Agosto fue, como cada año, un mes particular para mi querida nación: el Paraguay. Dentro de nuestra cultura, agosto es percibido como un mes largo, denso, difícil de atravesar. Popularmente, se le conoce como el mes de las “vacas flacas”, quizá porque tanto julio como agosto tienen 31 días, y eso da la sensación de que se extiende más de lo normal. Pero también hay algo más profundo: una carga simbólica, espiritual, heredada y sentida.
Es por eso que, cada 1 de agosto, miles de paraguayos toman carrulim en ayunas: una bebida ancestral compuesta de caña, ruda y limón —de ahí su nombre, siendo un acrónimo de sus ingredientes. Esta tradición, reconocida oficialmente como Patrimonio Cultural Inmaterial del Paraguay en 2019[1], se bebe en ayunas y siete tragos para espantar la mala suerte, purificar el cuerpo y atraer bonanza para el mes más áspero del calendario nacional.
Pero agosto es mucho más que carrulim. Es el mes de nuestra bandera, del idioma guaraní, del folclore, de la niñez, y también de nuestra fundación como nación. El 15 de agosto celebramos la fundación de Asunción, llamada con razón “Madre de Ciudades”. Este año, además, Paraguay fue sede de los Juegos Panamericanos Junior, que atrajeron a miles de visitantes a nuestra capital, recordando que seguimos existiendo, resistiendo y relevando.
Asunción, madre de ciudades
Asunción es, quizás, históricamente, una de las ciudades más importantes de Suramérica. El 15 de agosto de 1537, Asunción fue fundada y denominada “Nuestra Señora Santa María de la Asunción” en conmemoración a la fecha de la Asunción de la Virgen María por sus fundadores: Juan de Salazar y Espinosa y Gonzalo de Mendoza.
Fue un punto estratégico para los españoles debido a su ubicación estratégica a las orillas del actual Río Paraguay que conecta con todo el Río de la plata, y la presencia los guaraníes, una tribu bastante cooperativa. Gracias a estos factores, los españoles pudieron extender la conquista a otros territorios habitados por tribus caníbales y hostiles[2].
A pesar de que los guaraníes también tenían rituales de antropofagia, estos eran mucho más pacíficos y dados a las alianzas, también como método de defensa y perpetuación de sus tribus. Estos se convirtieron en aliados militares de los conquistadores españoles.
Entonces, desde Asunción, los españoles podían partir a otros territorios y combatir a las demás tribus, como los Mbayás o Payaguas, quienes eran difícil de someter debido a su alta experiencia en combates y conocimiento del territorio. Estás tribus ingerían la carne de sus enemigos en rituales a modo de recibir la energía guerrera de estos[3].
Fue así como Asunción, sirvió como un centro estratégico para la fundación de otras ciudades en Suramérica, como lo fueron Villarrica del Espíritu Santo, Santa Cruz de la Sierra, Corrientes, Santa Fe y nada más y nada menos que Buenos Aires. Son estas fundaciones que atribuyen a Asunción el apodo de “madre de ciudades”.
Además, con el paso del tiempo, los españoles establecieron relaciones con las mujeres guaraníes lo que daría origen al mestizaje paraguayo y a la perpetuación del idioma guaraní y su dialecto con el español llamado “jopará”, término que significa “mezcla” en el idioma nativo. Esto eventualmente daría nacimiento a un sentimiento de identidad y sentido de patria, lo cual daría nacimiento al Paraguay.
Paraguay: tierra de promesas
Tras la independencia del Paraguay en 1811, el país comenzó a construir su identidad nacional en condiciones únicas. Uno de los primeros grandes líderes fue el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, quien instauró una dictadura republicana basada en la autosuficiencia y el aislamiento del mundo exterior. Si bien su figura es polémica, su proyecto buscaba una soberanía total frente a intereses externos, en una época donde América Latina aún definía sus fronteras y destinos.
