Por eso, debemos entenderla:
La exploración aeroespacial es, sin lugar a dudas, la más poética de las grandes revoluciones tecnológicas que están actualmente en marcha. No solo son algoritmos y tornillos, es epopeya y leyenda, es conquistar el universo y abrir el espacio a los sueños humanos… a través de algoritmos y tornillos.
Desde el inicio de la historia humana, las estrellas nos han fascinado y las mejores mentes de cada época dedicaron incontables horas e incontables vidas a especular sobre su naturaleza y a medir sus traslados. Con el paso de los siglos aprendimos a comprender esos movimientos y predecir sus rutas mientras, creamos, con el matiz de cada civilización, multitud de historias que reflejaban en el lienzo de los cielos la esperanza y la complejidad de la naturaleza humana; mientras que el inframundo, oculto bajo la tierra, es el lugar del mal y del castigo, elevamos la vista hacia los cielos en espera de redención, de felicidad y de vida eterna.
Durante miles de años, estos objetos celestiales fueron estrictamente un material de especulación filosófica y un instrumento de cosmovisión política. Fue apenas en el siglo XVII, con la invención de telescopio que comenzamos a acercarnos a ellos y a entenderlos plenamente como parte del mundo físico. No eran ángeles o esferas colgantes, ya no eran mitología.
Sin embargo, incluso entonces, mientras se desarrollaba la ciencia astronómica moderna y logramos entender el funcionamiento del sistema solar y de los planetas que en él habitan, la idea de visitarlos estaba completamente fuera de cualquier razonamiento “realista”.
Incluso a inicios del siglo XX, se afirmaba con científica (o al menos periodística) y errónea contundencia que el ser humano no podría construir máquinas capaces de mantenerse en el aire y menos aún de viajar al espacio para alcanzar la luna o los demás planetas de nuestro sistema solar. De hecho, en 1903, el New York Times proclamó solemnemente que para volar serían necesarios los “esfuerzos combinados y continuos de matemáticos y mecánicos” durante un periodo de “un millón a diez millones de años”.
Sin embargo, el ingenio y la tecnología humana no necesariamente son capaces de saltos asombrosos. Apenas un par de meses después de aquella deprimente predicción del New York Times sobre la imposibilidad de construir una máquina capaz de volar, los hermanos Wright probaron exitosamente su aeroplano casero sobre los campos de Carolina del Norte. Solo necesitaron invertir un poco más de mil dólares en el proyecto, obtenidos por completo de las ganancias de su taller de bicicletas; eso y, en palabras de John T. Daniels “trabajo duro y sentido común”.
La especulación y la fantasía empezó a aterrizarse en la realidad. Dentro de ese buffet de tragedias y horrores que fue la primera mitad del siglo XX, podemos reconocer la conquista del aire. Los ejércitos entendieron rápidamente el enorme potencial de los aviones y los cohetes como armas defensivas y ofensivas. Incentivados por la mezcla de dinero, adrenalina y -muy literalmente- peligro mortal que acompañó a las guerras mundiales, se avanzó en unas cuantas décadas lo que antes era imposible.
Terminados los conflictos, estas tecnologías demostraron su potencial para ser algo más que instrumentos de destrucción masiva. Así que, con base en lo que originalmente había sido un desarrollo pensado en el campo de batalla, se construyó la industria aeronáutica y, simultáneamente, los grandes programas espaciales de los Estados Unidos y la Unión Soviética.
Así arrancó la carrera espacial como uno más de los escenarios que definieron la guerra fría. Los comunistas sorprendieron al mundo con los primeros avances: el primer satélite, el primer ser humano que llegaba al espacio.
Estados Unidos, con esa épica de la que son más que capaces en sus mejores momentos, respondió creando la National Aeronautics and Space Administration (NASA) que impulsó primero el proyecto Mercurio y más tarde el programa Apolo, con el objetivo de llevar seres humanos a la superficie de la luna, y traerlos sanos y salvos.
El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin alunizaron y permanecieron en la superficie lunar más de 21 horas. Por primera vez en la historia, un ser humano puso pie en tierra fuera del planeta, gracias a una expedición cuya trascendencia está a la altura de los más grandes logros en los dos millones de años de nuestra travesía como especie. Los astronautas del Apolo XI ocupan un lugar de honor junto a Colón, Magallanes, Amundsen y aquellos anónimos exploradores que atravesaron el estrecho de Bering, conquistaron las islas del Pacífico y llevaron a la humanidad a través de las inhóspitas montañas, para expandir nuestro alcance.
