Hace 20 años, cuando falleció Juan Pablo II, yo estaba absolutamente seguro, no solo de su santidad, sino de su perfección. Todo lo que había hecho era correcto y era bueno, si hubiera cometido algún error, seguramente fue en un tema irrelevante, quizá al escoger platillo en un restaurante o elegir calle en alguna ciudad desconocida, ¿pero, su pontificado? Maravilloso, pleno absoluto, sin error, mancha o humanidad posible.
Dos décadas después, ha fallecido el papa Francisco, y la historia es distinta. Quizá el paso de los años, el cinismo de nuestro tiempo o el salto en complejidad que viene con el paso de la ingenua juventud a la madurez de la vida adulta, me he vuelto mucho menos susceptible a Santos súbitos y profetas perfectos.
Juan Pablo II fue el papa de mi juventud, de aquellas canciones melosas de Televisa que -con mala o buena intención- difuminaban la frontera entre el papa y el Dios al que este representa, el de aquella fe que, a fuerza de ser sencilla, proyecta una belleza especial, pero carga también consigo el riesgo de corromperse en superstición. Décadas más tarde, la muerte de Francisco me encuentra en una situación espiritual muy diferente.
Por inicio de cuentas, la sinceridad
Empecemos por el inicio y hablando claro. Aunque Francisco no me desagradaba, sí me resultó -digamos- difícil de digerir. De Francisco, durante mucho tiempo me exasperaban aquellas expresiones que yo percibía como una cierta chabacanería, una sinceridad y una cercanía que en pequeñas dosis resulta refrescante, pero que convertida en rutina me parecía lindar con la frivolidad y hasta con la impostura.
Me incomodaban sus entrevistas sin grabación ni preparación de por medio. Meras conversaciones directas con periodistas de izquierda, que luego salían -una y otra vez- a publicar sus recuerdos de aquellas reuniones como si fuera citas textuales. Lo mismo sus entrevistas en el avión, donde soltaba, declaraciones que me parecían, cuando menos caminar peligrosamente en las orillas exteriores de la ortodoxia.
Me escandalizó el discurso de la sinodalidad y particularmente aquel lamentable episodio de la canoa y la “Pachamama” exhibido a mitad del Vaticano, por no mencionar sus tendencias peronistas al hablar de la economía y su enfoque en temas que me parecían alejados de la “agenda” e “ideología” católica.
Me molestó durante muchos años que Francisco no fuera, en pocas palabras, el guerrero radical, perfecto y absoluto de la fe; que no convocara a cruzadas, ni se lanzara de bruces a la batalla final contra las fuerzas de la cultura y la narrativa moderna. Me molestaba que el Francisco de carne y hueso no estuviera “a la altura” de aquella fantasía que había construido con respecto a Juan Pablo II.
Llegué a pensar que, por ingenuidad o por abierta mala fe, Francisco estaba actuando en contra de la Iglesia, en lugar de dirigirla; que la estaba rompiendo, debilitándola, traicionándola, al no actuar como general cruzado en las batallas de la guerra cultural.
Quizá para estas alturas, muchos de los lectores ya se están haciendo una idea de hacia dónde va mi reflexión.
Como nos suele suceder a los católicos cuando denunciamos que “la iglesia está equivocada”, más pronto que tarde, nuestra torpeza cede lo suficiente como para darnos cuenta de que la equivocada no es la iglesia; el equivocado era yo.
Sí. El equivocado era yo, por 2 razones:
Primera.- Por haber construido en mi mente una imagen distorsionada de lo que es y lo que debe hacer un pontífice, reduciéndolo a la idea de un líder político envuelto en un juego de suma cero; un guerrero de las causas buenas y nobles.
Denunciaba con fervor, que Francisco se equivocaba al hablar de medio ambiente o de justicia económica, porque -decía yo- esos son temas políticos y no religiosos, sin darme cuenta de que lo que yo pretendía era que el Papa defendiera los temas políticos que a mí me gustaban. En plena sinceridad, no me incomodaba tanto que el Papa se saliera del ámbito religioso, me incomodaba que no actuara como el vocero pleno y automático de mi propia visión ideológica.
Segunda.- Esta tiene una explicación un poco más compleja, así que, estimado lector, le pido paciencia para acompañarme en el argumento, que parte una lección bastante dolorosa para el mundo católico: la “civilización cristiana” cómo la conocimos y como se formó en Roma y el cercano oriente entre los estertores del mundo antiguo, está muerta.
De tanto pensar que había que defender la civilización cristiana, No nos dimos cuenta de qué esa civilización simplemente se murió en alguna parte entre finales del siglo XX y principios del 21.
