El mundo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, con la hegemonía norteamericana y la difusión de los valores anglosajones, entronizó la democracia indirecta como la forma perfecta de gobierno. El Plan Marshall no era solo económico; entre sus objetivos se encontraba la difusión y sostenimiento de la democracia como forma idónea de detener a los totalitarismos (siempre y cuando los gobiernos elegidos fueran pro-Washington).
Los comunistas, que originalmente habían rechazado los compromisos de los socialistas con la democracia, no tardaron en percatarse de que la mejor forma de acceder al poder en los países occidentales era a través de las urnas.
Al final del día, la revolución causaba demasiado escozor a las poblaciones que apenas salían de la guerra. La guerra solo se mantuvo como el medio principal de conquista del poder en aquellos países que salían de regímenes coloniales o en los que las dictaduras hacían imposible el ejercicio democrático.
La democracia, de igual manera, permitía a los regímenes comunistas legitimarse y enfrentar al bloque capitalista con sus propias armas. ¿Quién podía negarse a un régimen comunista que había sido electo democráticamente? Las intervenciones norteamericanas o europeas contra gobiernos de izquierda que habían triunfado en las urnas, o contra movimientos de liberación nacional, ofrecían deliciosas oportunidades a Moscú y a China para criticar la hipocresía de Occidente. No en vano, la forma más sencilla de identificar si un país era comunista era buscar las palabras mágicas “popular” o “democrática”.
La izquierda, así, en un inesperado giro de acontecimientos, terminó por convertirse en un vigoroso defensor de la democracia, al menos hasta que accedía al poder. Una vez cooptado el gobierno, el ejercicio democrático se extendía a todos los niveles de la vida, al tiempo que su verdadera eficacia e independencia disminuían, pues, en realidad, las decisiones eran tomadas por un grupo reducido. Cada vez se podía votar sobre más cosas, pero cada vez importaba menos qué se votaba.
La caída de la Unión Soviética obligó a la izquierda a transformarse. Las guerras por poder y el apoyo económico se desvanecieron, y se tuvieron que encontrar nuevos patrocinadores y estrategias. En América hispánica, Cuba tuvo que reforzar lazos o morir; el Foro de São Paulo y después el Grupo de Puebla, fueron los instrumentos para ello. Por otro lado, la muerte de las grandes narrativas fue terreno fértil para las nuevas “pequeñas” narrativas del posmarxismo, el posestructuralismo y el populismo.
El populismo no es nada nuevo: es la demagogia que ya conocían los griegos y que llevó a Sócrates a su muerte; la que terminó con la República romana; la que, durante el Renacimiento, generó brutales guerras intestinas en las ciudades europeas; la que, durante el siglo XVII, provocó cruentísimos conflictos en Europa; la que encendió las llamas de las revoluciones ilustradas o la que atizó los hornos industriales del colonialismo y las guerras mundiales.
Si bien los populismos siempre han existido, se vuelven más comunes en las democracias, pues la base de estas es el apoyo de las mayorías. Todas las formas de gobierno requieren de la creación de consensos, pero entre más amplia es la base que se debe consensuar, más difícil es hacerlo con la razón y más sencillo es apelar a la emoción. Con la transmisión de boca en boca, las ideas se simplifican, los mensajes se diluyen, las excepciones desaparecen y las precisiones se vuelven imposibles: un mensaje fuerte, maniqueo y simplista tendrá más éxito que uno razonado, profundo y repleto de aclaraciones.
No debe sorprendernos, pues, que la época contemporánea sea la de los populismos, por el simple hecho de que la forma de gobierno más extendida, al menos en teoría, es la democracia.
Ahora bien, la democracia puede ser una excelente forma de gobierno, pues al someter las decisiones a la mayoría se promueve el intercambio de ideas y la creación de un espacio político en el que puedan competir en igualdad de circunstancias las diversas propuestas políticas.
El problema surge cuando los populistas, igual que los comunistas antes, toman el control a través de la democracia y posteriormente cooptan el sistema para asegurar su subsistencia. En esos casos, la democracia se pervierte: las elecciones se multiplican, pero los resultados ya están determinados. El grupo en el poder convierte el sufragio en una legitimación ex post de las decisiones previamente tomadas.
A esto se suma que la democracia moderna ha convertido al sufragio en la única forma de participación política. Los ciudadanos, a quienes se les prometió el acceso a la toma de decisiones, solo pueden emitir un triste voto cada cierto tiempo y retirarse a sus asuntos privados hasta la siguiente convocatoria.
No existe otra forma de intervención ciudadana en la política: los partidos y los políticos se convirtieron en los porteros (gatekeepers) de la arena política, determinando qué temas se pueden tratar y cómo abordarlos. Además, construyeron los sistemas para asegurar su protección y sostenimiento, haciendo prácticamente imposible que los ciudadanos puedan exigir rendición de cuentas y castigar a los corruptos. Solo caen aquellos que dañan, no a la población, sino al resto de sus compañeros del sistema.
