En los tiempos que vivimos, más que nunca, quien se atreve a expresar una opinión ya no se diga contraria, sino incluso poco coincidente con las corrientes de moda, se expone a ser víctima de un linchamiento general.
Artículos seleccionados sobre esta temática, con enfoque académico y profesional
En los tiempos que vivimos, más que nunca, quien se atreve a expresar una opinión ya no se diga contraria, sino incluso poco coincidente con las corrientes de moda, se expone a ser víctima de un linchamiento general.
La inteligencia artificial ya no es únicamente una innovación tecnológica: se ha convertido en una fuerza capaz de redefinir el trabajo, la verdad, la economía, la política y hasta la comprensión misma de lo humano. Frente al avance de algoritmos que organizan percepciones, automatizan decisiones y transforman la vida social a escala global, la Doctrina Social de la Iglesia ha comenzado a responder con una profundidad inédita.
Hay un libro al que necesitas echarle un ojo. Se llama ‘The Technological Republic’ y es de indispensable lectura, en primer término, porque sus autores son Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, director general y director de temas corporativos, respectivamente, en Palantir Technologies Inc., una de las empresas clave en las revoluciones tecnológicas que están cambiando de raíz al mundo en que vivimos.
Quienes se dedican a la ciencia suelen enfrentarse a una pregunta incómoda: si el esfuerzo realmente vale la pena. Si las decisiones que se toman tienen sentido, o si en el intento por generar resultados termina añadiendo más complejidad de la necesaria.
Más tecnología no garantiza más comunidad, justicia ni bienestar compartido.
En abril, la misión Artemis II, de la NASA, regresó a los seres humanos a la órbita de la Luna, tras más de cincuenta años desde las últimas misiones tripuladas del programa Apolo, abriendo una nueva fase en la conquista del espacio, que no solo va de científicos y astronautas, sino que nos impactará –para bien o para mal- a todos en la tierra.
Ya se han derramado auténticos ríos de tinta analizando los grandes temas nacionales: los equilibrios políticos, la seguridad pública, la inflación, el ejército, etcétera. Sin embargo, también es importante voltear la mirada hacia los otros temas clave, que tendrán una influencia definitiva en el éxito o el fracaso de la presidencia de Claudia Sheinbaum y en el rostro del país que ella entregará a su sucesor en 2030.
Esta generación no solo está muy preocupada por los desafíos globales, sino que también tiene una gran esperanza y una capacidad impresionante para actuar y hacer cambios reales: están dispuestos a luchar por un futuro mejor.
Desde la década de 1950, la era digital se ha consolidado como una de las mayores aportaciones de la humanidad en distintos ámbitos: educación, salud, comunicación, ciencia, astronomía, información y conocimiento.
Organizaciones, líderes sociales y emprendedores enfrentan un fenómeno persistente: la invisibilidad. Publican, invierten tiempo, hacen videos, pero su mensaje se diluye.
Nuevas herramientas, nuevas posibilidades para la incidencia social.
En los últimos años, la irrupción de nuevas tecnologías ha comenzado a transformar la manera en que las organizaciones operan, toman decisiones y se vinculan con su entorno.
Vivimos en una era donde la Inteligencia Artificial (IA) ya no es una promesa futura, sino una presencia cotidiana: desde los algoritmos que sugieren nuestros contenidos en redes sociales hasta sistemas que asisten en diagnósticos médicos o decisiones judiciales. Frente a esta realidad, surge una pregunta decisiva desde la ética y los derechos humanos: ¿puede la tecnología ser verdaderamente humana?
Estamos criando una generación de huérfanos digitales. Permitimos que las nuevas generaciones crezcan en una orfandad digital, ya que, navegan estos entornos sin una brújula moral, sin un compás que enseñe la virtud que yace en estas herramientas y sin una figura que explique el vicio que estas pueden causar.
Aunque no es un término formal ni un puesto definido, el concepto de “traductor tecnológico” refleja claramente la función de interpretar, adaptar e integrar soluciones digitales estratégicamente. Más que ser solo un intermediario, esta figura tiene la capacidad de diagnóstico, decisión e implementación. Algunos podrían llamarlo integrador o articulador; nosotros, por ahora, preferimos nombrarlo según lo que hace: traducir entre mundos para apoyar el propósito institucional.
Defender al hombre desde la fe, razón y política.
Filosofía, política, religión y tecnología convergen para responder una pregunta urgente: ¿qué significa defender al hombre en un tiempo de inteligencia artificial, confusión cultural, erosión espiritual y desorden político?