«El Hombre mediocre» escrito por el Dr. José Ingenieros (2000), es el eje que inspira este breve comentario sobre la característica principal que se ha observado en estos casi siete años de la llegada al poder de Morena.
Las conductas y los hechos observados lo demuestran.
Basta empezar por el autor y promotor de dicho movimiento: Andrés Manuel López Obrador fue un estudiante mediocre, que tardó 14 años en titularse y alcanzó un promedio muy bajo.
Fiel a su visión mediocre llevó al máximo la conducta que más los caracteriza: la envidia, sentimiento que corroe y que no soporta el éxito de los que destacan.
En su historia personal este sentimiento lo llevó a cultivar la obstinación para alcanzar sus metas, suplió su carencia de inteligencia con la tenacidad de machacar una y otra vez en sus objetivos.
Cuando no los alcanzaba recurría al argumento de que era por culpa de los demás; supo hablarles a los impreparados, siempre lo manifestó; no le gustaban los letrados, los que tenían estudios de posgrado; denostó a los que iban al extranjero a prepararse, decía que había que desconfiar de ellos; y, al final, optó por una figura que practicaba otra conducta propia de los mediocres: el servilismo. Así fue como se decidió por la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo.
En la lectura del mencionado libro, el autor define al mediocre con una visión colectiva, de rutina, lo convierte en dogmático porque piensa que con lo que sabe le basta y no necesita de alguien que le diga cómo hacer las cosas.
Esta visión se opone al que practica el verdadero idealismo, la persona inquieta que está siempre en busca de la superación, esta persona es lo original, la que se sitúa frente al intolerante el que se opone a la persona que -perdón por la expresión- se convierte en animal doméstico que vende su libertad y la capacidad de disentir por las dádivas momentáneas que no implican esfuerzo ni trabajo.
El mediocre es el militante al que busca la 4T, su público objetivo; es la masa con paciencia imitativa, que les cree todo y no piden explicaciones racionales; saben que los movilizan con el sentimiento, la razón no es importante, por eso les mienten una y otra vez; saben que no les van a solicitar evidencias, datos reales -ellos tienen otros datos-; refuerzan sus lealtades con dinero, a cambio de su voto y de su apoyo. El engaño es una actitud cotidiana del mediocre populista.
Además de la mediocridad aspiracional, padecen la mediocridad intelectual, que alimentan en sus universidades “patito”, sobre las que nos preguntamos ¿cuántos miles de millones se gastaron?, ¿cuántos han egresado? y ¿cuál es la calidad de sus estudios?
En el fondo confían en que el pueblo ignorante no les demandará un gobierno de calidad, se contentará con lo que les ofrezcan, la dorada medianía de irla pasando con los ingresos de los programas clientelares.
Lo peor de todo es que los líderes de la 4T confían en la ignorancia colectiva y por eso alaban “al pueblo bueno y sabio”, acarician su ignorancia y consienten con halagos a sus “solovinos”, como los llamó Andrés Manuel.
A quien busca la superación es señalado como conservador -ajeno al colectivismo mediocre-, de ir contra el interés del pueblo, de fifí culto y preparado, al que hay que atacar, denostar y destruir; son los inconformes que no forman parte de la masa, así lo demostró cuando atacaba a los universitarios de instituciones privadas, y también a los de la UNAM, a los que acusó de haber perdido el rumbo.
Esta actitud de los líderes de Morena se ratifica con la maledicencia con la que actúan: lo que se les opone debe ser destruido. “Al diablo con las instituciones”, fue la sentencia con que López Obrador inició la desaparición o colonización de las instituciones que se oponía a sus intereses, entre ellos el Poder Judicial, que destruyó con apenas el 12% del padrón electoral que votó en su perversa elección de jueces magistrados y ministros.
Lo destruyeron porque -según ellos- estaba corrupto y podrido. No se podía rescatar nada, era necesario acabarlo. Nuevamente la mediocridad se impuso: para ser electo no se requería experiencia, y bastaba con terminar la carrera de derecho con un promedio mínimo de ocho. La carrera judicial, que garantizaba la calidad de los juzgadores, el esfuerzo de muchos años de estudio y trabajo, no importaron. Ganó la visión mediocre.
En el capítulo VI José Ingenieros menciona la “mediocracia”: el poder en manos de los mediocres, el gobierno de funcionarios impreparados, de quienes no respetan ni les importan las normas, porque harán lo que quieran y justificarán sus decisiones -aunque sean barbaridades- con el número de quienes votaron por ellos.
Estos líderes son verdaderos tartufos que hacen de la mentira y el engaño sus principales herramientas de control. Nadie les pedirá cuentas porque la masa no piensa, solo siente. La hipocresía es una de sus conductas predilectas. Otra conducta recurrente y pragmática son las complicidades. Ahí está el caso de los “abrazos no balazos”, cuyo saldo es el gobierno más violento de la historia, con más de doscientos mil de muertos y desaparecidos. Gobierno mediocre, lo menos: hay indicios de complicidad extrema con los criminales. El gobierno de Trump vino a descubrir lo que muchos ya sabíamos.
Frente a la mediocracia, urge levantar la bandera de la aristocracia del mérito, en el que la persona se gana un lugar en la vida y el respeto de sus semejantes, con su esfuerzo diario: por ser mejor en la escuela, en el trabajo, en la sociedad, siendo íntegros en el uso de la palabra y de los recursos; en poner siempre por delante el verdadero interés común.
Y lo más importante: vivir los valores cristianos de obrar siempre el bien y evitar el mal; de discernir correctamente el deber ser y el deber hacer.
Nos enfrentamos a un país que han destruido estas fuerzas malignas, con una visión de hipocresía y engaño, que entroniza la mediocracia para mantenerse en el poder, respaldado por la masa de mediocres.
Nos enfrentamos a muchos años de reconstrucción, serán los idealistas, los que saben que la meritocracia es el único camino para forjar un gobierno y una mejor patria, los que reconstruirán este México que nos duele y queremos tanto.





