I
No pretendo aquí hacer ciencia política; o, cuando menos, no en el sentido en que actualmente se (mal)entiende la disciplina. En todo caso, me inspiran más los viejos griegos que mis contemporáneos, pues cuando menos aquéllos sabían que no sabían, y éstos, embrollados en el lodazal de la autocomplacencia, parecen a veces creer que poseen un saber del que casi nada entienden.
He perdido las ganas de entrar en una discusión respecto de lo que ha pasado con nuestro país (por decir nada del mundo) en los últimos meses. La pandemia fue quizá un bostezo de la humanidad antes de soltar las cadenas de la perversidad humana. Hoy asistimos al retorno de barbarismos cuyas novedades no eclipsan su deuda con el pasado. El principal problema no es, como pudiera pensarse, la violencia o la corrupción, sino la estupidez. El mundo le pertenece a los estultos, a diabólicos bufones que conquistan el poder con sonrisas y vulgares risotadas convenciendo a públicos estúpidos que toda seriedad esconde una no tan secreta voluntad de poder. Y, frente a la estupidez, ¿qué es de los mejores argumentos, que terminan siendo manufacturados, convirtiéndose en leyendas en tazas y playeras que el homo economicus devora con la mirada perdida en el vacío que es su interioridad? ¿Quién optaría por el diálogo con una sociedad que abraza la servitude volontaire retweeteando feliz la estupidez del momento? ¿De dónde sacar el ánimo para enfrentar a una masa uniforme que es sabiamente alimentada con bits de información cuidadosamente seleccionada a fin de producir dóciles corderillos antropomorfos?
Nadie se llame, entonces, a enojo, molestia u ojeriza ante unas cuantas reflexiones de alguien que quiere explicarse una realidad cada día menos digna de ser pensada y, precisamente por ello, mucho más urgida de ser entendida.
II
La elección del 2 de junio de 2024 marca el final del experimento democrático mexicano, que despuntó en el último cuarto del siglo XX. Contra quienes pretenden engañarse, no existen, al día de hoy, elementos que nos permitan imaginar un retorno democrático. La pregunta que lanza Yascha Mounk en The People vs Democracy parece haber sido respondida: estamos ya no ante un momento populista, sino en los albores de una era populista.
Semejante pesimismo, tan incómodo en la tercera década del siglo XXI, está no obstante anclado en la historia. En el caso mexicano, el despertar democrático es evidentemente deudor de la ola democrática que siguió al debilitamiento del comunismo y la eventual caída del Muro de Berlín en 1989. La hegemonía norteamericana fue el suelo fértil sobre el que se ensayó un viraje global a la democracia. Bajo la autoridad de Estados Unidos se impulsó la institucionalización internacional de mayor calado en la historia de la humanidad, buscando operacionalizar los principios de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 a fin de provocar un orden internacional pacífico—mismo que, debemos reconocer, expediría un cheque en blanco al hegemón para hacer y deshacer a gusto.
Los ataques terroristas del 11 de septiembre en Nueva York marcarían, a su vez, el punto de inflexión que dio inicio a la crisis democrática en la cual nos encontramos hoy. Tras los ataques, la administración Bush desmanteló, en la práctica, el orden internacional, ignorando cualquier límite o autoridad de todo lo que no fuera el poderío norteamericano. Asimismo, a nivel interior Estados Unidos perdió su calidad democrática, aprobando la Patriotic Act, que otorgó al gobierno norteamericano derechos para una vigilancia permanente —un poder que abrió la posibilidad de transformar a Estados Unidos en la Oceanía orwelliana— y al uso de técnicas y estrategias de contraterrorismo susceptibles de violar derechos humanos básicos.
La democratización mexicana se subió al tren de la democratización en un momento en que el mundo entero estaba apostando por los regímenes libres. La mala noticia es, por supuesto, que nuestro país se ha subido nuevamente en el tren de la tendencia histórica, que ahora apunta hacia el fortalecimiento de los regímenes autoritarios. ¿De dónde, pues, saldrán las fuerzas cívicas e ideológicas capaces de una contrarrevolución que redireccione a la humanidad? ¿Quiénes son hoy los líderes que inclinan la balanza del poder hacia la libertad antes que hacia la esclavitud del poder personalizado? Un ejercicio de honestidad debe obligarnos a reconocer que hoy las fábricas de ciudadanía democrática están abandonadas, sus engranajes rotos, mientras las comunidades están ocupadas corriendo al encuentro de sus cadenas, adorando a sus nuevos amos.
III
La elección pasada dejó en evidencia varias características de la sociedad mexicana—no del “Pueblo”, ese que no existe porque es irrepresentable y que los nuevos populismos quieren resucitar a fuerza de retórica. La más importante de estas características, creo, fue el asfixiante antagonismo social que reina en el país—y que es, asimismo, otra macrotendencia que estamos importando con dócil estupidez.
