Nacida en 1914 en Comanche, Oklahoma, Viola tenía apenas siete años cuando el mundo que conocía –su casa, su calle, el bullicio amable de su comunidad– se desmoronó bajo el fuego y el odio de una multitud de supremacistas blancos. Greenwood, la ciudad dentro de la ciudad, el refugio negro en tiempos de segregación férrea ardió sin misericordia. La infancia de Viola quedó marcada para siempre por aquel resplandor de llamas que devoró hogares, sueños y vidas enteras.
A principios de 1921, como reconstruye el historiador Scott Ellsworth en Death in the Promised Land, Tulsa respiraba prosperidad. Cien mil personas habitaban sus calles, y cerca de diez mil afroamericanos habían hecho de Greenwood una comunidad vibrante, industriosa y orgullosa.
La Avenida Greenwood –el corazón económico y espiritual de aquel enclave– latía con la vitalidad de comercios, cafés, hoteles, iglesias, teatros, hospitales y oficinas que habían nacido del esfuerzo y el ingenio de una población negra decidida a forjar su propio destino. Por ello la llamaban el “Wall Street Negro”, y por ello también, era objeto de resentimiento por parte de quienes no concebían la prosperidad negra como legítima.
El 30 de mayo de 1921, un hecho tan banal como un tropiezo dentro de un ascensor bastó para encender la mecha. Dick Rowland, un joven limpiabotas negro de 19 años, tropezó –según la versión más aceptada– con el pie de Sarah Page, la operadora blanca del ascensor de 17 años. Ella gritó. Él huyó. Al día siguiente, el Tulsa Tribune convirtió aquel incidente incierto en una acusación de violación y, en su editorial, convocó con brutal claridad al linchamiento de “un negro” esa misma noche.
La tensión explotó el 31 de mayo, cuando cientos de hombres blancos rodearon el palacio de justicia del condado de Tulsa exigiendo a Rowland. Veinticinco veteranos afroamericanos, hombres que habían combatido en la Primera Guerra Mundial, acudieron armados para evitar que se consumara un linchamiento más. Rechazados por el sheriff, emprendieron la retirada, pero el intento de un hombre blanco por desarmar a O. B. Mann, veterano negro, desencadenó un disparo que abrió las puertas a la noche más oscura de Tulsa y a uno de los episodios de violencia racial más devastadores de la historia de los Estados Unidos.
Tulsa se precipitó en el caos. Frustrados por no poder linchar a Rowland, caravanas de blancos dispararon a su paso por los barrios negros y empezaron a organizarse para invadir Greenwood. Al amanecer del 1 de junio, saquearon casas y negocios, incendiaron manzanas enteras, asesinaron a residentes negros utilizando, al menos, una ametralladora, mientras aviones dejaron caer bombas incendiarias como si la ciudad estuviera en guerra.
Cuando la Guardia Nacional impuso la ley marcial, Greenwood era un paraje de cenizas. Unas diez mil personas negras estaban sin hogar y entre cien y trescientas habían sido asesinadas, informó la Cruz Roja.
Según Ellsworth, las autoridades locales hicieron poco para detener la catástrofe. La Guardia Nacional llegó tarde y estuvo más ocupada en custodiar barrios blancos, temiendo un supuesto contraataque negro, que en frenar la devastación.
Aunque Rowland fue exonerado, un gran jurado compuesto exclusivamente por blancos culpó a los afroamericanos de los disturbios. La justicia nunca llegó. Ningún blanco fue castigado. Las aseguradoras negaron indemnizaciones. La ciudad enterró la tragedia bajo un silencio deliberado. Evidencias y testimonios fueron suprimidos. Generaciones crecieron sin saber lo que sus propias calles habían presenciado. Ellsworth documentó la desaparición de archivos policiales, periodísticos y gubernamentales. El historiador John H. Franklin sostuvo que la masacre fue borrada de la memoria pública por autoridades y medios mediante un esfuerzo concertado. La socióloga Bárbara A. Baker afirmó que Tulsa adoptó una “política de silencio” para proteger su imagen económica y evitar responsabilidades legales. En suma, Tulsa eligió olvidar para sobrevivir. Las víctimas de la barbarie, en cambio, se negaron a sucumbir ante el olvido.
