El mundo ha cambiado, y aquellos hechos que pensamos serían el fin de la familia, la fe e incluso la razón, alientan la revitalización y el renacer de los valores auténticos que dan sentido a la sociedad y a toda nuestra civilización.
Artículos seleccionados sobre esta temática, con enfoque académico y profesional
El mundo ha cambiado, y aquellos hechos que pensamos serían el fin de la familia, la fe e incluso la razón, alientan la revitalización y el renacer de los valores auténticos que dan sentido a la sociedad y a toda nuestra civilización.
Los Derechos Humanos ordenan a todos los hombres pues son atemporales y universales. Una tarea muy importante de la Civilización del Amor es saber cuáles son los Derechos Humanos en sus tres dimensiones: natural, humana y sobrenatural, para abarcar al hombre completo. La Declaración Universal de los Derechos del Hombre, ONU, 1948, es un gran avance para una mejor civilización. Los Derechos Humanos emanados de la Revelación Divina y del Magisterio de la Iglesia iluminan para construir la Civilización del Amor, para el Bien personal y el Bien Común, y para el desarrollo con equidad, justicia social y con paz.
El pasado es un elemento que resguarda a las sociedades y les permite resistir los vendavales de las historia. Una civilización que rechaza abiertamente su pasado y se desvincula de este, queda profundamente vulnerable; sus valores, sus prioridades y su identidad misma se convierten en rehenes de la moda de turno.
En este alto necesario, lo primero es volver la vista a sí mismo y a las personas, para revalorar el qué, el cómo y el para qué de nuestra vida. Esto significa que hay que volver al punto de partida, al principio de toda actividad humana: La familia.
La visión antropológica cristiana eleva la solidaridad como una virtud sobrenatural que se hace posible con la ayuda de Dios y se transforma en caridad, conscientes de que la perfección humana no se alcanza mediante las solas fuerzas humanas, aunque la razón le indique y proponga lo que es debido, su conocimiento resulta insuficiente para su realización.
Hoy, además del sano pluralismo social, se manifiesta un pluralismo ideológico que no siempre es compatible con la cultura cristiana.
Agrupados en la Declaración del Consenso de Ginebra, gobiernos 33 países que representan a más de mil 600 millones de personas, recuperan el sentido de trascendencia de los derechos humanos, la preservación de la vida humana y de la familia natural.
El punto central de la fusión de dos mundos fue el rescate que logró la evangelización cristiana de la humanidad y religiosidad de los pueblos originarios, enterrados en la idolatría, la crueldad y la ignorancia, pero que una vez excavados, salieron a la luz en toda su belleza sorprendente; es así que se forja una nueva identidad en Cristo.
Impuesta la parálisis abrupta del acontecer humano por la pandemia del coronavirus. La realidad habla por sí sola. Reclama enmiendas, mejor aún la forja de un orden nuevo global y muy viejo fundado sobre lo que nos une en esta hora en que el hilo entre la vida y la muerte no discrimina, a saber, la dimensión universal de la solidaridad.
La Reforma Protestante, la Revolución Francesa y el imperio Bolchevique: nodos en la historia que fueron marcando el derrotero de la civilización occidental cristiana. Cada uno de estos acontecimientos, fueron, en su momento, atentados en contra de las instituciones forjadas a lo largo de los siglos al amparo del cristianismo