De esta forma llegamos al problema al que se enfrentan una parte considerable de ciudadanos, especialmente en América: ¿qué hacer con una elección que, a todas luces, parece estar arreglada en favor del grupo en el poder?
Una opción es apostar por la abstención: ¿para qué votar en una farsa?, ¿para qué legitimar con números una elección que ya está decidida? Esta postura parece muy lógica a primera vista: si la democracia se fundamenta en el consenso de la mayoría y falta dicha mayoría, la elección se deslegitima, se pone en evidencia al mal gobierno y se fortalece el rechazo.
Curiosamente, en los países con gobiernos populistas o totalitarios, o en vías de consolidación, esta narrativa se promueve en los grupos de oposición no solo por los despistados de buena fe, sino también por los agentes del régimen, lo cual nos da una pista de a quién beneficia.
Contrario a lo que la teoría nos dice, la realidad es que la democracia moderna no se funda en las mayorías absolutas, sino en las mayorías relativas de quienes efectivamente asisten a votar. Aunque en algunos países existen causales para declarar una elección desierta, los supuestos son demasiado difíciles de cumplir. Y aunque se cumplan, los partidos políticos siempre encuentran una forma de evitar su actualización, pues representarían un golpe enorme para su poder y, especialmente, para su cartera.
Así pues, salvo muy contadas excepciones —como en los referéndums o las consultas populares— el no ir a votar no invalida una elección. Los mínimos requeridos se cumplen con los “acarreados” y las clientelas del régimen. Si bien esos mínimos claramente no aseguran que el elegido tenga el apoyo de la mayoría de la población, eso no importa: podrá gobernar igual, y los abstencionistas solo podrán quejarse, realizar alguna manifestación y, al final, resignarse a un gobierno por el cual no votaron pero que tendrá poder sobre sus vidas y haciendas.
¿Por qué decimos que a los regímenes les gusta sembrar esta idea en la oposición? Porque generalmente no cuentan con el apoyo de toda la población; si triunfan es porque sus bases, comparadas con las de una oposición dividida, son mayores. Pero esto es relativo: si todos los opositores se unieran, su triunfo estaría en duda o sería imposible. Por esta razón es conveniente desanimar a los opositores y asegurar que los únicos votantes sean afines al grupo en el poder.
Si la opción de la abstención no es factible, por lo que hemos señalado, ¿qué hacer? La respuesta es sencilla: votar. Si votamos, podemos obtener más de lo que perdemos a un costo relativamente bajo, la molestia de hacer una fila y esperar nuestro turno para pasar a la casilla. Nos encontramos, pues, ante una apuesta de Pascal que podríamos expresar en la siguiente matriz:
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La elección está arreglada |
La elección no está arreglada |
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No votar |
El régimen gana sin resistencia y sin evidencia verificable. |
El régimen gana por la abstención de la oposición. |
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Si votar |
El régimen gana, pero se genera evidencia del fraude y movilización. |
La oposición puede ganar si logra una mayoría efectiva.
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Conforme a la tabla anterior, podemos ver que la falta de voto genera, en todos los escenarios, la derrota de la oposición y el triunfo del régimen. Pero el voto puede generar escenarios en los que la oposición puede triunfar o puede sentar las bases para evidenciar un fraude y construir una resistencia activa. De lo contrario, ni siquiera se podrá saber si hubo fraude o si la oposición es verdaderamente mayoría o no.
En el caso mexicano, en junio nos enfrentaremos a una elección judicial que parece estar arreglada en favor de los candidatos del oficialismo, al menos para los puestos más importantes (Suprema Corte, Tribunal Electoral y Tribunal de Disciplina), y muchas voces ya se han alzado para promover el abstencionismo. Frente a ellas levanto mi voz: no podemos rendirnos ni dejar todo en manos de un partido hegemónico. Aunque las posibilidades de triunfo sean pocas, no debemos negarnos a dar la lucha, pues entonces estaremos verdaderamente perdidos.
El tiempo de oponerse a la reforma ha pasado y lamentablemente no hicimos lo suficiente, las nuevas reglas del juego han sido aprobadas. Y aunque espero que en algunos años podamos crear un sistema mejor, o al menos regresar al anterior, lo que toca ahora es intentar detener el acceso de los perfiles más nefastos al poder judicial.
Reza un adagio popular que “el que no avanza, retrocede” y, en la misma línea, yo diría: “el que no vota, pierde”. Si nos quedamos cruzados de brazos y no votamos no estamos avanzando ni deteniendo al mal, estamos retrocediendo. Querido lector, la democracia no es la única forma de gobierno, pero es la que tenemos, a pesar de las trampas del régimen. Úsela mientras pueda o no se queje si la pierde.