Llegamos, pues, a la Luna, alcanzamos la era espacial y nos topamos de frente con la muy incómoda verdad de que, una vez “conquistado” nuestro satélite natural y cumplido el propósito de plantar la bandera en su territorio, no había mucho más por hacer. Confirmamos que no existían selenitas con quien comerciar o pelearnos. Además, la tecnología disponible nos permitía -con enormes dificultades y costos- llegar a nuestro satélite, pero no permanecer ahí por un tiempo prolongado. Más aun, las decenas de kilos de rocas lunares traídos a la tierra por las sucesivas expediciones del programa Apolo confirmaron que los materiales que conforman de la Luna se encuentran con igual facilidad en los terrenos baldíos atrás de nuestra casa, porque esencialmente la Tierra y la Luna estamos “hechos de lo mismo”.
La conclusión lógica y dolorosa fue que no tenía sentido seguir enviando humanos más allá de nuestra órbita terrestre. El objetivo de los esfuerzos de la NASA y el resto de los programas espaciales alrededor del mundo se movió a una idea menos sexy, pero más trascendental en el mediano y el largo plazo: lograr que los astronautas pudieran pasar más tiempo en el espacio y construir la infraestructura que hiciera posible dichas estancias.
Las estaciones espaciales soviéticas del programa Salyut, relevadas después por la Mir, al igual que la Estación Espacial Internacional y el programa de los transbordadores diseñados para servir como naves reusables abonaron a este propósito. Desde la década de los 70s, cientos de astronautas de diversos países han pasado incluso meses (el récord son los 437 días seguidos del ruso Valeri Polyakov) trabajando en las estaciones espaciales y haciendo pruebas científicas.
Mientras tanto, en tierra firme, los avances originados en los programas espaciales fueron filtrándose a nuestras vidas cotidianas. Productos como el horno de microondas, la espuma viscoelástica (memory foam) de nuestros colchones, el GPS que nos permite usar el mapa de nuestros teléfonos, la aspiradora de mano, formulas enriquecidas para bebé, los implantes cocleares para recuperar el oído, los termómetros infrarrojos y hasta los frenos “invisibles” para mantener nuestros dientes en su lugar, el teflón de nuestros sartenes e incluso la embedded web technology que fue un paso clave para el Internet de las Cosas, del que hablaremos en el próximo capítulo, son resultado directo del talento de los ingenieros de la NASA.
Hubo varios años en que el único testimonio visible de la perseverancia humana, la conquista del espacio fue la Estación Espacial Internacional, y durante más de 10 años los astronautas que viajaban a ella sólo tenían la opción de hacerlo en los “anticuados” cohetes Soyuz, que son una auténtica reliquia de la Guerra Fría.
De repente, cuando ya nos habíamos olvidado del espacio, llegó el momento de dar el siguiente salto, de la exploración espacial a la civilización espacial. Los grandes empresarios del siglo XXI, humanos, al fin y al cabo, observaron a las estrellas y vieron en ellas algo que nunca se había considerado en serio: un mercado viable para la exploración privada.
Richard Branson, con Virgin Galactic; Jeff Bezos, con Blue Origin, e Elon Musk, con SpaceX se lanzaron no sólo a ser contratistas de la NASA, sino a crear nuevos paradigmas de exploración y de monetización espacial, apalancados en los recursos y la experiencia del resto del ecosistema empresarial de sus inversionistas.
Virgin Galactic y Blue Origin se enfocaron principalmente en desarrollar opciones de turismo espacial. Virgin apostó por el VSS Unity, una nave muy similar a la forma de un avión, que en 2021 logró exitosamente su primer vuelo a 86 kilómetros sobre la superficie terrestre y a octubre de 2023 ha completado exitosamente 4 viajes comerciales. Blue, por su parte, ha realizado ya 22 vuelos exitosos de su nave New Shepard, que ha llevado a sus tripulantes a una altura de hasta 107 kilómetros.
Los avances en materia de computación, de inteligencia artificial, de desarrollo de materiales y de producción alcanzados en los más de 50 años que nos separan de las misiones Apolo hicieron posible construir cohetes mucho más potentes y mucho más reutilizables de lo que hubieran imaginado los ingenieros que llevaron al hombre a la Luna.
