La reconquista del esplendor de Hispanoamérica. Parte III

Alejandro Wiechers Rivero

La reconquista del esplendor de Hispanoamérica. Parte III
Con objeto de desarrollar estrategias eficaces para la restauración de la grandeza de México e Hispanoamérica, continuamos profundizando en el planteamiento del problema que ha causado nuestra decadencia, y así estar en condiciones de esbozar una solución.

Si el problema y su solución no están claros, bien planteados, cualquier esfuerzo de restauración del tejido social y de la reconstrucción del Orden Social Cristiano será nimio.

La acción del hombre en la historia

Empezamos nuestro análisis buscando entender cómo se escribe la historia del hombre, para lo cual necesitamos recurrir a la Revelación Divina, ya que la sola luz de la razón no da para este saber.

El ser humano fue creado por Dios a su imagen y semejanza. Lo creó capaz de conocer la verdad, hacer el bien, y amar. Cuando ejerce estas capacidades y obra de acuerdo con el plan de Dios, el hombre puede lograr cosas sublimes, hazañas magnánimas, que lo pueden llevar a las cumbres más altas de la perfección personal y social.

Los verdaderos responsables de la grandeza de México y de Hispanoamérica durante los primeros 300 años de nuestra historia, fueron los hombres que cumplieron con el plan de Dios y buscaron utilizar sus potencias y facultades para conocer la verdad, hacer el bien, y amar a Dios por encima de todas las cosas, y amar al prójimo como Dios nos ama.

La naturaleza humana, afectada por el pecado original, quedó debilitada, desorientada, proclive a la enfermedad, al dolor, a la ignorancia, al error y a la muerte. Adquirió la capacidad de abusar de la verdadera libertad, y, en lugar de escoger el camino del bien, el hombre ahora es apto para usar sus potencias y facultades para hacer el mal.

El verdadero mal es el pecado, pero la persona que lo realiza es culpable por cometerlo, por profanar su libertad al decidir hacer el mal.

Los verdaderos responsables del deterioro moral y social de México, de Hispanoamérica y del mundo, son las personas que cometen pecados graves, con los que quebrantan el plan de Dios, se hacen un agravio a ellos mismos, al prójimo, a la creación, y atentan contra su verdadero bien, tanto en lo particular –su salvación eterna-, como en lo social –la paz y el bien común-.

La acción del Maligno en la historia

El acelerado deterioro moral y social de la humanidad en los últimos 500 años ha sido impulsado por la cizaña sembrada por el maligno con la intención de destruir la obra de Dios, “la buena cosecha” [1], para lo cual ha diseñado tres estrategias fundamentales: a) Pervertir la misión del Estado; b) Exterminar a la Iglesia Católica; c) Corromper al ser humano para transformarlo de “buen trigo” en “semilla venenosa o cizaña”, de “tierra fértil” en “tierra estéril”, incapaz de dar frutos buenos [2].

El problema es eminentemente espiritual

¿Cómo puede haber paz, armonía, concordia, o progreso si miles de personas han creado, con sus pecados mortales, una hidra perversa de mil cabezas que ha afectado a todo México, donde abunda el mal, el amor desordenado al dinero, al poder y al placer, causando dolor, miseria, ruina, zozobra y muerte a millones de seres humanos?

¿Cómo puede Dios bendecir el trabajo y dar prosperidad de los que se ganan la vida cometiendo pecados gravísimos, -secuestros, asesinatos, violaciones-, acarreando maldiciones por varias generaciones, no solo a ellos mismos, sino a sus familias y a sus cómplices?

¿Cómo puede haber desarrollo y justicia social si miles de personas impulsan una economía perniciosa, hecha con dinero sucio procedente de los pecados mortales del crimen organizado, narcotráfico, secuestro, extorsión, pornografía, comercio de órganos humanos –entre ellos de bebés abortados- y, de la trata de personas?

¿Podemos, acaso, suplicar a Dios que extermine a los malos, -como pedían Santiago y Juan [3]-, y que se restablezca el Orden Social Cristiano con un milagro, sin pedir perdón a Dios y a los hombres por los pecados cometidos, sin convertirnos a Dios?

¿Qué clase de sociedad resulta cuando la acción del Estado ha sido pervertida por grupos de poder como la masonería, el socialismo, y el comunismo, que buscan la destrucción del Orden Social Cristiano, y que persiguen a la Iglesia a muerte, porque les estorba?

¿Cómo puede gestarse el Orden Social Cristiano cuando el liberalismo, el racionalismo, el relativismo, el egoísmo, el laicismo, el nihilismo, el ateísmo práctico, la lujuria, el aborto y la eutanasia han invadido todos los espacios en la educación, la cultura, el ocio, corrompiendo la inteligencia con el error, la voluntad con el mal y el corazón con el egoísmo y el odio? 

