Mil años después, en 1804, Napoleón Bonaparte exigió la presencia del Papa Pío VII en su coronación, pero se negó a dejar que le pusiera la corona; la tomó él mismo y se la colocó, como declaración de que la autoridad política ya no dependía de la Iglesia, sino que la utilizaba como chapa y pintura.
Hoy, cuando los líderes políticos se reúnen sonrientes con el Papa León XIV, parecía repetirse la misma dramaturgia: el poder no busca a la Providencia, busca legitimidad, la foto con el pontífice funciona como sacramento vacío, un ritual secular que bendice la imagen de quienes ya no logran sostenerse solo con sus obras.
A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, dice la Escritura. Pero el César moderno es astuto: desprecia a la Iglesia cuando cree no necesitarla y corre hacia ella cuando la legitimidad se le escapa de las manos.
La escenografía del poder
No resulta alarmante pensar que muchos de los gobernantes que peregrinan a Roma no lo hacen como penitentes que buscan la redención, sino muchas veces como una suerte de Judas a quienes les importa más lo que dicen que lo que muestran. Como en una liturgia política, los gestos, las sonrisas y las manos estrechadas comunican más que los discursos. El poder terrenal se reviste de sacralidad, y aunque nadie espere que de esas reuniones emanen soluciones concretas y reales, la imagen es suficiente: transmite estabilidad, moralidad y trascendencia.
Es el teatro de la aprobación. La Iglesia, tantas veces ninguneada en la vida pública, vuelve a ocupar el centro del escenario cuando los políticos sienten la necesidad de algo que las encuestas o las campañas no les dan: un aura moral. No buscan la fe, buscan la bendición simbólica. El Papa es entonces icono, no profeta; parte del decorado, no del cuestionamiento. Nadie espera milagros, pero todos quieren ese encuentro personal, no con Cristo, sino con el romano pontífice. La foto resultante dura más que la fe, y en los noticieros vale más un gesto solemne que una promesa cumplida.
Sin embargo, detrás de la solemnidad de un rito pagano siempre se esconde un vacío. El Evangelio habla de pobres, marginados y excluidos, pero los verdaderos protagonistas de ese mensaje están ausentes de la mesa. Afuera, las desigualdades siguen creciendo, los exiliados continúan partiendo, y los sistemas políticos se resquebrajan. Dentro, en cambio, se proclama paz y unidad entre mármoles y lámparas doradas. Es la paradoja: lo sagrado se invoca, pero no se escucha.
Entre la secularización y el respeto
Paradójicamente, la misma sociedad que proclama la secularización termina corriendo hacia el pontífice en momentos de crisis o duelo. Se afirma con solemnidad que “Dios ha muerto” y que el hombre moderno ya no necesita lo divino. Pero basta un funeral papal, como el del recientemente fallecido Papa Francisco, o una cumbre política para que la modernidad y autonomía de la que todos hacían alarde se ponga en un segundo plano. Así, cuando muere un papa, los presidentes hacen fila para darle un último adiós, como si temieran quedarse sin seguro de eternidad.
Esa contradicción revela algo profundo: aunque los discursos oficiales hablen de la autonomía de lo político frente a lo religioso, hay un respeto implícito que no desaparece. La Iglesia está inscrita en el corazón de occidente de un modo que ni la libertad, la igualdad y la fraternidad más radical han podido borrar. Tal vez sea el eco de siglos en que lo sagrado preponderaba sobre lo político; o quizá la conciencia, aún inconsciente, de que lo humano sin horizontes divinos es un puro cálculo desalmado.
Así pues, para muchos, la reunión con el Papa León XIV es un reconocimiento tácito de que la autoridad religiosa conserva un peso simbólico ineludible. Por más que se declare la emancipación, este ritual deja en claro la incapacidad de la política contemporánea para procurarse por sí sola.
La Iglesia, a pesar de “carecer” de poder institucional, sigue ofreciendo lo que ninguna otra instancia puede dar: una continuidad que trasciende lo terreno. Además, la Iglesia, la eterna intercesora, ya no intercede solo ante Dios, sino también ante los hombres.
No son pocas las veces que, pese a la existencia de organismos internacionales, se ha buscado a la Iglesia como mediadora. Basta recordar el papel de san Juan Pablo II para encauzar numerosos conflictos, demostrando que aunque la política se jacte de autosuficiencia, cuando la historia se complica, vuelve sus ojos a Roma.
Sin embargo, la legitimidad perseguida no se reparte en forma de sacramento. El verdadero valor de la fe, de la Iglesia, no está en la foto ni en ese saludo formal, sino en la vida cotidiana de quienes, lejos de los reflectores, trabajan por un mundo más justo. Porque la fe nunca fue un adorno para coronas ni un aplauso para los poderosos: nació como palabra incómoda que cuestiona a los reinos y habla de incondicionalidad, no que bendice coronas.
Y aún así, siempre queda la esperanza. La Iglesia no cierra sus puertas: espera como el padre en la parábola del hijo pródigo, con los brazos abiertos. Por eso el Papa seguirá recibiendo a los poderosos, y por eso muchos seguiremos alegrándonos: porque aunque insistan en proclamar la secularización, aunque crean que tienen todo bajo control, siempre habrá un lugar al que volver. La esperanza es que en esta casa nadie queda fuera, y que el regreso, aunque tarde, siempre sea posible.





