, MC perdió la alcaldía de Monterrey, quedó en tercer lugar en la elección al senado, obtuvo apenas 5 distritos locales y ninguno federal. Samuel García, que hasta hace 1 año y medio pintaba como un aspirante natural a la presidencia en 2030, salió del 2 de junio convertido en lo que los gringos llaman un lame duck, un gobernante sin más futuro o esperanza que la de arrastrarse al final del periodo.
  • En Jalisco, MC mantuvo (sufriendo) la gubernatura y con un poquito más de holgura la ciudad capital, pero es evidente el retroceso en el estado, con Morena devorando el congreso local (13 distritos de Morena, contra apenas 4 de Movimiento Ciudadano). Lemus y Alfaro defendieron su espacio de forma más eficiente que Samuel en Nuevo León, pero te quedaron a la defensiva. No están para crecer, si no (en el mejor de los casos) evitar la sangría.
  • En la Ciudad de México y el resto del país, MC parece un partido condenado a ser el voto de la broma y poco más. Con su dirigencia y su concepto actual Movimiento Ciudadano no es capaz de ser realmente competitivo.

¿Y los partidos nuevos? Seguro habrá cientos de organizaciones que se registren en enero del 2025 buscando ser partidos políticos. Muy probablemente al menos una docena llegará a la recta final del proceso, y quizá 3, 4 o 5 conseguirán el registro.

Sin embargo, las condiciones jurídicas de nuestra expartidocracia los condenarán a una rápida y dolorosa extensión. En México, los nuevos partidos reciben su registro 1 año antes de la elección; es decir, apenas un par de meses antes de que inicie el proceso electoral donde deberán obtener el 3% de los votos para mantener el registro.

En la práctica, cualquier nuevo partido tiene una cuantas semanas para consolidar una estructura nacional y conseguir, ya no digamos a los cientos de miles de ciudadanos que se requieren para cuidar casillas y hacer campaña, sino para anotar siquiera a las decenas de miles que deberán competir como candidatos propietarios o suplentes;  todo ello en una situación de profunda desventaja contra los partidos ya establecidos, que tienen una estructura ya hecha, que tienen listas de candidatos ya preparadas y que disponen de muchísimo más dinero para “operar”.

En otras palabras, por lo menos mientras no cambie la legislación electoral, crear y mantener nuevos partidos políticos es imposible, a menos que te llames Andrés Manuel López Obrador… y no hay ahorita nadie en el panorama opositor que tenga ni las trazas, ni las circunstancias, como para convertirse en nuestro AMLO.

Por lo tanto.

No podemos contener o revertir al obradorismo, ni desde las instituciones, ni desde los partidos políticos. ¿En dónde nos queda luchar?

La respuesta ya la sospecha usted: necesitamos ganar el zeitgeist; construir un nuevo espíritu de los tiempos, una nueva gran narrativa que persuada a la sociedad y marque la pauta de la conversación cotidiana, antes de siquiera pensar en campañas, en eslogans o en candidatos.

Construir algo así requiere muchísimo tiempo, muchísima dedicación y muchísimo dinero. Requiere aprovechar la soberbia inevitable del régimen y, sobre todo, entender la cultura real de la gente real de este país, para encontrar en esa cultura las anclas que nos permitan montar nuestra propia narrativa.

¿Puede el antiobradorismo convertirse en ese zeitgeist? Probablemente sí, pero implicará perseverar durante muchos años, hasta que la condena a la corrupción morenista esté tan impregnada en la sociedad como lo está la condena a la corrupción del PRIAN. Y, una vez más, no bastará con ese solo ingrediente; se requieren otras anclas que le den forma y sustento a una interpretación mucho más amplia de lo que es México, de lo que está mal en México y de lo que puede estar mejor.

No es una labor de corto plazo. A Andrés Manuel y a la izquierda les tomó aproximadamente 25 años consolidar el zeitgeist que tradujeron en su gran victoria del 2024. Quizá a nosotros nos toque trabajar durante esos 25 años -o más- para revertir el golpe. Así que, ¡a trabajar!

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