El problema de la decadencia social y moral de México y de Hispanoamérica es fundamentalmente de índole espiritual. El ser humano, al alejarse del amor a Dios y del amor al prójimo, comete y acumula un sinnúmero de pecados mortales, muchos de ellos gravísimos, con los que ofende a Dios y a sus prójimos.

La solución es eminentemente espiritual 

La solución definitiva y categórica para restablecer la grandeza de México y de Hispanoamérica -para restablecer la grandeza del ser humano-, es la conversión del hombre a Dios. Pero debe tratarse de una verdadera conversión, que implica un doble movimiento: dejar definitivamente el pecado, y volverse a Dios.

La conversión no es un impulso sentimental ni emocional; es un acto profundamente espiritual que proviene de dentro del hombre para transformarlo –cuerpo, alma y espíritu-, en un Hombre Nuevo, en uno que nace de lo alto, uno que ha dejado el pecado para revestirse de la gracia.

Este Hombre Nuevo reconoce el mal que ha hecho, pide perdón a Dios y al prójimo lastimado, repara en la medida de lo posible las consecuencias del mal que ha cometido, y tiene el firme propósito de enmendarse para evitar cometer el mal en el futuro.

Los católicos tenemos el sacramento de la Reconciliación, por el cual Dios perdona nuestros pecados por intermediación del sacerdote. He aquí el sacramento que puede traer la paz al mundo a través de la reconciliación con Dios y con el hombre. La persona perdonada se transforma en un hombre pleno que ha restaurado la vida de Gracia en su alma.

La conversión del hombre a Dios es el acto humano que tiene el mayor impacto en la consecución del bien común y de la paz para toda la sociedad.

El pecado original ha dejado clavado su aguijón hasta el meollo del alma del ser humano, por lo que, aunque se convierta de corazón, no elimina la inclinación al mal. La vida del hombre es una lucha continua para vivir de acuerdo con el Evangelio, tanto para buscar la perfección personal, como para buscar un Orden Social que permita al hombre alcanzar el bien común y la paz con justicia social.

La conversión es un acto libre, personal, espiritual, interior

El Papa Francisco nos enseña que “a Dios se propone, no se impone” [4]. De la misma manera, la conversión, al ser un movimiento espiritual y libre, no se puede forzar, no se puede infligir, no se puede alcanzar sin el consentimiento de la persona.

Tanto la Fe como la conversión de una persona solo se puede pedir a Dios. Nadie es capaz de convertir a otra persona sino por la mediación de la petición a través de la oración y del buen ejemplo, con una insondable humildad y respeto, ya que Dios es el único que puede mover el corazón al arrepentimiento, siempre respetando la libertad del hombre.

Para alcanzar la conversión de miles de personas que viven inmersos en el lodazal de pecados mortales, -tanto personales como sociales-, es indispensable que los “buenos” tengan una vida de profunda oración, ayuno, limosna, y sacrificio, ofreciendo todo por la conversión de los pecadores, ya que “lo que es imposible para el hombre es posible para Dios” [5].

Una verdadera conversión debe tener dos diligencias: por un lado, el convertido debe alejarse de todos los peligros que lo que lo lleven al pecado, de malas amistades, conversaciones y ambientes sensuales. Por otro lado, el converso debe usar su tiempo y energía en conocer, amar y servir a Dios por encima de todo, y amar al prójimo como Dios nos ama, empezando por su familia. Su vida debe ser de estudio –el Catecismo de la Iglesia Católica, la Doctrina Social de la Iglesia-, de oración –la Santa Misa, el Santo Rosario-, y de acción: obras de misericordia para aliviar el dolor humano; y obras sociales, cívicas y políticas para buscar el Bien Común en su comunidad.

La acción salvífica de la Iglesia Católica 

La Iglesia Católica busca ambas: la perfección del hombre y la perfección de la sociedad. Cuando el hombre se convierte, deja el pecado y se vuelve a Dios, cuando colma su inteligencia con la Verdad, su voluntad con el bien, y su corazón con amor, el hombre y la sociedad están en el camino de la bondad. Si el hombre cumple los 10 Mandamientos y vive las obras de misericordia, y las bienaventuranzas, el hombre no solo consigue formidables favores para sí mismo, sino también para la sociedad: entiéndase su cónyuge, su familia, sus amistades, su trabajo, su comunidad; su estado, su país… el mundo. A todos los que toca con su vida.

La acción de la Iglesia Católica va encaminada a la conversión del hombre a Dios, la cual, a su vez, conduce al cumplimiento de los dos mandamientos más importantes para el orden personal y el orden social: amar a Dios por encima de todas las cosas; y amar al prójimo como Dios nos ama.

El perdón

Los Católicos tenemos un mandato de Cristo muy concreto a este respecto: ama a los pecadores, no los juzgues, no los condenes, no los maldigas. Odiamos al mal y a las obras malas, pero a los pecadores, a los enemigos, a las personas que cometen gravísimos crímenes, ámalos, perdónalos, bendícelos, ora por ellos, hazles el bien. Pide a Dios por su conversión para que se enmienden y se salven.