En los días que siguieron a la jornada electoral, una inmensidad de mensajes, memes, reflexiones, manifiestos, videos y demás saturaron las redes sociales. En una deliciosa ironía histórica, muchos de la oposición, desilusionados con los resultados, se alinearon de inmediato con la mentalidad de ese a quien tanto desprecian, denunciando acaloradamente un fraude a todas luces inexistente. Al volverse imposible mantener la teoría del fraude con módica dignidad, muchos dentro del anti-obradorismo fueron aún más lejos, mimetizándose aun más con su némesis —testimonio de que los radicalismos y fanatismos terminan al final por mostrarse hermanados en su odio.
El cartel que se reproduce en esta sección muestra una de las “respuestas” de la oposición a la elección: ellos votaron por Morena, que ese partido político —que no es un movimiento, ni una esperanza, ni una transformación sino eso, un partido que representa ciudadanos— se encargue de ellos. En un viraje digno de Ayn Rand, muchos decretaron el fin de la comunidad y la lógica solidaria: esta oposición fúrica pagó el “al diablo las instituciones” de López Obrador con un “al diablo los conciudadanos, al diablo el vecino, al diablo el necesitado”. Ese infame grupo de la oposición —que en 2006 había denunciado justamente las manías de un candidato presidencial que, perdiendo, había querido incendiar al país con el fuego de su resentimiento— le rinde hoy culto al autoritarismo precisamente al afirmar la lógica del “nosotros contra ellos”. ¡Y lo hace en nombre de la democracia! La enseñanza es rotunda: se han acabado los demócratas.
Un segundo ejemplo lo representa un grupo de videos, reflexiones y reacciones al resultado electoral que encuentra un digno representante en el tweet del impresentable Eduardo Verástegui del 5 de junio, donde afirma que México dio la espalda a Dios y que “lo que pasó el 2 de junio es una falta de respeto a los mártires mexicanos”.
Verástegui representa la reacción ultraderechista al populismo lopezobradorista —que no es, por cierto, de izquierda, sino que se ubica más bien en la derecha autoritaria con un discurso económico con notas de izquierda. Junto con este desafortunado tweet aparecieron videos de jóvenes mexicanos hablando de Guadalupe y de Cristo y de la posibilidad de recobrar nuestro país para ellos. El celo teopolítico pretende identificar la civitas terrena y la civitas Dei, convirtiendo una elección política, que por su misma definición se inscribe en la terrenalidad, en un referendo sobre Dios. El Reino de Cristo, sin embargo, no pertenece a este mundo (Jn 18:36).
Verástegui adopta igualmente la estrategia de “nosotros contra ustedes”, el antagonismo convertido en programa político. Cristo rechaza dicha lógica: Él no hace de lado a nadie, más bien lo atrae todo hacia sí; Él no condena, sino perdona, sana, libera; Él no conquista por la espada, se inmola en una cruz desde donde celebra las nupcias de Dios con su creación. Este viraje al antagonismo es un profundo error del que el experimento teopolítico de Verástegui y compañía es su ejemplo más perverso. Dios es amor y, por ende, unión: “Para que todos sean uno, así como nosotros somos uno”, dice Cristo al Padre en la oración sacerdotal.
IV
Digamos algo más. Abandonemos la enfermedad teopolítica y ubiquémonos en lo que Claude Lefort llama la politique —que distingue de le politique, del proceso de dar forma y sentido a la comunidad humana—, en la competencia por cargos políticos y la administración de ciudades. Cerremos esta reflexión llevando el pensamiento a ras de suelo, entonces, y preguntemos por esos que dicen querer regresar al país al camino de la libertad, por las oposiciones y su mortal enfermedad.
En una frase, es menester afirmar que, hoy, México carece de una oposición democrática. Contra muchos, defendí mi convicción de que Xóchitl Gálvez no era una candidata digna de la oposición, algo que me valió una buena cantidad de reproches y críticas de parte de los grupos más comprometidos con la nostalgia blanquiazul. ¿Debíamos aceptar realmente que ella era lo único que teníamos? Nadie podrá jamás contestar a esta pregunta que, sin embargo, no deja de exigir ser pensada. Independientemente de la respuesta, no deja de ser lamentable que Gálvez haya sido la opción más robusta que pudieron encontrar tres partidos políticos que, en 2021, representaban alrededor de 38 por ciento de la población en la Cámara Baja. Xóchitl Gálvez parece ser un síntoma (¿una víctima?) del desdibujado sistema de partidos mexicano, el producto de partidos cacht-all desfondados ideológicamente y sin más objetivo que hacer dinero. Su vulgaridad y populachería es el espejo donde podemos ver reflejada la crisis de una oposición que terminó sacrificando todo esperando ingenuamente maximizar votos. Vista desde esta lógica, Gálvez es la monstruosidad creada por el matrimonio antinatural del otrora hegemónico PRI y el otrora democrático PAN (el último PRD puede verse, quizá, como el hijo tímido y con problemas emocionales de tan nefasto matrimonio).