Elon Musk especialmente capturó la detención del mundo con su idea de un cohete cuyos elementos, incluyendo los impulsores, fueran reutilizables, despegando y aterrizando verticalmente; es decir, un cohete que no solo saliera y volviera, sino que aterrice parado. Parecía absurdo e imposible, hasta que se volvió en algo cotidiano para los modelos Falcon 9 Falcon Heavy, que llevan astronautas e implementos a la Estación Espacial Internacional, además de colocar satélites en órbita.
Todo ello a un costo 40 veces menor que el de los antiguos transbordadores de NASA y 12 veces menor que el de los Soyuz rusos, pues el costo de enviar carga a órbita en un Falcon Heavy de SpaceX equivale aproximadamente $1,500 dólares por kilo, contra el promedio de $65,400 dólares por kilogramo del transbordador espacial de NASA y de $17,900 dólares por kilo en el caso del Soyuz.
Armados con estos y otros avances, las grandes empresas privadas y la NASA prepararon el programa Artemisa, que parte de los principios de descubrimiento, oportunidad económica e inspiración para una nueva generación.
La primera misión de Artemis estrenó el nuevo cohete Space Launch System, que impulsa a la nave Orión y se lanzó exitosamente en el año 2022. En abril del 2026 se realizará la siguiente travesía, ahora sí con tripulación, para probar la nueva órbita que pretenden utilizar alrededor de la Luna, con miras a la misión Artemis III, que llevará a los seres humanos a pisar nuestro satélite por primera vez desde el final de las misiones Apolo, en 1972.
La diferencia es que esta vez vamos a la Luna para quedarnos allá. En el corazón del plan del proyecto Artemis están dos esfuerzos que serán clave para definir la forma de nuestro futuro: El Gateway y el Artemis Base Camp.
Gateway será una estación espacial que orbitará alrededor de la Luna y está pensada para funcionar como el punto de apoyo para los trabajos en nuestro satélite, así como el eventual punto de escala y respaldo para las misiones hacia Marte. El Artemis Base Camp nos permitirá tener presencia humana permanente en la Luna y se convertirá en “nuestro primer punto de apoyo en la frontera lunar”, incluyendo un hábitat base y una plataforma habitable móvil, para permitir exploraciones de varios días fuera de la base.
El plan inicial era una sola base en “tierra” lunar, pero ahora los directivos de NASA hablan acerca de “tal vez tener dos o tres sitios a los que ir, que ayuden a nuestra diversidad científica, porque la razón por la que estamos haciendo Artemis en primer lugar es por la ciencia”. Ya sea que se opte por un solo campo inicial, o por la opción de instalar hasta 3 bases simultáneas en distintas ubicaciones de nuestro satélite, el caso es que antes del 2033 habrá seres humanos cuyo domicilio no estará en la tierra.
Además de la Gateway, que orbitará la Luna, será necesaria -al menos- una gran nueva estación espacial alrededor de la tierra, para reemplazar a la Estación Espacial Internacional, que caerá a la Tierra a más tardar en 2031, tras concluir su vida útil. Uno de los reemplazos naturales será la estación espacial privada Starlab, anunciada el 2 de agosto del 2023 como un proyecto conjunto de la compañía europea Airbus y la estadounidense Voyager Space, con la NASA y la Agencia Espacial Europea como sus primeros clientes. Orbital Reef, otra próxima estación espacial, en la que trabajan empresas como Blue Origin y Boeing, está en desarrollo, y -al igual que Starlab- promete estar funcionando antes del 2030.
La red de estaciones espaciales alrededor de la tierra, junto con el Gateway lunar, se convertirán rápidamente en un complejo ecosistema de respaldo para facilitar los viajes hacia la Luna y hacer posible la llegada de los seres humanos a Marte, e incluso más allá, con el respaldo de la otra pieza clave del rompecabezas: la Starship.
Starship, desarrollada por Space X, es el cohete espacial más grande y potente de la historia humana, pero su verdadera trascendencia va mucho más allá de la fuerza de sus motores. A diferencia del Saturno V, o incluso del Space Launch System, Starship está planeada para ser completamente reusable, el cohete entero podrá hacer una misión tras otra, sin más gasto extra que el de combustible y mantenimiento, reduciendo el costo del lanzamiento a una bicoca: menos de 10 millones de dólares, que equivalen apenas a $100 dólares por kilogramo transportado, precios que ya resultarían competitivos incluso a nivel de servicios de paquetería internacional.