Años después, ya con la presidencia constitucional de Carlos Antonio López, Paraguay inició un proceso de apertura, modernización e industrialización inéditos en la región. Durante las décadas de 1840 y 1850, el país invirtió en educación, infraestructura, siderurgia, telégrafo, ferrocarriles y astilleros. Muchos viajeros y diplomáticos extranjeros quedaron sorprendidos por el nivel de desarrollo alcanzado por una nación sin deuda externa ni intervención extranjera. Uno de ellos, Carlos Calvo, diplomático argentino y representante del Paraguay ante Inglaterra, llegó a afirmar que Paraguay había alcanzado un grado de civilización superior al de varias repúblicas sudamericanas y hasta de algunos estados europeos[4].
En paralelo, el mestizaje entre españoles y guaraníes ya se había consolidado como una fuente de riqueza cultural. El idioma guaraní —ya en ese entonces hablado por gran parte de la población— convivía naturalmente con el castellano en una síntesis lingüística llamada jopará, que significa “mezcla”. Esta dualidad lingüística se convirtió en una seña de identidad nacional. La bandera tricolor, adoptada en 1812 e institucionalizada por el Congreso, en 1842, bajo el gobierno de López, terminó de consolidar la imagen simbólica de la patria: rojo por la justicia, blanco por la paz, azul por la libertad.
Paraguay incluso se permitió una rareza heráldica: es la única bandera del mundo con dos escudos distintos en cada lado. En el anverso, el escudo de la república, con la estrella rodeada de palma y olivo. En el reverso, el león con el gorro frigio, símbolo de valor y defensa de la libertad.
Todo indicaba que Paraguay estaba destinado a convertirse en una nación modelo en el Cono Sur. Su economía era autosustentable, su sociedad tenía altos niveles de alfabetización y su administración pública funcionaba con orden. Era, como suele decirse, una “promesa continental”.
Pero esa promesa fue brutalmente interrumpida.
Paraguay: tierra de martirio
A la muerte de Carlos Antonio López lo sucedió su hijo, Francisco Solano López, figura central en la historia paraguaya y, probablemente, la más debatida. Para algunos, es el máximo héroe de la patria; para otros, el máximo traidor. Lo cierto es que su nombre está inevitablemente ligado a la tragedia nacional: la Guerra de la Triple Alianza (1864–1870).
Aquella guerra —la mayor del continente hasta hoy— enfrentó a Paraguay contra Brasil, Argentina y Uruguay. Lo que los aliados pensaban que sería una campaña breve, se convirtió en un conflicto prolongado de casi seis años. El resultado fue devastador: se estima que Paraguay perdió entre el 60 % y el 70 % de su población total, y hasta el 90 % de su población masculina en edad de combate[5]. Fue una guerra de exterminio.
El país quedó arrasado. Las ciudades fueron ocupadas, los recursos saqueados, y la estructura estatal completamente desmantelada. La reconstrucción nacional quedó en manos de mujeres, ancianos y niños. Aun así, Paraguay resistió hasta el final, y esa resistencia fue escrita con sangre y dolor.
Uno de los episodios más trágicos —y a la vez más conmovedores— ocurrió el 16 de agosto de 1869, en lo que se conoce como la batalla de Acosta Ñu. Para entonces, ya casi no quedaban soldados adultos en Paraguay. El ejército nacional estaba compuesto en su mayoría por niños de entre 9 y 15 años, acompañados por mujeres y algunos ancianos, sin armas, mayormente con machetes, piedras, palos y agua hirviente. Frente a ellos: 20 mil soldados aliados, con armamento y órdenes claras de avanzar.
La historia oficial durante mucho tiempo intentó suavizar este hecho, alegando que los niños llevaban barbas pintadas con carbón y vestían uniformes de adultos, como si eso hubiese engañado a los invasores. Pero esa versión ha sido desmontada por historiadores serios: la diferencia entre un niño y un adulto no puede disfrazarse con pintura. Lo ocurrido ese día no fue una batalla: fue una masacre. Y peor aún, luego de la matanza, los campos fueron incendiados para acabar con los cuerpos aún agonizantes, según múltiples relatos históricos[6].
¿Quién tuvo la culpa? Algunos apuntan a Solano López, que se negó a rendirse. Otros responsabilizan a los aliados por haber cometido crímenes atroces e inhumanos. Lo cierto es que ese día, el alma del Paraguay quedó marcada para siempre.