Ojo, la civilización cristiana, no es lo mismo que la religión cristiana y la Iglesia Católica. Hablar de “civilización cristiana” implica que las reglas, valores, expectativas, ceremonias y cosmovisión cristiana funcionen como el estándar esperado en la vida social, respaldadas y aplicadas no solo por las propias instituciones religiosas, sino también por los gobiernos y las reglas sociales. Por poner un ejemplo: durante siglos, la misa dominical y sacramentos como el matrimonio no eran únicamente una ceremonia religiosa, sino una obligación social e incluso una obligación jurídica.
La civilización cristiana significa que en el núcleo de la sociedad estaba la Iglesia, y alrededor de ella se levantaron, complejas estructuras jurídicas y sociales en relación simbiótica con la Iglesia: Al mismo tiempo se legitimaban en ella, y le permitían mantenerse en el tiempo, transfiriendo el consenso a las nuevas generaciones.
Eso ya se acabó en la mayor parte del mundo: En Europa, en América del Norte, incluso en aquella América Latina que apenas hace un par de papados, era el “continente de la esperanza”. El catolicismo “pleno” está reducido a nichos cada vez más pequeños, mientras que las superestructuras sociales que la respaldaban (por ejemplo, las presiones para casarse o bautizar a los hijos) se están evaporando.
De la Iglesia “local” a la Iglesia “visitante”
Para ponerlo en términos deportivos, la Iglesia “jugó como local” con todas las ventajas que ello implica, durante unos 1,500 años. Fue local por tanto tiempo que sus propias estructuras, sus ceremonias y su identidad quedó entrelazada con las formas de las monarquías europeas a las que dio sentido, y que a su vez se convirtieron en el -a veces incómodo- respaldo de la iglesia; aquellas “dos espadas” del poder terrenal y el espiritual.
Ahora bien, incluso cuando la estructura gubernamental y legislativa de la civilización cristiana comenzó a fracturarse, primero con la reforma protestante y después con la Revolución Francesa, la inercia de los 15 siglos anteriores todavía alcanzó para preservar durante otros dos años a las estructuras de respaldo social. Incluso después de perder a los gobiernos, había mantenido a las sociedades.
Eso, insisto, se ha acabado. Las señales son muy claras, no solo en el drástico descenso en el número de matrimonios, sino -de manera más sutil- en la erosión del prestigio y de la presencia cotidiana de las instituciones y voces religiosas en nuestra sociedad. Todavía con nuestros padres o abuelos, la opinión del cura o de las monjitas conlleva un peso específico. Para las nuevas generaciones esa opinión es, cada vez más, irrelevante.
Y conforme los baby boomers sigan falleciendo, la tendencia se volverá más clara. La Iglesia, que durante más de 1,500 años fue al centro y el pilar del gobierno, de la sociedad, de la civilización misma, ya no lo es. Podemos reflexionar mucho acerca de si ese cambio es bueno o malo, lo que no podemos es negarlo: Vivimos los primeros años de la civilización post-cristiana.
¿Qué implica esto en términos de la institución y trabajo del Papa? Que Francisco fue, para acabar pronto, el primer Papa en al menos 15 siglos al que le tocó “jugar de visitante”. Por supuesto, cada pontífice ha tenido sus propias dificultades y noches de desvelo, pero hacía mucho tiempo que el Papa no enfrentaba una situación tan compleja y desafiante con tan poco margen de maniobra. Y creo que Francisco tuvo la sabiduría y la gracia de estado para entenderlo.
Aquellas aparentes frivolidades o chabacanerías, aquellos pasitos al borde de la ortodoxia o los casi chocantes cambios en la forma y el trato con las personas, que Francisco convirtió en un elemento constante de su pontificado, no eran las típicas irresponsabilidades del estereotipo del Jesuita hippie; por el contrario, eran las decisiones responsables de un Papa sometido a condiciones muy distintas a cualquiera de sus antecesores, un papa que entendía -por ejemplo- que a los jóvenes del 2025 no se les puede hablar cómo lo había hecho Juan Pablo II con la generación de los 80s o 90s.
Francisco entendió que a quienes están fuera de las pequeñas burbujas de los nichos católicos tradicionales no se les puede hablar ahora como antes, por la simple y sencilla razón de que sus contextos culturales y sus códigos para interpretar la realidad son muy distintos.
A los jóvenes había que hablarles de una nueva manera, quizá con una prudencia en ocasiones pudiéramos confundir con tibieza, pero que no lo era.
