El 13 de agosto se conmemora la caída de Tenochtitlan -la capital azteca-, en 1521, a manos de Hernán Cortes. La trascendencia de este hecho ha impactado la historia de nuestro país marcando un antes y un después hasta el presente.
Baste recordar que los sacrificios humanos y la práctica del canibalismo entre los aztecas -y otros grupos indígenas de América-, eran rutinarios. Las Guerras Floridas se realizaban para conseguir cautivos para sacrificar a Huitzilopochtli y a otras deidades, lo que enfadaba a los pueblos tributarios del imperio azteca y explica por qué éstos se aliaron a Cortes en el asedio a la gran Tenochtitlan.
La épica hazaña de 500 españoles acompañados por miles de indígenas, inicia el nacimiento de la nación mexicana, el 22 de mayo de 1521. Comenzó con el asedio que culminó casi 3 meses después de una gran resistencia. En él murieron miles de indígenas bajo la superioridad de las armas peninsulares, el bloqueo de suministros y alimentos, pero sobre todo, por el corte del agua potable que surtía -por distintos canales- a la ciudad sitiada.
Caída la ciudad, los indígenas vencidos fueron rematados por las enfermedades transmitidas por los españoles. Se dice que la tropa de Pánfilo de Narváez llegó a Cuba, en 1518 y, posteriormente desembarcó, en 1520, en Veracruz y de allí se dirigió a Yucatán, donde se inició la pandemia que mató a miles de indígenas porque carecían de resistencia inmunológica por no haber estado en contacto previo con la enfermedad. Cuando ésta llegó al Imperio Azteca, contribuyó determinantemente a su derrota.
Su expansión diezmó al resto de los indígenas americanos, quienes la llamaron hueytzahutl, o lepra grande. Fray Bernardino de Sahagún refiere que los enfermos no podían moverse ni ponerse de costado sin gritar de dolor.
Se calcula que murieron entre un tercio y la mitad de la población indígena, lo que facilitó la conquista y la posterior expansión de los españoles.
Con la caída de Tenochtitlan inició la evangelización y con esta el cambio cultural que implicó el abandono del paganismo politeísta en las diversas etnias, entre ellas los otomíes, purépechas zapotecas, hasta los lejanos yaquis, pimes y otros que poblaban el territorio norte de México y gran parte del territorio que hoy es Estados Unidos.
En un pasado lejano los romanos conquistaron militarmente Grecia, pero la cultura griega conquistó a Roma. No puede decírse lo mismo de las culturas indígenas: ni los mayas, aztecas o incas tenían una cultura superior a la traída por los conquistadores, por lo que cualquier intento actual de poner por encima a estas culturas, es un desatino solo explicable por el odio a la España civilizadora. Ese mito lo inicaron y propagaron los ingleses y se conoce como la leyenda negra; que acriticamente siguen muchos mexicanos, entre ellos el nefasto expresidente propiciador del narcoestado que padecemos.
Sin demeritar los grandes avances mayas en astronomía, la monumentalidad de nuestras pirámides, y el inmenso valor del arte indígena, es momento de reconocer que nuestros valores actuales se sustentan en la civilización occidental cristiana, y no se vale patear el pesebre.