La intercesión de la Virgen Santísima

Nuestra Madre del cielo, que tiene un corazón manso y humilde, pleno de compasión y misericordia, sigue de pie en el Tepeyac, contemplándonos con infinita ternura, inundando con abundantes gracias a todos sus hijos, cumpliendo cabalmente las promesas que nos hizo en el cerro del Tepeyac: ¿No estoy yo aquí que son tu Madre?

De manera especial ella ama a los pecadores más alejados de Dios, a los más necesitados de conversión y de la gracia de Dios. Esto incluye a los miembros de las sectas secretas más perversas, a los miembros del crimen organizado, a los pecadores más empedernidos, a los peores seres humanos. A estos los ama con un amor particular, pues como muchos los maldicen, ella los bendice; como muchos los odian, ella los ama; como muchos les hacen el mal, ella les hace el bien; como nadie reza por ellos, ella intercede ante Dios para su conversión y para que vayan al cielo.

La Santísima Virgen de Guadalupe no solo vino para acoger a sus hijos más afligidos. Ella tiene un interés especial por alentar a los que la aman y la quieren ayudar “para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa. Ya escuchaste, hijo mío el menor, mi aliento mi palabra; anda, haz lo que esté de tu parte.” [6]

Confianza que engendra Esperanza

Si el problema es eminentemente espiritual, si se trata de la conversión de miles de personas, si se trata de una lucha contra el maligno y sus esbirros, el hombre con sus solas fuerzas no puede nada. Se trata es una batalla espiritual y por lo tanto está principalmente en la cancha de Dios. Pero Dios “quiere” que los hombres, con la ayuda de su gracia, den las grandes batallas. “Ora como si todo dependiera de Dios; lucha como si todo dependiera de ti”.

Para Dios no hay imposibles y puede remediar todos nuestros males cuando Él quiera. Normalmente Dios hace las cosas más grandes por medio de los más pequeños: derribó las impenetrables murallas de Jericó con el sonido de unas trompetas. Un niño, David, derrotó con una piedra al gigante invencible Goliath. Una pequeña y humilde niña, pura y santa, inmaculada desde su concepción, vence al maligno y le aplasta la cabeza.

El triunfo de las fuerzas del bien, del amor, de la justicia, de la verdad, y de la belleza, está en manos de Dios, el dueño de la historia. A nosotros nos toca trabajar por nuestra verdadera conversión, colaborar en la vida social, cívica y política de nuestra sociedad para empapar todo con el Evangelio, rezar el Santo Rosario, participar en la Santa Misa, frecuentar los sacramentos, principalmente la confesión y la Sagrada comunión, y luchar para derrotar el error con la verdad, al mal con el bien, al odio con el Amor.

Con nuestro granito de arena formamos parte de la colosal batalla espiritual y humana por derrotar al pecado y al Maligno.

Pero, ¿basta con la conversión a Dios para restaurar el tejido social, restaurar el Orden Social Cristiano, para construir de la Civilización del Amor?

 


Bibliografía:

[1] Mateo 13: 24-30 

[2] “La reconquista del esplendor de Hispanoamérica”, Alejandro Wiechers Rivero. Revista FORJA para el Bien Común, Año 6, Núm. 55, abril 2026, Págs. 84 – 86

[3] Lucas 9:54

[4] Francisco: «Dios se propone, no se impone» – INFOVATICANA https://infovaticana.com/2019/01/06/francisco-dios-se-propone-no-se-impone/

[5] Lucas 18:27

[6] Nican Mopohua, 37. https://www.guadalupeynosotros.com.ar/descargas/NICAN-MOPOHUA.pdf

Cita este artículo

Wiechers Rivero, A., (2026, junio 24). La reconquista del esplendor de Hispanoamérica. Parte III. Revista Forja Para el Bien Común. https://revistaforja.org/la-reconquista-del-esplendor-de-hispanoamerica-parte-iii/

 

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Autor

  • Maestro en Ciencias de Ingeniería Eléctrica por la Universidad de Austin, Tx, Ingeniero Mecánico Electricista por la UNAM, fundador de FUNDICE AC en Guadalajara, Jalisco, fundador del Instituto Feminatural AC en Guadalajara, Jalisco, autor de los libros “Desnudando el prodigio de la fertilidad humana” y “Todo sobre los métodos naturales y artificiales del siglo XXI”, 18 años en la empresa Hewlett Packard, 8 años en la empresa farmacéutica Probiomed. Inventor de 20 patentes, algunas de ellas en 6 países. Director y fundador de la empresa StepCleaner SA de CV. Inventor del Horno Solar Híbrido Multifuncional Evexia. Autor del libro “Construyendo la Ciudad del Amor”.

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