En 1997, después de 76 años de la masacre, la Asamblea estatal ordenó la creación de una comisión para investigar lo sucedido. En su informe final, publicado en 2001, la Comisión de Oklahoma para el Estudio del Motín Racial de Tulsa de 1921, determinó que la masacre no había sido un conjunto de disturbios aislados sino un acto planificado de terror racial, un crimen masivo cuyas consecuencias –pérdidas patrimoniales, pobreza, trauma generacional, estigmatización y obstáculos para la reconstrucción– se extendieron por generaciones.
El informe también destacó que Tulsa fue la primera ciudad estadounidense bombardeada desde el aire. Aunque la comisión recomendó pagos directos de reparación, becas para descendientes, atención médica y otros apoyos, las acciones concretas fueron prácticamente nulas.
Viola Fletcher, silenciosa durante años, comenzó a alzar su voz en los primeros años del presente siglo:
- Colaboró en proyectos de historia oral con la Universidad Estatal de Oklahoma.
- Presentó, junto con su hermano Hughes Van Ellis y Lessie Benningfield Randle, una demanda en contra de la ciudad y condado de Tulsa y el estado de Oklahoma buscando justicia y reparaciones.
- A los 107 años rindió testimonio ante el Subcomité Judicial de la Cámara de Representantes reclamando reconocimiento oficial y justicia.
- Durante la conmemoración del centenario de la tragedia en Greenwood, sostuvo un encuentro con Joe Biden, primer presidente estadounidense en visitar Tulsa, quien reconoció que lo sucedido no fue un disturbio, como se decía, sino una masacre y planteó estudiar formas de reparación.
- Invitada por el presidente Nana Akufo-Addo, viajó a Ghana en agosto de 2021, país en donde se originaba el tráfico de esclavos a América, y en donde fue honrada como reina madre bajo el nombre Naa Lamiley, “Alguien fuerte. Alguien que resiste el paso del tiempo”.
- En mayo de 2022 recibió un millón de dólares junto con su hermano y Randle por parte del filántropo neoyorkino Ed Mitzen.
- Publicó en 2023 sus memorias, Don’t Let Them Bury My Story, testimonio destinado a impedir que la tragedia de Greenwood se hundiera en el olvido. En ese libro Viola relata en primera persona la experiencia traumática que vivió durante la Masacre Racial de Tulsa y cómo ese evento marcó cada aspecto de su vida.
- En 2023 y 2024 participó en actos públicos en universidades y bibliotecas del país instando a los jóvenes a entender el pasado como un contexto vivo.
Su incansable voz y lucha por la justicia, la dignidad y la preservación de la memoria histórica motivaron que en 2025 se dieran a conocer dos importantes resoluciones. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos publicó en el mes de enero el Informe de Revisión y Evaluación sobre la Masacre de Tulsa, documento en el cual se determinó que la masacre fue un crimen de derechos civiles único por su magnitud, brutalidad y motivación racista. “Un ataque coordinado de estilo militar”. En el mes de junio, por otra parte, Monroe Nichols, primer alcalde afroamericano de Tulsa, anunció un fondo de reparación de 105 millones de dólares destinado a los sobrevivientes y descendientes de Greenwood. Pronunciamientos tardíos, pero significativos tras un siglo marcado por la negación.
Viola Fletcher vivió no solo para contar la historia, sino para obligar al país a enfrentarla. Su vida fue una antorcha encendida contra la desmemoria, una resistencia espiritual que atravesó más de cien años. Ante el Congreso, pronunció palabras que aún resuenan, palabras que se negarán a apagarse mientras exista quien las escuche: “He vivido con la masacre todos los días. Nuestro país podrá olvidar esta historia, pero nosotros nunca la olvidaremos”.
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Imagen tomada de https://19thnews.org/
Cita este artículo
Quilantan, R., (2026, 31 marzo). Viola Fletcher y la tragedia de Greenwood. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/viola-fletcher-y-la-tragedia-de-greenwood/
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