Desde entonces, cada 16 de agosto se conmemora el Día del Niño en Paraguay, no como un día de regalos, sino como un acto de memoria. En honor a esos niños que, en el amanecer de sus vidas, se convirtieron en mártires de la patria.
Este hecho explica, al menos en parte, el sentimiento colectivo de tristeza, aflicción e impotencia que aún hoy anida en el corazón paraguayo. Una suerte de “duelo nacional sin cerrar”. Como si hubiéramos sido despojados del futuro que una vez nos pertenecía. Es cierto que sería simplista culpar de todos nuestros males a esa guerra. Pero también sería necio ignorarla si de verdad queremos entender quiénes somos.
Paraguay: Tierra de milagros y folclore
A pesar de ese oscuro episodio del Paraguay como nación, nuestra cultura, idioma e identidad han sobrevivido milagrosamente. Y no solo eso: preservó su alma. Este milagro es digno de estudiar y apreciar.
El idioma guaraní, que era la lengua de los vencidos, no fue erradicado. Al contrario, resistió, se mezcló, y se convirtió en un símbolo de identidad nacional. El jopará —esa fusión cotidiana entre guaraní y español— se apoderó de nuestras calles, escuelas y canciones. El pueblo paraguayo, lejos de renegar de su raíz, la abraza con orgullo, y en ella encuentra refugio y sentido.
Nuestra cultura, también golpeada, se rearmó con lo que quedó en pie: la gastronomía popular con la chipa, el mbeju, la sopa paraguaya, el cocido y el tereré. Las leyendas y los mitos, como el pombero, el luisón, el jasy jatere. Las celebraciones tradicionales como el San Juan Ára, o las expresiones artísticas como la danza de la botella, la guarania, el arpa, el ñandutí.
Nada de esto fue institucionalmente protegido en su origen. Fue el pueblo —el alma colectiva de los que quedaron— quien custodió ese patrimonio inmaterial con celo y amor. Y por eso, lo que debería haberse perdido bajo cenizas, floreció como milagro.
Cada 22 de agosto, celebramos el Día del Folclore Paraguayo, y el 25 de agosto, el Día del Idioma Guaraní. Son fechas que, más que homenajear el pasado, nos recuerdan que todavía estamos vivos. Que todavía somos.
Quizás, el mayor milagro paraguayo no sea haber ganado batallas ni levantado ciudades, sino haber resistido al olvido. En un continente donde muchas lenguas y culturas originarias desaparecieron, el Paraguay supo preservar lo suyo. Contra toda predicción, seguimos hablando guaraní. Seguimos bailando. Seguimos creando. Seguimos soñando.
Y quizás —solo quizás— la cura para ese eterno “hubiera” que llevamos como herida en el pecho, no esté en reescribir el pasado, sino en retomar aquel impulso interrumpido. En despertar esa promesa que una vez fuimos. En reconstruir lo que nos arrebataron, con la fuerza de quienes no se rinden.
Y parafraseando al Dr. Fernando Griffith, “Dios nos dio a todos el regalo de la vida, pero solo a algunos nos dio el privilegio de ser paraguayos”[7].
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[1] Secretaría Nacional de Cultura del Paraguay. (2019, 29 de julio). Carrulim, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial del Paraguay. https://www.cultura.gov.py
[2] Instituto de Historia y Cultura Militar. (2008). Fundación de Asunción y su rol en la conquista del Río de la Plata. Ministerio de Defensa Nacional del Paraguay.
[3] Perasso, M. (2011). Los guaraníes en la época colonial: entre la alianza y la resistencia. Revista Paraguaya de Antropología, 25(1), 89–112.
[4] Calvo, C. (1864). Una página de derecho internacional o La América del Sur ante la ciencia del derecho de gentes moderno. París: Imprenta de A. Lahure.
[5] Whigham, T. L. (2002). The Paraguayan War: Causes and early conduct. Lincoln: University of Nebraska Press.
[6] Centurión, J. (1971). Memorias o reminiscencias históricas sobre la guerra del Paraguay. Asunción: Editorial El Lector.
[7] Centro Familiar Cristiano. (2023, junio 12). PLENARIA 6 | Dr. Fernando Griffith [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=JoPFz24az-s