Quizá la manera más ágil y sencilla de entender la estrategia de Francisco está en el documental “Amén. Francisco Responde” que se lanzó en 2023, permitiendo que un variopinto grupo de jóvenes platicara con el Papa frente a las cámaras, sin leerse un guión, ni tiempo para elaborar las respuestas.
Para poner en perspectiva lo dramático del cambio, apenas 30 años antes cuando Juan Pablo II publicó el entonces revolucionario “Cruzando el Umbral de la Esperanza”, la entrevista había sido estrictamente por escrito, con respuestas redactadas en privado y enviadas por medio de un tercero a un periodista especializado y preseleccionado. Aun así, el propio periodista escribió -con plena razón- que, al enviarle esas respuestas de su puño y letra “una vez más Juan Pablo II confirmaba esa fama de «Papa de las sorpresas» que lo acompaña desde que fue elegido; había superado toda previsión”.
Eso era en los 90s; en 2023, menos de una vida después, ya vimos al papa platicando de frente y red de seguridad, ya no con vaticanólogos, sino con jóvenes que no eran necesariamente “católicos” tradicionales (a excepción de una joven que participa en el Camino Neocatecumenal).
Ahí lo entendí. Se que me tardé, pero bueno.
A Francisco no sabía que entenderlo como un líder político, ni como un guerrero en armadura o un defensor de la tradición, porque su vocación y deber como Papa no era ni el de ser cruzado con armadura, ni líder de la derecha dura, defensor de la tradición o ese personaje que desde nuestras ideologías quisiéramos imponerle.
A Francisco le correspondía ser el Vicario de Cristo y el heredero de San Pedro como pescador de hombres, en un momento de crisis donde la Iglesia debía optar entre encerrarse en la burbuja o extenderle la mano al mundo.
La respuesta emocional que pudiéramos tener todos quizá sea un: aferrémonos a cómo estamos, aunque volvamos a ser sólo 12.
Se oye muy bonito, pero implica un costo brutal. No el costo de perder los templos o las oficinas, sino el verdadero, el de todas aquellas almas qué quedarían a la deriva y la desesperanza; después de todo, si sólo somos 12, entonces las otras 8,999,999,988 personas queden fuera y se perdieran, para siempre.
Oye, ¿pero entonces estás diciendo que la verdad no se debe defender a cal y canto? ¿debemos ceder en la verdad a cambio del espejismo de atraer personas a los templos? No. Por supuesto que no; la realidad es mucho más compleja que esa simplificación. La verdad puede y debe mantenerse, pero la manera en la que se comunica puede y debe adaptarse a los tiempos.
La responsabilidad fundamental de la Iglesia -entendiendo por Iglesia a los curas, a las monjitas y a los laicos- no consiste en preservar ceremoniales, templos, misales, vestidos coronas o colguijes, por más bonitos y más valiosos que estos sean, son en todo caso el medio, no el objetivo. El compromiso de la Iglesia con Dios es el de ayudar a la salvación de las almas, empezando por la propia, y siguiendo a las de aquellos que están a nuestro cuidado o influencia en los diversos matices de la vocación.
Francisco lo entendió mucho antes que yo. Lo entendió y trabajó en consecuencia, a costa de la incomprensión de quienes no lo comprendíamos. Lo entendió y asumió esa vocación plenamente hasta el final de sus de sus días, navegando en un mar de tensiones entre un progresismo ensoberbecido por sus victorias culturales y un conservadurismo que -tentado por la desesperanza- se acerca, un pasito tras otro, al abismo farisaico.
Francisco lo comprendió al mantener, aunque sea con alfileres, la unidad de la iglesia en Alemania, al abrir una nueva ruta de sinodalidad, al tender las redes como digno heredero de Pedro, para llegar a millones de personas que se habían alejado de la Iglesia.
Dicho lo dicho, al enfrentar la tarea de reflexionar y darle diagnóstico a los años de Francisco, estoy convencido de que fue para bien. No sé si el Papa Francisco será santo, ni si será súbito.
Sé que no fue perfecto, pero también sé que sinceramente actuó con el objetivo de cumplir la misión a la que lo inspiró el Espíritu Santo. Hace 11 años le preguntaron a Francisco sobre cómo quería que lo recordaran y dijo: como “un buen tipo”, alguien que “hizo lo que pudo… no fue tan malo”, y me parece un epitafio impecable. A la vuelta de los años, Francisco se ha ganado el mejor testimonio que podemos dar sobre una persona: hizo lo que pudo, a nadie se le puede pedir más que eso.
Que Francisco descanse en paz. Que la Iglesia encuentre el siguiente paso en su camino. Que los fieles salvemos nuestras almas, y que sea todo para bien.