El perredismo se convirtió en historia. So it goes. El único partido que, cuando menos, intentó presentar una opción auténticamente de izquierda en México, ha desaparecido, y es algo que debería preocuparnos. El PRI está en franco proceso de putrefacción. Es una crisálida que ha mudado de piel, dejando una carcasa inerte al tiempo que extiende sus alas en busca de nuevos néctares. La fábula del PRIAN fue la historia perfecta para consolidar la (kafkiana, evidentemente) metamorfosis, una auténtica transmigración del alma priísta a Morena. Este PRIAN es una fábula, vale insistir, porque el PAN yace muerto hace décadas, y lo que se arrejuntó con el PRI fue algo ya pútrido, mera carcasa de algo que existió pero que hoy es, y será, nadie lo dude, incapaz de emitir la luz que antaño irradió.
El sistema de partidos mexicano ha vuelto, en conclusión, a su momento autoritario. López Obrador ha hecho lo único que siempre ha sabido hacer: insistir en el regreso al presidencialismo más rancio y autoritario, a saber, aquel en el que se formó en las décadas de los sesenta y setenta. El espíritu del PRI ha reencarnado en un movimiento poderosísimo que conjuga la vieja sabiduría del partido colectivista, la propaganda revolucionaria (hoy “transformadora”), las aplanadoras electorales y la cuidadosa conformación de fuerzas partidistas satelitales (hoy PT y PVEM, este último partidillo de quinta, recordatorio de que, en México, la democracia nunca llegó por completo).
V
¿Qué hacer, entonces, cara a una realidad que se antoja casi invencible? ¿Cómo recobrarnos de la derrota y volver a creer? ¿Qué artilugio nos permitirá, quizá por primera vez, aprender de lo que ha ocurrido para poner manos a la obra y preparar un antídoto?
Partamos de un acto de honestidad. Las posibilidades reales de que podamos ver un regreso a la democracia en México pintan flacas, por decirlo optimistamente. México es un terreno fértil para el antagonismo y el resentimiento social: el país está sumido en la ignorancia, la desigualdad y la corrupción. Los partidos políticos, lo he dicho ya, no representan respuesta alguna, son cadáveres que no han caído en cuenta de que están muertos. Y la ciudadanía, ese bello México del que a veces nos gusta hablar, es un compuesto bastante esquizofrénico de luces y sombras, las más veces siendo la bondad dominada por la podredumbre y la violencia.
Y, sin embargo, algo tendríamos que hacer. Y ello es, me parece, generar el primer movimiento de educación cívica en el país. No cabe duda de que los males de México se deben en gran medida de la ignorancia. En México no hay ciudadanos porque no se les ha educado. Nuestro sistema educativo es lamentable, por no decir, contraproducente. En el mejor de los casos, la educación es educación de profesionista; en el peor, es un laboratorio de resentimientos, violencias, prejuicios y enfermedades sociales. Y, bajo Morena, la cosa irá peor. La educación regresará, en el espíritu priísta, a ser adoctrinamiento. La educación será retórica del más vulgar nacionalismo. Los patrioteros serán morenistas pero no demócratas. Quienes opten por una educación tecnocrática, serán quizá libertarios randianos que hayan abandonado toda solidaridad, toda esperanza en el bien común.
En la encrucijada, solamente una refundación de lo social puede salvarnos. Lo social es el espacio de la solidaridad y del bien común. Implica cuando menos (a) la estable convicción de todos los ciudadanos de que el otro (y la otra, por supuesto), el diferente no es un pretexto para la limosna sino una invitación a adentrarme en un horizonte nuevo. El diferente es necesario en tanto que complemento, correlato y respuesta al problema de mi propia incompletitud. (b) Será necesario también comprender, a manera de corolarios de la incompletitud ontológica, las estructuras antropológicas fundamentales de la dependencia, responsabilidad y solidaridad, que ejemplifican y marcan un camino hacia la construcción de comunidad. Sólo quien se entiende necesitado del otro es capaz de salir a su encuentro de brazos abiertos. (c) Finalmente, la democracia exige de estos ciudadanos ontológicamente relacionales habilidades que le permitan en la práctica hacer comunidad: pensamiento crítico, una sana tensión entre cosmopolitanismo y patriotismo, una cultura universal básica, empatía, y habilidad dialógica.
El camino es largo y exige atravesar montañas rocosas y tormentas eléctricas, sin prometer en ningún momento felicidad ni reposo ni recompensa alguna. Y, sin embargo, ¿qué haremos en este mundo sino buscar insistentemente un mundo más justo, más humano y más libre? ¿Qué sería del ser humano si pierde su idealismo? La respuesta es simple: ese ser humano se convertiría en el que es en este momento.