Sí, la idea es que llevar carga al espacio sea más o menos tan barato como enviar un paquete de libros a España por DHL. Y no solo eso, la nave que forma parte de Starship está pensada transportar hasta a 100 personas por viaje, lo que implica dos transformaciones radicales del panorama espacial.
Con esos precios ridículamente bajos en el envío de carga y personal, se volverán viables una enorme cantidad de modelos de negocio para el turismo y la experimentación espacial. Las estaciones alrededor de la tierra se multiplicarán, y ello a su vez acelerará el desarrollo de naves más eficientes, más grandes y baratas; esencialmente lo que en el siglo XX pasó con la industria aeronáutica, pero ahora en órbita.
Una vez consolidada, la Starship y sus sucesoras serán el resorte para el siguiente gran salto, tan importante como la invención de la agricultura o la escritura: el salto a la civilización multiplanetaria. Si somos capaces de mover a 100 personas por viaje, se abren las puertas a consolidar una colonia funcional en Marte, con hasta decenas de miles de habitantes.
Con el ritmo de avance que estamos observando, es muy probable que antes del año 2050 habrán nacido los primeros seres humanos fuera de nuestro planeta, mientras que los trabajos de experimentación científica, minería y de desarrollo de productos, se llevarán a cabo no solo en nuestro planeta, sino en la red de estaciones espaciales y en las colonias en la Luna y en Marte, para aprovechar las condiciones de menor gravedad.
Especialmente a partir del 2035, con las ya mencionadas estaciones espaciales y base lunar, y con toda la experiencia adquirida en ese proceso, sumada a la computación cuántica y la inteligencia artificial, que para entonces habrán alcanzado un alto grado de madurez; piense en la efectividad de los cálculos y de los materiales que se desarrollen a partir de los prototipos impresos en 3D, por medio de las nuevas impresoras y procesos de alta eficiencia, diseñados aprovechando el poder de las computadoras cuánticas, y perfeccionados a velocidad mucho mayor gracias al uso de herramientas de inteligencia artificial. Es sencillamente la puerta a una realidad que en muchos aspectos será irreconocible a nuestros ojos del 2026.
Para decirlo en pocas palabras, a más tardar en el 2060 o 2070, los programas de civilización del espacio van a funcionar con base en principios científicos, tecnologías y materiales que en estos momentos ni siquiera nos podemos imaginar. Para el 2083 quizá muchos de nosotros pasaremos nuestros años de jubilación, ya no en la Florida o en San Miguel de Allende, sino en los nuevos espacios de retiro en los bonitos paisajes de Marte o de la Luna.
Lo que, para los nuestros padres y nuestros abuelos, en el amanecer de la era espacial, era un pigmento de su imaginación, para nosotros es una realidad que ya empieza a tomar forma y que se consolidará en nuestro tiempo.
La revolución del espacio será prioridad porque no solo implica el potencial de beneficios económicos y científicos, sino que brinda la promesa de una muy urgente válvula de escape para la fuerza social ante la creciente crisis de soledad, desencanto, aislamiento y polarización que ya estamos viviendo, que va a empeorar en las siguientes décadas y de la que hablaremos más adelante.
Los seres humanos necesitamos epopeyas, necesitamos héroes y tierras por conquistador. Sin embargo, nuestra Tierra ya está básicamente conocida y conquistada, no hay mucho más por explorar.
Llegamos muy tarde para seguir los ya citados pasos de Colón, de Marco Polo, de Magallanes o de Amondsen, y pareciéramos condenados a vivir resignada y simplemente en el mundo que otros descubrieron y dominaron. Pero no tiene por qué ser así; ante los ojos de los jóvenes, desencantados de todo lo que el planeta tiene para ofrecerles, se abrirán puertas las puertas del espacio para seducirlos con un -muy literalmente- nuevo espacio donde puedan construir sus utopías y ganar su fortuna.
Esbozamos en un capítulo previo los peligrosos efectos del inevitable desempleo provocado por la automatización. Bueno, pues esa fuerza de trabajo humana será muy necesaria fuera del planeta, y el enviar gente al espacio a humanizar las nuevas tierras será, para la civilización del siglo XXI, una salida tan útil y socorrida como lo fue en su momento la migración hacia América para la España o la Inglaterra de los siglos XVI y XVII.
Conquistaremos el espacio porque tenemos la tecnología para hacerlo y, sobre todo, porque nos urge salir del planeta.
Cita este artículo
Garibay Camarena, G., (2026, abril 26). La civilización espacial. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-civilizacion-espacial/
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