Su vida es, sobre todo, un testimonio de fe, servicio y disponibilidad a la voluntad de Dios.
En entrevista con Guillermo Torres Quiroz, el prelado compartió episodios profundamente humanos de su infancia, vocación sacerdotal y misión diplomática al servicio de la Santa Sede.
Monseñor Ramón Castro nació el 27 de enero de 1956 en Teocuitatlán de Corona, Jalisco, en una familia marcada por la vida pública y la fe. Su padre, Santiago Castro Sagún, estuvo vinculado a la política local y llegó a ser presidente municipal. Sin embargo, murió joven a causa de un accidente a caballo, dejando a su esposa, Guadalupe Castro Díaz, viuda y con la responsabilidad de sacar adelante a sus hijos.
Tras enviudar, su madre decidió buscar mejores oportunidades y se trasladó con su familia a Tijuana, con la esperanza de acercarse al llamado “sueño americano”. Ahí, Monseñor Castro creció desde los tres años y medio hasta su juventud. Aunque se formó en el norte del país, nunca perdió sus raíces jaliscienses, pues su madre y otros familiares se encargaron de conservar en casa las tradiciones, el ambiente y la identidad de Jalisco.
Su infancia, según recuerda, fue profundamente bendecida. Habla de su madre como una mujer sacrificada, entregada al trabajo y completamente dedicada a sus hijos. Nunca buscó sustituir la figura del padre, sino asumir con fortaleza y amor la misión de educarlos y acompañarlos. Esa entrega materna fue también el primer gran testimonio de fe que marcó la vida del futuro obispo.
La fe llegó a su vida de forma sencilla, cotidiana y persistente. En Cuaresma, su madre reunía a la familia para rezar el rosario de rodillas. Como adolescente, él reconocía que a veces intentaba escaparse de aquellos momentos largos de oración. Sin embargo, con el tiempo comprendió la profundidad de esa formación espiritual. También recuerda que su madre no lo dejaba dormir sin antes rezar, agradecer a Dios y encomendarse a Él. Esa disciplina de oración fue sembrando en su corazón una sensibilidad religiosa que después daría fruto.
Antes de pensar en el sacerdocio, Ramón Castro quería ser médico. Su deseo era servir a los demás desde la medicina. Incluso cursó una preparatoria orientada a análisis clínicos, convencido de que ése sería su camino. Pero en su vida apareció una mujer católica, dueña de un local del mercado donde él trabajaba, que insistía en decirle: “Tú tienes vocación sacerdotal”. Él respondía que quería ser doctor, pero aquella semilla quedó plantada.
El momento decisivo llegó cuando un amigo cercano, que había ingresado al seminario, lo invitó a visitarlo. Al entrar al seminario experimentó una paz profunda, distinta a todo lo que había sentido antes. Esa paz se convirtió en una pregunta interior: ¿será que Dios me llama por aquí? A partir de entonces inició un proceso de discernimiento acompañado por sacerdotes formadores.
La decisión no fue fácil para su familia. Su madre y su hermano tomaron muy mal la noticia. Incluso dejaron de hablarle por un tiempo y le retiraron el apoyo económico con la esperanza de que desistiera. Su madre soñaba con tener muchos nietos y sentía que el seminario le arrebataba esa posibilidad. Sin embargo, con el paso de los años comprendieron que se trataba de una verdadera vocación. Más tarde, su madre llegó a acompañarlo en distintas etapas de su ministerio y vivió con alegría su camino sacerdotal y episcopal.
Fue ordenado sacerdote el 13 de mayo de 1982 por Monseñor Juan Jesús Posadas Ocampo, entonces obispo de Tijuana. Poco después, la Providencia lo conduciría por caminos inesperados. Aunque él y otros compañeros habían firmado un compromiso de no pedir ser enviados a estudiar al extranjero, su nuevo obispo, Monseñor Emilio Berlie Belaunzarán, decidió enviarlo primero a España y luego a Roma.
En España estudió teología espiritual en la Facultad de Teología del Norte de España, en Burgos. Posteriormente fue enviado a Roma, donde concluyó la licenciatura en teología espiritual en el Teresianum, de los Padres Carmelitas. Ahí nació también su profunda admiración por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, a quienes considera cumbres de la mística cristiana.
Pero Dios tenía aún otros planes. En Roma fue llamado al servicio diplomático de la Santa Sede. Esto implicó estudiar derecho canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana, perfeccionar idiomas y formarse en la Pontificia Academia Eclesiástica. Al concluir su preparación, fue enviado a Zambia y Malawi, donde vivió experiencias intensas al servicio de la Iglesia.
En Malawi, durante la dictadura de Hastings Banda, le tocó proteger y trasladar secretamente a obispos perseguidos tras la publicación de una carta pastoral crítica del régimen. En una ocasión llevó oculto en la cajuela de un vehículo diplomático a un obispo irlandés amenazado de muerte. Aquella experiencia le hizo comprender de forma concreta cómo la diplomacia de la Santa Sede puede servir a la libertad religiosa y a la vida de la Iglesia local.
Después fue enviado de emergencia a Angola, en plena guerra civil, para apoyar la preparación de la visita de San Juan Pablo II. Ahí fue testigo de escenas dolorosas: misioneros heridos, seminaristas asesinados, cadáveres en las calles y una nunciatura bajo fuego. Pero también vivió momentos luminosos junto al Papa polaco. Recuerda con emoción la humanidad de Juan Pablo II, su cercanía, su sentido del humor y su sensibilidad ante el sufrimiento de los pobres y enfermos.
Una de las anécdotas más impactantes fue la curación de un joven con cáncer terminal después de que el Papa orara por él e impusiera sus manos. El hecho fue comunicado a la Santa Sede, que pidió discreción para evitar que la figura del Papa fuera reducida a la de un sanador. Para Monseñor Castro, haber sido testigo de ese milagro fue una gracia inmensa.
Más tarde fue destinado a Ucrania, donde conoció de cerca las heridas dejadas por el comunismo y la compleja relación entre católicos bizantinos, ortodoxos y latinos. Luego llegó a Venezuela, en los años de transición hacia el chavismo, donde presenció el ascenso de Hugo Chávez y los primeros signos de un proyecto político que transformaría profundamente al país.
La vida de Monseñor Ramón Castro es la de un pastor formado en el servicio, la obediencia y la misión. Desde Tijuana hasta Roma, desde África hasta Europa del Este y América Latina, su camino revela una constante: la certeza de que Dios guía la historia incluso en medio de la incertidumbre. Su testimonio recuerda que la vocación cristiana no es comodidad, sino entrega; no es cálculo, sino confianza; no es prestigio, sino servicio.
Y en tiempos donde la Iglesia necesita pastores con experiencia, valentía y corazón, su historia se vuelve una invitación a mirar la fe no como una idea abstracta, sino como una vida concreta puesta al servicio de Dios y de los demás.
La entrevista completa se puede consultar en la siguiente liga: https://youtu.be/HqtPt_pmnaE
Cita este artículo
Torres Quiroz, G., (2026, mayo 23). Monseñor Ramón Castro: una vida marcada por la fe. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/monsenor-ramon-castro-una-vida-marcada-por-la-fe/
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