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Sor Catalina en aprietos

por | Historia

«De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida, y la cabeza un poco baja y metida en los hombros, que son demasiado altos. En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante. Únicamente su mano podría hacer dudar de su sexo, porque es llena y carnosa, aunque robusta y fuerte, y el ademán, que, todavía, algunas veces tiene un no sé qué de femenino[1]. Así prologa José María de Heredia una de las ediciones más famosas de las memorias de Catalina de Erauso, mejor conocida como la monja alférez.

Historia pintoresca y real. Escrita o dictada por la propia Catalina en la primera mitad del siglo XVII; quien a través de sus hazañas nos brinda una fotografía de la cultura y el modo de vida virreinal[2].

La monja alférez nació en Guipúzcoa en 1585[3] hija del capitán Don Miguel Erauso y de doña María Pérez de Galarraga y Arce. A los cuatro años es enviada al convento. A los 15, después de un altercado con otra religiosa y ante la inminente profesión de votos, decide huir. Pero el monasterio está en medio de la comarca, no es posible escapar ni tener vida sin que sea reconocida; así que decide vestirse de hombre. En pantalones y con pelo corto, se topa con sus padres, con las mojas y nadie la identifica.

Tal disfraz le permite conseguir trabajo en el barco de un familiar; se roba 500 pesos y con ello emprende su viaje a América. Ahí consigue un empleo, con buen salario y condiciones prometedoras. Pero una pelea, que termina en asesinato, le introduce en una espiral de violencia in crescendo. Cambia de ciudad y ocupación para salir de pleitos, juegos y borracheras.

El estereotipo de español avecindado en América es el de un ex conquistador rico propietario de encomiendas; pero lo cierto es que la mayoría vino al nuevo continente a realizar el sueño americano: prosperar a punta de esfuerzo y trabajo[4].

De los 8,000 españoles que a mediados del siglo XVI hay en Perú, no más de 500 eran encomenderos[5], los demás eran simples mortales. Comerciantes que tras una década eran capaces de hacer buenos negocios, dar empleo y hasta hacer caridad. Catalina, que se presentaba a sí misma como Antonio de Erauso, entre otros nombres, nunca padeció hambre. Encontró en desconocidos, trabajo, vestido y techo. Su ventura se fue por la borda, en la mayoría de los casos, por su conducta desenfrenada e iracunda. La Iglesia, lugar neutral que ofrecía refugio al prófugo, le procuró varias veces el perdón ante sus justicieros; aunque algunas veces hubo de pisar la prisión. Su fama de rudeza y habilidad con las armas se iba extendiendo.

“…andadas más de ochenta leguas entré en la ciudad de Lima, cabeza del opulento reino del Perú, que comprende ciento dos ciudades de españoles, sin contar muchas villas, veintiocho obispados y arzobispados, ciento treinta y seis corregidores y las Audiencias reales de Valladolid, Granada, Charcas, Quito, Chile y La Paz. Tiene Lima arzobispo, iglesia catedral parecida a la de Sevilla, aunque no tan grande, con cinco dignidades, diez canónigos, seis raciones enteras y seis medias, cuatro curas, siete parroquias, doce conventos de frailes y de monjas, ocho hospitales, una ermita (inquisición y otra en Cartagena), Universidad… Tiene virrey y Audiencia real, que gobierna el resto del Perú, y otras grandiosidades[6]. Ahí, Catalina hubo de reinventarse otra vez, encontró en la carrera de las armas la mejor estrategia para evadirse de propuestas de matrimonio.

Se unió a una pequeña compañía para apaciguar revueltas de araucanos; aquellos que, años atrás, habían torturado a Pedro de Valdivia cortándole partes del cuerpo y comiéndoselo en su presencia, hasta llegar al corazón; para luego, beber chicha en su cráneo[7].

Famosos eran los caciques de aquellas tierras por descuartizar a quien se les ponía en frente. Pues Catalina, como uno de los más bravos soldados llegó a alférez en muy poco tiempo. Sorprendentemente terminó a las órdenes de un tal capitán Miguel de Erauso, su hermano; a quien vino a conocer a este lado del Atlántico y a quien quiso entrañablemente en silencio. Le duró muy poco el gusto. En un duelo a ciegas terminó matándole.

Ser alférez le mereció toda clase de recompensas incluso del mismísimo rey. Sin embargo, su historia de violencia le llevó a los tribunales y finalmente a la horca. En el patíbulo, con la soga al cuello, solo tiene una opción: revelar su secreto.

Nadie da crédito; se suspende la ejecución, se llama al obispo, al gobernador, ¿Qué se hace en estos casos? Es un héroe, es condecorado, es criminal, es mujer, es monja…  El obispo la escucha y la hace revisar; las matronas confirman: es mujer y es virgen. Salva la vida, pero las preguntas continúan ¿puede seguir vistiendo de hombre? ¿debe regresar al convento? ¿puede recibir y conservar los privilegios de héroe en batalla? El Sr. Obispo fallece, el arzobispo de Lima no está seguro ¿quién mejor que el rey para dirimir el asunto? Catalina viaja a España y cuenta su historia; los consejeros reales, letrados y teólogos, estupefactos, turnan el caso al Papa. Urbano VIII la recibe y escucha su relato.

El escándalo por todo el imperio español no es tanto por el hecho de que una mujer se vista y comporte como hombre; sino porque ¡Cómo fue posible que aun en las armas y peleas nadie se diera cuenta de su verdadera identidad! ¡Cómo salió del paso de planes de matrimonio sin tener que confesar! ¡Cómo compaginó una vida de crimen con una de héroe y cómo siempre se salió con la suya librándose inclusive de la pena capital!

Los ideólogos de género contemporáneos, sin fundamento historiográfico, han querido manipular su historia para presentarla como lesbiana; ¿pudo haber tenido algún desajuste hormonal? posiblemente; su fuerza, su ímpetu, su descripción física son sugerentes. Pero hasta ahí.

El Papa le autorizó recibir las recompensas que le eran debidas, a vestir y hacerse llamar como le pareciera. Y, siguiendo las enseñanzas evangélicas, desde Cristo Nuestro Señor hasta nuestros días, le conminó: Vete y no peques más[8].

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[1] ERAUSO, Catalina de, (1560) Historia de la monja alférez. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001. Disponible en https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcw66f9 (consultado el 27/10/2023)

[2] El documento original “Memorial de los méritos y servicios del alférez Erauso” se haya en el Archivo de Indias.

[3] La fe de bautizo sitúa su nacimiento 7 años después.

[4] En Perú como en la Nueva España, los encomenderos eran un grupo selecto minoritario. En el caso andino, la prioridad era la conquista y pacificación, resultando ser muy poco rentable ser encomendero, así que muchos de estos eran pobres. Hacia 1555, había 37 encomiendas vacantes.

[5] LEVILLIER, Roberto. (1921-26) Gobernantes del Perú, cartas y papeles, siglo XVI; documentos del Archivo de Indias. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra S.A., pp. 252-255

[6] ERAUSO, Catalina de, (1560) Historia de la monja alférez. Alicante Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Disponible en https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcw66f9 (consultado el 27/10/2023)

[7] ROJO, Jesús. (2019) Los invencibles de América. Madrid: El gran capitán ediciones, p. 157

[8] A la monja alférez se le pierde la pista en la Nueva España alrededor del año 1650, se sabe que tuvo una vida discreta y honesta en el negocio de arrieros entre la Ciudad de México y Veracruz . 

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